Lenguaje
Palabras e ideas a la deriva
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Lenguaje

"Usando una metáfora creada por Hemingway, una bella pieza de literatura es en gran medida semejante a un iceberg. La línea de la trama es la novena parte visible del original; los temas y las ideas subyacentes, los conceptos que nos hacen reflexionar y la habilidad del autor con el lenguaje constituyen todo el resto del texto".
Hallado en una página de Internet
"Si alguno me siguiera por las calles un poco, diría con razón: este hombre está loco. Cruza como un sonámbulo de vereda en vereda, en algunas esquinas media hora se queda. Luego, como pinchado de agudo pensamiento, se traga veinte cuadras ligero como el viento".
Baldomero Fernández Moreno



Reforma ortográfica
Para los que amamos el idioma español va esta humorada genial que me hizo llegar, a fines del año 2000, un amigo residente en Europa.
 
REFORMA ORTOGRÁFICA
La Real Academia Española dará a conocer próximamente una amplia reforma de la ortografía española, que tendrá como objetivo unificar el uso del español como lenguaje común de los hispanohablantes. Será, no obstante, una enmienda paulatina, que entrará en vigencia poco a poco, para evitar confusiones y facilitar su aceptación.
La reforma -preparada en silencio durante varios años- hará mucho más simple el castellano de todos los días, pondrá fin a los problemas de ortografía que tienden trampas a futbolistas, abogados y arquitectos de otros países, especialmente los iberoamericanos, y permitirá que nos entendamos de manera universal quienes hablamos esta noble lengua.
De acuerdo con los datos que han trascendido -pese al secreto máximo con que se ha manejado esta propuesta- la reforma se introducirá en las siguientes etapas anuales:
Supresión de las diferencias entre 'c', 'q' y 'k'. Komo despegue del plan, todo sonido parecido al de la k (este fonema tiene su definición téknika y lingüístika, pero konfundiría mucho si la mensionamos akí) será asumido por esta letra.
En adelante, pues, se eskribirá 'kasa', 'keso', 'Kijote'. También se simplifikará el sonido de la  'c' y de la 'z' para igualarnos a nuestros hermanos hispanoamericanos que convierten todas estas letras en un úniko fonema 's'. Kon lo kual sobrarán la 'c' y la 'z': "el sapato de Sesilia es asul".
Por otro lado, desapareserá la doble 'c' y será reemplasada por x: "Tuve que axionar la alarma". Grasias a esta modifikasión los españoles no tendrán ventajas ortográfikas frente a otros pueblos hispanoparlantes por su estraña pronunsiasión de siertas letras.
Asimsimo se funden la 'b' kon la 'v', ya que no existe en español diferensia alguna entre el sonido de la 'b' larga y la 'v' korta. Por lo kual, a partir de segundo años, desapareserá la 'v' y beremos kómo bastará con la 'b' para ke bibamos felises y kontentos.
Pasa lo mismo kon la elle y la ye. Todo se eskribirá con 'y': "Yébeme de paseo a Sebiya, señor Biyar". Esta integrasión probokará el agradesimiento general de kienes hablan el kasteyano, desde Balensia hasta Bolibia. Toda 'b' será de baka, toda 'v' será de burro.
La hache, kuya presensia es fantasma en nuestra lengua, kedará suprimida por kompleto: así, ablaremos de abichuelas y de alkool. A partir del tercer año de esta implantasión, y para mayor konsistensia, todo sonido de erre se eskribirá con doble 'r': "Roberto me rregaló una rradio". No tendremos ke pensar kómo se eskribe sanaoria, y se akabarán esas komplikadas y umiyantes distinsiones entre "echo" y "hecho". Ya no abrá ke desperdisiar más oras de estudi en semejante kuestión ke nos tenía artos.
Para ebitar otros problemas ortográfikos se fusionan la 'g' y la 'j', para que así jitano se eskriba komo jirafa y jeranio como jefe. Aora todo ba con jota: "El jeneral jestionó la jerensia". No ay duda de ke esta sensiya modifikasión ará que ablemos y eskribamos todos con más rregularidad y más rrápido rritmo.
Orrible kalamidad del kasteyano, en jeneral, son las tildes o asentos. Esta sancadiya kotidiana jenerara una axion desisiba en la rreforma; aremos komo el injles, que a triunfado unibersalmente sin tildes. Kedaran ellas kanseladas desde el kuarto año, y abran de ser el sentido komun y la intelijensia kayejera los ke digan a ke se refiere kada bocablo. Berbigrasia: "Komo komo komo komo!"
Las konsonantes st, ps o pt juntas kedaran komo simples t o s, kon el fin de aprosimarnos lo masimo posible a la pronunsiasion iberoamerikana. Kon el kambio anterior diremos ke etas propuetas osionales etan detinadas a mejorar ete etado konfuso de la lengua.
Tambien serán proibidas siertas konsonantes finales ke inkomodan y poko ayudan al siudadano. Asi, se dira: "ke ora es en tu relo?", "As un ueko en la pare" y "La mita de los aorros son de agustin". Entre eyas, se suprimiran las eses de los plurales, de manera que diremos "la mujere" o "lo ombre".
Despues yegara la eliminasion de  la d del partisipio pasao y kanselasion de lo artikulo. El uso a impueto ke no se diga ya "bailado" sino "bailao", "erbido" sino "erbio" y "benido" sino "benio". Kabibajo asetarem eta kotumbre bulgar, ya ke el pueblo ya no manda, al fin y al kabo; dede el kinto año kedaran suprimia esa de interbokalika ke la jente no pronunsia.
adema, y konsiderando ke el latin no tenia artikulo y nosostro no debemo imbentar kosa que nuetro padre latin rrechasaba, kateyano karesera de artikulo. Sera poko enrredao en prinsipio, y ablaremo komo fubolita yugolabo, pero depue todo etranjero beran ke tarea de aprender nuevo idioma rresultan ma fasile.
Profesore terminaran benerando akademiko ke an desidio aser rreformas klabes para ke sere umano ke bibimo en nasione ispanoablante gosemo berdaderamente del idioma de Serbante y Kebedo.
ESI SI: nunka asetaremo ke potensia etranjera token un kabeyo de letra eñe. Eñe rrepresenta balore ma elebado de tradision ispanika y primero kaeremo mueto ante ke asetar bejasione a simbolo ke a sio korason bibifikante de istoria kastisa epañola unibersal.

Si hasta ahora no sabían qué era un palíndromo, aquí encontrarán un muestrario bastante extenso, interesante y divertido.
 
Palíndromos:
A ti la sal y la salita.
Anita lava la tina.
Ana lava lana.
Amigo no gima.
Amad a la dama.
Ana lleva al oso la avellana.
¿Subo tu auto o tu autobús?
A la Manuela dale una mala.
Así revelará su amada dama usar aleve risa.
Se corta Sarita a tiras atroces.
Al reparto sacas otra perla.
A sor Adela, Pepa le da rosa.
Adán no cede con Eva, y Yavé no cede con nada.
Al amanecer asaré cena mala.
Allá, cada gorda drogada calla.
Amo la pacífica paloma.
Amad a Loyola, dama.
Arena mala me da de mala manera.
Así Mario oirá misa.
Ata más acá la casamata.
Edipo: la mamá lo pide.
Eva usa vello, lo lleva suave.
Isaac no ronca así.
La maja, Bartolo, trabaja mal.
Los romanos son amor, Sol.
Mal si le das la fe falsa del Islam.
Nota épica: nací peatón.
Oiré la voz noble del bonzo Valerio.
Roba la lana, no la labor.
Roza las alas del azor.
Yo de lo mínimo le doy.
Adán no calla con nada.
Nuria, sonría y ate la maleta y a irnos a Irún.
Échele leche.
Le avisará Sara si va él.
A mamá, Roma le aviva el amor a papá, y a papá, Roma le aviva el amor a mamá.
Hace algún tiempo, en el diario español El País, apareció esta anécdota: "En una visita a Barcelona, el escritor guatemalteco Augusto Monterroso (Tito, para sus amigos, y una autoridad mundial en palíndromos) lanzó en una reunión el reto de aportar en menos de cinco minutos un palíndromo de cosecha propia. Pasado ese tiempo, les dijo a los presentes: 'Está claro que aquí los palíndromos solo los saco yo'. Y tomando papel y lápiz escribió: acá solo Tito lo saca".
Tomado del libro Cómo hablar bien, de Juan Carlos Dido, Bs. As., Planeta, 2003.


Frases de García Márquez acerca del periodismo y una recopilación de textos de periodistas varios refiriéndose a su profesión.
 
LO QUE APRENDÍ: GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
 
En "El Universal" publiqué mis primeros trabajos periodísticos. Clemente Manuel Zabala era el jefe de redacción. Le expliqué que quería trabajar allí, y que había publicado tres cuentos. Y resultó que él los había leído. Me dijo:
"Siéntate y escribe una noticia". Después la leyó y lo tachó todo, y fue escribiéndola él entre las líneas tachadas. En la segunda noticia volvió a repetir la misma operación. Las dos se publicaron sin firma, y yo pasé días estudiando por qué cambió cada cosa por otra, y cómo las escribió él. Después ya me fue tachando menos frases, hasta que un día ya no tachó más, y se supone que desde aquel momento yo ya era periodista
 
Las escuelas de periodismo son importantes para saber lo que es el periodismo, pero no para saber periodismo.
 
Es un consuelo suponer que muchas de las transgresiones éticas y otras tantas que envilecen y avergüenzan al periodismo de hoy, no son siempre producto de la inmoralidad, sino que ocurren por falta de dominio profesional.
 
El mal periodista piensa que su fuente es su vida misma -sobre todo si es oficial- y por eso la sacraliza, la consiente, la protege, y termina por establecer con ella una peligrosa relación de complicidad, que lo lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente.
La mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor.
 
La investigación no es una especialidad del oficio, sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición.
 
"Crónica" tuvo para mi la importancia lateral de obligarme a improvisar cuentos de emergencia para llenar espacios imprevistos en la angustia del cierre. Me sentaba a la máquina mientras linotipistas y armadores hacían lo suyo e inventaba de la nada un relato del tamaño de un hueco. Así escribí "De cómo Natanael hace una visita", que me resolvió un problema de urgencia al amanecer, y "Ojos de perro azul" cinco semanas después.
 
El periodismo es un género literario mayor de edad, como la poesía, el teatro, y tantos otros.
 
Una buena nota es como una salchicha. Tienes que anudarla al final para después poner todo adentro y que no se te caiga nada. Será una buena nota si sabes adónde vas antes de sentarte a escribir.
 
Siempre hay alguien que sabe cómo sucedió todo realmente. Hasta el autor del crimen compra el diario para ver cómo salió la  información.
 
Desde que era un niño y aún no sabía leer esperaba el diario de los domingos, por las tiras cómicas. Hoy, los periódicos ya no me parecen tan atractivos. Probablemente, nosotros hemos cambiado mucho y los periódicos no tanto.
 
Los diarios ganarán la batalla el día en que dejen de competir con la radio y la televisión. No hay como el detalle para hacer la diferencia.  La TV tendrá las mejores imágenes, pero tu tendrás los olores y los sentimientos de lo que ocurrió.
 
Que el periodista esté esclavizado a la realidad no significa que tenga que escribir un texto parco y despojado de sensaciones.
 
El objetivo es mantener la atención del lector. Cuando uno siente que corre el riesgo de aburrirse hay que dar un corte, para lo que a veces es muy útil el intertítulo. Es lo que llamo el cambio de nalgas, como cuando vemos cine.
 
El peor mal que puede sorprender a un diario: que no me llegue y ya no me importe.
 
Para mí, la computadora es una máquina de escribir mucho más simple, práctica y útil. Yo empecé con la pluma aquella de palo de madera y luego pasé por la estilográfica, la vieja máquina de escribir mecánica, la eléctrica y ahora la computadora, que no escribe las novelas por mí, sino que me permite trabajar mucho más rápido, y más descansado. Si a mí me hubieran dado la computadora hace veinte años, tendría dos veces más libros escritos.
 
Alguien tendría que enseñarle a los colegas jóvenes que el cassete no es un sustituto de la memoria. La grabadora oye, pero no escucha, repite pero no piensa, es fiel pero no tiene corazón, y su versión literal no será tan confiable como la de quien pone atención a las palabras vivas de su interlocutor.
 
Hay que cubrir más lo que hacen que lo que dicen.
 
Tenía y sigo teniendo un prejuicio tal vez injusto contra las entrevistas, entendidas como una sesión de preguntas y respuestas donde ambas partes hacen esfuerzos por mantener una conversación reveladora. Hoy es incontable el número de entrevistas de que he sido víctima. La inmensa mayoría de las que no he podido evitar deberán considerarse como parte importante de mis obras de ficción, porque son sólo eso: fantasías sobre mi vida.
 
Otra cosa que me preocupa de las entrevistas es su mala reputación de mujer fácil. Cualquiera cree que puede hacer una entrevista, y por lo mismo el género se ha convertido en un matadero público donde mandan a los primerizos con cuatro preguntas y una grabadora para que sean periodistas por obra y gracia de sus tompiates. El entrevistado tratará siempre de aprovechar la oportunidad de decir lo que quiere y -lo peor de todo- bajo la responsabilidad del entrevistador.
 
Nunca hay que descuidar la cara del entrevistado, que puede decir mucho más que su voz, y a veces todo lo contrario.
 
En una ocasión una reportera española me abordó en un hotel, quería una entrevista. Le dije que no, pero que nos acompañara durante el día a Mercedes y a mí: fuimos de compras, comimos juntos, y cuando regresamos al hotel tomó su grabadora y me dijo ¿ahora sí me da la entrevista? ¡Con todo el material que tenía!
 

Comentarios de diversos periodistas (RECOPILACIÓN de DIEGO ROTTMAN):
El tiempo y el mismo oficio han demostrado que el sistema nervioso del periodismo circula en realidad en sentido contrario. Doy fe: a los diecinueve años -siendo el peor estudiante de Derecho- empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso.
Hay una cosa en la cual se nota la diferencia entre el periodista novato y el que no lo es, en una guerra. El novato llega a una guerra y no pregunta a nadie, para que no piensen que es novato. ¡Y así todo el mundo sabe que es novato! Mientras, el veterano llega y busca a los amigos, a ver, oye, cuéntame, cuál calle es peligrosa, ese camarero tiene información, aquel trafica, aquella chica vale cien dólares, aquella botella de whisky vale 200... Tú trabajas y te mueves. Es normal preguntar. Uno aprende preguntando. (Arturo Pérez-Reverte)
 
Una frase que ha hecho mucho daño a algunos periodistas es esa de García Márquez de que el magnetófono mata la entrevista. ¡Carajo! Y Graham Bell mató la comunicación humana y los aviones aniquilaron los viajes en burro y el agua entubada acabó con la hermosa tradición de acarrear bidones. Me parece una irresponsabilidad absoluta hacerle una entrevista de 40 minutos a alguien sin mirarlo a los ojos, anotando lo que alcanzo a escribir. Ahora, si vas a hacer una crónica, vete con tu libreta. Pero si alguien va a jugarse contigo su prestigio, su nombre, su libertad, su futuro, registra sus palabras de la manera más fiel. Es lo menos que puedes hacer. (Ciro Gómez Leyva)
 
No creo que sea recomendable el amarillismo en el periodismo. Digo, simplemente, que es casi inevitable. El periodismo es áspero y en esa virtud es muy difícil mantenerse sin un resbalón. (Julio Scherer García)
 
El buen periodista es como el escritor. Si lo hace bien, puede conmover al público. Pero no tiene que proponérselo. (Robert Cox)
 
Cada vez son menos los diarios que siguen dando noticias obedeciendo el mandato de responder en las primeras líneas a las seis preguntas clásicas o, en inglés, las cinco W: qué, quién, dónde, cuándo, cómo y por qué. Aunque en todas las viejas reglas hay una cierta sabiduría, no hay nada mejor que la libertad con que ahora podemos desobedecerlas. La única dictadura técnica de las últimas décadas es la que imponen los diagramadores, y éstos, cuando son buenos periodistas, entienden muy bien que una historia contada con inteligencia tiene derecho a ocupar todo el espacio que necesita, por mucho que sea: no más, pero tampoco menos. (Tomás Eloy Martínez)
 
El criterio que manda es el formato del diario, su diagramación, su espectáculo y su propuesta de lo que constituye un día: la seudonoticia de un día cualquiera se infla para que luzca importante; la noticia importante se comprime y achata para que acate el formato del diario. El periodismo comprime el rasgo dinámico de los acontecimientos, del mismo modo que la música funcional apaga los extremos para compatibilizar a Mozart, Louis Armstrong y Prince. (Claudio Uriarte)
 
La investigación periodística, debido a su virtud reveladora, tiene un poder de  choque sobre la sociedad superior al del periodismo ideológico y produce un interés más permanente. Saber quiénes detentan el poder, cómo lo tienen y qué hacen con él es algo que seduce a todo el mundo. (Rogelio García Lupo)
 
Quien tiene el poder de conceder la impunidad, tiene el poder de banalizar la información, por terrible que sea, si el mayor poder al alcance de los informadores es el estremecimiento de la ética. (Carlos Monsivais)
 
El sistema hoy en vigor nos muestra constantemente que todo incremento de información supone una amputación de la libertad. La forma moderna de la censura consiste en añadir y acumular información. La forma moderna y democrática que  adopta la censura no se basa en la supresión de información, sino en el exceso de ésta. (Ignacio  Ramonet)
 
El periodismo se debate hoy entre cinco caminos, emergidos de la metáfora canina: a) perros falderos: asumir una actitud de subordinación, dependencia, lambisconería y tibia o nula crítica con el afán de ganarse el beneplácito del dueño del poder y, por ende, paladear la chuleta publicitaria; b) perros cirqueros: privilegiar los criterios del entretenimiento o las maromas de la espectacularización desmesurada para sorprender y así elevar ratings y tirajes, aun a costa del riesgo de la trivialización; c) perros de ataque: irse al pescuezo de los actores públicos a la menor provocación, erigiéndose como incuestionables fiscales a ultranza; d) perros de vigilancia: desarrollar una acuciosa tarea de supervisión del entramado sociopolítico a fin de custodiar o hacer valer, públicamente, el respeto de libertades y derechos ciudadanos; y e) perros lazarillos: hacer ver y aportar luz a quienes necesitan orientación en su andar cotidiano para elevar su nivel de vida. (Omar Raúl Martínez)
 
 
Un pequeño homenaje a Yánover. Se trata de una nota que extraje ya no recuerdo de dónde (razón por la cual no puedo citar la fuente -a pesar parecerme eso lo correcto-).
 
Héctor Yánover, 64 años, poeta y librero. Poeta de los de siempre, librero de los de antes. Un personaje de esos que sólo entiende lo que le pasa si lo escribe, repite el principio de las buenas novelas y los versos de memoria, a sus clientes les indica los textos que deben comprar y - según le gusta decir - se preocupa también "por los textos, no sólo por el precio". Nacido en Córdoba, se radicó en Buenos Aires y no la dejó más. Acostumbrado a rodearse de libros, Yánover no sabe contar su vida si no es por medio de pequeños relatos de otros: anécdotas compartidas con Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Oski, John William Cooke y otros compañeros de ruta. Historias que recuerda en detalle y que describe en esta nota.
Cordobés de nacimiento, Héctor Yánover llegó a Buenos Aires cuando tenía veinte años y todavía estaban vivos los escritores de la generación del 40 y la del 22. Igual que Antonio Sena Ibáñez, el joven autor de versos de su libro Las estaciones de Antonio, salió por primera vez de su lugar "de la única manera factible: yéndome para siempre".
Estaba convencido -tal como relata en el prólogo de esa obra - que "para ver y ser había que ir a la ciudad del puerto, allí adonde llegaban y de donde partían los grandes barcos y donde todo era posible. Desde entonces se radicó en Buenos Aires, sitio que no pudo abandonar ni siquiera cuando le ofrecieron hacerse cargo de la sucursal española de Editorial Paidós. A su provincia vuelve cada tanto, pero sólo de visita.
Solo en la Capital y sin trabajo, Yánover empezó a mandar cartas para conseguir
empleo. No las firmó con su nombre sino con el de su personaje. Le constestaron de Pereda Pueyrredón, Estancias, para ofrecerle un puesto como dactilógrafo a cambio de un sueldo que no estaba nada mal. "Yo por mí hubiera agarrado. Pero Antonio no. Él era un tipo más limpio, más idealista que yo. Esperaba otra cosa de la vida que escribir a máquina ocho horas diarias." Rechazó el ofrecimiento.
De todas maneras, aparecieron otros trabajos. Se dedicó a llevar la contabilidad en
una editorial a la que faltaba, por ataque de hígado, cada vez que el día estaba lindo. "Cuando recuerdo esos años -aclara Yánover - entiendo las enfermedades de mis actuales empleados." También fue vendedor a domicilio de las obras completas de Lisandro de la Torre (tres volúmenes a 59 pesos que sólo le compraban sus parientes en un acto de misericordia) y corredor de libros con zona asignada de la avenida Entre
Ríos para arriba, justo la mitad de la Capital en la que casi no había librerías.
 
La primera librería
En 1956, Yánover instaló su primer local de venta de textos en Santa Fe al 2400. Para el día de la inauguración, Geno Díaz había dibujado la imagen de Thomas Wolfe sobre la pared de entrada, la vidriera estaba montada en homenaje a Van Gogh y entre los libros había 1.200 ejemplares de El Gran Meaulnes de Alain Fournier, el autor francés a cuyas tierras visitó Yánover tiempo después.
Con el dinero que juntó al vender la librería -cuatro años después de su apertura-, el
escritor realizó un viaje por América. "Recorrí las ruinas del Machu Pichu de noche y no pude resistir la tentación de recitar de memoria las Alturas del Machu Pichu de Pablo Neruda. Comprobé que los versos eran tan sólidos como las piedras" cuenta mientras muestra un volumen numerado de la primera edición de esa obra (1948) y recuerda la emoción que le causó escuchar esos poemas grabados por su autor en dos discos pequeños.
Durante su estadía en Cuba conoció al dibujante Oski -del que tiene dos originales
colgados en una de las habitaciones de su casa - quien en ese momento trabajaba en la imprenta nacional, y también a John William Cooke. "Yo le dije: vos nunca vas a hacer carrera política, porque te faltan las armas de un político, es decir las peores cosas (mentir, simular). Ese hombre no era un político, era un poeta."
Por la década del 60, Yánover y dos socios empezaron a editar discos con las voces de
distintos escritores. En 1968 pudo recorrer España gracias al dinero que la empresa recaudó con uno de los larga duración, el único que les dejó ganancias. Curiosamente, no era de literatura sino de humor. Viajó en un barco carguero y cuando la embarcación dejó los montículos de mijo en Cartagena, se las ingenió para llegar a Orihuela y visitar a la familia de José Hernández. "Cuando llego a una ciudad pregunto por los poetas, no por los libreros, fijate. Tal vez porque me quedé sin madre a los seis años y perdí a mi padre a los quince, me he fabricado una familia: mis amigos y los poetas", señala el autor.
 
Cortázar
Cada vez que Julio Cortázar venía a la Argentina llamaba a Yánover desde Ezeiza y le anunciaba que iba para la librería de Las Heras al 2200, la misma que tiene en la actualidad. "En el 74, en una de las oportunidades en que estuvo acá, me acuerdo que tomamos un taxi hacia mi casa y el taxista no quiso que le pagáramos: 'cómo le voy a cobrar, si traigo a un escritor tan grande como Cortázar, dijo. Ese mismo día -cuenta el librero - subíamos en el ascensor con una mujer y su hijita. Cuando llegamos la
señora le dijo: 'ya se lo habrán comentado muchas veces pero, qué parecido que es usted a Cortázar'. 'Tan parecido que soy yo', le respondió él y la mujer casi se desmaya."
Cortázar no compraba libros, iba a saludar. Relaciones amistosas que, en muchos casos,
Yánover entabló también con sus clientes. Charla con ellos, les selecciona libros y hasta les saca fotocopias cuando las obras son difíciles de conseguir. Así hizo, recientemente, con una mujer que quería encontrar un poema del que sólo sabía una línea. Pertenecía a Horacio Rega Molina, el librero se dio cuenta de inmediato. "Yo empecé a leer gracias a usted, me dijo el otro día una mujer y me contó que una vez
vino a comprar un libro, yo le aconsejé que no llevara ése y le di otro: era El varón rampante, de Italo Calvino", comenta Yánover. Lo mismo le pasó con un historietista muy conocido en Europa: Carlos Sampayo. "Escribo gracias a usted", le aseguró en una presentación de un libro en Barcelona y le recordó el día que le recomendó leer El largo adiós de Raymond Chandler. Estas son las cosas que llenan de orgullo al librero.
Hoy quedan pocos de estos libreros que, al igual que Yánover, tomaban su oficio "como
una militancia". El mismo reconoce que cada vez atiende menos al público. "Antes, los libros se podían pagar a las editoriales a lo largo de seis meses, ahora el plazo es de treinta días como máximo. Entonces ya no podés arriesgarte a traer a Séneca porque hay que pagarlo en un mes -señala el poeta -. Además, las editoriales más grandes te
mandan libros con derecho a devolución por 60 o 75 días. Pasado ese lapso, los textos se devuelven y ya nadie se acuerda de ellos. Por eso hoy todas las librerías son brillantes, de plástico y muy iluminadas. Pero no se te ocurra pedir a Cicerón, sólo tienen el libro en gran oferta a 24,90 y que compraron a 6,30 en un remate". En este contexto, entiende el autor, que ya no tienen sentido los libreros cultos y memoriosos. "Con la computadora  los disquetes, sólo es necesario un tipo que maneje la máquina, sepa envolver y cobrar, nada más."
 
Escritos
Yánover tiene muchas más páginas redactadas que publicadas. Una cantidad de carpetas que se amontonan en por lo menos seis estantes de su biblioteca y que nunca fueron editadas. "Soy de los que escriben constantemente, todo el tiempo. No lo hago como un profesional sino como una forma de catarsis. Ningún hecho tiene peso, ningún sentimiento verdaderamente me atraviesa y ninguna pena me abandona si no los he
escrito."
Todas sus vivencias importantes están pasadas a máquina. Por ejemplo, las que
experimenté cuando lo internaron, por una operación de hernia, en una sala general de hombres en el hospital Fiorito de Avellaneda. "Cada cama era otro mundo. En una, había un muchacho de veinte años que, en una pelea con su padre, se perforó los intestinos de un disparo. Una noche escucho que empieza a recitar versos de Rubén Darío y de Beckett. Me dijo que su hermana trabajaba en una encuadernadora (después descubrí que
pertenecía a Editorial Atlántida) y le regalaba los ejemplares fallados. Ese tipo se había aprendido los poemas de memoria, lo que significa que si él hubiera nacido en otra parte, nunca se hubiera peleado con su padre con un revólver en la mano."
Una de las emociones literarias más fuertes de Yánover fue la lectura de Cien años de
soledad de Gabriel García Márquez. Los editores de Sudamericana se lo pasaron, antes de su publicación, porque querían que conociera al autor y grabara un disco con el texto. "Me acuerdo como en una película, llegué a mi casa, comimos, mi mujer acostó a los chicos y yo quedé solo en la cocina. Me puse a leer a las diez de la noche y terminé a las seis de la mañana. En ese momento me dije a mí mismo: 'no leo ningún libro más de García Márquez, porque un hombre, en su sano juicio, no puede escribir otro libro como éste'. Lo mismo sentí con Herzog de Saul Below, dije: 'acá está la obra'. Y listo me desentendí de ellos. Después miré, hojeé sus otros textos pero lo que se da como comunión con un libro no se repite."
El autor, en cambio, no puede hacer una lectura tan exacta de su propia obra. Aunque
sigue apostando a algunos de sus versos, ya no cree en su poesía como en otras épocas.
"Está claro que el mejor poeta de mi generación se llama Juan Gelman, no Héctor Yánover".
 
"Usted escribió mi vida"
A modo de homenaje de los editores a los libreros, los sellos Torres Agüero, Galerna y De La Flor publicaron, en noviembre de 1984, el libro Memorias de un librero, de Héctor Yánover. Dos mil ochocientos ejemplares que se agotaron en quince días. Es una de las obras que más satisfacciones le dieron a su autor. "Usted escribió mi vida", le dijeron -en referencia a las Memorias - una mujer que vendía textos en Quilmes, el
jefe de un local de El Ateneo en Lima, dos cubanos y un argentino radicado en Israel, entre otros. La mayoría, libreros.
Entre otras anécdotas, Yánover recuerda cariñosamente a un hombre que le pidió El
rosal de las ruinas y cuando se lo entregó lo hojeó y gritó: "Usted no me entiende. Yo quiero un libro, estos son versos. Un libro para leer. No versos". Así como a las personas que preguntan: "¿Tiene Crimen y castigo del Doctor Jekyll?", "Para mí, ¿cuánto es?" o "¿Me puede recomendar algo divertido para leer?". Y la peor de todas: " ¿De qué trata el argumento.?" "Cuando le decís que es de un hombre que se disfraza de
caballero, se pone una escupidera en la cabeza y sale montado por las calles -acota el escritor -, te dicen que no les interesan las novelas de viejos locos. Sin embargo de eso se trata el Quijote"
En el prólogo de la obra, Yánover afirma que para un librero resulta muy difícil
ponerse a escribir un libro. "Nadie es más consciente de lo transcendente del paso y al mismo tiempo de la futilidad de eso", explica. No obstante, aceptó el desafío de ampliar las Memorias de un librero que serán publicadas en España por Editorial Anaya.
 
Un texto que mezcla reflexión y humor. Hacer reir y te deja pensando.
 
El lenguaje ideológico
Cuando utilizamos el lenguaje, lo hacemos apelando a nuestros recursos lingüísticos y a todo nuestro caudal de conocimientos, convicciones, principios, actitudes, todo cuanto configura nuestra formación integral. Y no puede ser de otra manera. Al expresarnos mediante el lenguaje, no sólo aplicamos la competencia lingüística, como la llama la ciencia moderna, sino la  competencia social y cultural. Esto es normal en tanto seamos conscientes del fenómeno. No lo es, en cambio, cuando una actitud o rasgo dominante de nuestra personalidad tiñe el contenido y la forma de la expresión, sometiendo todo mensaje a un modelo que responde exclusivamente a un esquema rígido y arbritrario, propio de su ideología, que deforma las relaciones internas de los signos.
Por internet se obtienen algunas páginas de humor que pueden ser muy ilustrativas. Seguramente, el desconocido autor de los ejemplos pensó que solamente hacía humor, sin sospechar que, además, mostraba casos concretos de la deformación expresiva indicada.
La serie de ejemplos expone cómo diferentes emisores responden a la sencilla pregunta:"¿Por qué el pollo cruzó la carretera?". A reír y a pensar.
MAESTRO DE PRIMARIA: Porque quería llegar al otro lado.
PROFESOR DE SECUNDARIA: Aunque lo explique, queridas bestias, no podrán entenderlo.
PROFESOR UNIVERSITARIO: Para saber por qué el pollo cruzó la carretera (tema que se incluirá en el parcial de mañana) lean los apuntes desde la página 2 a la 306.
PROFESOR DE LÓGICA: Todos los pollos cruzan carreteras. El pollo cruzó la carretera. El pollo es una carretera.
PLATON: Porque fue en busca del bien y la armonía y, además, porque está en la naturaleza de los pollos cruzar la carretera.
CARLOS MARX: Era una conducta inevitable histórica y dialéctica; veo un mundo en el que todos los pollos serán libres de cruzar la carretera sin que sus motivos se pongan en cuestión.
MOISÉS: Y Diós bajó de los cielos y le dijo al pollo: "Cruza la carretera". Y el pollo cruzó la carretera y todos se regocijaron.
MAQUIAVELO: La cuestión es que el pollo cruzó la carretera. ¿A quién le importa por qué? El fin de cruzar la carretera justifica cualquier motivo.
FREUD: El hecho de que están preocupados porque el pollo cruzó la carretera revela su inseguridad sexual.
DARWIN: A lo largo de grandes períodos, los pollos han evolucionado naturalmente, de modo que hora tienen una disposición genética a cruzar carreteras.
EINSTEIN: Si el pollo ha cruzado la carretera o la carretera se ha movido debajo del pollo depende de tu marco de referencia.
BUDA: Preguntar eso niega tu propia nturaleza de pollo.
TITULO DE TAPA DEL DIARIO LA NACION: Habría cruzado la carretera un pollo.
TITULO DE TAPA DE PÁGINA/12: Listo el pollo.
TITULO DE TAPA DE CRÓNICA: Pollo asesino cruza la carretera de la muerte.
REVISTA XXIII: Menem y el pollo: los oscuros corredores de esta relación impropia. ¿Qué hay detrás del negocio de las carreteras? Informe exclusivo: gallinas y pollitos reciben maíz del estado. ¿Quiénes se llevan los huevos?
REVISTA CARAS: Toda la intimidad del pollo: sólo necesito un amor para que mi éxito sea completo.
SOPORTE TECNICO: Yo desde acá no veo que haya cruzado. Reseteá el pollo y, si lo seguís viendo que cruza, formateá la carretera.
RAUL ALFONSIN: Felices Pascuas! Estoy persuadido de que, ahora que ha cruzado la carretera, el pollo está en orden.
FERNANDO DE LA RUA: El pollo no cruzó la carretera ... ¿Qué es un pollo?
EDUARDO DUHALDE: Era un requisito necesario para acordar con el Fondo. Ahore, quien ha depositado pollos, recibirá pollos; quien ha depositado carreteras, recibirá carreteras.
COMUNICADO DE LOS PIQUETEROS: Muerte a los pollos. Sólo nosotros copamos las carreteras.
LILITA CARRIO: Hay que investigar por qué el pollo cruzó la carretera; creo que debe andar en el tráfico de armas o drogas o en el lavado de dinero. Si es culpable, hay que crucificarlo.
DOMINGO CAVALLO: Con el cruce del pollo logramos mantener la ecuación perfecta para volver a la convertibilidad: 1 pollo = 1 peso = 1 dólar.
ANUNCIO DE LA CGT: Esto es un signo claro de la reactivación justicialista. Los compañeros trabajadores, los pollos y el país están en marcha.


Entrevista a María Esther de Miguel, publicada en Magazine Actual de diciembre 1997.

 

 

-En los últimos años los lectores se volcaron a la novela con base histórica. En su caso, ¿a qué atribuye este fenómeno?

-Yo siempre he sido novelista -en verdad soy cuentera, como decía mi mamá- y desde siempre, el tema histórico fue una constante en mis libros. Hace treinta años que escribo fundamentalmente lo que a mí me gusta. Ahora empezó a suceder que lo que a mí me gusta coincide con el gusto de una gran cantidad de personas.

-¿Es cierto que desde sus primeros libros hay cuentos y situaciones que tienen que ver con la historia?

-Sí, en Espejos y daguerrotipos (1980) -que ahora se vuelve a publicar con el nombre de Los espejos del recuerdo- ya tomaba a Urquiza y a la Delfina. Recuerdo que los chicos de la escuela primaria una vez me la dibujaron a la Delfina e hicieron un comic. Ahora saco un libro de cuentos que es una recopilación de los libros Los que comimos a Solís, Dos para arriba uno para abajo, En el campo las espinas, y muchos de esos cuentos tienen temas históricos.

-Hasta este momento, ¿cómo estaba conformado ese público?

-Fundamentalmente eran mujeres y la gente de Entre Ríos, mi provincia -yo nací en Larroque-. Entre Ríos es una provincia culta, hay que recordar que ahí estuvo el primer Colegio Nacional, que tuvimos a Juan L. Ortiz, a Fray Mocho y a Leguizamón, entre otros, porque es una regiòn con tradiciòn cultural. Yo como escritora entrerriana he tenido mi público. Por ejemplo, mi cuento "El biyi-biyi" se ha leìdo muchísimo en las escuelas. Y aunque en Buenos Aires no me dieran importancia, nunca me considerè una escritora marginal porque he sido autora de libros que han dado más de una edición. Aún el primero que fue La hora undécima (1961) tuvo un promedio de tres ediciones. Esto quiere decir que siempre conté con mi pequeño público. Esto pasaba desapercibido para la gente en general, para quien yo era un escritora del montòn.

-¿A partir de La amante del Restaurador o Las batallas secretas de Belgrano, fue cambiando el público tradicional?

-Sí, creo que fue con El general ... que di el salto a otro público. Y mi gran sorpresa fue que empecé a llegar a los hombres. En la última Feria del Libro, lo que más me impresionó fue que muchas chicas y señoras e pedían que les dedicara el libro al marido, al novio, al hermano. He recibido llamados de señores de Mendoza, Córdoba y otras ciudades del interior del país. Creo que el Premio Planeta abriò un camino hacia la comunicación con la gente que es lo que más valoro de este último año.

-¿Qué le dicen sus nuevos lectores?

-El otro día, precisamente, me sorprendió un hombre que me llamó para decirme: "Señora de Miguel, acabo de leer el libro Las batallas secretas de Belgrano y lo terminé llorando". Yo le contesté: "Gracias, yo lo escribí llorando". Porque es un poco así. En esa parte en que yo lo imagino a Belgano en Salta, muerto de frío, con los soldados hambrientos, el gobernador de Córdoba que comparte la carpa con él no puede dormir porque Belgrano tose y tose. Y le dice: "General, uestad así no puede vivir". Y Belgrano le contesta: "Y ... bueno, aquí en esta capilla donde estamos enterrando a los soldados que se nos mueren, puede ser enterrado un general aunque ese general sea yo". Es una respuesta muy posible para una persona como él y muy emocionante.

-¿Qué lugar ocupan los jóvenes entre sus lectores?

- Otra de las situaciones positivas es la de los chicos en los colegios. Ahora dispongo de poco tiempo, pero hasta el año pasado yo iba periódicametne a dar charlas a los colegios. Me acuerdo que cuando salió La amante del Restaurador fui a un colegio privado secundario en Adrogué y los chicos me discutían porque había algunos rosistas. La directora estaba chocha conmigo porque los chicos se mostraban interesados en algo que comúnmente parace aburrido.

- ¿Alguna vez sucedió que sea un lector el que la sorprende a usted?

- Sí, es muy emocionante cuando se me acerca gente con información sobre alguno de los personajes que aparecen en mis novelas. Una vez en una charla que di, se me acercó una señora a decirme que una amiga suya le regaló uno de mis libros y le dijo: "Tomá, enterate de la historia de mi bisabuela loca". La mujer era una descendiente de Carlota Ferreira, yo nunca había encontrado a nadie que me hablara de ese personaje y resultó que esta señora era la hermana de Ulises Petit de Murat, amigo mío. Es decir que a la vuelta de mi casa tenía la historia y no la había encontrado.

-¿Cuáles cree usted que son las razones particulares de que en nuestro país exista de pronto una enorme masa de lectores ávidos por internarse en las páginas de la historia?

-Creo que hay muchas razones. Por un lado es un fenómeno que sucede en el mundo entero. en Argentina, en particular, pienso que tiene que ver conque somos un país adolescente. Y como buenos adolescentes, los argentinos nos preguntamos cómo nos ven los demás, cómo es nuestro carácter, de dónde vienen determinadas formas nuestras. Queremos saber. Esto es saludable, pero también es sorprendente.

-En su proceso creativo, ¿lo histórico antecede a lo narrativo o viceversa?

-En realidad yo nunca fui escritora de biografías. Escribí una sola sobre la escritora Norah Lange (1991), quien fuera la mujer del poeta Oliverio Girondo. Por eso, por lo general se me plantea alguna situación que yo quiero abordar y después llega el personaje histórico, se presenta solo.

-¿Cómo elabora el marco y la reconstrucción histórica?

-No soy de las que van a los archivos. Uso el material que está hecho, pero no sólo el material de los historiadores sino las memorias, los diarios, los recuerdos de la gente, como en el caso de Jaque a Paysandú (1983). A diferencia de una biografía en que tiene que ser todo muy exacto, en una novela se trata de dar vida al personaje y a los datos de la historia. Y donde no conocés el dato, inventás una situación. Donde la puerta está clausurada vos usás una llave y si no hay llave, usás la ganzúa como los ladrones e inventás una situación que -fundamentalmente- tiene que ser verosímil.

-¿La gente no le pregunta dònde termina la historia y dónde empieza la ficción?

-Sí, hace unos días me pasó algo curiososo. Me llamó una maestra de Lobos que me dijo: "mis alumnos con uss libros están aprendiendo historia, pero el miedo que tengo es hasta qué punto lo que dice su libro no es ficción". Yo le dije que respeto mucho la historia, si me equivoco es porque encontré un dato mal.

-¿Cuáles son los cuidados que toma para no traicionar a la historia, pero tampoco traicionar a la ficción?

-Yo trato de no hacer una historia de alcobas, ese sería un riesgo. Siempre tengo en cuenta que son hombres que hicieron mucho, que tuvieron utopías, ideales y nos dieron un país. Eso es lo principal y lo demás es mostrar que eran como los demás hombres y que si ellos con sus defectos, con su mal o buen carácter, sus debilidades y sus dudas hicieron un país, nosotros que somos débiles y poco inteligentes y que tenemos dudas, podemos hacer algo con lo que nos tocó en suerte.

-Como escritora, ¿cuáles son para usted esos grandes temas sobre los que vuelve una y otra vez?

-Siempre he sido una persona muy curiosa y conflictuada con las razones de la vida,. Siempre me hice preguntas sobre el mundo y me detuve en esas cuestiones que lindan con lo filosófico y lo religioso. Son mis interrogantes y yo busco respuestas y soluciones a través de la literatura. Porque todos esos problemas yo me lo he planteado en situaciones de ficción.

-¿Por ejemplo?

-En La hora undécima trato un problema religioso. En Los que comimos a Solís (1965), que es el que viene después, trato el tema de la inmigración en mi provincia y en Puebloamérica ubico la historia en la época de la guerrilla. Hasta que llego a estas preguntas que intento responder con mis últimos libros: nosotros ¿cómo somos, de dónde venimos? Ahí me meto con una historia que me la enseñaron mal no sólo como estudiante, sino también cmo maestra me recibí sabiéndola mal.

¿Hay algún antecedente familiar de esta pasión por lo histórico?

-En mi casa se hablaba mucho de historia porque mi padre, que era un inmigrante español, era muy curioso e inteligente. Siermpre quería saber la historia del lugar y se preguntaba sobre Urquiza y yo escuchaba. Se fueron sumando cosas y este paquete que me dio la vida lo fui desenvolviendo así.

-¿Tiene alguna rutina específica de trabajo?

-Cuando empiezo un trabajo me vuelvo loca: quemo la comida, salgo a la calle con un zapato rojo y otro azul. De mí se puede esperar cualquier cosas. Cuando estoy escribiendo, generalmente, me levanto y me pongo a trabajar en mi computadora, a puertas cerradas, hasta el mediodía. Después almuerzo con mi marido y me duermo una siestita. Cuamdo me levanto, sigo trabajando y no hay sábados ni domingos. Además dos días a la semana tengo una actividad fuera de casa porque soy vicepresidente de la Fundación El Libro y desarrollo un trabajo con la Comisión de Cultura de esa institución. Es un trabajo ad honorem, muy lindo, porque entre otras cosas la Fundación es la encargada de organizar la Feria del Libro.

-Si tuviera que elegir uno, ¿cuál diría que es su mejor libro?

-A mí me gusta mucho Jaque a Paysandú.



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Por la boca muere el pez

Ahora le llegó el turno a esa "rara" habilidad de formular un frase sin decir nada. ¿No les resulta conocido?

 

Estructura vacía:

Es posible utilizar el lenguaje para no decir nada, construyendo, sin embargo, una estructura lingüística bien articulada. Dirigentes y funcionarios suelen caer en esta trampa del lenguaje, por incapacidad o con intención. Arman, entonces, estructuras vacías, adaptables a distintas situaciones, sin contenido válido, pero capaces de engañar a los incautos que se dejan deslumbrar por palabras sonoras hilvanadas por relaciones correctas.
Adolfo Bioy Casares, en su libro Diccionario del Argentino Exquisito, trae al final un cuadro denominado GENERADOR AUTOMATICO DE FRASES TECNICAS (GAFT). Según afirma, se distribuyó en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA.
Es el siguiente:
0 proceso           operativo        optimizado
1 modelo           crítico             paralelo
2 equipamiento  competitivo      integrado
3 criterio           intersectorial    prioritario
4 recurso           dinámico         inelástico
5 factor             alternativo       estratégico
6 coeficiente      vegetativo       tecnológico
7 programa        lineal              compatible
8 insumo           matricial          balanceado
9 producto         marginal          flexible

Con este cuadro se pueden armar estructuras vacías destinadas a adornar el discurso. Para ello, es suficiente combinar las palabras eligiendo una de cada columna, lo que originará una llamativa frase, muy rimbombante, pero sin sentido.
Ejemplo: 4 de la primera columna + 2 de la segunda + 7 de la tercera.
recurso crítico compatible.

 

Tomado del libro Cómo hablar bien, de Juan Carlos Dido, Bs. As., Planeta, 2003.



Un punto de vista filosófico que, no obstante, no hará cambiar de opinión a esos pseudo-sabihondos que se sienten tan seguros de todo.

¿QUE SIGNIFICA PREGUNTAR?
 
No se nos educa para que aprendamos a preguntar. Se nos educa para que aprendamos a responder.  El mal llamado sentido común suele confundir el saber con lo que ya no encierra problemas y la verdad con lo invulnerable a la duda.  Es que, usualmente, la pregunta solo vale como mediación que debe conducir, cuanto antes, al buen puerto de una respuesta cabal.  Allí, entre sus sólidas escolleras , se le exige naufragar al desasosiego sembrado por la pregunta. Como se ve, preguntas y respuestas tienen, entre nosotros, no apenas un valor convencionalmente complementario sino también íntimamente antagónico.  Y en tren de sincerarnos, habrá que reconocer que nos cautivan mucho más las respuestas que las preguntas.  Ello es fácil de explicar: mientras las primeras siembran inquietud, las segundas, si no reconfortan, al menos clarifican y ordenan.  Pero por lo mismo que están llamadas a apaciguar la incertidumbre, las respuestas suelen ser más requeridas que encontradas y su aparente profusión, en consecuencia, resulta más ilusoria que real.  Y en un mundo que cree disponer de más respuestas que las que efectivamente tiene, preguntar se vuelve imperioso para poner al desnudo el hondo grado de simulación y de jactancia con que se vive.  Tan imperioso, diría yo, como peligroso. Exhibir sin atenuantes nuestra indigencia en términos de saber no suele ser una iniciativa que coseche demasiadas simpatías.  Occidente, no menos contradictorio en esto que en otras cosas, quiso perpetuar la memoria del hombre que encarnó como nadie la pasión de preguntar y el don de sostenerse con entereza en el riesgo de lo que preguntar implica.  Pero Sócrates fue condenado a muerte por la misma cultura que lo enalteció.  Su recuerdo, por lo tanto, resulta tan estimulante como preventivo. No hay sistema autoritario que no asiente el despliegue de su intolerancia en la primacía de las respuestas sobre las preguntas: en la presunción, respaldada a punta de bayoneta, de que el saber (que por lo general se presenta como El Saber) tiene al sujeto por depositario pasivo y no por interprete activo. Asimismo, es tan interesante como descorazonador verificar que, en su mayoría, los políticos tienden a excluir las preguntas del arsenal retórico en que nutren su elocuencia.  Están persuadidos de que les irá mejor si se las ingenian para responder antes que para preguntar.  Ello supone que las preguntas, explícitas o no, corren por cuenta del electorado insatisfecho, con lo cual quedan definitivamente asociadas a lo que debe superarse y no a lo que debería ser recuperado. Decididamente, preguntar no es prestigioso.  Puede, sí, resultar circunstancialmente tolerable, sobre todo en boca de los niños.  En especial entre los tres y los diez años, los chicos suelen hacerse cargo de cuestiones cuya densidad poética y filosófica rebasa con holgura eso que, un tanto precipitadamente, llamamos nuestra madurez.  Así es como, en su mayoría, quienes divulgan en reuniones sociales las "ocurrencias" de sus hijos, tienden a etiquetar como ingenioso a lo inquietante, como divertido a lo grave, como insólito a lo bello o como expresión de inocencia a lo que traduce el más radical de los cuestionamientos. Los niños preguntan en serio.  ¿Qué significa eso?  Significa que, el igual que contadísimos adultos, se atreven a quedar a la intemperie, a soportar los enigmas impuestos por una realidad que, rompiendo su cascarón de docilidad aparente, se planta ante ellos revulsiva, irreductible, misteriosa y desafiante. Los niños no preguntan porque no sepan.  Preguntan porque el saber aparente, ese velo anestesiante que años después habrá de envolverlos, aun no ha logrado insensibilizarlos.  Es que los niños están constituidos por un tejido espiritual que mientras rige no es permeable a la función soporífera que se adjudica al conocimiento con el nombre de educación.  Los niños están aun más acá del saber.  Lo demuestran al hacerse cargo, personalmente, de la responsabilidad de preguntar.  Y aquí arribamos adonde más importa. ¿Quién pregunta de verdad?  ¿Acaso aquél que ignora lo que otros, supuestamente, saben?  ¿Pregunta, quizá, quien no cuenta con las respuestas de las que otros, más afortunados, dispondrían?  No lo creo. Preguntar no es carecer de información existente.  Nada pregunta quien supone constituida la respuesta que él busca.  Si la pregunta va en pos de una respuesta preexistente, será hija de la ignorancia y no de la sabiduría.  Las auténticas preguntas, tan inusuales como decisivas, son aquellas que se desvelan por dar vida a lo que todavía no la tiene, aquellas que aspiran a aferrar lo que por el momento es inasible; aquellas que se consumen por constituir el conocimiento en lugar de adquirirlo de hecho. Sí, preguntar es atreverse a saber lo que todavía no se sabe, lo que todavía nadie sabe.  Preguntar es animarse a cargar con la soledad creadora de aquel viajero que inmortalizó Machado: "Caminante no hay camino, se hace camino al andar".  Es que las preguntas serán siempre empecinadamente personales o no serán auténticas preguntas. Preguntar no es andar por ahí formulando interrogantes sino sumergirse de cuerpo entero en una experiencia vertiginosa.  Las preguntas, si lo son, comprenden la identidad de quien las plantea incluso cuando no resulten, en sentido estricto, preguntas autobiográficas.  Precisamente, debido a ese férreo carácter personal e intransferible de la pregunta, es decir, en virtud de su sello de instancia indelegable, la respuesta requerida no puede estar construída con antelación a ese preguntar.  Sócrates no dispone de las respuestas que buscan sus interlocutores.  No puede disponer de ellas si de verdad pregunta.  Ellas sólo han de ser creación de quien se anime a forjarlas.  Cada cual debe responder a su manera así como no puede sino preguntar a su manera. En el auténtico preguntar zozobra la certeza, el mundo pierde pie, su orden se tambalea y la intensidad de lo polémico y conflictivo vuelve a cobrar preponderancia sobre la armonía de toda síntesis alcanzada y el manso equilibrio de lo ya configurado. Cuenta Joan Corominas en su cautivante diccionario que la expresión latina 'percontari', de la cual proviene nuestro 'preguntar', se vio alterada, en su proceso de cambio hacia la lengua castellana, por el verbo de uso vulgar 'praecunctare', derivado de 'cunctari' que significa 'dudar' o 'vacilar'.  La referencia etimológica gana todo su peso si se advierte que 'perconctari' enfatiza, en el acto de preguntar, la decisión de conocer o de buscar algo que se sabe oculto o disimulado.  En cambio, 'praecunctare' subraya la incertidumbre, el tantear a ciegas que se adueña de aquel que pregunta.  Y, efectivamente, en el acto de preguntar la realidad reconquista aquel semblante ambiguo, penumbroso, que la respuesta clausura y niega.  Después de todo, 'respuesta' proviene de 'responsio' y 'responso' es la oración dedicada a los difuntos, es decir, con criterio más amplio, a lo que ya no vive.
Santiago Kovadloff, Clarin,16-10-90, pg. 11.


Es muy posible que hayas escuchado mencionar la famosa tesis 11 de Marx, esa que dice: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

Forma parte de un conjunto de tesis que muy pocos conocen. Aquí las transcribo:

TESIS SOBRE FEUERBACH:

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I.  El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluyendo al de Feuerbach- es que sólo concibe el objeto, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto (objekt) o de contemplación, pero no  como actividad  sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal.  Feuerbach quiere objetos sensibles, realmente  distintos de los objetos  conceptuales; pero tampoco él concibe la actividad humana como una  actividad objetiva. Por eso, en La esencia del cristianismo sólo  considera la actitud teórica como la autenticamente humana, mientras que concibe y plasma la práctica sólo en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por tanto, no comprende la importancia de la actuación "revolucionaria", práctico-crítica.

 

II. El problema de si al pensamiento humano  se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento aislado de la práctica, es un problema puramente escolástico.

 

III. La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación   distinta, olvida que las circunstancias se hacen cambiar precisamente por  los hombres y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues,  forzosamente, a la división de la sociedad en dos partes, una de la cuales  esta por encima de la sociedad (así, por ej,.en Roberto Owen). La coincidencia de la modificacion de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria.

 

IV. Feuerbach arranca del hecho de la autoenajenación religiosa, del desdoblamiento del mundo en un mundo religioso, imaginario, y otro real.  Su cometido consiste en disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su base terrenal. No ve que, después de realizada esta labor, falta por hacer lo principal.  En efecto, el hecho de que la  base terrenal se separe de sí misma y se plasme en las nubes como reino independiente, sólo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de esta base terrenal consigo misma. Por tanto, lo primero que hay que hacer es comprender ésta en su contradicción y luego revolucionarla prácticamente  eliminando la contradicción. Por consiguiente, después de descubrir, v.gr., en la familia terrenal el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente aquella.

 

V. Feuerbach, no contento con el pensamiento abstracto, apela a la contemplación sensorial; pero no concibe la sensoriedad como una actividad  práctica, como actividad sensorial humana.

 

VI. Feuerbach diluye la esencia religiosa en la esencia humana. Pero la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en realidad, el conjunto de las relaciones sociales. Feuerbach, que no se  ocupa de la crítica de esta esencia real,  se ve, por tanto, obligado: 1) A hacer caso omiso de la trayectoria histórica, enfocando de por sí el sentimiento religioso y presuponiendo un individuo humano abstracto, aislado. 2) En  él, la esencia humana  sólo puede concebirse como  "género", como una generalidad interna, muda, que se limita a unir naturalmente los muchos individuos.

 

VII. Feuerbach no ve, por tanto, que el "sentimiento religioso" es también un producto social y que el individuo abstracto que  él analiza pertenece, en realidad, a una determinada forma de sociedad.

 

VIII. La vida social es esencialmente práctica. Todos los misterios que descarrian la teoría hacia el misticismo, encuentran su solución racional  en la práctica humana y en la comprensión de esta práctica.

 

IX. A lo más que llega el materialismo contemplativo, es decir, el materialismo que no concibe la sensoriedad como actividad práctica, es a contemplar a los distintos individuos dentro de la "sociedad civil".

 

X. El punto de vista del antiguo materialismo es la sociedad "civil"; el  del nuevo materialismo, la sociedad humana o la humanidad socializada.

 

XI. Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.


Un texto que en mis años de estudiante resultaba difícil de encontrar: LA ÉPOCA DE LA IMAGEN DEL MUNDO, de MARTIN HEIDEGGER, que puede hallarse en  Holzwege,  1950, pero originalmente fue dado  como conferencia  en la Sociedad de  Bellas Artes, Ciencias  Naturales  y Medicina de Friburgo el 9 de junio de 1938.

Traducción y notas de Alberto Wagner de Reyna (Univ. de Chile).

 

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"En la metafísica se realiza la reflexión sobre la esencia del ente y una decisión sobre  la  esencia de  la  verdad.   La Metafísica  fundamenta  una  época dándole  el fundamento de  su figura esencial mediante  una determinada interpretación del  ente y una  determinada   concepción  de   la  verdad.   Este   fundamento  rige   todas  las manifestaciones que caracterizan a esa época.  Inversamente, tiene que dejarse conocer a través  de estas  manifestaciones  -y en  una reflexión  sobre  ellas de  suficiente fuerza- el  fundamento metafísico.  Reflexión es  el coraje de convertir  la verdad de los propios presupuestos y  el ámbito de los propios fines en  lo máximamente digno de ser preguntado[i].

A las  esenciales manifestaciones de la  Edad Moderna pertenece su  ciencia.  Una manifestación de igual importancia en rango es la técnica maquinista.  No se debe, sin embargo, interpretarla  erróneamente como  una mera aplicación  de la  ciencia natural matemática moderna a la práctica.  La  técnica maquinista es, ella misma, una autónoma transformación de  la práctica, de suerte  que sólo a  partir de ésta es  reclamada la aplicación de la ciencia natural matemática.  La técnica maquinista continúa siendo la secuela, hasta ahora más visible, de la esencia de la técnica  moderna, que es idéntica con la esencia de la Metafísica moderna.

Una tercera manifestación de la Edad  Moderna -igualmente esencial- estriba en el proceso de ingreso del arte al campo visual  de la Estética.  Esto  significa: la obra de arte se  convierte en objeto de vivencias y, en  consecuencia, se considera el arte como expresión de la vida del hombre.

Una  cuarta manifestación  moderna  se  acredita en  que  el  quehacer humano  es concebido  y  realizado  como  cultura.    Cultura  es  entonces  la  actualización  o realización  de los  supremos valores  mediante el  fomento solícito  de los  supremos bienes del  hombre.  Está en la  esencia de la cultura  hacer a este fomento,  a su vez, objeto de fomento y convertirse así en política cultural.

Una quinta manifestación  de la Edad Moderna es el  desdiosamiento. Este término no sólo  significa que  se deja  de lado  a los  dioses, esto  es el  absurdo ateísmo. Desdiosamiento  es el  doble  proceso en  que,  de un  lado, la  imagen  del mundo  se cristianiza  en  cuanto  el  fundamento  del mundo  es  postulado  como  lo  Infinito, Incondicionado, Absoluto, y de otro, el Cristianismo reinterpreta su cristianidad como una  cosmovisión (la  cosmovisión cristiana)  y así  se acomoda  a la  modernidad.  El desdiosamiento es el estado de indecisión respecto de Dios y los dioses . Al cristianismo se debe -en su mayor parte- que ello haya acontecido. Pero el desdiosamiento no excluye la  religiosidad, tanto más que sólo por  él se convierte el nexo hacia  los dioses en  vivencia religiosa.   Cuando se ha  llegado a esto,  se han evadido los  dioses.  El vacío  producido es  entonces substituido por  la exploración histórica y psicológica del mito.

¿Qué concepción  del ente y qué  interpretación de la  verdad están a la  base de estas manifestaciones?

Limitamos la pregunta a la primera de las manifestaciones nombradas: la ciencia.

¿En qué estriba la esencia de la ciencia moderna?

¿Qué concepción  del ente y de la verdad fundamentan esta esencia? Si se logra llegar al fundamento metafísico  que fundamenta a la ciencia en tanto moderna, entonces se podrá desde él conocer la esencia de la Edad Moderna en general.

 Cuando  empleamos hoy  la  palabra  "ciencia", significa  ella  algo que  difiere esencialmente de la doctrina  y la scientia del Medioevo, pero  también de la episteme griega.  La ciencia  griega nunca fue exacta y  ello porque en vista de  su esencia no podía ser exacta  y no necesitaba ser  exacta.  De allí que carezca  de sentido opinar que la ciencia moderna  sea más exacta que la de la antigüedad.   Así tampoco se puede decir que la teoría de Galileo de la caída libre de los cuerpos sea verdadera, y la de Aristóteles -que enseña que los cuerpos livianos tienden hacia arriba- sea falsa, pues la concepción griega de la esencia del cuerpo y del lugar, y de la relación entre ambos, descansa sobre  una distinta  interpretación del  ente y condiciona,  por lo  tanto, una diferente manera de ver e interrogar los procesos de la naturaleza.  Nadie se atreve a sostener que  la poesía de Shakespeare  sea más avanzada  que la de Esquilo.   Aún más imposible es decir que  la concepción moderna del ente es más  correcta que la griega. Si  queremos,  por ello,  entender  la  esencia de  la  ciencia  moderna, tenemos  que liberarnos de la  costumbre de hacer comparaciones  entre la ciencia más  nueva y las más antiguas a base de una graduación desde el punto de vista del progreso.

La esencia de lo que hoy se  llama ciencia es la investigación.  ¿En qué consiste la esencia de la investigación?

En que  el conocimiento se  instala a  sí propio como  proceder en el  ámbito del ente, de  la naturaleza  o de la  historia.  Proceder no  significa aquí  meramente el método, el procedimiento,  pues todo proceder requiere previamente  una región abierta en que moverse.  Pero precisamente el  abrir una tal región es el proceso fundamental de investigación.  Este  se realiza gracias a que  en un ámbito del ente,  v.g., en la naturaleza, se  proyecta un determinado esquema  de los procesos de  la naturaleza.  El proyecto señala de antemano  de qué modo el proceder cognoscitivo se  ha de vincular a la región que se  ha abierto.  Esta vinculación es el rigor  de la investigación.  Por el proyecto del esquema y la determinación  del rigor se asegura el proceder su región de objetos  dentro del ámbito del  ser.  Una mirada sobre  la más temprana y  a la vez determinante ciencia  moderna, la Física  matemática, aclara  lo dicho.  En  cuanto la moderna física atómica sigue siendo Física, vale para ella también lo esencial, que es lo único que aquí importa.

La Física  moderna se llama matemática  porque aplica, en un  sentido preferente, una  matemática muy  determinada.  Ella  puede, empero,  sólo proceder  de este  modo, matemáticamente, porque  ya es matemática  en un  sentido más profundo.   Ta mathémata significa para los griegos aquello que el hombre,  al contemplar el ente y en el trato con las cosas, ya conoce de antemano: de  los cuerpos, lo corpóreo; de las plantas, lo vegetal; de los  brutos, lo animal; de los  hombres, lo humano.  A esto  ya conocido esto  es, matemático,  pertenecen  -junto a  lo  ya dicho-  también  los números.   Si encontramos sobre la mesa tres manzanas,  entonces conocemos que ellas son tres.  Pero el número  tres, la tríada,  lo conocemos  ya.  Esto quiere  decir: el número  es algo matemático.   Sólo porque  los números  representan  lo que  se nos  impone con  mayor insistencia  como  lo  siempre-ya-conocido y  son  por  ello  lo  más conocido  de  lo matemático, se reservó pronto la denominación  "matemático" para lo numérico.  Pero de ningún modo se determina  la esencia de lo matemático por lo  numérico.  Física es, en general, el conocimiento de la naturaleza; en especial, después, el conocimiento de lo corpóreo material en  su movimiento, pues esto se muestra  inmediata y permanentemente -aunque  de diversa  manera- en  todo lo  natural.  Si,  pues, la  Física se  conforma expresamente como  matemática, entonces ello  quiere decir: por  ella y para  ella se establece de un  modo enfático, y de antemano, algo  como ya-conocido.  Este establecer atañe nada menos  que al proyecto de  aquello que, para el buscado  conocimiento de la naturaleza, será en adelante la naturaleza: el conjunto de movimientos -cerrado en sí- de puntos  de masa espacial  temporalmente relacionados.  En este  esquema, puesto como  entendido, de  la naturaleza  se  insertan, entre  otras, las  siguientes determinaciones: Movimiento significa  cambio de lugar.  Ningún  movimiento o dirección de movimiento tiene primacía sobre otro.  Cada lugar es igual a otro.  Ningún instante (punto del tiempo) tiene preeminencia sobre otro.  Toda fuerza se determina -es decir, es solamente  eso- por el  movimiento (magnitud  del cambio de  lugar en la  unidad de tiempo) que tiene por consecuencia.  En este  esquema de la naturaleza ha de ser visto todo  proceso.  Únicamente  en el  campo visual  de este  esquema se  hace visible  un proceso natural como  tal.  Este proyecto de  la naturaleza es asegurado  por el hecho que la  investigación física  se vincula a  él de  antemano, en cada  uno de  sus pasos interrogatorios.   Esta vinculación  -el rigor  de la  investigación- tiene,  según el proyecto (ontológico),  cada vez su propio  carácter.  El rigor de  la ciencia natural matemática  es   la  exactitud.   Todos  los   procesos,  si  quieren  entrar   en  la representación  como  procesos  naturales,  tienen  aquí  que  ser  determinados  como magnitudes  de movimiento  espacio-temporales.   Tal determinación  se  realiza en  la medición  gracias al  número y  al cálculo.   Pero la  investigación matemática  de la naturaleza no  es exacta  porque calcule  con precisión, sino  tiene que  calcular así  porque la vinculación a  su región de objetos tiene el carácter  de la exactitud.  Por lo contrario, todas las  ciencias del espíritu, aún  todas las ciencias  de lo vivo, precisamente para seguir siendo  rigurosas, tienen que ser necesariamente inexactas.  Es cierto  que se  puede  concebir también  lo  vivo como  una  magnitud del  movimiento espacio-temporal, pero entonces ya  no se capta lo vivo.  Lo  inexacto de las ciencias del espíritu históricas  no es un defecto,  sino solo el cumplimiento  de un requisito esencial para esta especie de investigación.  Empero, el proyecto y el afianzamiento  de la  región de  objetos  de las  ciencias históricas no sólo resulta de una  especie diferente, sino  que de logro mucho  más difícil que  la consecución del rigor  de las ciencias exactas.

La ciencia  se convierte en investigación  por el proyecto, y  el afianzamiento de éste en el rigor del proceder.  Proyecto  y rigor se desenvuelven, para llegar a ser lo que son,  en el procedimiento.  Esto determina el segundo  carácter esencial de la investigación.   Si debe  convertirse en  objetiva la  región proyectada,  entonces es menester hacerla encontradiza en toda la multiplicidad de sus capas y trabazones.  Por eso tiene el proceder que tener la vista libre para la mutabilidad de lo que encuentra. Sólo en el campo visual de lo siempre-distinto de las mutaciones se muestra la plétora de  lo particular,  de los  hechos.  Pero  los hechos  han de  hacerse objetivos.   El proceder  debe, por  eso, representar  lo  mutable en  su mutación,  detenerlo y,  sin embargo, dejar  que el movimiento  sea movimiento.  Lo constante  de los hechos  y la constancia de su cambio como tal es la  regla. Lo constante del cambio en la necesidad de su curso es la  ley.  Sólo en el campo visual de regla y  ley se aclaran los hechos como lo hechos que  son.  Investigación de hechos en el ámbito de  la naturaleza es, en sí, el  establecimiento y verificación  de regla y  ley.  El procedimiento  mediante el cual  llega  a la  representación  una  región de  objetos  tiene  el carácter  de  la aclaración desde  lo claro, de  la explicación.  Ella  siempre tiene dos  lados.  Ella fundamenta  algo  desconocido en  algo  conocido  y  abona, simultáneamente,  este  algo conocido con esotro algo desconocido.  La explicación se realiza en la pesquisa.  Esta acontece en  las ciencias naturales,  cada vez según  el modo del  campo en que  ha de realizarse y según la intención de la explicación, en el experimento.  Pero la ciencia natural no se convierte en investigación  gracias al experimento, sino inversamente el experimento  sólo se  hace posible  -y únicamente  allí- donde  el conocimiento  de la naturaleza  se ha  convertido en  investigación.  Porque  la Física  moderna es,  en lo esencial matemática,  sólo por  ello puede  ser experimental.   Porque ni  la doctrina medieval ni la episteme griega son ciencias en el sentido de investigación, por eso no se  ha llegado  allí al  experimento.  Es  cierto que  Aristóteles fue  el primero  en comprender  lo que  significa  empeiría  (experientia): la  observación  de las  cosas mismas, de  sus propiedades  y mutaciones  bajo condiciones cambiantes  y con  ello el conocimiento  de la  manera en  que  se comportan  regularmente las  cosas.  Pero  una observación  que  apunta a  tales  conocimientos  -el experimentum-  es  esencialmente distinta de  aquello que pertenece  a la  ciencia como investigación,  del experimento investigatorio; aún cuando  los antiguos y medievales trabajen con  número y medida; y también aún cuando el observar se  ayude con determinados dispositivos y herramientas. Pues allí falta,  permanentemente, lo decisivo del experimento.  Este  comienza con la suposición  de  una ley.   Emprender  un  experimento  quiere decir:  representar  una condición, según la  cual un determinado conjunto de movimientos  puede ser seguido en la necesidad de su sucesión, esto es,  que puede ser sometido de antemano al cálculo. La imposición  de la  ley se realiza,  empero, en  vista del esquema  de la  región de objetos.  Este  da la medida  y ata al representar  anticipante de la  condición.  Tal representar -en  el cual y con  el cual comienza  el experimento- no es  un imaginarse cualquiera.   Por eso  decía Newton:  hipotheses non  fingo, los  supuestos no  se han colegido arbitrariamente.   Ellos se han  explicitado del  esquema de la  naturaleza y están incluídos  en él.  El  experimento es aquel  procedimiento que está  sostenido y guiado, en  su trazo  y ejecución, por  la ley  que le  ha sido puesta  por base,  y que persigue aducir hechos que verifiquen la ley o le nieguen su verificación.  Cuanto más exactamente ha sido proyectado  el esquema de la naturaleza, tanto  más exacta se hace la posibilidad del experimento.  El muy  mentado escolástico medieval Roger Bacon no puede ser, por ello, el precursor del moderno investigador experimentante sino que sigue siendo simplemente  un secuaz de Aristóteles.   Pues, mientras tanto, el Cristianismo ha  trasladado la posesión propiamente dicha de la  verdad a la fe, a la sustentación de la veracidad de  la palabra de la Escritura  y de la enseñanza de la  Iglesia.  El más alto conocimiento y  doctrina es la Teología como interpretación  de la palabra divina de la Revelación, que  está depositada en la Escritura y es  predicada por la Iglesia. Conocer no es  aquí investigar, sino el  recto comprender de la palabra  decisiva y de las autoridades que  la predican.  Por ello obtiene preeminencia,  en la adquisición de los  conocimientos  de  la  Edad  Media,  la discusión  de  las  palabras  u  opiniones doctrinales  de  las diversas  autoridades.   El  componere  scripta et  sermones,  el argumentum ex verbo  es decisivo y, también,  la causa de que la  filosofía platónica y aristotélica recibida se halla convertido en dialéctica escolástica.  Si Roger Bacon reclama el experimento -y  de hecho lo reclama- entonces no  se refiere al experimento de la ciencia como investigación, sino que  solicita, en vez del argumentum ex verbo, el argumentum ex re; en vez de la  discusión de las opiniones doctrinales, la observación de las cosas mismas, esto es, la empeiría aristotélica.

El experimento  investigatorio moderno  no es  sólo un  observar más  preciso (en cuanto al grado y a la amplitud)  sino el procedimiento -esencialmente diferente en su especie- de la verificación de la ley en el marco y al servicio del proyecto exacto de la naturaleza.  Al experimento de la investigación de la naturaleza corresponde, en las ciencias del espíritu,  la crítica de fuentes.  Esto nombre  comprende aquí el conjunto de  hallazgo de  las fuentes,  su  lectura, control,  aprovechamiento, conservación  e interpretación.  La explicación histórica fundada  en la crítica de fuentes retrotrae los hechos  a reglas y leyes.   Pero ella tampoco se  contenta con un nuevo  relato de hechos.   En las  ciencias  históricas  el procedimiento  apunta,  tanto  como en  las ciencias naturales,  a representar lo constante  y a convertir la  historia en objeto.  Objetiva sólo  puede ser  la historia cuando  es pasada.  Lo  constante en  lo pasado, aquello  a lo  cual reduce  la  explicación histórica  lo  singular y  múltiple de  la historia,  es  lo  que-ya-siempre-ha-estado-una-vez-presente, lo  comparable.   En  el constante  comparar  todo con  todo  es  calculado  lo  comprensible, y  verificado  y asegurado como  el esquema de  la historia.  Sólo  hasta donde alcanza  la explicación histórica alcanza  la región  de la  investigación histórica.  Lo  único, lo  raro, lo  simple, en una palabra,  lo grande en la historia, nunca es  sobreentendido y por ello continúa  siendo inexplicable.   La  investigación  histórica no  niega  lo grande  en historia sino lo explica como excepción.  En  esta explicación se mide lo grande en lo corriente  y  mediocre.   Pero  tampoco   hay  otra  explicación  histórica,  mientras explicación  signifique:  retrotraer  hacia  lo comprensible,  y  mientras  la  ciencia histórica  siga  siendo  investigación,  esto  es,  explicación.   Porque  la  ciencia histórica, en cuanto investigación, proyecta y objetiva lo pasado en el sentido de una correlación de efectos -  explicable y visible en su conjunto-,  por eso reclama ella como instrumento  de la  objetivación la crítica  de fuentes.  En  la medida  que la ciencia histórica se acerca al periodismo varían los patrones de esa crítica.

 Toda ciencia, en  cuanto que es investigación, está fundada  sobre el proyecto de una región de  objetos circunscripta, y por ello es  necesariamente ciencia particular. Cada ciencia particular tiene que especializarse en el desenvolvimiento del proyecto, por  su   procedimiento,  hacia  determinados   campos  de  la   investigación.   Esta especialización  no es,  en modo  alguno,  solamente la  fatal secuela  de la  creciente imposibilidad de dominar los resultados de la investigación.  La especialización no es el  resultado,  sino  la  causa  del  progreso de  toda  investigación.   Esta  no  se diversifica y pierde,  en su procedimiento, en  pesquisas arbitrariamente emprendidas pues la  ciencia moderna se determina  por un tercer proceso  fundamental: el servicio (que implica trajín y empresa)[ii].

     Se entenderá por lo pronto bajo este nombre, el fenómeno de que una ciencia - sea de la naturaleza o del espíritu- adquiere  hoy la justa prestancia de una ciencia sólo cuando  se  ha  hecho  digna  de  recibir  los  honores  de  un  instituto.   Pero  la investigación no es un servicio porque sus labores se realicen en institutos, sino los institutos son necesarios porque la ciencia como investigación tiene en sí el carácter de servicio.  El  procedimiento por el cual son conquistadas  las diversas regiones de objetos no acumula simplemente  resultados.  Se instala él, más bien,  a sí mismo -con la ayuda de  sus propios resultados-, en  cada caso, como un nuevo  proceder.  En las instalaciones  de  maquinarias   que  necesita  la  física  para  llevar   a  cabo  la desintegración del átomo está toda la Física precedente.  En correspondencia con esto, en la investigación histórica,  las fuentes de que se dispone  sólo son utilizadas para la explicación,  cuando las fuentes  mismas están  afianzadas a base  de explicaciones históricas.  En  estos procederes es  cercado el procedimiento  de la ciencia  por sus resultados.  El  procedimiento se  acomoda cada  vez más a  las posibilidades  -por él mismo  puestas de  manifiesto-  del proceder.   Este deber  acomodarse  a los  propios resultados, como caminos y medios del  procedimiento en progreso, constituye la esencia del carácter de servicio que tiene la investigación.  Y esta es la causa interna de la necesidad de su carácter de instituto.

En el servicio se inserta, por primera vez,  en el ente, el proyecto de la región de  objetos.  Todas  las  instalaciones (acomodaticias)  que  facilitan la  conjunción planificada  de  los  modos  de   procedimiento,  promueven  el  recíproco  control  y comunicación de  resultados y regulan  el intercambio de  personal; no son  -en cuanto medidas- sólo  la consecuencia externa de  que el trabajo investigatorio  se expanda y ramifique.  Son más bien  la señal -venida de lejos y en gran  parte aún no entendida- de que  la ciencia moderna comienza  a entrar en  el período decisivo de  su historia. Sólo ahora toma posesión de su propia y plena esencia.

¿Qué acontece  en la difusión  y consolidación del  carácter de instituto  de las ciencias?  Nada  menos que el  asegurarse la  preeminencia del procedimiento  sobre el ente (naturaleza e  historia) que, en cada momento, se  objetiva en la investigación. A base de su  carácter de servicio logran  para sí las ciencias su  cohesión y unidad.  Por eso una  investigación histórica o arqueológica que  funciona mediante institutos está más cerca de una investigación física  montada en la forma correspondiente, que de una disciplina en su misma Facultad de  ciencias del espíritu, que ha quedado rezagada aún en la simple erudición.  El  decisivo desenvolvimiento del carácter de servicio de la ciencia moderna acuña por ello otro  tipo de hombres.  El sabio erudito desaparece. Es reemplazado por el investigador, que  está en empresas investigatorias.  Estas, y no el cultivo de la erudición, dan la tónica a su trabajo.  El investigador ya no necesita más en su casa de una biblioteca.  Por  lo demás siempre está de viaje.  Él negocia en conferencias  y se  instruye en  congresos.   Se ata  a encargos  de editores.   Estos participan ahora en la determinación acerca de qué libros deben ser escritos[iii].

El investigador tiende de por sí, necesariamente, al ámbito de la figura del técnico en su sentido esencial. Sólo así sigue siendo capaz de actuar y, con ello -en el sentir de su época-, verdaderamente real. A su lado puede sostenerse, por algún tiempo más y en algunos lugares, el romanticismo de la erudición -que se hace cada vez más magra y vacía- y de la Universidad. El carácter unitario efectivo, y con ello la verdadera realidad de la Universidad, no estriba, sin embargo, en una fuerza que ella por alimentarla y conservarla irradie, en una fuerza espiritual de originaria unificación de las ciencias. La Universidad es verdaderamente real en cuanto está dispuesta de modo que hace posible y visible, en una forma todavía única (por estar administrativamente en sí cerrada), la diversificación de las ciencias en la especialización  y especial unidad de los servicios. Porque las fuerzas esenciales propiamente dichas de la ciencia moderna logran su efecto, de modo inmediato y unívoco, en el servicio, por eso, solamente, pueden los servicios autónomos de investigación prefigurar y establecer, desde sí mismos, la adecuada unidad interna con otros.

El verdadero sistema de la ciencia consiste en la conjunción -resultante en cada caso de la coordinación de planeamientos- del proceder con la posición respecto a la objetivación del ente. La ventaja que se espera de este sistema no es una unidad de relaciones de contenidos de los campos de objetos (una unidad cualquiera lucubrada y rígida), sino la movilidad -la más libre posible pero con sujeción a reglas- de las conversiones e inclusiones de las investigaciones en las tareas en cada caso dominantes. Cuanto más exclusivamente la ciencia se individualiza hacia el perfecto funcionamiento y dominio de su proceso de trabajo, cuanto más desprovistos de ilusión se establecen estos servicios en planteles de investigación separados y en escuelas especializadas de investigación, tanto más inconteniblemente logran las ciencias el perfeccionamiento de su esencia moderna. Cuanto más incondicionalmente, empero,  toman en serio la ciencia y los investigadores la faz moderna de su esencia, tanto más unívoca e inmediatamente se pondrán ellos mismos a disposición de la utilidad común;  tanto más incondicionalmente tendrán también que retirarse a la discreción propia de toda labor de utilidad común.

La ciencia moderna se funda y diversifica simultáneamente, en los proyectos de determinadas regiones de objetos. Estos proyectos se desarrollan en el procedimiento correspondiente, asegurado por el rigor. El procedimiento vigente se instala en el servicio. Proyecto y rigor, procedimiento y servicio -exigiéndose recíprocamente- constituyen la esencia de la ciencia moderna, la convierten en investigación.

Reflexionamos sobre la esencia de la ciencia moderna para reconocer en ella su fondo metafísico. ¿Qué concepción del ente y qué concepto de la verdad fundamentan el que la ciencia se haga investigación?

El conocimiento como investigación pide cuenta y razón al ente para que diga cómo y hasta qué punto puede ser puesto a disposición del representar. La investigación dispone del ente cuando puede precalcular su curso futuro o recalcularlo como pasado. En el precálculo se interpela y, por así decir, se pone en su lugar a la naturaleza; en el recálculo histórico, a la historia. Naturaleza e historia se hacen objeto del representar explicativo. Este calcula confiado en la naturaleza y contando con la historia. Solo lo que así se hace objeto es, vale como ente. Solo se llega a la ciencia como investigación cuando el ser del ente es buscado en tal objetividad.

Esta objetivación del ente se realiza en un re-presentar, que apunta a traer ante sí a todo ente, de modo que el hombre calculante puede estar seguro, es decir,  cierto, del ente. Se llega a la ciencia como investigación cuando -y sólo cuando- la verdad se ha convertido en la certeza de representar. Por primera vez es determinado el ente como objetividad del representar y la verdad como certeza de representar, en la Metafísica de Descartes. El título de su obra principal reza: Meditationes de prima philosophia, consideraciones sobre la filosofía primera. Prote philosophia es la denominación acuñada por Aristóteles para aquello que después se llamará Metafísica. Toda la metafísica moderna, Nietzsche inclusive, se mantiene dentro de la interpretación del ente y de la verdad encauzada de Descartes[iv].

Ahora bien, si la ciencia como investigación es una manifestación esencial de la Edad Moderna, entonces lo que constituye el fondo metafísico de la investigación habrá de determinar -con gran prelación de anterioridad- la esencia de la Edad Moderna en general. Se puede ver la esencia de la Edad Moderna en que el hombre se libera de las ataduras del Medioevo, en que se libera hacia sí mismo. Pero esta determinación correcta queda, con todo, en la superficie. Ella tiene por consecuencia aquellos errores que impiden captar el fondo esencial de la Edad moderna y desde allí medir el alcance de su esencia. Ciertamente que la Edad Moderna ha provocado, como consecuencia de la liberación del hombre, un subjetivismo e individualismo. Pero no menos cierto es que ninguna época anterior a ella ha creado un objetivismo comparable, y que en ninguna época precedente se ha hecho presente ni se ha impuesto lo no individual en figura de lo colectivo. Lo esencial es aquí el  necesario juego recíproco entre subjetivismo y objetivismo. Pero, precisamente, este recíproco condicionarse señala hacia procesos más profundos.

No es lo decisivo que el hombre se haya liberado hacia sí mismo de anteriores ataduras, sino lo decisivo es que la misma esencia del hombre se demuda al convertirse el hombre en sujeto. Esta palabra subjectum tenemos que entenderla -claro está- como traducción del griego hypokéimenon. Esta palabra nombra lo que yace-ante-nosotros, que como fondo colige todo sobre sí. Tal significación metafísica del concepto de sujeto no tiene, por lo pronto, ninguna relación acentuada con el hombre y por ende con el yo.

Pero cuando el hombre deviene sujeto primero y propiamente dicho, entonces esto significa: el hombre deviene aquel ente en que se funda todo ente en el modo de su ser y de su verdad. El hombre deviene el centro de referencia del ente como tal. Esto, empero, sólo es posible si se muda la concepción del ente en su totalidad. ¿En qué se muestra esta mudanza? ¿Qué es -de acuerdo con ella- la esencia de la Edad Moderna?

Si reflexionamos sobre la Edad Moderna nos preguntamos por la imagen moderna del mundo. Nosotros lo caracterizamos oponiéndola a la imagen medieval y a la imagen antigua del mundo. Pero, ¿por qué preguntamos al interpretar una época histórica por la imagen del mundo? ¿Tiene toda época de la historia una imagen del mundo, y acaso de tal modo que se afane en cada caso por su imagen del mundo? ¿O es ya el preguntar por la imagen del mundo algo propio del modo moderno del representar?

¿Qué es eso: una imagen del mundo? Evidentemente, un cuadro del mundo. Pero ¿qué significa aquí mundo? ¿Qué significa imagen? Mundo es aquí la denominación del ente en su totalidad. El nombre no esta limitado al cosmos, a la naturaleza. Al mundo pertenece también la historia. Pero aun naturaleza e historia, y ambas en su recíproca compenetración, subordinándose y sobrepujándose, no agotan el mundo. En esta denominación se incluyen el hontanar del mundo, sin importar cómo sea pensada su relación con el mundo[v].

Ante la palabra imagen pensamos por lo pronto en la reproducción de algo. Según ella, sería la imagen del mundo algo así como el retrato del ente en su totalidad. Pero imagen del mundo significa más. Nosotros nos referimos con esta palabra al mundo mismo, a él, al ente en su totalidad, así como es determinante y comprometiente  para nosotros. Imagen no significa aquí copia, sino aquello que -refiriéndonos a la forma que es toda imagen- nos sugiere el giro: estamos informados de algo. Esto quiere decir: la cosa misma está, en el estado  como se halla en vista y a la vista de nosotros, ante nosotros. Informarse de algo quiere decir: representar al ente mismo en estado en que está y tenerlo permanentemente presente ante sí como estando en ese estado. Pero aún falta una determinación decisiva en la esencia de la imagen: “Estamos  informados de algo” no significa sólo que el ente, en general, se nos represente, sino que está ante nosotros como sistema, en todo lo que le pertenece y todo lo que en él se conjuga. “Estar informado”: en ello late también el estar enterado, estar apercibido (=preparado) y habérselas arreglado en vista de  ...  .  Donde el mundo se convierte en imagen, está el ente en su totalidad puesto como aquello frente a lo cual el hombre se las arregla, lo que -respectivamente- quiere traer y tener ante sí, y con ello establecer en  un sentido decisivo ante sí[vi].

Imagen del mundo, esencialmente entendido, no significa así una imagen del  mundo sino el mundo entendido como imagen. El ente en su totalidad es tomado ahora de tal modo que es y está siendo sólo  en cuanto es establecido por el hombre, que re-presenta y pre-senta. Donde se llega a la imagen del mundo, allí se realiza una decisión esencial sobre el ente en su totalidad. El ser del ente es buscado, y encontrado, en el estar representado del ente.

En todas parte, empero, donde el ente no es interpretado en este sentido, no puede el mundo entrar en la imagen, no puede haber imagen del mundo. Que el ente llegue a ser ente en el estar representado hace que la época en que ello sucede sea moderna en relación con la anterior. Los giros ‘imagen moderna del mundo’ e ‘imagen del mundo en la Edad Moderna’ dicen dos veces lo mismo, y suponen algo que jamás pudo haber antes, esto es una imagen medieval o antigua del mundo. La imagen del mundo no se convierte de medieval en moderna, sino esto, que el mundo pueda hacerse imagen, caracteriza la esencia de la Edad Moderna. Para la Edad Media, en cambio, es el ente el ens creatum, lo creado por el Dios personal y creador, como causa suprema. Ser ente quiere decir aquí: pertenecer a un determinado escalón del orden de lo creado, y en cuanto así causado corresponder a la causa creadora (analogia entis)[vii]. Nunca, empero, consiste aquí el ser del ente en que sea traído, en cuanto objetivo, ante el hombre y que sólo sea considerado como siendo porque es puesto en el ámbito de su noticia y disposición.

De lo griego queda aún más lejos la interpretación moderna del ente. Uno de los más antiguos pronunciamientos del pensar griego sobre el ser del ente reza: Tò gàr autó noeîn estin te kaì eînai. Esta  frase de Parménides quiere decir: al ser pertenece, por ser reclamada  y determinada por él, la intelección del ente. El ente es lo que revienta y se abre, lo que como lo presente (que expone su esencia) sobreviene al hombre como presente, esto es, a aquel que se abre a lo presente (lo que expone su esencia) por el hecho de inteligirlo. El ente no deviene algo que está siendo porque el hombre lo contemple, acaso en el sentido de representárselo a modo de la percepción subjetiva. Más bien es el hombre el contemplado por el ente, lo colegido por lo que se abre a la presencia donde él. Ser contemplado por el ente, involucrado en lo abierto del ente, conservado en él, y así ser sostenido por él, llevado y traído en sus contraposiciones y marcado por su discordia; esta es la esencia del hombre en la gran época griega. Por eso tiene el hombre, para dar cumplimiento a su esencia, que colegir (légein) en su apertura lo que se abre, y salvarlo (sózein); cogerlo al vuelo y conservarlo y quedar expuesta a toda la confusión en vías de escindirse  (aletheúein). El hombre griego es en cuanto intelige el ente, por lo que en la época griega el mundo no puede devenir imagen. Pero, contrariamente, es verdad que para Platón la entidad del ente es determinada como eîdos (aspecto, visión), el antecedente lejano, largo tiempo mediatamente vigente en la latencia, para que el mundo tuviera que convertirse en imagen[viii].

Algo completamente distinto significa, a diferencia del inteligir griego, el representar moderno, cuya significación expresa, mejor que otras, la palabra representatio. (Re)presentar significa aquí: tener -como opuesto- ante sí lo presente, referirlo a sí, en cuanto uno es el representante (el que realiza la representación) y retrotraerlo en esta referencia a sí, considerada como la región determinante. Donde tal acontece se informa el hombre sobre el ente. Al informarse el hombre, se pone él mismo en escena, esto es, en el círculo abierto de lo general y comúnmente representado. Con ello se pone  él mismo en el escenario, en el cual en lo sucesivo se re-presentará, se presentará, en el cual tendrá que ser imagen (cuadro vivo). El hombre se hace el representante del ente en el sentido de lo objetivo.

Pero lo nuevo de este proceso no estriba en modo alguno en que ahora la posición del hombre en medio del ente sea simplemente una otra en comparación con el hombre medieval y antiguo. Lo decisivo es que el hombre ocupa esta posición en cuanto que adrede y propiamente establecida por él, la conserva voluntariamente como ocupada por él y se la asegura como el terreno de una posible expansión de la humanidad. Solo ahora hay algo así como una posición  del hombre. El hombre erige -poniéndola sobre sus propios pies- la manera en que debe ponerse él frente al ente como lo objetivo. Comienza ese modo de humanidad que ocupa el ámbito de las potencias humanas considerándolo el espacio en que se mide y realiza la dominación del ente en su totalidad. La época que se define por este acontecimiento no es nueva sólo para la contemplación retrospectiva, frente a las que la antecedieron, sino se pone   a sí misma expresamente  como nueva.  Ser  nuevo es propio del mundo devenido imagen.

Si con esto ha que dado aclarado el carácter de imagen propio del mundo en cuanto que es el representamiento del ente entonces, si queremos captar íntegramente la esencia moderna de este hecho, tenemos que extraer y percibir la originaria fuerza semántica de los gastados palabra y concepto ‘representar’, el poner ante sí hacia sí. Con ello se detiene (y tiene en pie) el ente como objeto y recibe -y sólo entonces- el sello del ser. El que el mundo devenga imagen es uno y el mismo proceso que el que el hombre devenga, dentro del ente, sujeto[ix].

Sólo porque y en cuanto el hombre en general y esencialmente ha devenido sujeto, llegará, después, a la expresa pregunta: ¿Cómo quiere y tiene que ser sujeto (lo que, en cuanto ser moderno, ya es): o a modo del ‘yo’ constreñido a su cualquieridad y abandonado a su capricho o a modo del ‘nosotros’ en la sociedad; o  como personalidad en la colectividad o como mero miembro de un grupo en la corporación; o como Estado, Nación o pueblo, o como la humanidad general del hombre moderno? Sólo donde el hombre ya es esencialmente sujeto se da la posibilidad de resbalar hacia la des-esencia del subjetivismo en el sentido de individualismo. Pero también sólo allí donde el hombre sigue siendo sujeto, tiene un sentido la expresa lucha contra el individualismo y al favor de la colectividad como meta de todo rendimiento y utilidad.

La trabazón de ambos procesos, decisiva para la esencia de la Edad Moderna -que el mundo devenga imagen y el hombre sujeto-, da luz en el (a primera vista casi contradictorio) proceso fundamental de la historia moderna. Cuanto más amplia y profundamente está a nuestra disposición el mundo en cuanto conquistado, cuanto más objetivo aparezca el objeto, tanto más subjetivo -esto es: insistente e inoportuno- se alza el sujeto, tanto más inconteniblemente se convierte la contemplación del mundo y la doctrina del mundo en una doctrina del hombre, en Antropología. No es pues milagro que sólo entonces, allí donde el mundo deviene imagen, surja el humanismo. Pero así como no era posible en la gran época griega algo así como una imagen del mundo, tampoco podía entonces hacerse presente el humanismo. El humanismo, en sentido histórico restringido, no es por ello otra cosa sino una antropología moral y estética. Este nombre no significa aquí una investigación científico-natural cualquiera del hombre. Tampoco significa la doctrina, determinada desde la Teología cristiana, del hombre creado, caído y redimido. Designa aquella interpretación filosófica del hombre que explica y tasa el ente en su totalidad desde el hombre y hacia el hombre[x].

El cada vez más exclusivo enraizamiento de la interpretación del mundo en la Antropología, que comienza desde fines del siglo XVIII, se expresa en que la actitud fundamental del hombre hacia el ente en su totalidad se defina como Cosmovisión (Weltanschauung). Desde aquel tiempo entra esa palabra en el lenguaje usual. Tan pronto como el mundo deviene imagen, se concibe la posición del hombre como Cosmovisión. Es cierto que la palabra ‘cosmovisión’ favorece la equivocación de que allí  se trata de un inactivo contemplar el mundo. Por ello ya en el siglo XIX se subrayó, y con razón, que ‘Cosmovisión’ significa también, y aún ante todo, concepción de la vida (Lebensanschauung). Que, sin embargo, la palabra ‘Cosmovisión’ se haya afianzado como nombre de la posición del hombre en medio del ente es una prueba de cuán decididamente el mundo ha devenido imagen, tan pronto como el hombre elevó su vida como subjectum al rango preeminente de centro de referencias. Esto significa: el ente vale -en cuanto que es siendo- sólo en la medida en que es incluído en esta vida y referido a ella, es decir, en cuanto que es vivido y es vivencia. Tan inconmensurable y extraño a lo griego como tuvo que ser todo humanismo, así tan imposible fue una Cosmovisión medieval, y tan absurda es una Cosmovisión católica. Tan necesaria y justamente como tiene que convertirse todo en vivencia para el hombre moderno cuanto más sin trabas sale fuera de sí en la formación de su esencia, así tan ciertamente no podían tener vivencias los griegos en las fiestas de Olimpia.

El proceso fundamental de la Edad Moderna es la conquista del mundo como imagen. La palabra ‘imagen’ significa ahora: la obra de imaginería del presentar re-presentante. En ésta lucha el hombre por la posición en la cual pueda ser aquel ente que da la medida y traza la pauta a todo ente. Porque esta posición se afianza, vertebra y expresa como cosmovisión, se convierte la moderna relación hacia el ente -en su desenvolvimiento definitivo- en una polémica de cosmovisiones; y no de cualesquiera, sino sólo de aquellas que han asumido ya las posiciones fundamentales extremas del hombre con la máxima decisión. Por esta lucha de cosmovisiones, y de acuerdo con el sentido de esta lucha, pone el hombre  en juego la irrestricta fuerza del cálculo, del planeamiento y del dominio sobre todas las cosas. La ciencia como investigación es una forma imprescindible de este instalarse en el mundo, una de las vías por las cuales corre -a una velocidad desconocida para los participantes- la Edad Moderna hacia la plenitud de su esencia. Sólo con esta lucha de cosmovisiones entra la Edad Moderna en el capítulo decisivo y presumiblemente más durable de su historia[xi].

Señal de este proceso es que en todas partes, y bajo las formas y disfraces más diversos, aparezca lo gigantesco. Con ello se presenta lo gigante simultáneamente en la dirección de lo cada vez más pequeño. Pensamos en los números de la física atómica. Lo gigantesco se nos impone en una forma que precisamente lo hace, al parecer, desaparecer; en la supresión de las grandes distancias por el avión, en la re-presentación de cualquier mundo extraño y lejano -en su vida cotidiana- presentada por un gesto de la mano, en la radio. Pero se piensa superficialmente si se cree que lo gigantesco es meramente el vacío estirado al infinito de lo sólo cuantitativo. Se piensa con alcances demasiado cortos si se considera que lo gigantesco de lo continuamente nunca visto nace de la ciega pasión por la exageración y por el sobrepujar. Y no se piensa del todo cuando se cree que se ha interpretado este fenómeno de lo gigantesco con el tópico ‘americanismo’[xii] .

Lo gigantesco es más bien aquello por lo cual lo cuantitativo deviene su propia cualidad y con ello una especie señalada de lo grande. Cada época no sólo es diferentemente grande con relación a otras; tiene también, en cada caso, su propio concepto de la grandeza. Tan pronto, empero, como lo gigantesco del planeamiento y del cálculo y de la instalación y del afianzamiento se transforma de en un salto  cuantitativo en una cualidad propia, se convierte lo gigantesco y lo -al parecer- siempre y totalmente calculable, precisamente por eso, en lo incalculable. Esta será siempre la sombra invisible que cae sobre todas las cosas cuando el hombre ha devenido sujeto y el mundo imagen[xiii].

A través de esta sombra se vierte el mundo moderno a sí mismo en un espacio privado de representación y confiere así a este incalculable la determinación que le es propia y la singularidad histórica. Esta sombra señala hacia otra cosa que nos está vedado saber a nosotros, gente de hogaño[xiv]. Pero el hombre no podrá siquiera percibir esto que le está vedado, o pensar en ello, mientras se afane en la simple negación de la época. La fuga hacia la tradición -mezcla de humildad y orgullo- no puede, en sí misma, nada; a no ser el cerrar los ojos y la ceguera frente al momento histórico.

El hombre sólo podrá saber -esto es guardar en su verdad- aquello incalculable en el preguntar creador y  en el plasmar a partir de la fuerza de la genuina reflexión. Ella transporta al hombre venidero a aquel ‘entre’, en el cual pertenece al ser y sigue siendo, sin embargo, un extraño para el ente[xv]. Hölderlin sabía de eso. Su poema titulado A los alemanes termina así:

 

Cierto que es estrechamente limitado nuestro tiempo de vida,

y el número de nuestros años los vemos y contamos,

pero los años de los pueblos

¿los han visto ojos perecederos?

 

Aún si el alma sobre tu propio tiempo

nostálgica vibre, doliente quedas tú

en la fría ribera

donde los tuyos, y jamás los conoces".



NOTAS:

[i] Tal reflexión ni es para todos necesaria, ni realizable o aún soportable, para cada cual. Por lo contrario: falta de reflexión pertenece ampliamente a determinados niveles del consumar y trajinar. El preguntar de la reflexión no recae, sin embargo, en lo infundado o incuestionable, pues de antemano pregunta por el ser. Este es y será para ella lo más digno de ser preguntado. En él encuentra el reflexionar la extrema resistencia, que lo compele a tomar en serio el ente que se ha acercado a la luz de su ser. La reflexión sobre la esencia de la Edad Moderna coloca al pensar y decidir en el ámbito de las fuerzas esenciales propiamente dichas de la época. Estas actúan, como actúan, intangibles para toda valoración cotidiana. Frente a ellas sólo cabe la disposición a la resolución o, de otro modo, el desvío hacia lo a-histórico. Al hacer esto no basta, v.g., aceptar la técnica o postular en forma absoluta la ‘movilización total’, cuando se advierte que estamos ante ella (lo que nace de una postura incomparablemente más esencial). Es menester, ante todo y siempre, concebir la esencia de la época desde la verdad del ser que lo rige, porque sólo así se percibe aquello que es más digno de ser preguntado, que desde la base sostiene y vincula un obrar hacia lo futuro, por encima del presente, y convierte la transfiguración del hombre en una necesidad que nace del propio ser. Ninguna época se deja eliminar por la sentencia autoritaria de la negación. Esta sólo saca de cauce al que niega. La Edad Moderna, empero, exige -para ser en lo futuro soportada en su  esencia y, precisamente a causa de ella-  una originalidad y una amplitud de reflexión, para la cual los hombres de hoy preparamos tal vez algo, pero a lo que no podemos todavía sobreponernos.

[ii] La palabra ‘servicio’ ( en alemán sinónimo de ‘trajín’) no ha de tomarse aquí en sentido peyorativo. Pero como la investigación es en su esencia servicio, despierta la siempre posible laboriosidad del trajín la apariencia de ser ella la más alta realidad y eficacia, a la zaga de la cual se realiza la socavación de la labor investigatoria. El servicio deviene mero trajín cuando el procedimiento no se mantiene abierto gracias a la siempre nueva realización del proyecto, sino que deja a éste -en cuanto ya dado- detrás de sí, sin ni siquiera confirmarlo, por correr tras  los resultados que se amontonan y su calculación. El mero funcionamiento del servicio debe ser siempre combatido precisamente porque la investigación es en su esencia servicio. Si se  busca lo científico de la ciencia en la silenciosa erudición, entonces está claro que la renuncia al trajín significa también la negación del carácter esencialmente servicial de la investigación. Cuanto más puro funcionamiento se hace la investigación -así aumentan sus rendimientos- con tanto mayor persistencia crece en ella el peligro de la laboriosidad. Por fin surge  un estado en que la diferencia entre servicio y trajín no sólo es incognoscible, sino  también irreal. Precisamente este estado de equilibrio entre esencia y desnaturalización en el término medio de lo sobreentendido hace duradera la investigación como forma de la ciencia y, en general, también a la Edad  Moderna. ¿De dónde, empero, toma la investigación los contrapesos contra el simple trajín dentro de su servicio?

[iii] La creciente significación de la actividad editorial no tiene su fundamento sólo en que los editores (por ejemplo, a través del comercio de libros) tengan una sensibilidad más fina para apreciar las necesidades del público o que dominen mejor el negocio que los autores. Más  bien  tiene su propio trabajo la forma de un procede planificante y que se encauza a cómo -por la mejor y más coherente producción de  libros y escritos- ha de ser hecha pública la imagen del mundo y consolidada en el público. El predominio de las obras colectivas, series de libros, publicaciones escalonadas, ediciones de bolsillo, es ya la consecuencia de este trabajo editorial que, a su vez, se toca con las intenciones de los investigadores ya que éstos, cuando editados en series o colecciones, no sólo se hacen más fácil y rápidamente conocidos y apreciados, sino que logran, gracias a este frente más amplio, inmediatamente influencia dentro de la eficacia dirigida.

[iv] La posición metafísica fundamental de Descartes está sustentada en la metafísica platónico-aristotélica y se mueve, pese al nuevo punto de partida, en la misma pregunta: ¿Qué es el ente? Que ésta pregunta no aparezca formulada en las Meditationes de Descartes, sólo demuestra cuán esencialmente determina la modificada respuesta a ella la posición fundamental. La interpretación cartesiana del ente y de la verdad crea -y esto sólo a partir de ella- los presupuestos para la posibilidad de una teoría del conocimiento o metafísica del conocimiento. Sólo por Descartes es puesto el realismo en condiciones de demostrar la realidad del mundo exterior y de salvar el ente en sí.

Las esenciales mudanzas de la posición fundamental de Descartes -que han sido alcanzadas en el pensamiento alemán desde Leibniz- no superan en modo alguno esta posición fundamental. Ellas desenvuelven sólo ahora su amplitud metafísica y crean los presupuestos del siglo XIX, el aún más oscuro de los siglos que van corridos de la Edad Moderna. Ellas consolidan indirectamente la posición fundamental de Descartes en  una forma en virtud de la cual ellas mismas son casi incognoscibles, pero no por ello menos efectivas. En cambio, la mera escolástica cartesiana y su racionalismo han perdido toda su fuerza para una posterior influencia formativa en la Edad Moderna. Con Descartes comienza a consumarse la metafísica occidental. Pero como una tal perfección sólo es, a su vez, posible como metafísica, tiene el pensar moderno su propia grandeza.

Descartes, con su interpretación del hombre como subjectum, crea el presupuesto metafísico para la venidera antropología, en todas sus especies y direcciones. Con el auge de las antropologías logra Descartes su más alto triunfo. Gracias a las antropologías iníciase la conversión de la metafísica en el proceso del simple terminar y detenerse de toda filosofía. Que Dilthey negara la metafísica, que -en el fondo-, no comprendiera más su pregunta y que se encontrara desamparado ante la lógica metafísica, es la consecuencia interna de su posición fundamental antropológica. Su Filosofía de la Filosofía es la forma distinguida de la eliminación antropológica, y no de la superación de la filosofía. Toda antropología -en que la filosofía precedente es utilizada a voluntad pero declarada superflua como filosofía- tiene la ventaja de ver claramente lo que se postula con la afirmación de la antropología. Con ello se clarifica la situación espiritual, mientras que las laboriosas confecciones de engendros tan llenas de contrasentidos como lo son las filosofías nacional-socialista, sólo causan confusiones. La cosmovisión, sin embargo, necesita y emplea la erudición filosófica, pero no requiere de ninguna filosofía, pues, en cuanto que es cosmovisión, ha asumido su propia interpretación y conformación  del ente. Una cosa, desde luego, no puede la antropología: Ella no puede superar a Descartes o aún siquiera levantarse contra él, pues ¿cómo podrá oponerse la consecuencia al fundamento sobre el cual reposa?

Descartes es únicamente superable por la superación de aquello que él mismo ha fundado, por la superación de la metafísica moderna, y esto quiere decir simultáneamente metafísica occidental. Superación significa aquí el preguntar originario  de la pregunta por el sentido, esto es, por el ámbito del proyecto y con ello por la verdad del ser. Pregunta que se desemboza simultáneamente como pregunta por el ser de la verdad.

[v] El concepto del mundo como es desarrollado en Sein und Zeit sólo debe entenderse desde el ámbito visual de la pregunta por el Dasein, pregunta que a su vez está incluída en la pregunta fundamental por el sentido del ser (no del ente).

[vi] A la esencia de la imagen pertenece la composición, el sistema. Con ello no se significa el encasillamiento artificial y externo y la conjunción de lo dado, sino la unidad del ensamble que se desenvuelve del proyecto de la objetividad del ente en lo re-presentado como tal. En la Edad  Media es imposible un sistema: allí sólo es esencial el orden de las correspondencias, que es por cierto el orden del ente en el sentido de lo creado por Dios y previsto como su creación. Más extraño aún es el sistema para lo griego, aunque modernamente se hable -con toda impropiedad- del sistema platónico o aristotélico. El servicio en la investigación es una determinada formación e instalación de lo sistemático, en el cual éste recíproca y simultáneamente determina la instalación. Donde el mundo deviene imagen domina el sistema, y no sólo en el pensar. Empero, donde el sistema es dirigente existe siempre la posibilidad de la degeneración hacia la exterioridad del sistema simplemente facticio y hecho a retazos. A eso se llega cuando es deficiente la originaria fuerza del proyecto. La en sí diferente singularidad de la sistemática en Leibniz, Kant, Fichte, Hegel y Schelling no ha sido aún comprendida. Su grandeza estriba  en que no se desarrolla -como en Descartes- del subjectum como ego y substantia finita, sino o -como en Leibniz- de la mónada, o -como en Kant- de la esencia trascendental de la razón finita enraizada en la imaginación, o -como en Fichte- del yo infinito, o -como en Hegel- del espíritu como saber absoluto, o -como en Schelling- de la libertad en cuanto necesidad de cada ente, que como tal queda determinado por la diferenciación entre fundamento y existencia.

Tan esencial como el sistema es para la interpretación moderna del ente la representación del valor. Donde el ente se ha convertido en objeto del representar, pierde el ente en cierto modo su ser. Esta pérdida es percibida de modo bastante poco claro y seguro, y substituída con la correspondiente celeridad adjudicándosela al objeto -y al ente así interpretado-   un valor, y en general midiendo el ente por valores y convirtiendo a los valores mismos en la meta de todo  hacer y trajinar. Como éste se concibe a sí mismo como cultura, devienen los valores culturales y éstos -en general- la expresión de las más altas metas del obrar, a fin de que se afiance el hombre a sí propio como subjectum. De allí sólo hay un paso a convertir los valores mismos en objetos en sí. El valor es la objetivación  de las metas de las necesidades del instalarse re-presentante en el mundo como imagen. El valor parece expresar que al referirse a él y al tomar posición frente a él se ejecuta, precisamente, lo máximamente valioso y se le sirve; cuando es, precisamente, el valor embozo enervado y gastado de la objetividad del ente devenido insignificante y sin hondura. Nadie muere por simples valores. Obsérvese, para aclarar el siglo XIX, la singular posición intermedia de Hermann Lotze, que al par interpretó las ideas platónicas como valores y bajo el título “Microcosmos” emprendió el Ensayo de una antropología (1856), que alimentaba aún con el espíritu del idealismo alemán lo noble y sencillo de su modo de pensar, pero que también lo haría el positivismo. Porque el pensar de Nietzsche  quedó preso en la representación del valor, tiene que expresar lo que le es esencia en una forma retrospectiva, como transmutación de todos los valores. Sólo cuando se logra comprender el pensar de Nietzsche independientemente de la representación del valor, llegamos al punto desde el cual la obra del último pensador de la metafísica es concebida  como una tarea del preguntar y la oposición de Nietzsche contra Wagner como la necesidad de nuestra historia.

[vii] La participación  pensada como rasgo  fundamental del ser del ente, anticipa muy determinadas posibilidades y modos de poner en obra la verdad de este ser dentro del ente. La obra de arte de la Edad Media y la falta de imagen del mundo van emparejadas  en esa época.

[viii] ¿Pero no se atrevió, en época de Sócrates, un sofista a decir: el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son y de las que no son? ¿No suena esta frase de Protágoras como si fuera de Descartes? ¿No es finalmente concebido por Platón el ser del ente como lo mirado, como idea? ¿No es para Aristóteles la referencia al ente como tal la theoría, el puro mirar? Sin embargo, aquella frase sofística de Protágoras está tan alejada del subjetivismo como de Descartes la posibilidad de invertir el pensar griego. Ciertamente se realiza por el pensar de Platón y por el preguntar de Aristóteles un cambio decisivo en la interpretación del ente y del hombre, pero este cambio permanece aún dentro de la experiencia fundamental griega del ente. Esta interpretación es precisamente como lucha contra la sofística tan decisiva que se hace dependiente de ella y se convierte en el acabamiento de lo griego, acabamiento que, mediatamente, prepara, en parte, la posibilidad de la Edad Moderna. Por ello ha podido ser considerado más tarde -no sólo en la Edad Media sino a través de la Edad Moderna- el pensar platónico y aristotélico como   el pensar griego por antonomasia y todo pensar pre-platónico únicamente como una preparación para Platón. Porque se ve, a causa de una larga costumbre, lo griego a través de una interpretación humanística, por ello nos está vedado re-pensar el ser, que se abrió a la antigüedad griega, de modo que le dejemos conservar lo que hay de propio y extrañante en él. La frase de Protágoras reza: “De todas las cosas (que el hombre tiene en uso y emplea, y por eso están siempre alrededor de sí), es el hombre (cada cual) la medida. De los presentes, de que así se presenten como se presentan. De aquellos empero, a los que está vedado presentarse, de que no se presenten”. El ente cuyo ser está por decidirse es comprendido aquí como lo pre-sente, que rodea al hombre y que desde sí se presenta en este ámbito. Pero, ¿quién es el hombre? Platón da en ese mismo lugar la información, al hacer decir  a Sócrates: “¿No entiende él (Protágoras) en algún modo así: como en cada caso cada cosa se me presenta, de ese aspecto es (también) para mí; y como se presente a ti, de tal modo es para ti? Hombre eres tu, como yo”.

El hombre es aquí -según esto- cada cual (yo, tú, etc.) Este ego ¿no ha de identificarse con el cogito cartesiano? Jamás; pues todo lo esencial que con igual necesidad determina las posiciones fundamentales metafísicas en Descartes y Protágoras es, en ambas, diferente. Lo esencial de una posición fundamental metafísica comprende:

1. El modo y la manera en que el hombre es hombre, es decir, él mismo; el modo esencial de la “mismidad” que no se confunde con la “yoidad” sino que se determina desde la referencia al ser como tal;

2. La interpretación esencial del ser del ente;

3. El proyecto esencial de la verdad;

4. El sentido en que el hombre es, aquí y allá, medida.

Ninguno de los momentos esenciales de la posición fundamental metafísica se puede entender segregado de los demás. Cada uno indica ya el todo de una posición fundamental metafísica. Por qué y en qué medida precisamente estos cuatro momentos sostienen y ensamblan, con antelación, una posición fundamental metafísica, esto -digo- no es preguntable ni respondible a partir de la metafísica ni a través de ella. Esto ya está dicho a partir de la superación de la metafísica.

Para Protágoras, es cierto, está el ente referido al hombre como ego (yo). ¿De qué especie es esta referencia el yo? El ego permanece en el ámbito de la descobertura que le es adjudicado como cada cual. De esta suerte intelige todo lo presente en este ámbito como siendo. El inteligir de lo presente se funda en el permanecer dentro del ámbito de la descobertura. Por el permanecer donde lo presente es la permanencia del yo a lo presente. Este pertenecer a lo presente abierto delimita a éste frente a lo ausente. En esta limitación de lo en cada caso descubierto se da al hombre la medida que limita a un ‘mismo’ en cada caso, a ese ser éste o aquél. El hombre no da desde una ‘yoidad’ segregada la medida a la cual ha de someterse todo ente en su ser. El hombre de la relación fundamental griega al ente y su descobertura es métron (medida) en cuanto se hace cargo de la mesura del ámbito de la descobertura restringido en vista del yo, y con ello reconoce la cobertura  del ente y la indecibilidad respecto de su presencia o ausencia, así como en cuanto al aspecto de lo que es esencialmente. Por eso dice Protágoras: “De saber (esto es, en griego, tener una visión de ...) algo sobre los dioses, claro está, no soy capaz; ni  que sean, ni que no sean, ni cómo son en su aspecto”.

“Mucho empero es lo que impide inteligir el ente como tal: tanto la no-apertura (cobertura) del ente como lo breve del curso histórico del hombre”.

¿Podemos entonces admirarnos que Sócrates en vista de esta prudencia de Protágoras diga de él: “Es de presumir que él simplemente no hable como hombre sabio (a propósito de su frase sobre el hombre como métron)”.

La posición fundamental metafísica de Protágoras es sólo una restricción -y esto significa también una conservación- de la posición fundamental de Heráclito y Parménides. La sofística es sólo posible sobre la base de la sophía, esto es, la interpretación griega de ser como presencia y de la verdad como descobertura, descobertura que a su vez continúa siendo una determinación esencial del ser, por la cual se determina lo presente a partir de la descobertura y la presencia de lo descubierto en sí. ¿Hasta qué punto está alejado Descartes del comienzo del pensar griego? ¿En cuánto es diferente la interpretación del hombre que lo representa como sujeto? Precisamente porque en el concepto del subjectum vibra aún la esencia griega del ser -el subyacer del subyacente-, en forma de la presencia devenida, incognoscible e incuestionable (esto es, lo permanentemente ante nosotros), es posible ver -gracias a ella- la esencia de la mudanza de la posición fundamental metafísica.

Una cosa es la conservación del en cada caso limitado ámbito de la descobertura por el inteligir de lo presente (el hombre como métron= medida); otra el proceder en el campo despojado de límites de la posible objetivación, a través del cálculo de la representación accesible para cualquiera y para todos obligatoria.

Todo subjetivismo es imposible en la sofística griega porque aquí el hombre no puede ser subjectum; no puede devenir esto porque aquí el ser es presencia, y la verdad descobertura.

En la descobertura acontece la phantasía, esto es, el lograr-la-aparición de lo que se hace presente como tal para el  hombre - que se hace presente hacia lo que aparece. El hombre en cuanto sujeto representante (que tiene representaciones) fantasea, es decir, se mueve en la imaginatio en cuanto su representar imagina el ente como lo subjetivo en el mundo como imagen.

[ix] ¿Cómo se ha llegado a que el ente se interprete de un modo tan acentuado como subjectum y, por lo tanto, haya logrado lo subjetivo el dominio? Pues hasta Descartes -y todavía dentro de su metafísica- es el ente, en cuanto que es ente, un subjectum (hypo-keimenon), algo que yace ante uno; que, como tal, simultáneamente yace como fondo de sus propiedades permanentes y estados cambiantes. La preeminencia de un sujeto privilegiado porque es, en sentido esencial, incondicionado -como fondo del fundamento- nace de la pretensión del hombre a un fundamentum absolutum inconcussum veritatis ( a un fundamento -que reposa en sí y sea inconmovible- de la verdad en el sentido de la certeza) ¿Por qué  y  cómo se satisface en forma decisiva esta pretensión? La pretensión nace de aquella liberación del hombre, en la cual se libera de la obligatoriedad de la verdad de la Revelación cristiana y de la enseñanza de la Iglesia hacia la dación de leyes para sí mismo y que se coloca sobre sí mismo. Por esta liberación es renovada la esencia de la libertad, esto es, la vinculación a algo obligatorio. Pero como en virtud de esta libertad es el hombre mismo quien estatuye lo obligatorio, puede ser éste, en adelante, determinado de diversa manera. Lo obligatorio puede ser la razón humana y su ley, o el ente instalado y ordenado objetivamente según la razón, o aquel aún no ordenado caos que debe ser aún domeñado por la objetivación, que exige en una época su subyugación.

Esta liberación se libera -sin saberlo- todavía a partir de la vinculación de la verdad de la Revelación, en que al hombre le es asegurada y certificada la salud de su alma. La liberación de la certeza de salvación según la Revelación tuvo que ser, en sí, una liberación hacia una certeza en que el hombre se asegura la verdad como lo salido de su propio saber. Esto sólo es posible si el hombre que se liberaba alcanzaba en sí mismo la certeza de lo sabible. Tal cosa sólo podía, empero, acontecer en cuanto que el hombre decidiese por sí y para sí lo que es sabible para él, y lo que debe significar ‘saber’ y ‘afianzamiento de lo sabido’, es decir, certeza. La tarea  metafísica de Descartes se hizo pues ésta: crear el fundamento metafísico a la liberación del hombre, a la libertad como autodeteminación cierta de sí misma. Este fundamento no tenía solamente que ser, a su vez, cierto sino que -porque estaba vedado el recurso a medidas de otro ámbito- había de ser de tal modo que por él fuese estatuída la esencia de la libertad pretendida como auto-certeza. Pero todo lo que es cierto desde sí mismo tiene que afianzar, al  mismo tiempo, a aquel ente para el cual es cierto tal saber y por el cual ha de ser afianzado todo lo sabible. El fundamentum, el fondo de esta libertad, lo que le subyace, el subjectum tiene que ser cierto, un algo con certeza que satisfaga los requerimientos esenciales citados. Un subjectum privilegiado en todos estos aspectos se hace necesario ¿Cuál es este (algo) cierto que forma el fundamento y da fondo? El cogito. Lo cierto es una frase que dice que, simultáneamente con el pensar del hombre, él mismo está indudablemente presente, lo que quiere decir ahora: es dado también a sí mismo. Pensar es re-presentar, referencia representante a lo representado (idea como perceptio).

Representar significa aquí: desde sí mismo colocar algo delante de sí y poner en (lugar) seguro lo colocado. Este colocar  en (lugar) seguro tiene que ser un calcular, pues sólo la calculabilidad garantiza de antemano y permanentemente el estar cierto de lo que ha de representarse. El (re)presentar no es más el inteligir (advertir) de lo presente, a cuya descobertura pertenece el inteligir mismo, siendo -en verdad- una manera de presentarse a lo presente descubierto. El representar no es más el de-cubrirse para ..., sino el concebir y apoderarse de él . No rige lo presente sino domina el ataque. El representar es ahora, según la nueva libertad, un proceder por sí  en el ámbito -que todavía ha de afianzarse- de lo afianzado. El ente ya no es más lo presente sino lo o-puesto por la representación, lo ob-jetivo; re-presentación es ob-jetivación pro-cedente y conminante. El representar junta así todo en la unidad de lo así objetivo. Representar es co-agitatio.

Toda relación a algo, el querer, el tomar posición, el sentir, es de plano re-presentatio, es cogitans, aquello que se traduce por ‘pensar’. Por eso puede Descartes aplicar el nombre, al comienzo extraño, de cogitatio a todos los modos de la voluntas y del affectus, a todas las actiones y passiones. En el cogito se entiende el cogitare en este sentido esencial y nuevo. El subjectum , la certeza fundamental, es el siempre afianzado estar-también-representado del hombre representante juntamente con el ente humano o  no-humano representado, esto es, lo objetivo. La certeza fundamental es el indudable, en todo momento representable y representado, me cogitare = me esse. Esta es la ecuación fundamental de todo calcular del representar que se afianza a sí mismo. En esta certeza fundamental está seguro el hombre de que él, como el re-presentante del re-presentar (y con ello del completo ámbito de todo lo que está representado y, así, de toda certeza y verdad), está afianzado, lo que significa ahora: es. Sólo porque el hombre está de este modo co-representado en la certeza fundamental (en el fundamentum absolutum inconcussum del me cogitare = me esse), sólo porque el hombre que se libera a sí propio pertenece necesariamente al subjectum de esta libertad, únicamente por eso  puede este hombre, y tiene este hombre que, devenir el ente privilegiado, un subjectum que, en vista de ser el ente primeramente verdadero (esto es: cierto), tiene precedencia sobre todos los demás subjecta. Que en la ecuación fundamental de la certeza sea nombrado el ego, así como es nombrado en el subjectum propiamente dicho, no significa que el hombre sea ahora determinado como “yoico” y egoísta. Sólo quiere decir esto: el ser sujeto es ahora el distintivo del hombre como ser pensante y representante. El yo del hombre no se pone al servicio de este subjectum. La certeza que yace en el fondo de éste es -por cierto- subjetiva -esto es, que rige en la esencia del subjectum- pero no egoísta. La certeza es ob-ligatoria para todo yo como tal, es decir como subjectum. De igual modo, es obligatorio para cada cual todo aquello que quiere ser comprobado como afianzado por la objetivación re-presentante y, por lo tanto, como siendo. Esta objetivación, empero, que al mismo tiempo sigue siendo lo decisivo respecto de lo que podrá ser considerado como objeto, no puede sustraerse nada. A la esencia de la subjetividad del subjectum, y del hombre como sujeto, pertenece la incondicionada ilimitación del ámbito de posible objetivacion y del derecho a decidir sobre ésta.

Ahora se ha aclarado también en qué sentido quiere y tiene que ser el hombre, como sujeto, medida y centro del ente, es decir, -ahora- de los objetos. El hombre no es más métron en el sentido de la mesura del inteligir, en cada caso, en el ámbito de la descobertura de lo presente, que en cada caso presencia el hombre. Como subjectum es el hombre la co-agitatio del ego. El hombre se estatuye a sí  mismo como el patrón de todas las medidas, con las cuales se mide y calcula lo que ha de considerarse como cierto, esto es, verdadero, esto es, siendo. La libertad es nueva como libertad del subjectum. En las Meditationes de prima philosophia la liberación del hombre a la nueva libertad es colocada sobre sus fundamentos, el subjectum. Ni la liberación del hombre moderno comienza a partir del cogito, ni  es la metafísica de Descartes sólo la metafísica en el sentido de una ideología posteriormente suministrada a esa libertad (y, por lo tanto, exteriormente añadida a ella). En la co-agitatio reúne el representar todo lo objetivo en la juntura de la representación. El ego del cogitare encuentra ahora su esencia en la conjunción de la representación que a sí propia se afianza, en la con-scientia. Esta es la composición representante del objetivo con el hombre re-presentante en el campo de la representación por él guarecida en su verdad. Todo lo presente recibe de ella el sentido y el modo de su presencia, esto es, el de la presencia en la re-presentación. La con-scientia del ego como subjectum de la co-agitatio determina, como subjetividad del sujeto así señalado y privilegiado, el ser del ente.

Las Meditationes de prima philosophia adelantan los caracteres de la ontología del subjectum, desde el punto de vista que mira a la subjetividad determinada como conscientia. El hombre ha devenido el subjectum. Por eso puede él -según se conciba y quiera a sí mismo- determinar y cumplir la esencia de la subjetividad. El hombre como ser racional, de la época de la Ilustración, no es menos sujeto que el hombre que se concibe como nación, se quiere como pueblo, se cultiva como raza y finalmente se confiere poderes de  Señor del globo terráqueo. En todas estas posibilidades fundamentales de la subjetividad -porque el hombre queda determinado siempre  como yo y tú, como nosotros y vosotros- es  posible un diferente modo de la “yoidad” y del egoísmo. El egoímo subjetivo, para el cual -generalmente sin que lo sepa- el yo está anteladamente determinado como sujeto, puede ser derribado por el enrolamiento de lo “yoico” en el nosotros. Por ello sólo gana la subjetividad en fuerza. En el imperialismo planetario del hombre técnicamente organizado alcanza el subjetivismo del hombre su suprema cumbre, de la cual puede descender al plano de la uniformidad organizada e instalarse en ella. Esta uniformidad deviene el más seguro instrumento del más completo -esto es: técnico- dominio sobre la tierra. La libertad moderna de la subjetividad se resuelve totalmente en la objetividad adecuada a ella. El hombre no puede abandonar, por sí, este destino de presencia moderna o interrumpirlo por una sentencia basada en la fuerza. Pero el hombre puede considerar -adelantándose con el pensamiento- que el ser sujeto de la humanidad no ha sido jamás la única posibilidad de la esencia incipiente del hombre histórico, ni jamás lo será. Una pasajera sombra producida por las nubes sobre un país oculto, esto es el oscurecimiento que aquella verdad como certeza de la subjetividad (que fue preparada por la certeza de salvación del Cristianismo) derrama sobre un acontecimiento que a ella le está vedado experimentar.

[x] Antropología es aquella interpretación del hombre que en el fondo ya  sabe lo que es el hombre y, por lo tanto, nunca puede preguntar quién es. Pues con esta pregunta tendría ella que reconocerse a sí  misma que está conmovida y superada. ¿Cómo se podría pedir esto a la antropología cuando, precisamente, tiene que afianzar a posteriori el auto-afianzamiento del subjectum?

[xi] Pues ahora se realiza el refundirse de la esencia moderna -que ha llegado a su perfección- en lo sobreentendido. Sólo cuando esto esté afianzado en una cosmovisión, crece el posible suelo nutricio para una originaria cuestionabilidad del ser que abra el ámbito de la decisión referente a: si el ser es de nuevo capaz de un Dios, o si la esencia de la verdad del ser requiere más originariamente la esencia del hombre. Sólo allí donde la plenitud de la Edad Moderna alcanza la desconsideración en su propia grandeza se prepara la historia venidera.

[xii] El americanismo es algo europeo. Es la variedad que todavía no surge de la esencia plena y recogida de la Edad Moderna. La interpretación americana del americanismo por el pragmatismo queda aún fuera del ámbito metafísico.

[xiii] El opinar cotidiano ve en la sombra únicamente la falta de luz, si no acaso su negación. En verdad es la sombra la  evidente -si bien impenetrable- atestación del oculto iluminar. Según este concepto de las sombras experimentamos nosotros lo  incalculable como aquello que, sustraído a la representación, es, sin embargo, evidente en el ente y denuncia al ser oculto.

[xiv] ¿Y qué acontecería si el rechazo mismo tuviera que volverse  la más alta y dura revelación del ser? Entendido desde la metafísica (esto es, desde la pregunta por el ser en la forma de ¿qué es el ente?) se revela primeramente la oculta esencia del ser como rechazo, como lo absolutamente no siendo, como la Nada. Pero la Nada es -como lo nádico del ente- el más decidido contrario de lo simplemente nulo. La Nada nunca es Nada, ni tampoco es un algo en el sentido de un objeto; es el ser mismo, cuya verdad será traspasada al hombre cuando se haya superado como sujeto, esto es, cuando no represente más como objeto al ente.

[xv] Este “entre” abierto es el existir (Dasein) entendiéndose la palabra en el sentido de ámbito ec-stático de la desocultación y ocultación del ser.