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Tunez |
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Túnez,
en busca del Mediterráneo más exótico |
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La
antigua ciudad de Túnez está hasta tal punto comprimida entre
poblaciones con nombres propios, tan evocadores o más que el suyo, que la
primera dificultad que nos asalta es la de apresar físicamente el
contorno de sus fronteras, aprender a distinguir, recién llegados, dónde
empieza cada barrio y en qué momento lo que empieza no es tanto un barrio
como una ciudad más pequeña. A esta dificultad de ubicación para el
viajero contribuye su emplazamiento, de frente a una gran laguna salada
separada del mar por una lengua de costa y comunicada por él a través de
un ancho canal artificial que tiene en sus dos orillas sendos vestigios de
la agitada historia de esta parte del Magreb: en la orilla meridional, La
Goulette, el actual barrio portuario crecido alrededor de una fortaleza
construida por Carlos V para conquistar la ciudad, y en la septentrional,
la mítica Cartago, centro del imperio cartaginés, que resistió durante
un siglo el poderío de Roma hasta caer arrasada al término de la III
guerra púnica, y donde, mucho antes de convertirse en el barrio
residencial asentado entre lagunas e isletas que es hoy, pereció San Luis
Rey de Francia en los albores de la octava cruzada. Otros
núcleos urbanos periféricos, pero ya plenamente integrados en la
capital, son: La Marsa, que puede considerarse la playa de Túnez, y, si
somos laxos, Sidi Bu Said, un pueblo de casas blancas en la ladera de una
colina sobre el mar, que en 1912 descubriera para el turismo el barón
inglés Rodolphe d’Erlanger, y que, junto con la algo más alejada
ciudad amurallada de Hammamet, en la que se instaló el millonario rumano
George Sebastian en los años treinta, se convirtó desde el segundo
decenio del siglo XX en lugar de peregrinaje para la intelectualidad y la
aristocracia más esnob europea. Sin
otras infraestructuras que las puestas al servicio de los colonos
franceses, y siendo como era la comunicación muy difícil, salvo
misioneros y aventureros como Isabelle Ebyerhardt, casi todos los viajeros
europeos que hasta mediados del XX se adentraban en el país solían ceñirse
a esa área de Túnez capital y alrededores. Paul Klee, que en la
primavera de 1914 pasó 15 días en compañía del pintor August Macke;
Bernanos, Man Ray, André Gide, Giacometti, Churchill, Le Corbusier y
Simone de Beauvoir son algunos de los que lo hicieron entonces. Antes de
ellos estuvieron Flaubert, Maupassant o Chateaubriand. No todos dejaron
sus impresiones del lugar escritas sobre papel, pero en los textos de los
que lo hicieron, en los diarios, por ejemplo, de Klee y de Maupassant, el
ambiente descrito está muy alejado de la realidad de hoy. La exuberancia
oriental de las vestiduras en la que ambos se fijaron prácticamente ha
desaparecido de sus calles, como también ha desaparecido la mayor parte
de las formas de vida a ella asociadas. La ciudad de Túnez y sus aledaños
ya no existen tal y como eran entonces o, si existen, lo hacen de una
forma leve y fragmentada que necesita de la cómplice mirada del viajero
para salir a la luz. No
hay por qué lamentarse, sin embargo; es inútil protestar contra la obra
del tiempo, mucho más si el tiempo anterior hacia el que proyectamos la añoranza
nos fue desconocido y sólo llegó a nosotros a través del relato,
idealizado o no, de quienes lo vivieron. Si de entregarse a nostalgias de
segunda mano se trata, no hay además un solo Túnez, sino muchos
distintos. ¿Por qué recrearse en el Túnez de la colonia visto por
Maupassant y Klee, y no en el de Amílcar Barca o en el que describiera
Plinio el Joven o aquel en el que san Agustín hizo sus estudios o en el
que ayudaron a construir los moriscos expulsados de la península Ibérica
o en el de Solimán el Magnífico y Barbarroja? Hammamet
y Sidi Bu Said En
el enjalbegado laberinto de calles de Hammamet se oye con más frecuencia
el francés, el italiano, el inglés, el castellano y el alemán de las
hordas de turistas, que el dialecto árabe de los comerciantes; Sidi Bu
Said no es el pueblo idílico que maravillara a Klee, crecido alrededor
del mausoleo donde está enterrado el santo del que toma su nombre, sino
un pueblo también idílico, pero de postal, poblado de tiendas, al que
llegan los autocares por docenas y al que, por cierto, ya se encargó de
corromper en una fecha tan temprana como 1912 Rodolphe d’Erlanger
imponiendo como color de todas sus ventanas el azul que lo ha hecho
famoso. Por qué extrañarse de ello si otros símbolos del Mediterráneo
tampoco son el pueblecito de pescadores que todo el mundo se empeña en
seguir viendo, y los hay incluso que cayeron de una forma mucho más
indecorosa. Deber del viajero siempre ha sido poder ver lo que ya no está. Túnez
capital tiene en la actualidad cerca de dos millones de habitantes. Antes
de lo que es ahora, fue púnica, romana, vándala, bizantina, omeya, abasí,
almohade, otomana y francesa; en la II Guerra Mundial asistió como
espectadora a las luchas de americanos y británicos contra el ejército
acorazado del general Rommel y un poco antes fue el principal escenario de
la rivalidad entre Francia e Italia, que nunca aceptó que fuese la nación
gala la que se hiciese con el control del país siendo la italiana la
colonia más numerosa. Hoy es la capital de una república laica que
presume de su estabilidad política y que, enviada Argelia al infierno del
integrismo, posee una de las economías más florecientes del Magreb. Esta
prosperidad económica, asentada en buena parte en el turismo, y la
prosperidad intangible pero determinante que le otorga su rica historia,
se nota a cada paso. Se percibe en la arquitectura antigua y en la
moderna, que ha aprendido la lección de otros países y evita la
construcción vertical para que los complejos hoteleros no destruyan el
paisaje; se percibe en los comercios y restaurantes, y se ve en su población,
vestida en su mayoría a la occidental pero fiel a costumbres como las del
hammam y las pipas de agua, o shishas, sazonadas con horas
de conversación y con ese proceder pausado, o tranquilidad de ánimo, que
sólo se adquiere tras siglos de civilización. Por
supuesto, hay otros lugares del país donde la vida es más parecida a
como era, algunos, como ciertas villas andalusíes de la península de
Cabo Bueno, a un tiro de piedra de la capital; basta con alejarse de las
rutas turísticas. Pero también en el escaparate en que se ha convertido
la ciudad de Túnez y sus más trillados alrededores es posible aislarse
para apoderarse de todos los tiempos que por allí han pasado. El zoco no
resiste la comparación con otros más célebres, pero en la medina
abundan rincones en los que las puertas entornadas nos enseñan jardines
detenidos. En el mercado central, los pescadores adornan sus puestos con pétalos
de flor, y los edificios modernistas del barrio colonial aún retienen el
eco de los comerciantes y hacendados para los que fueron construidos. En
los mosaicos del Museo del Bardo observamos el esplendor de la época en
que Túnez era el centro del África romana, y si subimos a la colina de
Birsa, en Cartago, y echamos la vista al mar, no tardamos en imaginar lo
que Roma destruyó mucho antes de que Paul Klee y Maupassant llegaran. Camino
al sur Túnez
es un país pequeño con multitud de lugares interesantes. Situada en la
costa Este, Sousse es la capital del Sahel. Pese a su talante turístico y
balneario, conserva una medina con todo el sabor de lo tradicional, ceñida
por una muralla. La gran mezquita se comenzó a edificar en el siglo IX, y
destaca por su aspecto defensivo. También es notable el Ksar er Ribat, el
alcázar, que data de la misma época, uno de los primeros monasterios
fortificados del islam. El museo arqueológico, a los pies de la muralla,
muestra la mayor colección de mosaicos romanos, tras la del Bardo, en Túnez.
Para ver el mayor coliseo romano de África hay que desplazarse a El Yem.
Algo más al sur aparece Sfax, con un populoso puerto y una medina
amurallada, poco frecuentada por los turistas. Pero es sin duda Kairuan la
ciudad más venerable del sur. En plena estepa es una de las ciudades más
antiguas del occidente musulmán. Sus muros albergan mezquitas, santuarios
y zawuiyas, o hermandades sufíes. La gran mezquita es un dije de
la arquitectura islámica. Se comenzó a construir en el siglo VII e
intervinieron en ella sucesivas dinastías, entre otras, la aglabí y la
omeya. No muy lejos se halla la mezquita del Barbero, con un pequeño
santuario en el que está enterrado uno de los compañeros del profeta.
Continuando hacia el sur, las ciudades que forman la antesala del
desierto: Tozeur, Duz y Nefta, en medio de vastos oasis de palmeras. Los
oasis están rodeados de grandes chotts, o lagos salobres
temporales. Más hacia el sur, en Matmata, se encuentran las famosas
viviendas trogloditas. Son un ejemplo de adaptación al medio y un hábitat
adecuado, tanto para las altas temperaturas como para el invierno. A
partir de allí se extiende el sur extremo, es decir, el desierto de
dunas. La isla de Yerba es otro lugar frecuentado. Apenas tiene relieve, y
se caracteriza por los menzel, viviendas tradicionales cúbicas. Comer La
gastronomía tunecina se parece a la de otros países del Magreb, pero con
características propias, derivadas de los largos años de influencia
otomana. El plato principal es el coscous, y su rasgo
diferenciador, la canela con que se condimenta. Aparte de los típicos de
verdura, cordero, pescado o pollo, puede ser de merguez (salchicha
picante) o de osben (morcilla de tripas de cordero). Otro plato es
el tayín, que no se parece al marroquí, sino que es una empanada
de carne. Herencia turca son los brik, malsuka frita rellena
de huevos, atún, queso o carne, y el sabor tunecino de la harissa, salsa
picante. Túnez La
Goleta Hammamet Sidi
Bu Said Información Oficina
de Turismo de Túnez en Madrid
(915 48 18 43). |
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