ATLANTIS
ENTRE
IBERIA Y ÁFRICA
Un Viaje al Corazón de la Historia
© Georgeos Díaz, 2000
Resumen:
Ensayo basado en el estudio
etimológico y lexicográfico de los textos del Kritias y el Timaios en sus
versiones originales greco-latinas, que permite afirmar que la civilización de
Atlantis descrita por Platón se encontraba entre la Península Ibérica y el
Norte del África Noroccidental. Se sientan las bases para el inicio de la
atlantología como disciplina científica auxiliar de la historia.
Una necesaria Introducción
En 1882 sale a la luz, bajo el nombre de “Atlantis: The
Antediluvian World”, la monumental obra pionera sobre la Atlántida de Ignatus
L. Donelly. La misma fue todo un éxito. En unos pocos años llegó a
editarse, solo entre E.E.U.U. e Inglaterra unas setenta y cinco veces. Sin duda
alguna el premio a una ardua investigación recopilatoria que había durado unos
doce años. Si bien Donelly no había sido el primero sí había conseguido
ser el mejor y mayor informador y conocedor de todo lo relativo a la, cada vez menos
mítica, isla-península. Posterior a este clásico de la atlantología
documental se han publicado más de dos mil libros y unos diez mil artículos
(por desgracia la mayoría de ellos sin fundamento científico alguno), unos
cuantos filmes y un considerable número de documentales, además de
composiciones musicales y hasta una ópera. Lo que sin duda demuestra el gran
interés popular por esta misteriosa civilización.
Ciertamente, y ante estos datos, cualquiera pensaría que
resultaría prácticamente imposible aportar algo nuevo a la vez que serio y
riguroso, como no sea el descubrimiento mismo de la ciudad sumergida de
Atlantis. A mí mismo me ha costado muchos años el poder descubrir que todavía
podían realizarse algunas aportaciones. Y lo más increíble resultó que estas
estuvieron siempre ante las narices de todos.
Al igual que muchos otros atlantólogos siempre había
intuido, más bien deducido, que en el relato de Platón sobre la Atlántida
existía un auténtico trasfondo histórico. Numerosos detalles obligaban a esta
conclusión. Por otra parte, siempre había considerado que la mejor manera
(probablemente la única posible) de autentificar la existencia histórica de
esta enigmática civilización sería a través de las evidencias arqueológicas,
entendidas como tales los restos arquitectónicos, los artefactos y las
inscripciones que a la fuerza debieron dejar esparcidos por numerosos sitios en
las regiones y colonias que ellos dominaron, según el texto, de este lado de
las Columnas de Hércules (hacia el Mediterráneo) y del otro (hacia el
Atlántico).

El genial filósofo ateniense Platón. El primero en
defender la existencia histórica de la Civilización de Atlantis, a la cual
ubicó delante del Estrecho Heracleo o Estrecho de Gibraltar
Yo no seguiré
nunca el procedimiento engañoso y manipulador de la mayoría de los atlantólogos
de ir seleccionando sólo los restos arqueológicos de difícil explicación para
así jugar con ventaja ante los arqueólogos in nomina o académicos (esto
sería lo más fácil), ni tampoco basaré mi teoría en las tan llevadas y traídas
(en ocasiones por los pelos) comparaciones de similitudes arqueológicas entre
civilizaciones de ambas partes del Atlántico, aún cuando creo que ciertamente
muchas de estas podrían deberse a la existencia histórica de esta civilización
desaparecida. No, yo siempre he huido de lo fácil, digamos que siento una
extraña fascinación por los retos, por las empresas difíciles. Puede que
algunas de mis teorías no resulten certeras, pero al menos, nadie dirá jamás
que fui un simplista o un facilista carente de originalidad,
rigurosidad y sobre todo de método científico.
Partiendo pues del axioma de que si el relato es auténtico
deberán entonces aparecer suficientes evidencias arqueológicas que lo
confirmen, sobre todo en aquellos lugares señalados por Platón, es que decidí
emprender esta investigación cuyos resultados parciales expongo también en este
medio. Así pues, y a través de este medio, vamos a intentar rastrear las
huellas atlantes que, siempre, según el texto de Platón, necesariamente
deberían hallarse en nuestra Península Ibérica, además de otros puntos del
Mediterráneo.
Pero no vamos a perseguir -como tan incomprensiblemente han
hecho otros investigadores- una Atlántida megalítica de
dólmenes y menhires, simplemente por que en la obra del maestro ateniense nada
de esto se menciona. Vamos pues a buscar restos arqueológicos de una
civilización que, según los textos, construía canales, puentes, acueductos,
termas, templos y casas rectangulares al estilo clásico, que
amurallaba sus ciudades mediante anillos o circularmente, que tenía hipódromos
(el antecedente de los circos romanos), que poseía grandes naves, puertos
y dársenas, que conocía la bóveda y la cúpula, que rendía culto
al toro, al caballo, a los delfines y a seres mitológicos
marinos como las nereidas, y a los pegasos, así como a las estelas
y columnas, y al dios de los pozos, de los estanques y de las aguas
en general: el dios Poseidôn. Una civilización que poseía su
propia lengua y escritura, cuyos guerreros usaban escudos circulares,
espadas, lanzas, cascos, corazas, arcos, hondas
y carros de combate. En fin, una civilización clásica muy similar
a la griega y a otras civilizaciones mediterráneas como la etrusca, la romana y
la fenicio-cartaginesa.

Petroglifos de Canales de
Molina en Guadalajara. ¿Crónica de las guerras entre los atlantes, los
helénicos y los egipcios?
Aún me resulta verdaderamente increíble que, precisamente, esta civilización
clásica atlante, la única que se describe en los textos, a nadie le haya
interesado buscarla. Probablemente por esa astuta tendencia de muchos
investigadores de asegurarse un éxito editorial con teorías difíciles de
rebatir por su ambigüedad. Además de por un cierto pre-convencimiento pesimista
de que una Atlántida como la que describe Platón no podría
hallarse jamás en la Península Ibérica y por supuesto, mucho
menos en otros puntos de la Tierra lejanos al entorno mediterráneo. En resumen,
por la tendencia al simplismo, a la falta de profundización y, sobre todo, de
rigor científico. Estas características de la
civilización atlante, así como otros aspectos de la narración -erróneamente
interpretados como demostraré en el primer artículo de este monográfico-
han sido a su vez las principales causantes de que los arqueólogos académicos
hayan rechazado su veracidad histórica. Y es que, para la gran mayoría de
ellos, es inadmisible la existencia de una civilización-imperio de tipo
clásica en una fecha tan remota como la que da Platón o sea, unos 11.600
años antes del presente (a. p.), es decir, en plena época de finales del
Paleolítico, según la cronología aceptada por convención por casi todos los
arqueólogos.
La mayoría de los atlantólogos o partidarios de la Atlántida,
conocedores de estos serios y en principio, bien razonados argumentos de los
arqueólogos, decidieron pues, como reza ese antiguo refrán castellano: “irse
por los cerros de Úbeda” especulando sobre Atlántidas
paleo-megalíticas, centroamericanas, andinas, asiáticas o egipcias.
Regodeándose en innumerables comparaciones más o menos forzosas y poco fiables
de elementos arqueológicos y palabras, muchas de ellas inexistentes. Todo ello,
cuando la respuesta al enigma atlante estaba precisamente en no huir de las
argumentaciones de los arqueólogos por muy razonadas que pareciesen, sino todo
lo contrario, había que enfrentarlas y meditarlas en profundidad, y eso es
precisamente lo que hice, y el primer hallazgo revelador fue detectar que, el
texto griego de Platón había sido mal interpretado en pasajes muy
importantes, curiosamente en aquellos que le servían a los arqueólogos como
mísiles contra la veracidad histórica de la Atlántida, mientras
que el segundo fue descubrir que, muchos monumentos descritos por Platón,
aun hoy en día se mantienen en pie en la Península Ibérica, pero
atribuidos a civilizaciones clásicas posteriores como la griega y la romana.
Todo esto ocurría debido a que los arqueólogos habían convertido
en dogma de fe, por una parte y siguiendo a Aristóteles, el supuesto de
que la civilización atlante solo existió en la imaginación de Platón,
y por otra, el también supuesto de que una evidencia arqueológica superior o de
calidad solo podría pertenecer a la civilización romana o en su defecto a la
griega o púnica. El método de este supuesto, convertido en dogma, consiste en
adjudicar evidencias arqueológicas superiores a la civilización más próxima en
el tiempo cronológico convencional y cuyo mayor número de evidencias similares
tenga adjudicadas, aun cuando sobre ese tipo particular de evidencia no exista un
claro paralelo, como ocurre en mucho de los casos, o la más mínima referencia
textual sobre su realización por parte de los supuestos autores impuestos por
los arqueólogos.
Estos supuestos xenogenéticos o xenofílicos,
convertidos en dogma, fueron los principales causantes de que ni aún los
partidarios de la Atlántida se percataran de que sus huellas
estuvieron siempre visibles. El descubrimiento de la Atlántida no
consistía pues en hallarla bajo el mar, sino simplemente en reconocer las
evidencias dejadas en las regiónes que no se hundieron, ya que es completamente
falso que esta se hundió totalmente, como bien demuestra la correcta lectura
del texto griego original de Platón y que expondremos en este
monográfico.

Los
célebres Toros de Guisando en Ávila. Monumentos atlantes del Culto al Toro
atribuido a los celtíberos por la mayoría de los arqueólogos que defienden las
teorías convencionalistas.
El
descubrimiento de la Atlántida consistía más en la revisión de las
fuentes documentales primarias y en la reinterpretación arqueológica que en la
búsqueda de evidencias extrañas y enigmáticas de difícil interpretación. Yo
afirmo, en este espacio, que he descubierto la verdadera Atlántida,
aquella que Platón describe, la única de la que se puede hablar con rigor. Que
esta era toda Iberia más un archipiélago o grupo de islas de diversos tamaños
que iban desde las Estelas de Herakles o Columnas de Hércules hasta las costas
noroccidentales de África, ocupando casi todo el actual Golfo Atlántico o sea,
la parte de la Atlántida que se sumergió bajo el mar por varios cataclismos
según Platón.
Afirmo también que, aún existen en España numerosas
huellas atlantes perfectamente identificables en el relato de Platón.
Algunas de estas huellas las constituyen monumentos arquitectónicos de una
impresionante magnificencia, erróneamente adjudicados a los romanos, como
pudieran ser el célebre Acueducto de Segovia y el Arco de Medinaceli
o monumentos escultóricos como los Toros de Guisando atribuidos a los
celtíberos y la excepcional colección de bustos de origen prerromano
hallada en tierras del Antiguo Imperio de Tartessos, heredero de la Atlántida y
que se conserva en la Casa-Museo Posada del Moro del Grupo de Empresas
P.R.A.S.A. Esto y mucho más defenderé como teoría científica -jugándome el
tipo, y no precisamente por el camino más fácil- en esta tesis que, sin
duda alguna, levantará más de una acalorada polémica. La mesa está servida.
La Verdadera Ubicación de
la Atlántida. El Primer Error
Numerosas son las ubicaciones que se han intentado dar a la
enigmática civilización atlante. Así mismo se la ha querido hallar hasta en los
lugares más inverosímiles. Lo cierto es que la Atlántida ha sido siempre algo
verdaderamente apetitoso para la mayoría de los pueblos de la Tierra. Sin
embargo, y para disgusto de muchos, la Atlántida jamás estuvo en otro punto que
no fuera entre la Península Ibérica y el Norte de África, ni tan
siquiera en el centro del Atlántico como habían pensado la mayoría (incluido yo
mismo) de los estudiosos.
La teoría de la Atlántida en España y su
identificación con Tartessós parece haberse hecho patente ya
desde el injustamente olvidado historiador español Francisco Fernández y
Gonzalez, padre del célebre Juán Fernández Amador de los Ríos, quien
hizo este reclamo de prioridad teórica al alemán Adolf Schulten, al que
los propios historiadores españoles le adjudicaron la inmerecida fama de haber
sido el primero en defender esta teoría. ¡Hay que ver como somos siempre con
los nuestros! Esto me recuerda el caso de Marcelino Sanz Sautuola,
el primer investigador de las célebres pinturas rupestres de Altamira, quien
murió en la vergüenza de haber sido vituperado como falsificador.
Posterior a Schulten y a la arqueóloga Elena
Whitshaw todos los que han defendido la teoría no han hecho más que
reincidir, salvo en pequeños detalles, en los mismos puntos. Mención aparte
merecen algunos investigadores como el también injustamente condenado al
ostracismo Mario Roso de Luna -probablemente el mas grande científico y
filósofo de la generación del 98- Juan G. Atienza, Fernández Sánchez
Dragó y Jorge María Ribero-Meneses. Todos estos investigadores
presentan un común denominador, la creencia en una Atlántida paleolítica y
megalítica, autora de las mejores pinturas rupestres y de los más
impresionantes megalitos. Aunque Ribero-Meneses difiere de ellos en que
ha realizado un estudio mucho más profundo desde el punto de vista filológico y
ha propuesto como sede geográfica de lo que él llama la "primitiva
Atlántida" a las serranías cántabro-castellanas.
Hasta hace unos años yo estaba convencido de que la Atlántida
de Platón se encontraba en medio del Océano Atlántico, en un
punto cercano a las Islas Azores como muchísimos atlantólogos, mientras que mi
amigo y maestro en polémicas Ribero-Meneses intentaba hacerme ver lo
equivocado que me hallaba. El defendía que la Atlántida era España misma,
pero a mí no me acababan de convencer algunos de sus métodos de reconstrucción
lingüística. Ahora me siento obligado a reconocer que, al menos, en cuanto a la
identificación de la Atlántida con España, Ribero-Meneses tenía
la razón.
Como buscador de la verdad, sea cual sea y caiga quién caiga, a mí
solo me interesaba descubrir la verdadera ubicación de la Atlántida.
La sola lectura del texto de Platón me infundía una fuerte intuición de
que aquello no podía tratarse de una mera invención como pretendían fundamentar
algunos escépticos. Hacía ya mucho tiempo que había comprendido que es
imposible realizar un estudio serio y riguroso en materia de historia y
arqueología sin recurrir a las fuentes primarias, es decir, al texto en su
lengua original lo que me llevó a realizar estudios de lenguas antiguas como el
griego, el latín, el egipcio, el fenicio y el sumerio,
entre otras.
La inmensa mayoría de los que se dedican al estudio del pasado
trabajan sobre fuentes indirectas, sobre información de segunda y tercera mano.
De esta manera, los errores cometidos por los intermediarios son asimilados y
trasmitidos a través de una cadena de investigadores que se asientan unos
encima de otros sin que se decida acudir, salvo escasas excepciones, a la
fuente primera. La autoridad y competencia de los especialistas académicos
antecesores se asume como algo prácticamente fuera de toda duda e inapelable en
la mayoría de los casos, y es ahí donde está, precisamente, el mayor peligro
para la reconstrucción histórica del pasado. Y para la búsqueda del saber
verdadero.
Así pues, nada más empezar la lectura del texto en griego del
Timeo en la obra de Platón, donde comienza el primer relato sobre la Atlántida
me percaté de un gravísimo error de traducción. Un error, que repetido después
hasta la saciedad -por todos los investigadores intermediarios que no
tradujeron directamente del griego o el latín o que no se atrevían a realizar
enmiendas- terminó por convertirse en una verdad incuestionable, que ha
traído como consecuencia que muchísimos miles de seres humanos (entre los que
también me encontraba) se hayan creído que la Atlántida que cita
Platón estuviera en el medio del Océano Atlántico. Este primer error fue
traducir la palabra griega pelagos (pélagos) -antecedente de
nuestra voz piélago- como océano. Originalmente esta voz griega pelagos significaba “marisma”,
“estanque”, “laguna”, “playa”, como lo demuestran un buen número de
palabras relacionadas dentro de la propia lengua helénika, en parientes
lejanas como el lituano y en otras que han mantenido algún contacto
histórico como la fenicia, la egipcia, y el ladino o
dialecto judío-español de la España tardo medieval, donde pélago
seguía manteniendo la antigua significación griega de “balsa” y “estanque”
(Pascual Pascual, 1977). Así, cuando el texto en griego decía que,
“...tote gar poreusimon ên to ekei pelagos:
nêson gar pro tou stomatos eichen ho
kaleite, hôs phate, humeis Hêrakleous stêlas...” (Timaios 24e)
”...Entonces sí se podía atravesar aquel piélago:
una isla, en efecto, había delante de la boca a la que
vosotros llamáis, y dais a conocer, las Estelas de Herakles...”
Los primeros traductores de lenguas modernas escribieron:
“...En aquella época, se podía atravesar aquel océano
dado que había una isla delante de la desembocadura que vosotros,
así decís, llamáis Columnas de Hércules...”
He subrayado las palabras claves de este pasaje. La
palabra pélagos aparece mal traducida en muchos textos y
diccionarios greco-latinos como “mar o alta mar”. Mas adelante expondré
en este medio el estudio etimológico y lexicográfico que hube de realizar para
convencerme de su verdadero y original significado de “marismas”, “playas”
o de lo que hoy conocemos como “archipiélagos” Este estudio etimológico
y lingüístico llega a ocupar todo un capítulo en el libro que he realizado
sobre esta tesis de la La Atlántida entre Iberia y África. De
todas maneras, si Platón hubiese querido referirse al océano,
sencillamente hubiera usado esta misma palabra, ya que en griego océano
se escribía Wkeanos, es decir, ôkeanós.
Por otra parte, una prueba más de que Platón se estaba refiriendo
en todo momento a un conjunto de marismas y archipiélagos lo
tenemos en el mismo pasaje citado cuando al querer expresar la idea de
atravesar utiliza la voz griega poreusimon (poreúsimon) la cual hace
referencia a lo relacionado con “pasar” o “atravesar por tierra”,
según demuestra el análisis léxico-etimológico. Si Platón hubiese
deseado expresar la idea de atravesar por mar o agua podría pues haber usado la
voz porqemeuw (porthmeúô) “viajar por agua, estrecho o brazo de mar”.
Sólo después del hundimiento de la Isla-ciudad y de alguna
parte del archipiélago donde se asentaba -no de la Atlántida entera-
es que el filósofo ateniense utiliza por vez primera en el Timeo una palabra
con claro significado marino. Me refiero a la vos qalattas (thálattas) “mar”. El
texto dice así:
“... hê te Atlantis nêsos hôsautôs
kata tês thalattês dusa êphanisthê: dio kai nun aporon kai
adiereunêton gegonen toukei pelagos, pêlou karta bracheos empodôn
ontos, hon hê nêsos hizomenê parescheto... ” (Timaios 25d)
“... y la Atlantis isla desapareció debajo del mar
(qalatths / thálattês) hundiéndose. Por ello, aun ahora el piélago
(pelagos) es allí intransitable e inescrutable, porque lo impide el fango y los
bajos que la isla allí asentada produce...”
Como puede observarse Platón deja bien clara la diferencia
entre la palabra (en genitivo) thálattês “del mar” o “de
las aguas” y la palabra pélagos, relativa a las “aguas
poco profundas, fangosas y con islas”; como las aguas de todos los archi-piélagos
conocidos hoy en día. En otro pasaje, al referirse al mar Atlántico, Platón
emplea la voz pontos (pontos) en Tim. 25a que, en la lengua helénika es
utilizada para denominar a los “mares”, mientras que para referirse a lo
que rodea al estrecho y a la isla-ciudad de Atlantis usa siempre la
vos pelagos (pélagos) o sea, “piélago”; emparentada con “archi-piélago”
que significa "el Piélago Antiguo o Primordial" y que era
usado para nombrar el conjunto de islas del Mar Egeo. La configuración
de este mar es justamente la de un mar repleto de islas de diversas
dimensiones, por lo que tenemos aquí una clara evidencia del significado de piélago
como un grupo de islas o islotes rodeados de agua, o mar de islas.
Sentido este que hemos heredado en la actual terminología geográfica, donde un
archipiélago es un conjunto de islas agrupadas en una superficie de mar
de una extensión determinada.
Una confirmación de que Platón se refería a un piélago
o mar de islas junto al Estrecho de Herakles lo tenemos en el
hecho de que la mayoría de los autores de la antigüedad al referirse a las
aguas que rodeaban al estrecho, de la parte del Mediterráneo o Mare Nostrum,
solían utilizar las denominaciones de Piélago Ibérico y Piélago
baleárico, evidentemente por las islas baleares, entre otras ya
desaparecidas que existieron cercanas al Estrecho, según ha confirmado la
geología marina, y de las cuales se conserva la actual Isla de Alborán.
En otro pasaje, refiriéndose Platón a los hijos de
Poseidón de Atlantis dice:
“... houtoi dê pantes autoi te kai ekgonoi toutôn epi geneas
pollas ôikoun archontes men pollôn allôn kata to pelagos
nêsôn, eti de, hôsper kai proteron errêthê, mechri te Aiguptou
kai Turrênias tôn entos deuro eparchontes. ...” (Kritias 114)
“... todos estos y todos los de su linaje mucho tiempo vivieron
como arjontes (gobernantes) de muchos de los otros sobre el piélago
de las islas, que además, y de igual modo antes mandaron; hasta Egipto
y Türrênia (Península Itálica) hacia dentro hasta aquí extendieron su poder.
...”
Una vez más Platón nos aclara las características del
escenario geográfico que rodea a Atlantis. Este se ajusta al de un
archipiélago, lo que queda perfectamente definido con la expresión “el
piélago de las islas”. A continuación el maestro ateniense nos precisa
más aún al asegurarnos que un extremo de la Isla Atlantis llegaba hasta las
Columnas de Hércules y la región de Gadira. Veamos este revelador pasaje:
“... tôi men presbutatôi kai basilei touto hou dê kai pasa hê nêsos
to te pelagos eschen epônumian, Atlantikon
lechthen, hoti tounom' ên tôi prôtôi basileusanti ... (Kritias 114a) ... tote Atlas:
tôi de didumôi met' ekeinon te genomenôi, lêxin de akras tês nêsou pros
Hêrakleiôn stêlôn eilêchoti epi to tês Gadeirikês nun
chôras kat' ekeinon ton topon onomazomenês, Hellênisti men Eumêlon,
to d' epichôrion Gadeiron, hoper t' ên epiklên tautêi onom'
a<n> paraschoi. ...” (Kritias 114b)
“... el mayor y rey es aquél del que toda la isla y
el piélago lleva su nombre; el Atlántico según se
dice, tiene el nombre derivado de este el primero que fue rey ... (Kritias
114a) ... entonces Atlas: al gemelo o ser que vino después, le
correspondió la punta más lejana de la Isla junto a las Estelas de los
Heraklios otorgada por los dioses al lado de Gadirikê que
ahora allí ese lugar denominan por ese nombre, en Helênistico es Eumêlo,
en indígena Gadiro, el que es muy posible que por sobrenombre así
mismo dio nombre (al lugar) de esta forma el nombre fue originado. ...”
Con este pasaje Platón dejó bien claro -a través de la voz
helénica akras (akras) que también tiene el significado de extremidad,
confín, límite, cabo-, que la punta más lejana o extremo de
la isla se situaba junto a las Estelas de Heracles o Columnas
de Hércules, la cual estaba también al lado o cercana al
lugar conocido en su época (o sea, en los tiempos de Platón) como Gadirikê,
cuyo nombre se suponía a la vez derivado del nombre de su hermano gemelo Gadiro
y de que la Gadirikê o región de Gadira se
correspondía, más o menos con la actual provincia de Cádiz es
algo que hoy en día está fuera de toda duda. Por si acaso me he tomado la molestia
de revisar todas las fuentes originales en heléniko y latín que
hacían referencia a este topónimo y todas sin excepción ubican este paraje en
las cercanías del Estrecho Heracleo.
Todos los investigadores que han pretendido ubicar la existencia
de Atlantis en cualquier otro punto del Mundo que no sea en las cercanías del
actual Estrecho de Gibraltar, han tenido que verse obligados a forzar las
traducciones de los textos para que pudieran adaptarse a sus hipótesis
preconcebidas. Ninguna de ellas se sostienen en lo más mínimo. De hecho, todas
se basan en los típicos argumentos: “tal vez Platón lo que quiso decir
fue...” o “y si en vez de tal, fue realmente cual...” o esa otra
argumentación basada en los posibles defectos de ortografía de Platón o de sus
copistas, quienes confundirían unas palabras por otras.
La precisión de Platón a la hora de ubicar la Isla
Atlantis junto a las Estelas de Herakles es tan
impresionantemente exacta que todos los que han intentado situarla en otros
lugares no les ha quedado mas remedio que inventarse que las Columnas de
Hércules nunca estuvieron donde siempre han estado o que pudieron existir
otras. Lo cierto es que el 99,9% de las citas sobre las Estelas de Herakles
o Columnas de Hércules las sitúan en el estrecho que separaba al gran
Mar Exterior u Océano del Mar Interior o Mare Nostrum, el actual Mediterráneo.
La ubicación de la Isla-Península de Atlantis
entre Iberia y África, junto al Estrecho de Gibraltar,
nunca ha sido una tesis o una hipótesis, simplemente ha sido la única ubicación
referida por Platón, y sinceramente, intentar sostener otra ubicación
significaría siempre ignorar por completo el texto de Platón, además de
verse uno obligado a la manipulación, al empleo del argumento de la fuerza en
vez de la fuerza del argumento. No olvidemos que es a él, precisamente, a quien
debemos todo lo que hoy sabemos y discutimos sobre la Atlántida, por lo que
deberíamos tener en cuenta sus afirmaciones. Es obvio que no existe nadie hoy
en día con más conocimientos sobre la Atlántida que los que tenía
el genial filósofo atheniense.