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Vine a este mundo, con toda la inocencia, la ternura y la sinceridad que cabe en la mirada de un niño. Con toda la grandeza del corazón humano para agradecer las atenciones y dones que me serían dados. Con la capacidad de crecer física y espiritualmente; de aprender, de desarrollarme, de entregarme con pasión a este mundo y descubrir lo que le hace tan maravilloso y único. Nací con la necesidad de profundizar en los secretos del alma humana, las ganas de sentirme lleno y completo. La alegría y el impulso para celebrar los momentos de satisfacción y regocijo, que puedo decir ahora, han sido muchos. La necesidad, como una fuerza de gravedad en mí centro, en mi interior, me motivo a buscar en todo lo que me rodeaba, quiero decir que siempre fui un niño curioso, observador y puse mucho interés en lo que mis padres y personas cercanas me proponían. Luego al no encontrar seguridad y satisfacción en todo ello, lo busque en comportamientos de personas más externas, en mi voluntad, en mi ánimo y en la necesidad de compartir e intercambiar emociones nuevas. Sentí una sed intensa de verdad y realidad; de querer navegar por los mares más tranquilos de lo cordial y placentero, de las relaciones con las personas y la naturaleza viva pero a la vez profundizando en lo que sentía dentro de mi ser. Fui dándome cuenta de la mágica realidad del desarrollo vital, la necesidad de ser uno mismo y desarrollar la personalidad como la veía en todo lo que me rodeaba. Fue preciso y casual a la vez pero de una forma cíclica. Naufrague en muchas dudas incuestionables; naufrague en el mundo de la incertidumbre y las preguntas que nadie te podía responder, ni aún con franqueza, pero siempre sentí vencida esa incertidumbre por la voluntad, la esperanza y fortuna de este loco corazón mío que me hizo sentir satisfecho con las cosas más sencillas, dándome cuenta de lo sensible y frágil que era ante las circunstancias. En este mundo social y material me encontré con tantas normas, la inercia de tantas costumbres que me sería imposible asimilar en muchos años de buena voluntad. Como en una jungla tuve que luchar por abrirme paso y sobrevivir a ellas, pero nunca pude desprenderme de esa sensación de agobio y desesperación. La repuesta al deslizamiento por esas normas en algunos momentos, eran los castigos, el rechazo, reprimendas que nunca pude comprender, a veces interminables y por todo. Venían de todos los lados; los maestros, los padres, los vecinos y cualquiera que estuviera malhumorado. Creciendo con cierta frustración de no poder encontrar toda la aceptación y tolerancia que entonces necesitaba. La incertidumbre y duda en mí mismo, de ser como era, se hizo fuerte y fui cediendo para aparentar ser como los demás pretendían que fuera, probé en la aceptación y equidistancia, conteniendo con rabia la particular forma de sentir y necesidad de manifestarme e intente estar siempre por encima de las circunstancias. Fueron años de una felicidad sin toda la felicidad, de alegría sin la alegría que cabe en un joven, la libertad, era una libertad controlada y pactada. Los juegos eran juegos interrumpidos por las personas que siempre estaban por encima de un joven, que eran casi todos los mayores y sobre todo con la gente supuestamente correcta. A veces te querían cortar el pelo, otras las alas y las más, la alegría de vivir... ¡Que tiempos! La verdadera familia se transformaba en respeto, miedo y mentiras. El compañerismo y solidaridad se convertía en ser igual a los otros, aceptando las normas implícitas de lo dominante, los dominantes que daban un sentido de uniformidad y seguridad a todos. La amistad era más que otra cosa un pacto de correspondencia ante la adversidad, la soledad, la vulnerabilidad o la agresión, en mi grupo de amigos siempre había uno que era el jefe y sus adláteres los demás, con alguna excepción. Los sentimientos con las personas queridas era una debilidad y un sufrimiento por la posibilidad de ser señalado o excluido por los intereses más materiales del grupo, de la familia o del pueblo. Así y todo conocí amores que me elevaron, aunque en silencio, siempre hubo esa persona que ha dejando su huella y gratitud en mí, que me hizo sentir muy bien, pero con una sensación de fondo de ser como un ladrón de lo más precioso de ella, la sinceridad y correspondencia; pues ellas, las chicas, eran tan dignas y tan lejanas que nunca me sincere personalmente en el amor que profesaba, aunque creo que lo intuían. Ante tal panorama, con el corazón roto, el sufrimiento a flor de piel y las lágrimas inundando mi ser más intimo; decidí romper primero conmigo mismo, todos los conceptos moralistas de servidumbre y luego con los demás pues no me encontraba satisfecho con lo que tenía y me sentía vacío. Solo, por la frontera de lo intimo, lo cercano y lo que podía reconocer como necesario para sentirme contento, sentirme bien, empece a caminar individualmente y en solitario. Como un vagabundo agotado y hambriento buscaba lo más unitario, un poco de agua para saciar la sed, un poco de comida para calmar el hambre y un sitio que aunque humilde, un refugio donde descansar. Leí libros que abrieron en mi ceguera, ventanas de entendimiento y claridad. Viaje por lugares que me sorprendieron y elevaron mí espíritu. Conocí gente que sin hablar en el mismo idioma, pudimos entendernos, comunicarnos y rompimos muros de aislamiento humano, derrumbandose viejos complejos que no necesitaba. Conocí algo nuevo y diferente que nunca podré olvidar, fue cambiándome poco a poco y llenando de verdad. La sed de sinceridad se sació con mi propia sinceridad, el hambre de afecto y comprensión se calmó con mí propio afecto y comprensión personal, de mi mismo y los demás después. El verdadero descanso lo encontré en mí propio corazón, libre, sin tiranías a las que servir. La amistad como un regalo me la ofrecieron las personas que compartían un sentimiento afín como una corriente de influencia de ida y vuelta. Me di cuenta que los valores humanos no están en ningún lugar sino en el corazón que siente y es libre. Como se dice en el "Principito":"Lo fundamental solo se puede ver con los ojos del corazón." Comprendí que no somos propietarios de nada en este mundo, aquí solo estamos de paso. Pensarás...¿La vida es tan sencilla? Mi experiencia me dice: sí, cuando empiezo a darme cuenta de lo mucho que se me ha dado. Se me dio todo: nací libre, con un cuerpo sano, con entendimiento y raciocinio para poder analizar y elegir. La capacidad de sentir y de agradecer lo que era propicio, para estar contento y sentirme satisfecho. Lo demás es pasajero; como las nubes que vienen y se van, nos traen la tormenta, la lluvia y tras ellas nos deja ver un sol esplendoroso, más esplendoroso aún si cabe, siempre para sorprendernos por su poder transformador, su calor vital y nuestra naturaleza enormemente dependiente de él. Dentro del corazón, nace todo, nace ese sentimiento que es muy real y me hace real a mí, es algo que te sale de cada poro de tu piel, estas contento, estas satisfecho y a la vez quieres más, pero lo darías todo. Todo es como debe de ser, si quieres modelarlo, contenerlo, dirigirlo o lo que sea que quieras hacer; no solo se estropea, se sufre y se convierte en un suplicio. También el amor llegó, como para cualquier joven, donde no lo buscaba y me sentí libre para descubrir el enamoramiento, la entrega y la sinceridad de hacer lo que sentía. Mis labios sonrojaron a mujeres maravillosas que en lances amorosos se encendían, como yo mismo, entregándonos a los juegos íntimos, cómplices de la pasión y el placer, que nos hacían sentir llenos y agradecidos. Sin ninguna deuda que satisfacer por ello. Así que... ¿Quién soy yo? Alguien que nació en este pueblo, Becilla de Valderaduey, hijo de Lucía y Esteban, una familia de agricultores de clase media, bautizado en la fe cristiana católica apostólica y romana, que pasé por el drama humano de querer comprender algunas cosas para sobrevivir, ahora vivo...; pero algún día me iré como muchos otros que conocí. Pero en realidad soy hijo del azar y la esperanza y me dirijo al futuro, un futuro que ni en los sueños he podido desvelar jamás. La vida siempre me ha sorprendido y regalado momentos increíbles y enseñado a confiar. El final último esta seguro, en los elementos de los que procedo: El polvo se irá al polvo, el agua al agua, el aire al aire y la energía a la energía. Me gustaría irme de este mundo, cuando sea necesario, con la inocencia, la sinceridad, la curiosidad y dulzura con la que vine a él, pero con el corazón lleno de gratitud. Para enfrentarme al final a mí creador, libre de ataduras de este mundo, al que jamás pertenecí de corazón. He vivido en Becilla de Valderaduey, en Valladolid, en Alcoy, en Madrid, en Barcelona, en San Sebastián, en Casteldefells y en Torrelodones ahora. He conocido lugares de los cinco continentes, todos tan distintos y a la vez tan iguales. He visto que lo importante es común a todos los seres humanos: tenemos la misma necesidad de amar, desarrollarnos, comunicarnos, estar satisfechos y alegrarnos por ello. Una vez me contaron un cuento que me impresionó. Era así: "Iban una vez por un camino un padre y un hijo. Vieron como se acercaba en sentido contrario la silueta encorvada de un hombre muy, muy anciano, iba cargado con un haz de leña sobre sus hombros que parecía muy pesado. Cuando el anciano llego al nivel del padre y del hijo. El padre le dijo al hijo: ¡Mira este hombre tan anciano! Se le intuye por su mirada una gran sabiduría. Pregúntale, con respeto, quizás pueda enseñarte algo sobre la vida. El hijo, así lo hizo: ¡Buen hombre, soy joven, podría enseñarme algo que me pudiera ayudar!.El anciano, le miró, vio su sinceridad y se paró. Bajó de sus hombros el haz de leña y se irguió, mirándole por un momento. El anciano volvió a tomar su carga, se la puso sobre los hombros y siguió su camino como el padre y el hijo; cada uno hacia su destino". Así, comprendí que cuando tengo algo tan pesado que no me deja ir erguido, debo dejar esa carga. Para mí, todo es una carga pesada, sino hay alegría y un sentimiento de contento en el corazón por tener esta vida... pero desgraciadamente nos acostumbramos a las cargas, a las responsabilidades. El tiempo nos tiene acorralados, y habrá un momento en que todo acabará. Tengo un tiempo para actuar, para hacer lo que deseo hacer y no se con cuanto he de contar. Así, he de ser muy honesto con mí tiempo y conmigo mismo. Solo se que puedo vencer esta guerra cuando me lleno de lo que es más intemporal: Un corazón cuyo umbral se mantiene siempre abierto a la acción donde pueden brillar la esperanza, la alegría, la generosidad y el agradecimiento a los que me precedieron porque me lo hicieron más fácil. Desde luego no necesito esas cargas que poco a poco fui aceptando, hasta que casi me ahogan y me roban la alegría de vivir cada día, como un día nuevo. Cada día es tan virgen y nuevo como el primero, el último nunca sabré cuando llegará. Esteban Burgos Peña |
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