«Yo era
débil, profundamente débil. Hijo de pequeños burgueses atemorizados, pusilánimes.
En mi infancia soñaba con una vida sosegada, confinada. He tenido siempre miedo
de todo».
Sí, amigo,
todos estamos hechos de la misma mierda. La diferencia entre unos zurullos y
otros estriba en la voluntad. La voluntad de algunos para ser algo más que
zurullos, aun a riesgo de marrar en el intento. Quien no arriesga, nunca se
equivoca, es cierto. Pero quien nunca se equivoca (por no arriesgarse), no
vive. Pujanza y decadencia. Energía y entropía. Ahí está todo. Hasta en las
mierdas. Bienaventurado tú, bienaventurada ella, bienaventurado yo, que
elegimos el amago (con expectativas de consumación) de la diagonal
ascendente...
Pierre Drieu
La Rochelle escribía con una gran conciencia de autobiografía. Así, sus relatos
tienen mucho de diarios íntimos: leyéndolos, nos enfrentamos desde el principio
con el autor, bien para comprenderlo, bien para discrepar de sus intuiciones.
Nunca para situarlo en la jaula de los monstruos: Drieu no deja espacio para
tal distancia. Obras como la novela «Gilles» («Dios que crea, que
sufre en su creación, que muere y que renace. Seré, pues, siempre un
heresiarca. Los dioses que mueren y que renacen. Dionisos, Cristo. Nada se hace
sino en la sangre. Hay que morir sin cesar para renacer sin cesar») o sus
memorias de infancia «Estado civil» («Cada noche, durante años,
esperaba encontrarme al día siguiente distinto de como me había acostado,
impaciente con el yugo de mi debilidad, resuelto por fin a ejercer el
maravilloso poder de la voluntad») o el cuento «Agente doble» («En
fin, matadme, soy eterno») o, desde luego, sus diarios propiamente dichos
(«Moriré a manos de los comunistas, prefiero que me maten ellos en lugar de
los milicianos gaullistas. Pero creo en el comunismo, y me doy cuenta muy tarde
de la insuficiencia del fascismo. Por lo demás, consideraba el fascismo sólo
como una etapa hacia el comunismo. Pero es imposible convertirse en comunista:
en la práctica, se opone a ello mi esencia burguesa») nos ilustran, junto
con su texto dedicado al suicidio «Relato secreto» («No creía en
absoluto, al matarme, hallarme en contradicción con la idea de inmortalidad que
siempre había sentido viva en mí. Al contrario, era precisamente porque creía
en la inmortalidad por lo que me precipitaba en la muerte con tanta fuerza.
Creía que lo que llamamos muerte no es más que el umbral más allá del cual
continúa la vida o, por lo menos, algo de lo que llamamos vida, algo que es
justamente su esencia») sobre su insatisfacción constante, su infatigable
demonio de la perversidad («No sabemos lo que hay que hacer, pero lo haremos»),
su desazón ante una condición (la de burgués -esto es, aquel que antepone el
confort a la frugalidad, la seguridad al riesgo-) de la que pugna una y otra
vez por liberarse.
Drieu, recién
salido de la primera guerra tecnológica (descrita con maestría desde
perspectivas simétricamente diversas por Céline -«Viaje al fin de la noche»,
«Casse Pipe»- y por Jünger -«Tempestades de acero»-), tuvo unos
escarceos con la extrema derecha maurrasiana de Action Francaise («Alrededor
del genio seductor [Charles Maurras] se encontraban hombres educados,
instruidos, valientes y muy unidos. Aquella ligera preferencia, que no sólo no
se manifestó en adhesión a conjunto alguno, sino tampoco en amistades duraderas
[mucho después, durante la ocupación alemana, se llevaría a matar con los
redactores del periódico servilmente colaboracionista «Je suis partout», la
mayoría procedentes de AF], no significaba preferencia ideológica»),
escarceos alternados con su presencia menor en el grupo surrealista, en su
calidad de partícipe en la primera performance de los acólitos de Breton, el «proceso
a Maurice Barrés acusado de crimen contra la seguridad del espíritu»
(Barrés era un escritor ya veterano, por entonces, afecto a posturas
ultranacionalistas; veamos un fragmento de la intervención de Drieu como
testigo respondiendo al juez Breton:
«-¿Considera
vd que Barrés fue un benefactor público o lo contrario?
-Soy
demasiado optimista para responder que es un benefactor.
-¿Considera
vd que sea beneficioso atentar contra la seguridad del espíritu?
-Le dejo a
Dadá la carga de probarlo.
-¿En su
opinión, ¿cómo puede escandalizar un anciano?
-Muriéndose
demasiado tarde»)
o como amigo
de Louis Aragon (con quien mantendría una muy estrecha relación hasta su ruptura
en 1925, ruptura compleja en la que se mezclan divergencias políticas, y, según
parece, celos homosexuales latentes por parte de Aragon ante las conquistas
femeninas de quien acababa de publicar la novela «El hombre cubierto de
mujeres» y que provocaron la alarma en alguien como Drieu, fuertemente aquejado
desde siempre por el pánico homosexual), de Jean Cocteau y del joven
heroinómano y suicida Jacques Rigaut, retratados todos ellos más adelante en
obras como «Gilles» y «El fuego fatuo» (de Rigaut, por ejemplo,
queda esta impactante semblanza en otro texto también dedicado a él, «Adiós
a Gonzague»: «Y luego llegó la noche. Entonces te drogabas, te
pinchabas, te reías, reías. Tenías dientes para una burla inolvidable: fuertes
y apretados y sólidos en una poderosa mandíbula, en un rostro largo de cuero.
Te reías, bromeabas: y entonces te caías muerto. Pero en aquel tiempo renacías
todas las mañanas. Como un fuego fatuo o un duende de los pantanos, renacías de
una bola de aire mefítico. Tenías el cuerpo de un tritón y el alma de un
duende»).
Abandonándose
en el húmedo regazo de los postmodernos años 20 simulaba vivir, amar, detestar
(es su período judío -esposa, amantes, amigos judíos de la alta y media
burguesía- tan bien descrito por el crítico Bernard Frank: «Drieu forma
parte de esa familia espiritual que podríamos llamar "enjudiados".
Tienen relaciones bastante especiales con los judíos, casi carnales. Drieu tuvo
una mujer judía y un montón de amigos judíos. Probablemente se sentía bien con
ellos. Y viceversa. Tenían en común ese gusto por charlas metafísicas y de
dinero» -de ahí que su antijudaísmo ulterior resulte tan inquietante, pues
rompe de plano el tópico de que «el antijudío odia lo que no conoce»-). En este
su período más mundano publicó la ya citada novela «El hombre cubierto de
mujeres» (donde, con su habitual implacabilidad para consigo mismo, hace
referencia a algo que empañó su frenética vida sentimental, la impotencia -«Empecé
muy joven a ser intermitentemente impotente. Una naturaleza introvertida,
invertida, pero con las mujeres. Viril por oleadas, Narciso a menudo, soñaba
con poseerlo todo al tiempo que era poseído»- y también anuncia un rasgo
que se desarrollaría de manera categórica en el último tramo de su vida, las
inquietudes espirituales -«Hay temporadas para las almas y hay temporadas
para Dios. Siento en mí una salvaje dificultad en satisfacerme y una paciencia
infinita en cansar la naturaleza. Estoy haciendo mi aprendizaje: Dios ha
querido que el hombre no encuentre su alma más que por gradaciones sensibles
según la sucesión del tiempo. Otra vez un misterio de su religión»-) y un
ensayo primerizo, «Medida de Francia», que, pese a un no pequeño poso de
nihilismo postmoderno (anticipador en más de medio siglo de Baudrillard o de
Lyotard), ya marcaba algunas de sus constantes en materia de opinión («Europa
se federará, o se devorará o será devorada»; «Acaso no hay comunistas en
Occidente»; «Ya no hay más que categorías económicas, sin distinciones
espirituales, sin diferencias en las costumbres... Ya no hay más que modernos,
gentes en los negocios, gentes con beneficio o con salario, que sólo piensan en
eso y que no discuten más que de eso. Todos carecen de pasiones, son presa de
los vicios correspondientes»; «...se pasean satisfechos por el universo
de baratija en que se ha convertido el mundo moderno, donde muy pronto no
penetrará ningún brillo espiritual»).
Al acercarse
el cambio de década, comenzó a tomar conciencia de su lugar en el mundo
buscando una alternativa al desorden establecido. Reformista primero (fiel a
sus circunstancias de entonces), moviéndose en círculos de centroizquierda
aunque sin demasiada convicción si nos atenemos a algunas de sus reflexiones
(de esta época son sus ensayos «El joven europeo» -1927: «El cuerpo
humano y la construcción viviente de la historia caen en la masa de la materia
y participan de su eterna caducidad... Ya no se trata del cuerpo de los
hombres, sino del cuerpo mismo del Hombre que es polvo. La Especie se encamina
hacia el cementerio de las Especies. El ciclo de las estaciones se retuerce y
desgarra. Y la propia fuente de tan engañosa inmortalidad, el planeta húmedo,
se arrastra por el polvo de las viejas lunas»-, «Ginebra o Moscú»
-1928, su trabajo más antipáticamente procapitalista, con anticipos tanto de la
dialéctica promotora del Mercado Común y Estrasburgo como de la Comisión
Trilateral: «¿No van a comprender los capitalistas de Europa que son
revolucionarios?... Que el capitalismo europeo se federe en Ginebra, ponga en
la Sociedad de Naciones el principio de una nueva organización no sólo política
sino también social, o si no la sombra de la anarquía interior y exterior que
permite acumularse se juntará en su contra del lado de algún Moscú
apocalíptico. Renunciad, capitalistas, a la competencia nacional y social,
disciplinaos, acudid a Ginebra, quemad todo lo que habéis adorado, o si no
provocad, en nuevas crisis económicas y nuevas guerras, un incendio que el
viento de Moscú convertirá en total y en el que la civilización se reducirá a
la nada»- y «Europa contra las patrias» -1931, donde su europeísmo
comienza a despojarse del sarampión reformista hacia un pannacionalismo
continental más rotundo y que, ahora, parece anticipar las tesis
eurorevolucionarias de Jean Thiriart: «No acudiré ante ninguna movilización,
ni a la de las patrias ni a la de los partidos»; «Hay algo de pequeño
dentro de lo grotesco en Bruselas o en Berna, que después de todo no existe en
Berlín o en París (...) La democracia de las patrias es tan fea como cualquier
otra democracia de nuestros días»; «En consecuencia, yo he tomado
partido en contra de las viejas patrias que desgarran Europa»-, a lo que
podemos añadir su ensayo sobre Huxley, con quien se identifica en la
incomodidad expresada en «Contrapunto», incomodidad de un burgués que no
acaba de romper con su condición y sueña con ser otro -en dicha obra, Rampion,
alter ego del visionario D.H. Lawrence, al que la crítica calificaría, a su
muerte, de «fascistizante» por su odio visceral a la civilización y su defensa
de los valores primitivos, y de quien Drieu dice esta frase rotunda: «Lawrence
ha golpeado en el corazón del mal, allí donde todas las deficiencias y todas
las decadencias se resumen y se consumen»-).
Pero
repugnaría su sed de trascendencia la corrupta política francesa de
entreguerras (el detonante de su ruptura con el reformismo fueron las
manifestaciones del 6 de febrero del 34, en las que las ligas patrióticas y el
Partido Comunista salieron a la calle en protesta contra los escándalos gubernamentales
-como el famoso affair Stavisky-: «Comunistas, patriotas, no es lo mismo...
Y, sin embargo, estaban muy cerca los unos de los otros. En determinado
momento, a eso de las diez del martes, en la rue Royale, la multitud que se
precipitaba hacia la plaza de la Concordia para sufrir la gran descarga de las
once cantaba lo mismo "La Marsellesa" que "La
Internacional". Me habría gustado que aquel momento durara siempre»; «Ahora
me juntaré con cualquiera que eche este régimen al suelo, con cualquiera, con
cualquier condición»).
con
Breton
Drieu
acabó por dar el salto hacia adelante, asumiendo una dinámica totalmente
rupturista, abandonando lastres mundanos en pulsión ascética. Abrazado a la
ilusión de una izquierda arraigada, ecológica, con tierra, con sangre, con
memoria, creyó encontrar esa izquierda hipotética en el fascismo («Hay que
ser fascista, porque el fascismo es la única forma de comunismo que pueden
asimilar las nacioncitas envejecidas de Occidente» -frase no exenta de miga
si pensamos en cómo nunca ha triunfado en Europa Occidental un régimen
comunista, en contraste con la Europa del Este-). Aunque su visión (como dejó
claro en su ensayo del 34 «Socialismo fascista») planteaba el fascismo
como rigurosa transversalidad entre extremos, mucho más cercana al radicalismo
nacional/popular de un Jünger, un Ramiro Ledesma o un Otto Strasser que a las
derivas ultraderechistas de las ligas patrióticas francesas o al fascismo
institucional del Ventennio mussoliniano y del Reich hitleriano -«Hay algo
que nos intriga: desde hace diez años Mussolini tiene autoridad suficiente para
romper las fuerzas capitalistas, si así lo desea. Mayor aún, aunque más
reciente, es la autoridad de Hitler. ¿Cómo es posible que sus programas
"socializantes" no hayan avanzado hacia la realización?»-). Pero
ese fascismo de Drieu, comunizante (recordemos a aquel comunista épico, Butros,
de su novela «Una mujer en la ventana» -un comunista muy particular que
dice cosas como «Estoy convencido de que los comunistas están tan corrompidos
en su corazón y en su espíritu como los capitalistas; pero al menos les queda
una chispa de virilidad y de salud, desean el combate, la pugna. De esa lucha
espero que surja un profundo renacimiento del planeta o su zambullida durante
siglos en una muerte fecunda, más allá de los límites de la memoria, de donde
más tarde reaparezcan nuevas formas de humanidad, si es que esta especie debe
aún perdurar. Tal es el prestigio que me ha ganado para el comunismo, me trae
sin cuidado la doctrina y todas sus pretensiones de detalle, es un movimiento,
es algo que desafía a la muerte, que arriesga la muerte, todo lo que amo en el
mundo»-; o sus positivas valoraciones de Lenin frente al Marx venerado por
la inteligentsia burguesa -«Lenin ha conservado de Marx sólo la parte
de sus enseñanzas que se adaptan a la nueva época, la que mejor podía adaptarse
a nuestro tiempo, fundamentalmente relativista: los consejos para la
realización de la revolución y el impulso revolucionario. Lenin, como todos los
grandes hombres de acción, sólo se ha sometido a las necesidades de la realidad
concreta. Su elasticidad y sentido de la oportunidad rechazaban la rigidez
doctrinal»-), defensor decidido (como ya se ha visto) de una Europa unida
(años después reprochará a los régimenes fascistas: «El fascismo ha fallado
por no haber podido devenir verdaderamente en socialismo. Y la estrechez de su
base nacionalista le ha impedido devenir en un socialismo europeo. Hay en esto
acción y reacción: la debilidad del socialismo mussoliniano y hitleriano les ha
impedido superar las fronteras nacionales y llegar irreversiblemente a un
nacionalismo europeo; la estrechez del nacionalismo mussoliniano y hitleriano
ha sofocado los gérmenes del socialismo, reduciéndolo a un estatalismo militar»),
rabiosamente hostil a la plutocracia (en justa reacción a sus coqueteos
procapitalistas de los últimos 20), no tenía nada que ver con la realidad de la
praxis fascista de su tiempo.
Hasta
su antijudaísmo es heterodoxo respecto al de otros fascistas: porque, como ya
se dijo, no surge de impulsos xenófobos de hostilidad contra «el Otro»
sino como rebeldía, ruptura, desapego ante algo que interioriza (su condición
burguesa que, por su propia biografía -ya mencionamos la alta proporción de
judíos entre su medio social-, convierte en sinónimo de «condición judía»
-de nuevo volvemos a Bernard Frank: «Esa descomposición la veía él, sobre
todo, en los medios judíos, que son los más accesibles y más traidores de la
burguesía. Los medios judíos le daban una imagen de aquel mundo en technicolor.
Eso constituye la base, el terreno original... Drieu se sentía enormemente
débil y soñaba con ser vikingo»; lo que corrobora el propio Drieu: «Lo
que menos me gusta de los judíos es que son burgueses y transforman en burgués
todo aquello que tocan»-) y que hace, del Drieu visto a sí mismo (con
disgusto) como judío honorario, émulo anímico de tantos judíos auténticos que,
hoy como ayer, critican y han criticado frontalmente su estereotipo social
(Ferdinand Lassalle, Otto Weininger, Karl Kraus -«...creo que puedo decir de
mí mismo que sigo al judaísmo en su desarrollo hasta el Exodo pero lo abandono
justo en el momento en que se pone a danzar alrededor del becerro de oro»-,
Alexandre Marc -uno de los creadores, a comienzos de los 30, del grupo
tercerista francés L’Ordre Nouveau, en estrecho contacto con los strasseristas
alemanes-, Simone Weil, Rosa Luxemburgo -en sus feroces polémicas con el Bund,
partido socialista polaco «sólo para judíos»-, Rudy Dustchke y Bernt
Rahbel -líderes econacionalistas del mayo berlinés que reivindicaban la
identidad alemana frente a la ocupación USA/URSS-, Leonard Cohen -estudioso de
la Cábala y alérgico al Talmud, profundamente crítico con los desmanes
sionistas y cuyo detonante para lanzarse a interpretar sus propias canciones
fue la teutónica Nico, uno de sus más grandes mitos- o Noam Chomsky
-responsable de la frase más dura dicha jamás sobre el destino final del estado
israelí: «Ganarán todas las batallas, menos la última»-).
Drieu,
colaborador y resistente a la vez durante la ocupación alemana (testimonio de
esta condición ambivalente queda en su tarea como director de la «Nouvelle
Revue Francaise» -actuando como paraguas protector de escritores desafectos
y de origen judío: «Los amigos judíos que he ocultado están en la cárcel o
han huido. Me ocupo de ellos y les hago algún que otro favor. No creo
contradicción alguna en ello. Acaso la contradicción de los sentimientos
individuales y de las ideas generales es el principio mismo de toda humanidad.
Se es humano en la medida en que le hacemos trampas a nuestros dogmas»-,
sus artículos cada vez más críticos contra el Reich -que le harán objeto de
amenazas de muerte por parte de las autoridades alemanas: «Ha escrito usted
un artículo a sabiendas de que no iba a salir. No es la primera vez. Quizá
pretende usted que le fusilemos. Si continúa enviando artículos de este tipo,
no sólo le fusilaremos a usted, sino a toda la redacción del periódico»-,
su stalinismo de los últimos tiempos -«Lenin y Stalin se parecen más a la
crudeza de Nietzsche que Hitler (...) Hoy en día, monarquía, aristocracia,
religión, están en Moscú, en ninguna otra parte»-, amén de sus escritos
finales como los últimos fragmentos de su diario -«Lo que me molesta de la
posición del dandy y me ha alejado de ella es el puritanismo disfrazado. Noli
me tangere: es abstraerse de la vida, de las manchas, de los borrones. Después
de todo, prefiero haberme revolcado en el barro con los demás»-, el texto «Exordio»
pensado para ser leído ante un tribunal que lo juzgase -«Sí, soy un traidor.
Sí, he estado en inteligencia con el enemigo. Yo aporté al enemigo la
inteligencia francesa. Si ese enemigo no fue inteligente, no es culpa mía. Sí,
yo no soy un patriota corriente, un nacionalista cerrado: soy un
internacionalista. No sólo soy un francés, soy un europeo. Vosotros también lo
sois, lo sepáis o no. Pero hemos jugado y he perdido yo. Reclamo la muerte»-
y sus novelas terminales «Perros de paja» -sátira desencantada sobre la
ocupación alemana y el colaboracionismo- y la inacabada «Memorias de Dirk
Raspe» -inspirada en otro suicida, el pintor Van Gogh-), vivió hasta el
final su condición de «agente doble» autoinmolado a una voluntad de
transversalizar contradicciones («Siempre me ha gustado juntar y mezclar los
problemas contradictorios: nación y Europa, socialismo y aristocracia, libertad
y autoridad, misticismo y anticlericalismo») que el tiempo ha acabado
casando en muy posteriores avatares políticos (anticolonialismo fanoniano,
Nueva Izquierda, nacional/comunismo ruso, islamismo revolucionario...) pero que
a Drieu le obligaría («Me gustaría formar parte de la cofradía de los
suicidas. Finalmente, es una noble cofradía.») a partir un día de marzo del
45 tras una buena ingesta de gas de la cocina y tres tubos de barbitúricos
(unos meses antes, en agosto del 44, se había intentado matar dos veces: la
primera con luminal y la segunda, ya en el hospital, abriéndose las venas -tras
este conato escribiría los fragmentos finales de su diario, repletos de
consideraciones religiosas, y las no menos místicas «Memorias de Dirk Raspe»,
despreocupándose por completo de la política: «La política me interesa poco
porque creo que el destino ya está trazado» o «Nunca volveré a
encontrarme en el estado maravilloso en que viví los últimos meses antes del
suicidio. Yo, que estaba tan poco versado en cuestiones de mística, encontré un
método bastante bueno para un ascetismo brutal»).
Hoy, amigo, tu
obra (narrativa, poesía, teatro, ensayo...), tan llena de precisiones
psicológicas y de introspección, nos enseña, desnuda y lista para compartirla
en comunión no conformista, el alma de un burgués en rebeldía contra sí mismo.
Ejemplar no en la perfección de tu trayectoria (pues no hay tal: tú no fuiste
sino un antihéroe con ínfulas de titán que se agitaba marcado por un destino
trágico) pero sí en tu voluntad de superación y en tu profunda lucidez y
sensibilidad sobre muchas de las situaciones y gentes que influyeron en tu
vida. No diste respuestas pero las interrogaciones que planteaste a los dilemas
establecidos («Interrogaciones» era el título de tu primera obra, aquel
poemario del 17 con olor a trinchera -«Reparto de la humanidad por la guerra
/ los combatientes y los no combatientes / los que son heridos o muertos,
aquellos a cuyo alrededor / el aire está tranquilo / los que tienen un cálido
lecho y duermen su hartazgo / los que tienen fríos insomnios / los que aman de
cerca, los que aman de lejos / a sus amados / es tan sólo este reparto
cercenado»-) y los desafíos que aceptaste son tan válidos en tu tiempo como
en el nuestro. Lo que no debemos es mimetizar tus errores. Tú serías el primero
en desaconsejárnoslo.
BIBLIOGRAFIA EN
CASTELLANO:
«DRIEU LA ROCHELLE»
(biografía de Pierre Andreu y Frederic Glover) (Ed. Aguilar // Madrid, 1991)
«ESTADO CIVIL»
(Ed. Icaria //Barcelona, 1978)
«EL FUEGO FATUO»
(Alianza Ed. // Madrid, 1975)
«DIARIO DE UN HOMBRE
ENGAÑADO» (Ed. Bruguera // Barcelona, 1981)
«GILLES»
(Alianza Ed. // Madrid, 1989)
«EL HOMBRE A
CABALLO» (Ed. Premia // México, 1981)
«RELATO SECRETO»
(Alianza Ed. // Madrid, 1978)
«HISTORIAS ACERBAS»
(Ed. Bruguera // Barcelona, 1982)
«MEMORIAS DE DIRK
RASPE» (Ed. Seix Barral // Barcelona, 1972)
DRIEU
EN LA RED: Para los fieles a Drieu
(idioma: francés) // El romántico europeo (idioma:
francés) // aproximaciones
(idioma: francés)
menciones
a DRIEU en «EL
CORAZON DEL BOSQUE»: «Tercerismo europeo en Francia» (nº
2-3) // reseña de «Gilles» (nº 10) // «Perfiles geopolíticos del
nacional/comunismo ruso» (nº 11-12) //
«Fascismo y pesimismo», «La vía zurda», «Contra el
antifascismo» (cuadernillo «El Corazón de la Revuelta»)