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Decía
Marcel Bénabou: «Sobre todo no vaya usted a creer, lector, que los libros que no he escrito son pura nada. Por el
contrario —que quede claro de una vez—, están como en suspensión
en la literatura universal».
Muchos
de nosotros sí hemos escrito libros y algunos de ellos han estado
escondidos en un cajón durante años, ¿por qué? Tal vez no había
llegado el momento apropiado; quizá escribíamos para nosotros mismos o
nuestra intención no era la de publicar.
Yo
me dije un día: «Voy a publicar».
Casi
todo, en nuestra
ingenuidad, nos parece posible hasta que llega el día en que lo
intentas de verdad. Se nos olvida el establishment;
que en este país se editan unos 65 000 títulos al año de los que
muchos no llegan siquiera a las librerías; que hay joyas ocultas que
los lectores no llegan a conocer nunca porque nadie las promociona; que
hay mucha basura muy bien promocionada a la que llaman literatura (hay
un premio muy conocido a nivel planetario…) que quizá no merezca
tanto barullo; que la famosa carta como respuesta al envío de nuestro
querido manuscrito: “Lo sentimos pero no encaja en nuestras
colecciones”, “No hay presupuesto”, “No deje de intentarlo en
otra editorial”…
¿Le
suena a alguien todo esto?
Sólo
hay tres maneras de llegar hasta los lectores. La primera consiste en
enviar manuscritos a todas las editoriales que conocemos rezando todo el
rato, haciendo sacrificios a los dioses benefactores e, incluso,
ayunando para que tengamos suficiente dinero como para abarcar el mayor
número posible de editoriales. La respuesta… Paciencia, vuelva usted
mañana… ¿El manuscrito? Bueno, que se queden con él y, hay que ser
positivos, supongo que lo reciclarán. Esperas que algún desalmado no
utilice una de tus ideas
para llevar a cabo uno de sus proyectos.
Hay
que tener fe.
La
segunda tiene mucha industria. Hay que enviar compulsivamente todos
nuestros escritos —cuentos, novelas y poemas— a todos los concursos,
literarios o no (algunos son más bien una piscifactoría sin fondo) y,
de nuevo, confiándonos a los dioses ortodoxos y a los paganos, esperar
una respuesta positiva. ¿Qué suele ocurrir? Pues después de haber
enviado cinco copias del manuscrito para nada, solemos darnos
graciosamente al olvido en los brazos de Dionisos, alias Baco, con el
dolor de cabeza que, al día siguiente, eso conlleva.
Hasta
la próxima vez, pero eso, oh guerreros armados de paciencia, ya
cansa…
A
la tercera, básicamente, dices: «Estoy hasta…» (escritores y
escritoras deben saber ya a estas alturas hasta dónde están). Y miras
a tu alrededor o, en mi caso: me fui a dar una vuelta por ahí que duró
muchos años, luego volví y leí aquello que dijo Oscar Wilde, siempre
tan acerado: «Un escritor es aquel que tiene algo que decir y lo dice».
«Bien»,
dije yo, «vamos a ello.»
Eché
un vistazo alrededor, rastreé toda la Red mundial relacionada con la
honorable República de las
Letras; empecé a publicar en Internet y a hacerme preguntas. Di con
las editoriales de autoedición, investigué el asunto, supe que muchos
escritores —algunos
de ellos muy conocidos, sobre todo poetas— habían empezado así,
financiándose sus obras o buscando mecenas
(eso era antes, ahora es una especie en extinción o, más bien, ya
extinguida; hoy están los banqueros, que prosperan miserablemente y no
están en riesgo de extinción).
No
me pareció mal, al fin y al cabo, quien algo quiere algo le cuesta, muy
americano, bien… Pero ¿cuál
es el problema que vi aquí? Bueno, di con un sinvergüenza —hay
muchos y los conocemos a todos— que me editó dos libros pero incumplió
casi todo lo que me prometió con la boca llena… Ellos no son
escritores, no son editores; sólo tienen un negocio y me parece muy
bien si no fuera porque mienten sistemáticamente; no saldan cuentas
contigo, no te distribuyen, no llegas a las librerías, no hay promoción,
no hay entusiasmo, no sabes dónde estás.
Has
vuelto al principio.
Yo,
que soy sagitario y apunto mis flechas hacia el cielo, me cogí un
cabreo de cuidado, me consulté a mí mismo y me dije: «Tío, hazlo tú
mismo».
«¡Claro!
Tengo la creatividad, energía, la ilusión y la capacidad, y tiene
que haber muchos más por ahí como yo» —dije
entre mí.
Le
di muchas vueltas a la idea, diseñé el logotipo, le di más vueltas y
la cosa empezó a tomar cuerpo.
Y
una tarde, en una presentación literaria, conocí a Chus Cuesta,
realizadora de televisión, fotógrafa y excelente escritora que publicó
El rostro de la bella Gabrielle
y La casa del jardín de los
cerezos.
Estábamos
en la misma onda, así que pusimos la maquinaria a trabajar.
Luego
vinieron Rafael del Campo, dibujante gráfico que trabajó en La
Codorniz, magnífico escritor y todavía guerrero a sus 60 años.
Rosa Galán, tan personal, dicharachera y creativa que tiene grandes
cosas entre manos; Sara Martínez (Sara Brassó) que ya ha publicado dos
libros con nosotros, estupendos —Cuentos
tristes para contar a la luz de la luna y
Así en la tierra como en el cielo—
comprometidos con la realidad y muy especialmente con la deuda femenina,
a la que la sociedad debe algo… todo ello con gran fantasía y
colorismo; Diana Fernández Romero, nuestra amiga periodista que hace
excelentes reportajes sobre nosotros y nos apoya en nuestras
presentaciones y eventos; Francisco Jiménez “Glups”, lingüista en
la Universidad de Toulouse, guitarrista de Swing y certero escritor del
que esperamos un próximo libro de cuentos fuera de serie… y, en fin,
muchos más; Patricia Retivoff, que publicó Donde duermen las mariposas; Alfonso Navarro Hurtado, Los
cuentos que me cuento; Rafael Pañeda Reinlein, La
suerte del otro; José Vicente Merino, El néctar del aliento.
Todo
esto en un año.
Finalmente,
yo mismo he publicado hasta ahora dos obras: El álamo amarillo y Todos
buscan desde siempre al rey.
¿Cuál
es nuestra clave? No hay secretos, sólo tener las cosas claras y
trabajar por ellas aprovechando el apoyo del Círculo
independiente Ñ de escritores. ¡Hazlo tú mismo! Trabajamos con
proyectos, nos reunimos e invitamos a otros escritores o interesados
—hombres y mujeres—, estamos abiertos a todo, construyendo el
proyecto CiÑe sobre la marcha, queriendo influir en el desmirriado panorama
estético y sociocultural de este bendito país, poniendo una seriedad lúdica
abierta a otras disciplinas artísticas (música, fotografía,
cuentacuentos, arte digital…) promoviendo foros de discusión y opinión,
pero desde una base firme que trabaja con proyectos serios, eso es lo
que funciona, lo que nos interesa, no solamente un grupo de sobremesa
para pasar los sábados de los que existen tantos… Nosotros somos un
grupo activo y funcional.
Os
cuento el caso de José Vicente Merino para que podáis ver como
funciona. Él contactó conmigo a través de www.mandalaediciones.com
—la editorial con la que publicamos y distribuimos nuestras obras a
través del Estudio de Arte
digital y autoedición LápizCero que regento— y me ofreció su
manuscrito. Sabía que tendría que financiárselo, discutimos el
proyecto, llegamos a un acuerdo y editamos el libro que ha quedado muy
bien. Hicimos con Diana una entrevista que salió en el periódico de
Vallecas; luego una presentación en El
Bandido doblemente armado, el local que regenta Diego, hijo de la
escritora Soledad Puértolas, aquí en Madrid; y, finalmente, enviamos
el libro al programa de Dragó y, mira por donde, le gustó y lo lleva a
la tele, cosa que nos va a dar un buen tirón tanto a él como autor
como a nosotros como grupo. Mutuo beneficio que redunda en todos.
Así
que esta es la historia, parece que me he extendido un poco —joder
parezco un escritor— pero ha merecido la pena. Si uno persigue algo de
verdad, lo acaba consiguiendo pero, como es natural, todos tenemos que
pagar el precio: perseguir a las editoriales convencionales, jugar con
los concursos literarios, tratar de llegar al lector que es una de las
razones —no la única— cómplices del escritor, digamos el destino
del escritor y su obra, aunque la escritura sea un fin en sí mismo.
Xavier
de Tusalle
Presidente
de CiÑe
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