María
del Pilar, Reina de la Hispanidad
María es la columna de la Fe en las naciones hipánicas
El
día 6 de noviembre de 1982, el Papa Juan Pablo II, con
voz poderosa y manifiesto cariño, nos decía aquí, a
los pies del Pilar:
«El amor mariano ha sido en vuestra historia fermento de
catolicidad. Impulsó a las gentes de España a una
devoción firme y a la defensa intrépida de las
grandezas de María... Le impulsó además a trasplantar
la devoción mariana al Nuevo Mundo descubierto por
España, que de ella sabe haberla recibido y que tan viva
la mantiene. Tal hecho suscita aquí, en el Pilar, ecos
de comunión profunda ante la Patrona de la Hispanidad.
Me complace recordarlo hoy»
¡Acudimos, gozosos, a la cita! Si la gratitud del pueblo
canta «Bendita y alabada sea la hora en que vino a
Zaragoza», un legítimo orgullo de hijos y españoles
nos estimula, con el poderoso impulso del Papa, a
proclamarle y demostrarle, de hecho y de derecho, Reina y
Patrona de la Hispanidad.
Multitud de pueblos, extendidos por todo el planeta,
cantan agradecidos y emocionados a Santa María del Pilar
la «ópera grandiosa de su coronación».
Por nuestra parte, nos limitamos a presentar la
partitura:
1.°, el concepto de Hispanidad, que es el
pentagrama;
2.°, el fenómeno histórico de la difusión y
encarnación -y son las notas, unas veces rápidas,
otras solemnes, que en contrapunto vibrante y
armonioso van cristalizando en una incomparable fuga
grandiosa que se inició en una sola nota en el punto
exacto del Santo Pilar y cuya sucesiva y creciente
complejidad se ha ido haciendo catarata en los
siglos-, para que,
3.°, ahora nosotros tornemos esa ópera, fuga o
sinfonía incompleta y, cogiéndole el aire a la
imponente danza cósmica de santuarios,
peregrinaciones, instituciones, etcétera, sepamos
estar a la altura para llenar los espacios de unas
pautas que nos reclaman corno herencia y quehacer.

Cruz Blanca en la bahía de San Fernando en Guanahaní
perpetuando el lugar de desembarco
EL CONCEPTO HISPANIDAD
Aunque, por tratarse de una realidad vital, su contenido
o sustancia tiene raíz, evolución e historia secular
-como veremos-, la palabra Hispanidad es término
acuñado en nuestros días.
Su principal valedor fue Monseñor Zacarías de Vizcarra.
Él distinguía entre hispanidad con minúscula e
Hispanidad con mayúscula: aquélla, con alcance
geográfico, equivaldría al conjunto de pueblos de
cultura y origen hispánicos, diseminados por los cinco
continentes; ésta, con alcance ético-espiritual, la
Hispanidad con mayúscula, significaría «el conjunto de
cualidades que distinguen a los pueblos de estirpe y
cultura hispánicas del resto de las naciones del
mundo».
En el noble empeño de definirla, desarrollarla y
difundirla, ocupan puestos de honor, junto a Monseñor
Vizcarra, los profesores Ramiro de Maeztu y García
Morente, el incomparable hablista «españoleador»
García Sanchiz y el Cardenal Gomá. Y, en una
perspectiva más amplia, referida más a la sustancia que
al término, Juan Vázquez de Mella, verbo de la
Hispanidad; Jaime Balmes, filósofo de la Hispanidad, y
Donoso Cortés, profeta de la Hispanidad; Menéndez
Pelayo, polígrafo de la Hispanidad, y Rubén Darío,
poeta de la Hispanidad.
El Cardenal Gomá ofrece en su libro Hispanidad esta
versión que enfila la sustancia medular del concepto,
entendido como realidad y como proyecto: «Si el concepto
de Cristiandad comprende y a la vez caracteriza a todos
los pueblos cristianos, ¿por qué no ha de acuñarse
otra palabra como ésta de la Hispanidad, que comprenda y
caracterice la totalidad de los pueblos hispánicos? La
palabra está ya acuñada y la usamos todos. Según esto,
¿qué es la Hispanidad?» Y, entre cálidas expresiones
que proclaman a su juicio la sublimidad y alcance del
término, afirma: «Hispanidad es, ante todo, redención,
que eso llevó España a América y a sus colonias: la
Redención. La Hispanidad es vocablo ecuménico, susurra
acentos de cristiandad, disuelve con su luz las
diferencias, las razas y las fronteras y aspira a
encarnarse en la Humanidad... Que en Oriente y en
Occidente, en el Aquilón y en el Mediodía, se llegue a
alabar a Dios con la dulce lengua de Fray Luis, ¡eso es
Hispanidad!»
Muy pronto la idea y la palabra Hispanidad, que habían
tenido tan ilustres valedores, tomaron cuerpo en una
serie de decretos, organismos e instituciones.
«La partida de bautismo de la Hispanidad».
Se
trata de una proposición que hacía Simón Bolívar, el
héroe de la independencia americana, tan celebrado en
nuestros días, a la corona de España, a través de su
embajador en Londres, don Francisco Antonio de Zea, para
que se pusiera definitivamente fin a la guerra entre
España y América y se establecieran las bases de una
futura fraternidad, con la constitución de una
federación hispano-americana. En dicho documento, junto
al cese de hostilidades y la independencia americana, se
propone una alianza entre la Gran Colombia y España con
el resto de las naciones americanas, igualdad de derechos
para españoles y americanos y eliminación de aduanas.
EL PROYECTO SE ABRE CAMINO
Casi exactamente un siglo después de la invitación de
Simón Bolívar, el año 1917, un decreto del Presidente
de la República Argentina, Hipólito Irigoyen, declaraba
el 12 de octubre «Día de la Raza y Fiesta Nacional».
Con él daba satisfacción, según indica, al «memorial
presentado por la Asociación Patriótica Española, a la
que se han adherido todas las demás Sociedades
Españolas y diversas Instituciones Argentinas,
científicas y literarias». Y en sus diversos artículos
aporta las razones de fondo que aconsejan tal decisión:
1.° Que el descubrimiento de América es el
acontecimiento de más trascendencia que haya realizado
la Humanidad a través de los tiempos.
2.° Que se debió al genio hispano, al identificarse con
el genio de Colón, una efemérides tan portentosa, «que
no quedó circunscrita al prodigio del Descubrimiento,
sino que se consolidó en la conquista, empresa esta tan
ardua y ciclópea que no posible término de comparación
en los anales de todos los pueblos. Y
3.° Que la España descubridora y colonizadora volcó
sobre el continente enigmático y magnífico el valor de
sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de
sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, la labor de
sus menestrales, y con la aleación de todos estos
factores obró el milagro de conquistar para la
civilización la inmensa heredad que hoy florece en las
naciones a las que ha dado, con la levadura de su sangre
y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que
debemos afirmar y mantener con jubiloso reconocimientos.
Al año siguiente del decreto Irigoyen, en Argentina, el
rey de España, Alfonso XIII, establecía, por un decreto
de rango similar, el 12 de octubre como Fiesta de la Raza
y Fiesta Nacional. Muy rápidamente estos primeros
conatos de aire festivo van transformándose en realidad
latente que impregna toda una política nacional.
Tras el final victorioso del Alzamiento Nacional, el
nuevo Estado incorpora a sus principios animadores la
concepción de España como «eje espiritual del mundo
hispánicos, con un claro propósito de alianza y hasta
de fraterna unidad con aquellas naciones entrañables. En
esta línea hay que colocar la creación, por un decreto
firmado por Francisco Franco el 2 de noviembre de 1940,
del Consejo de la Hispanidad. En él se tiene buen
cuidado en destacar que «no le mueve a España, en esta
decisión, ningún tipo de apetencias hegemónicas o de
tierras y riquezas ajenas». «Ante el espíritu
materialista -se dice que todas las ambiciona para sí,
España nada pide ni nada reclama; sólo desea devolver a
la Hispanidad su conciencia unitaria y estar presente en
América con viva presencia de inteligencia y amor, las
dos altas virtudes que presidieron siempre nuestra obra
de expansión en el mundo, corno ordenó en su día el
amoroso espíritu de la Reina Católica». Este Consejo
de la Hispanidad dio paso inmediatamente, para potenciar
su operatividad y coordinación, al Instituto de Cultura
Hispánica, desde cuya casa madre en Madrid nacieron, en
un breve espacio de tiempo, más de un centenar de
filiales en toda América.
LA HISPANIDAD, FIESTA NACIONAL
No casaba con el sentido ecuménico de la gesta española
el carácter selectivo y en cierto modo excluyente de un
Día de la Raza, bajo el amparo de la Madre común. Por
eso aquélla dio paso a la nueva Fiesta de la Hispanidad
el año 1958. Ya en el siglo pasado, al celebrarse el
cuarto centenario del descubrimiento, un real decreto,
firmado en el monasterio de la Rábida, el 12 de octubre
de 1892, bajo la regencia de doña María Cristina de
Habsburgo, expresaba el claro propósito de instituir
como fiesta nacional el aniversario del día en que las
carabelas, que habían partido de Palos de Moguer el 3 de
agosto anterior, aprobaron en las ensenadas naturales de
la isla de Guanahaní. Pero el definitivo establecimiento
se daría en nuestros días. El 12 de octubre del año
1939 comenzaban en Zaragoza las solemnes conmemoraciones
oficiales del Día de la Hispanidad, que habría de
celebrarse ya, sin solución de continuidad, aunque
alternando los lugares que habrían de servirle de noble
marco, para darle una más clara amplitud dentro de las
naciones. Por fin, un decreto de la Presidencia del
Gobierno, de 9 de enero de 1958, razona y decide.
«Dada la enorme trascendencia que el 12 de octubre
significa para España y todos los pueblos de América
Hispana, el 12 de octubre será fiesta nacional, bajo el
nombre de "Día de la Hispanidad".»
En las calaberas junto conquistadores iban los misioneros
EL FENÓMENO HISTÓRICO. DIFUSIÓN Y SENTIDO
Observará el lector que, en un tema como éste, tan
propicio a exaltaciones, o al menos a posibles
expansiones retóricas, nos mantenemos en términos de
una ascética sobriedad. Y lo hacemos con toda
intención, en servicio de la objetividad. Son los hechos
los que cantan y ¡con qué sonoridad! Sean ellos, pues,
los que lleven la voz cantante al presentar a Nuestra
Señora del Pilar de Zaragoza como Reina y Patrona de la
Hispanidad. Hechos, instituciones, lugares, documentos y
monumentos: éstos son los avales de un fenómeno
histórico indiscutible y de su perceptible sentido
trascendente y pilarista.
LA FECHA ORIGINAL
Si bien se sostiene, sobre todo a raíz de las
revelaciones de la Madre Ágreda, que, de acuerdo con la
tradición, la Virgen Santísima vino a Zaragoza desde
Jerusalén y en carne mortal, para consolar al Apóstol
Santiago, en la noche que va del 1 al 2 de enero del año
40 de nuestra era, tenemos noticias muy fiables de que la
fiesta mayor se celebraba ya el 12 de octubre en pleno
siglo XII., Como oportunamente estudió y publicó F.
Gutiérrez Lasanta, existe una «Carta de concordia entre
los Obispos de Pamplona y Zaragoza», que lleva la fecha
de 12 de octubre del año 1121, «fiesta de la
Dedicación de la Iglesia de Zaragoza». Parece que esta
fiesta se corresponde con la Iglesia de Santa María del
Pilar, ya que, conquistada Zaragoza por el Batallador en
el año 1118, parece que las únicas iglesias con
relevancia que quedaban en la ciudad, tras la larga
dominación musulmana, eran la de las Santas Masas y la
de Santa María. Es cierto que don Pedro de Librana, el
primer Obispo tras la reconquista de la ciudad, procedió
a habilitar e inaugurar muy pronto un brazo de la antigua
mezquita mayor, que con el tiempo se convertiría en la
Catedral de La Seo. Pero, por otro lado, hay un
manuscrito (n.° 1.582 de la Biblioteca Nacional) del
canónigo de La Seo don Juan Briz Martínez, que, aunque
fechado ya en 1642, es muy interesante a nuestro
propósito, ya que en él se alude clara y directamente a
la fiesta de la Dedicación y la adjudica a la Santa
Capilla del Pilar, por varias razones:
1.° La Carta de Concordia entre los Obispos de Zaragoza
y Pamplona, en que -como hemos señalado previamente,
pero el escrito se hace eco de la misma se señala la
fecha de 1121 corno de la Dedicación de la Iglesia de
Zaragoza, sólo cuatro años después de la conquista; y
el rey Alfonso inauguró La Seo no en ese día, sino el 6
de enero. Y
2.° Cita al padre Fray Diego Murillo como muy bien
documentado que sostiene lo mismo. (La obra aludida de
Fray D. Murillo se titula Fundación milagrosa de la
Capilla Angélica de la Virgen del Pilar y su fecha de
edición es 1616.) El P. Murillo, en efecto, aduce
incluso una sentencia de la Rota del 18 de junio de 1610
en este sentido. Hay, además, una carta que escribe en
1602 el canónigo del Pilar Bartolomé Llorente al
canónigo de La Seo Bartolomé Leonardo de Argensola,
sobre este mismo tema de la Dedicación y fiesta del 12
de octubre. En esta interesantísima carta, que no
podernos transcribir por razón de espacio, pero que el
lector podrá consultar en la citada obra de G. Lasanta
(volumen 8.1) certifica que esta fiesta del 12 de octubre
que los canónigos del Pilar vienen celebrando desde
fechas muy remotas, como lo fue desde el principio hasta
la toma de Zaragoza -dice textualmente-, tuvo como centro
la memoria de la milagrosa aparición de Nuestra Sefíora
al Apóstol Santiago, el cual -se dice-, por mandato de
la Virgen, le edificó y dedicó el templo. La carta
tiene como motivo fundamental certificar de la
antigüedad y pertenencia de la fiesta a la Iglesia del
Pilar y comunicar que, junto a la gran solemnidad que ha
cobrado la celebración desde hace algunos años, desde
esa fecha de 1602 tendrá lecciones propias.
LOS MISALES
A refrendar la tesis viene ahora la referencia a los
misales de la biblioteca del Cabildo zaragozano. Uno del
siglo xv (sin que se concrete más su fecha) y otros
correspondientes a los años 1486, 1522, 1540, 1554 y
1555, todos ellos repiten la misma nota: «12 de Octubre.
Fiesta de la Dedicación de la iglesia de Santa María la
Mayor y del Pilar». Y siguen algunos detalles en torno
al rito y tenor de la solemnidad. Hemos creído
interesante detenernos en las precedentes consideraciones
en torno a la fecha exacta y antigüedad de la fiesta, ya
que por sí misma es de gran valor en orden al título
que proclamamos de Santa María del Pilar de Zaragoza
sobre la Hispanidad. No está en dependencia la fecha del
12 de octubre, en que Zaragoza celebra las fiestas
mayores en honor de Santa María del Pilar, de aquel otro
venturoso 12 de octubre del año 1492, en que las naves
de Colón tocaron las tierras del Nuevo Mundo. Tampoco,
efectivamente, tenemos humanamente razones para afirmar
la dependencia del descubrimiento de la solemnidad
pilarista. Pero nadie nos puede prohibir que,
cristianamente, juzguemos providencial la coincidencia y
que alberguemos en nuestro interior la exultante sospecha
de que Dios quiso que, a partir de aquel 12 de octubre de
1492, ya no fuera sólo un templo hermoso a las orillas
del Ebro el dedicado a su memoria, sino que en una
versión plástica y moderna de su propia «buenaventura
evangélicas: «Me llamarán bendita todas las
generaciones», su santuario se extenderá por todo el
universo y las estrellas de la corona zaragozano se
multiplicarán prodigiosamente en una constelación
inabarcable de templos, imágenes, lugares y, sobre todo,
de corazones.
TOPONIMIA
Y de las sospechas pasamos a las realidades. Si a la
hispanidad con minúscula, la geográfica, según la
distinción establecida por Monseñor Vizcarra, añadimos
el adjetivo de pilarista como sello específico, no cabe
duda de que podemos afirmar, sin ningún tipo de reserva,
que existe una geografía pilarista extendida por todo el
mundo. Multitud de ríos, montañas, pueblos, calles,
departamentos enteros, más allá de nuestras fronteras,
se denominan y se honran con el santo nombre de Pilar.
«Brasileños, guaraníes, gauchos, aztecas, quechúas y
araucanos, tagalos y malayos, negros y pieles rojas;
entre cafetales, cocoteros y campos de cañas -destaca y
resume poéticamente G. Lasanta (o. c.)-, junto a las
plantaciones aromáticas de tabaco de las más famosas
vegas; rodeada de las grandes ganaderías vacunas y
caballares de la Pampa y entre las leyendas y mágicos
embrujos de las minas de oro, plata y diamantes ... »
Por todas las partes de América y por otras lejanísimas
latitudes emerge señorial y maternal, señalando el
cielo como las torres de nuestra basílica o acogiendo y
cobijando a los hijos de todos los colores como sus
cúpulas, la Señora y Madre del Pilar. Ninguna
demostración mejor de nuestras afirmaciones que
reproducir el mapa toponírnico publicado por la revista
«Doce de Octubre» del año 1973, del que son autores
Hernán Escobar, director del Archivo Histórico de
Colombia, y Juan Álvarez Anoro, de Zaragoza. Y nos remitimos
a su detallado índice, cuya sola enumeración
resulta abrumadora.

Venida
de la Virgen de¡ Pilar, por el pintor Gregorio Vásquez
de Arce y Ceballos, de Santa Fe de Bogotá (1638-1711)
Está por
realizar un estudio sistemático de esta exuberante
realidad, con amplísima proyección en América Hispana
y Filipinas, sobre todo, pero no en exclusiva. Cofradías
y peregrinaciones son como el oleaje superficial, el
flujo y reflujo permanente de una devoción que va y
viene, que nace como poderosa corriente en el Pilar
zaragozano y que a él retorna unas veces con serena
quietud y otras como hemos de peregrinaciones
organizadas, con abundantes, desde el siglo xv hasta
nuestros Son la respuesta agradecida de pueblos que han
recibido la luz del Evangelio y han conocido de dónde
partió el impulso. La sacristía y los muros del Santo
Templo están llenos de recuerdos y magníficos. ¿Cómo
le pagaremos a la Madre?, se preguntan, abrumadas, los
pueblos creyentes. Y junto a sus mejores joyas,
instrumentos, galas, los pueblos han rivalizado en
regalarle mantos y muchos le ofrecen toda la nación como
dote, expresada en su bandera.
Al cumplirse el primer centenario de la guerra de los
Sitios y casi de la independencia americana, diecinueve
repúblicas quisieron reconocer su gozosa dependencia de
la Virgen del Pilar presentándole otras tantas banderas
que previamente había bendecido en Roma San Pío X, que
se unió fervorosamente al sentido de la ofrenda.

Venida
de la Virgen de¡ Pilar, por el pintor Gregorio Vásquez
de Arce y Ceballos, de Santa Fe de Bogotá (1638-1711)
HERENCIA Y QUEHACER
Sin poder abarcar, ni mucho menos, la gloriosa herencia,
ella y el tiempo nos impulsan a vivir nuestro presente y
avistar el futuro como un honroso quehacer. Afirmamos con
el profesor Corts Grau que «el ideal hispánico es
materia perenne». Y con el penúltimo director del
tristemente fenecido en nuestra patria Instituto de
Cultura Hispánica, don Gregorio Marañón Moya,
sostenemos que la Hispanidad es «una categoría por
encima del espacio y del tiempo. Pertenece al presente y
al pasado, pero ha de ser ante todo un quehacer para el
futuro. La palabra Hispanidad expresa lo que es común a
los hombres y los pueblos hispánicos, lo que les da una
relación peculiar entre ellos mismos y los distingue de
los demás. La Hispanidad no es una unidad de raza, ni
siquiera un idioma común. Lo que da carácter a la
Hispanidad, lo que en ella ata y vincula es, sobre todo,
un mismo sentido de vida.»
Como dice Álvaro Castellano Arés ( Sentido único de la
Hispanidad, «Doce de Octubre», 1944), que fue director
de la Academia de la Hispanidad de Salamanca, «García
Morente coincidió con Ramiro de Maeztu en atribuir un
origen absolutamente cristiano a la Hispanidad, al tiempo
que afirma que el cristianismo es algo consustancial con
la misma idea». También aquí los hechos y los
testimonios cantan. Hace unos años, cuando España
recibía una vez más los ataques desconsiderados a su
obra en América, de parte de un sector de la
Administración norteamericana, un anglosajón y
protestante, de la categoría de Arnold Toynbee, dictaba
en la Universidad de Pensilvania dos conferencias en las
que, frente al sentido anglosajón del imperio,
contraponía el sentido espiritual en la colonización
llevada a cabo por los pueblos hispanos o ibéricos. Y
pronunciaba las siguientes palabras que parece mentira no
hayan tenido más difusión entre nosotros: «Los
hispanos y portugueses, cristianos y católicos, han
llevado a cabo un sentido colonizador distinto: no sólo
comen su pan con los indígenas que han civilizado, sino
que se casan con ellos. ¡Dios los bendiga! Si la raza
humana alguna vez llega a unirse en una sola familia,
será gracias a ellos, no a nosotros.»
Sabiéndose hijos de Dios y reconociendo en aquellos
seres la misma vocación y comunidad de destino, la
consecuencia lógica fue una simbiosis fraternal y un
legado testimonial que certifica para la historia de
forma irrebatible su categoría: el «mestizaje». Con el
sano deseo de que la Hispanidad no se quede en nuestras
manos como un recuerdo glorioso o como simple retórica
vacía, en nuestros días, aparte de ir despertando
oportunamente en todos la conciencia sana de que formamos
una gigantesca comunidad, una y plural, como ocurre con
los hijos de una familia de trescientos millones de habla
española, se hacen proyectos y se dan unos primeros y
meritorios pasos en orden a crear un Mercado Común
Iberoamericano y se aboga, elevando el tono, por un
Mercado Común Cultural que, recordémoslo, empezó con
la conquista y ¡de qué manera!: a los cincuenta años
de poner su pie Colón en América, se habían
trasplantado allí todas nuestras instituciones.
Pero, con ser todo ello laudable y noble, el empeño que
se nos reclama hoy es, sin duda, de más altos vuelos: se
trata de mantener y avivar la fe cristiana que fue y debe
seguir siendo la columna vertebral de nuestra epopeya
colonizadora. Diversas iniciativas han brotado en los
tiempos modernos, a la sombra del Pilar, para llevar al
mundo esta renovada savia que es, con mucho y como ha
recordado repetidamente el Papa a todo el Occidente
cristiano, el factor esencial de su personalidad y su
verdadera grandeza.
En 1949 nacía la Obra de Cooperación Sacerdotal
Hispanoamericana, para promover y orientar las vocaciones
sacerdotales a las tierras americanas. Fruto de ello ha
sido la generosa y, con frecuencia, heroica marcha de
centenares de sacerdotes, y últimamente también
seglares, que han quemado su existencia en el empeño con
admirables frutos. Hoy, cuando vivimos una profunda
crisis moral y espiritual en el viejo continente y
España no es precisamente una excepción, al proponernos
la Hispanidad como quehacer, no podemos ocultar nuestra
preocupación por la enorme responsabilidad que pesa
sobre la Madre Patria de no trasplantar la crisis a
aquellas tierras, lo que sería una ligereza
imperdonable. Y ninguna garantía mejor que una fe
alimentada y depurada en una auténtica devoción a
María, Reina y Patrona de la Hispanidad.
Estas palabras del Papa, pronunciadas aquí en Zaragoza,
a los pies del Pilar, son el mejor impulso a este
propósito:
«Esa
herencia defe mariana de tantas generaciones, ha de
convertirse no sólo en recuerdo de un pueblo, sino en
punto de partida hacia Dios. Las oraciones y sacrificios
ofrecidos, el latir vital de un pasado, que expresa ante
María sus seculares gozos, tristezas y esperanzas, son
piedras nuevas que elevan la dimensión sagrada de una fe
mariana. Porque en esta continuidad religiosa, la virtud
engendra nueva virtud. La gracia atrae gracia. Y la
presencia secular de Santa María va arraigándose a
través de los siglos, inspirando y alentando las
generaciones sucesivas. Así se consolida el difícil
ascenso de un pueblo hacia lo alto.»
Por eso, apoyados en el Santo Pilar de Zaragoza, que, en
expresión del Pontífice Juan Pablo 11, «ha sido
siempre considerado como el símbolo de la firmeza de la
fe de los españoles», alentados e inipulsados, como
Santiago, por sentida cercanía de la Madre buena
universal, recibimos el «testigo» de la tradición
gloriosa y, sin perder comba, hemos de lanzarnos a la
carrera, en la alegre seguridad de que, si no desmayamos
ni nos salimos de pista, seguirá creciendo esa gloriosa
comunidad de destino que llamamos Hispanidad.
Por D.
Arturo LOZANO BURZURÍ
Archivero Diocesano
La asociación La
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