espantapajaros  

  EL ESPANTAPAJAROS

Cuento


Ocurrió hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo donde vivía un hortelano muy egoísta, que disgustado de que los pájaros se comiesen el grano caído decidió hacer un espantapájaros.

Así que cogió un viejo traje y lo rellenó con paja del granero, le puso una calabaza por cabeza y todo lo encajó en una vieja escoba, para que se mantuviese bien tieso.

Como estaba de buen humor le puso, dos bellotas por ojos, una zanahoria por nariz y dibujando con su cuchillo una gran sonrisa le colocó unos granos de maíz como dientes, lo estuvo mirando satisfecho de su arte, un buen rato y decidió ponerle más paja como pelo y un viejo sombrero.

¡Ahora si que parecía un viejo granjero!, siguiendo su propia broma le puso una manzana de corazón y dijo:

—¡Ya estás completo, ahora cumple tu trabajo y no dejes que me roben esos gorrones!

Los animalitos, al principio le tenían miedo y ya no se acercaban, pero los pájaros necesitaban hierbas y paja para hacer sus nidos

—Por favor señor espantapájaros, necesitamos coger hierbas y pajas para construir nuestros nidos.

—No puedo dejar que lo hagáis, —respondió el espantapájaros—, mi deber es impedir que cojáis nada de lo que siembra mi amo, pero podéis coger mi pelo, creo que será perfecto para hacer vuestros nidos, si necesitáis más, también tengo en mi barriga.

—Muchas gracias señor espantapájaros, tienes muy buen corazón, te prometemos que no cogeremos nada que tú no quieras.

La fama de la bondad del espantapájaros corrió entre los animalitos y estos intentaban no abusar de él, así que decidieron no pasar por la granja más que para charlar y hacerle compañia, quienes más le visitaban eran los pájaros, que le cantaban durante horas. 

La primavera no era muy buena, no llovía, solo crecía todo verde en los campos del granjero egoísta y mamá conejo se acercó, desesperada pues no tenía nada para darle de comer a sus hijitos.

—Por favor señor espantapájaros, mis hijitos se mueren de hambre, yo solo quiero coger unas pocas hojas para llevarles.

—No puedo dejar que lo hagas, —respondió el espantapájaros—, mi deber es impedir que nadie robe nada de lo que siembra mi amo, pero puedes coger mi nariz, es una zanahoria algo seca, pero te servirá para alimentarles hasta que encontréis hierba fresca.
—Muchas gracias señor espantapájaros, eres muy bueno.

Finalizaba la primavera cuando acudieron los cuervos al espantapájaros con sus problemas.
—Lo hemos intentado, pero no encontramos suficiente comida en el bosque, siempre hemos cogido el grano que cae al suelo, ¿qué mal hacemos? Si tu amo del suelo nunca lo recoge.
—No lo sé, amigos, alguna razón tendrá el amo para no querer que lo cojáis. Llevaros los granos de maíz de mis dientes al menos algo podréis comer.
—Te lo agradecemos, eres un buen amigo.

Ya mediaba el verano, y esta vez quien se le acercó a ver si cambiaba de idea y les dejaba coger el grano caído fue una ardilla:
—Por favor señor espantapájaros, si no almaceno grano para el invierno, cuando éste llegue me moriré de hambre, yo solo quiero coger unos pocas granos.
—No puedo dejar que lo hagas, —respondió el espantapájaros—, mi deber es impedir que cojáis nada de lo que siembra mi amo, pero puedes coger mis ojos.
—Pero perderás la vista.
—Eso no es importante, lo importante es que tu no pierdas la vida, y que no cojáis el grano de mi amo, llévate mis ojos por favor.
—No sé que decir, eres tan bueno.

Terminaba el verano cuando un día pasó el granjero cerca de donde estaba el espantapájaros.

—¡Pero qué desastre, no sirves para nada, esto es una tomadura de pelo, tanto asustas que los animales se te han comido a tí! Te voy a quemar, —y eso hizo, pero cayó una manzana de su pecho cuando ardía:
—Esto no lo habéis robado, la manzana que le puse de corazón, pues ésta no me la quitará nadie, me la comeré yo.
Y eso comenzó ha hacer, sentado en la cerca mientras veía arder al espantapájaros.
—¡Qué manzana tan dulce!, —exclamó el granjero— ¡Qué extraño, nunca mi manzano dió una fruta igual!

Los animalitos habían acudido desolados en cuanto el granjero le prendió fuego al espantapájaros, y el cuervo le dijo al granjero:
—Has cometido un grave error, tu espantapájaros nunca nos ha dado miedo, si no hemos tocado tu grano fue por respeto a su bondad y sentido del deber. Lo que nos dio era suyo, tú se lo habías dado a él, y por generosidad, él nos lo dio cuando lo necesitamos. Fuiste tu quien le dio un corazón, como tu mismo has dicho, el más dulce que nunca dio tu árbol. Así que si fue generoso con lo suyo culpa tuya fue.
Vienes al bosque y te llevas nuestra comida, ensucias el agua, cortas nuestras casas y nos persigues con tus escopetas.
Nosotros ya no sentimos que debamos respetar tu huerto y en adelante cogeremos lo que debamos coger que al fin y al cabo eres tu quien no respeta a la naturaleza y quieres acaparar lo que no necesitas.

Y a partir de ese día los animalitos cogieron de las granjas lo que necesitaron para vivir, hay que reconocer que alguno que otro se pasa y hace un destrozo.

Pero por otra parte los granjeros y sus amigos continuan poniendo trampas y matando a los animalitos, cortando árboles y ensuciando los ríos. Por desgracia, lo están haciendo demasiado bien.

Y colorín colorado esta historia ha terminado.

 
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