Humanismo y Acracia


 

 

 

 

CUADERNOS LIBERTARIOS
LA MATANZA DE CASAS VIEJAS


I.INTRODUCCIÓN.


Hablaremos en el presente número de la matanza de Casas Viejas (Cádiz), un hecho que, a nuestro juicio, todos los integrantes del movimiento deberían conocer, ya que como lectura del mismo, podemos extraer la justificación de nuestro rechazo a toda forma de poder, independientemente de la orientación que tenga.
No hemos pretendido hacer un análisis profundo de lo sucedido y de las repercusiones que tuvo la matanza de Casas Viejas. Nuestro objetivo ha sido únicamente la exposición básica de los hechos y un breve análisis simplista que quede al alcance de todo el mundo. Hemos utilizado diversas fuentes, desde diarios de la época, hasta manuales de la historia de España, haciendo uso principalmente de obras relacionadas con la Segunda República, y el movimiento obrero, así como de algún manual de historia agraria. Algunas referencias bibliográficas pueden encontrarse en las anotaciones a pie de página. Hacer una referencia de todas nos hubiera ocupado demasiado espacio y de ello andamos bastante necesitados.
La exposición de los hechos es del todo sincera, basada en obras de notable importancia En algunos aspectos -número de víctimas y pequeños detalles sobre el desarrollo de los acontecimientos- existe notable confusión, y podéis encontrar lecturas ligeramente diferentes en otros trabajos que traten el tema aquí cuestionado. El análisis de los hechos se fundamenta en nuestra visión particular de los mismos. Cada uno puede hacer el juicio que crea conveniente. No pretendemos defender la inocencia ni culpabilidad de nadie, sólo dar constancia de los hechos y denunciar aquello que en su día fue ocultado o utilizado en bien del Gobierno o de la oposición gubernamental.

II. EXPOSICIÓN DE LOS HECHOS


Estado en el que los guardias encontraron el Sindicato Único.
El día 10 de enero de 1933, numerosos vecinos de la localidad de Casas Viejas se levantaron «en armas» proclamando el comunismo libertario al grito de : «la tierra es de todos». Algunos se dedicaron a cortar la línea telefónica y otros cavaron una gran zanja en la carretera que dejó el pueblo incomunicado. A las tres y media de la madrugada se presentaron cinco personas en casa del alcalde, Juan Bascuñana -en el pueblo no había ayuntamiento, ya que era agregado de Medina Sidonia-. Lo cesaron del cargo en nombre del comunismo libertario y le solicitaron la rendición de la Guardia Civil de la localidad -un sargento y tres guardias-. Ante la negativa inicial del alcalde, unas cincuenta personas cercaron su vivienda . Accedió entonces a solicitar la rendición del sargento, Manuel García Álvarez, y de los hombres que éste tenía al mando. Fue llevado hasta el cuartel, entró en el mismo, y los guardias lo cerraron a «cal y canto». García Álvarez, no aceptó rendirse. El alcalde salió del cuartel por una puerta trasera y regresó a su casa. A fuera los campesinos, armados, esperaban la respuesta de la Guardia Civil . Después de una larga espera, sobre las cinco de la madrugada, los guardias descargaron dos disparos por las ventanas. Los líderes de la revuelta trataron en vano de contener al público, pero todos empuñaron sus armas y comenzaron a disparar contra el cuartel. Al amanecer, gracias a la mayor visibilidad, los insurrectos alcanzaron al sargento y a uno de los guardias .
Durante la mañana se mantendría un intenso debate en la sede del Sindicato. Los campesinos de Casas Viejas estudiaban la forma de poder colectivizar los latifundios de la zona, que eran propiedad del Duque de Medinaceli, así como de establecer el nuevo orden económico que imperaría desde ese momento en Casas Viejas. La bandera roja y negra fue enarbolada en la Casa del Sindicato de Campesinos, afecto a la CNT.
Durante la noche se habían realizado llamadas telefónicas desde Medina Sidonia -localidad a 19 kilómetros- a Casas Viejas. Como la línea estaba cortada y las llamadas no llegaban, un grupo de «técnicos» salieron a primera hora de la mañana de Medina Sidonia para ver que había ocurrido. Junto a los obreros iba una pareja de la Guardia Civil. Al llegar a Casas Viejas, el tiroteo con los campesinos que defendían la zanja que horas antes se había hecho en la carretera fue inevitable. Dos de ellos fueron prendidos. Otro logró escapar y alertar a los del Comité. Por su parte los guardias regresaron a Medina Sidonia con los presos para «dar parte» .
A media mañana el tiroteo había cesado -la gran mayoría de los campesinos estaban en el Sindicato debatiendo las cuestiones económicas del nuevo «comunismo libertario». A esa hora entraron en el pueblo un total de ocho guardias civiles y una compañía de guardias de asalto, procedentes de Medina Sidonia, y al mando de ella el teniente Gregorio Fernández Artal . Desconocedores de la situación, entraron en la localidad empuñando los fusiles y disparando a todo lo que se movía. Los campesinos, al escuchar los disparos, huyeron del Sindicato y se refugiaron en sus respectivas casas.
[... ]Entraron por distintas calles. Toda la parte sur de la colina se cubrió de uniformes [...].[...] Al volver la esquina, advirtieron la presencia de un campesino de aspecto pacífico, sin armas. [...] Un guardia preguntó, preparando el fusil :
-¿Qué hace usted ahí ?
Y antes de que respondiera le ordenó :
-Entre usted en su casa y cierre la puerta.
Cuando el labriego volvía la espalda para obedecer, oyó un tiro y cayó herido. [...] No le recogieron hasta dos horas después .

Después acudieron al cuartel y se reunieron con los guardias que permanecían allí atrincherados. Tras esto, se dirigieron al Sindicato -cuartel general de los rebeldes-. No hubo tiros, porque en el Sindicato no quedaba nadie. A esa hora todos se ocultaban en sus viviendas -todas cerradas a cal y canto-, o habían huido al monte. Dentro del Sindicato los guardias encontraron un importante arsenal de armas -la mayoría de los campesinos habían dejado allí sus escopetas antes de huir-. La bandera roja y negra fue sustituida por la republicana. Cerca del sindicato, un campesino cayó muerto. No llevaba armas, y ni siquiera había participado en la revuelta .
Los guardias llegaron hasta una choza, en las afueras del pueblo, en la que encontraron resistencia. En ella vivía un viejo anarquista llamado Francisco Cruz y apodado Seisdedos, dirigente de la sublevación según los guardias de la localidad. En realidad el viejo Cruz, de setenta y dos años, era miembro del Comité del Sindicato de Campesinos, y uno de los pocos habitantes del pueblo que sabía leer .
En casa de Seisdedos se habían refugiado un par de vecinos. Además en la vivienda se encontraban los hijos y nietos de Seisdedos. Un total de ocho personas, entre ellas dos mujeres y un niño de trece años . No dudaron en disparar a los guardias cuando éstos llegaron ante sus puertas, abatiendo a uno de ellos. El guardia, abatido en la puerta de la choza, fue introducido rápidamente en la misma aún con vida -Seisdedos quería aprovechar los cartuchos que pudiera llevar encima- . Inmediatamente los demás guardias se replegaron y comenzó el cerco a la vivienda de Seisdedos. Pocas horas después, otro de los guardias cayó herido dentro del cercado de la casa. El guardia -que horas después perdería la vida- pidió auxilio y medió para que se estableciera un alto el fuego y los asaltantes pudiesen establecer las condiciones de la rendición de todos los que estaban en la casa.
Se envió a parlamentar a uno de los detenidos, un tal Manuel Quijada, pero éste no consiguió convencer a Seisdedos para que se rindiera. El viejo pidió que salieran de la casa las mujeres y los niños. Los guardias dijeron que salieran todos. Seisdedos se negó a abandonar su choza y las negociaciones terminaron. Ni siquiera los guardias dejaron que Quijada se pusiese a salvo, comenzaron de nueva a disparar y lo abatieron en la puerta de la choza .
Tras un intento de asalto fallido, los guardias pidieron más refuerzos. Mientras éstos llegaban, comenzaron la represión en el pueblo, y algunos de los asesinatos indiscriminados. Uno de los guardias había caído herido, y no sabían de donde había venido el disparo. Los guardias pensaron que tal vez alguien estaba disparando desde alguna de las chozas cercanas, y comenzaron a desalojarlas una a una. Durante el desalojo se detuvo a numerosas personas, y se mató a un viejo de setenta años. Los guardias buscaban sobre todo armas de fuego, pero no encontraron ninguna en las chozas cercanas a la de Sesidedos. Fueron incluso incautadas numerosas herramientas de trabajo. Algunos diarios de la época hablan de hoces y corbellas «afiladísimas».
En la casa, uno de los hijos de Seisdedos había muerto de un disparo en la cabeza, y la nuera del viejo estaba también herida. Seisdedos pidió una tregua y solicitó a los guardias que dejaran salir a al niño y a las mujeres. Los guardias consintieron sólo en lo del niño, que abandonó la casa. Aprovechando que los guardias estaban pendientes de éste, su hermana -la otra nieta de Seisdedos- consiguió escapar .
Poco después de media noche, llegó al pueblo otra compañía de guardias de asalto (noventa guardias), cargada de bombas de mano y una ametralladora. La compañía estaba mandada por el capitán Rojas Feigenspan. El número de parejas de la Guardia Civil que acudían al pueblo desde la tarde no cesaba . Después de varias horas de tiroteo, avanzada la madrugada, se comenzaron a lanzar las bombas de mano. Ninguna explotó en el interior de la vivienda, ya que todas rebotaron en la techumbre de paja. Algunas estallaron junto a la choza, y una de ellas abrió una brecha en el muro de la casa .
Con el amanecer, y después de un ataque baldío, los guardias procedieron a incendiar lo que quedaba de la techumbre de paja. Dentro de la casa todos debían estar ya heridos. Los guardias colocaron la ametralladora enfrente del boquete que había quedado abierto en la choza . La primera en salir fue Manuela (o Paca) Lago -vecina de Seisdedos-, cuyo cuerpo estaba cubierto de llamas. Los guardias la ametrallaron sin compasión. Su pariente Francisco también fue abatido al tratar de salir de la choza. Dentro de la choza quedaban cinco personas -una de ellas muerta-, pero ninguna salió ya, todos fueron encontrados calcinados en ella .
Los guardias llevaron hasta la «improvisada hoguera» los cuerpos de otros tres campesinos que habían caído durante los registros. Los otros dos muertos que ya se habían producido acabarían en el cementerio. El número de muertos en ese momento ascendía ya a doce.
Tras el traumático desenlace, comenzó un registro casa por casa. Uno de los vecinos fue detenido y obligado a entrar en la choza de Seisdedos que todavía estaba ardiendo. El detenido se negó y fue fusilado allí mismo. Cuatro personas fueron detenidas y maniatadas, acusadas de haber acaudillado la revuelta. Según la declaración de las madres de los cuatro, ninguno había participado en los hechos. Los cuatro fueron ametrallados junto a la entrada de la choza de Seisdedos. Pocos minutos después llegaron otros tres detenidos y también fueron fusilados por la espalda sin previo aviso, siendo testigo de la ejecución un delegado del Gobierno, un tal Arrigunaga . Al menos fueron fusiladas otras dos personas, aunque los muertos a las puertas de la choza de Seisdedos podrían haber sido algunos más . Además fueron detenidas entre cincuenta y cien personas más (las fuentes no se ponen de acuerdo sobre el número de detenidos) . La mayoría de ellos sufrieron maltratos y abusos de todo tipo.
El espectáculo que Casas Viejas pudo presenciar en las horas siguientes fue desolador. El testimonio del forense que levantó los cadáveres es el siguiente :
Requerido por el juez, fui y levanté primero el cadáver de un hombre como de unos cuarenta años, que estaba en un cercado, con un balazo, al parecer, en la cabeza ; a su lado no había armas ; estaba dentro y fuera del cercado. De allí pasamos a la corraleta del "Seisdedos". Había un gran montón de cadáveres, un verdadero río de sangre. Separado de un grupo de otros nueve o diez estaba el cadáver de Manuela Lago, que aún tenía ardiendo las ropas por el vientre, y se ordenó que fueran apagadas. Eran las tres y media o las cuatro de la tarde [del día 12 de enro] como máximum. En el interior de la choza de "Seisdedos", que aún ardía, se veía un montón de escombros y un montón de huesos humanos .


III. ANÁLISIS DE LO OCURRIDO EN CASAS VIEJAS.

Podemos preguntarnos sin duda el porqué de la sublevación en la localidad gaditana de Casas Viejas, al igual que podemos cuestionarnos el porqué de la violenta represión de las fuerzas de asalto en un régimen considerado «no totalitario» como era la República española. La respuesta la tienen obviamente todas aquellas personas que participaron en los acontecimientos, tanto de un lado como del otro.
Lo acontecido en Casas Viejas no fue ni por asomo un hecho aislado. La sublevación popular, presumiblemente encabezada por Seisdedos, había llegado en el momento preciso. No debemos pensar que fue la acción de cuatro «locos descabezados». Posiblemente Seisdedos y el resto de los insurrectos llegaron a pensar que en el momento preciso en el que proclamaban el «comunismo libertario», éste ya había sido declarado en todo el país .
Una sublevación a mayor escala había estallado ya el día 8 de enero, encabezada por los líderes de la FAI (Federación Anarquista Ibérica), entre los que se encontraba el emblemático Buenaventura Durruti . La misma CNT (Confederación Nacional del Trabajo) estaba desprevenida ante la misma, y varios de sus sindicatos fueron forzados a la huelga a instancias de la influencia que García Oliver -y el grupo «los Solidarios»- ejercía sobre la central sindical. A pesar de la resistencia de los mismos anarquistas a emprender la revolución libertaria en ese preciso momento, en Barcelona se produjeron diversos atentados, y en varias poblaciones de levante se proclamó el comunismo libertario. La FAI había lanzado una consigna de levantamiento nacional, y la respuesta se hizo notar en todo el país.
En Cádiz la sublevación tuvo notable trascendencia en diversas poblaciones, especialmente en Casas Viejas como ya hemos visto. El levantamiento en la población había sido inspirado por la misma FAI, y lo más seguro es que Seisdedos, al recibir las instrucciones de los faístas, pensara que al levantarse en armas, todo Cádiz, y posiblemente el resto del país, también lo estaba haciendo. Ramón J. Sender asegura que mientras los insurrectos se reunían en la choza de Seisdedos preparando el levantamiento, éste les dijo a todos : Sabréis que ayer tuve carta como que se va a implantá hoy el comunismo libertario en toda España. Nosotros estamos hartos de pasá hambre y de resibí la limosna y de no hasé na. Vamos a seguí el ejemplo de los compañeros de otras partes, pero sin derramá sangre .
En realidad todo fue un error, ya que el día 11 la iniciativa revolucionaria había sido controlada en todo en país, salvo en el mismo Casas Viejas. Analizar el fracaso de la revuelta daría para un estudio diferente al que aquí presentamos, pero sin duda que la precipitación de los faístas fue en gran medida la responsable. Se acusó entonces a algunos cenetistas de antirrevolucionarios, pero los cenetistas reticentes a la revuelta demostraron tener una visión más estratégica que la de los faístas. La FAI había evidenciado tener una notable falta de previsión. La revuelta que preparaban para enero era un secreto a voces. El Gobierno mismo era consciente de que la revolución iba a estallar en cualquier momento. En los días previos se habían incautado varios arsenales de la FAI. Hubiera sido más prudente aguardar algunos meses, pero los faístas proclamaron la revolución en el momento en el que el Estado estaba más preparado para asesinarla .
No sabemos cuántas personas integraban el movimiento libertario en Casas Viejas, o cuántas personas se hallaban influenciadas por el mismo. Sabemos que según testigos presenciales, unas cincuenta personas tomaron parte en el asalto del cuartel de la Guardia Civil. Además, sabemos que en torno a setenta personas se habían agolpado junto a la choza de Seisdedos mientras los del Comité planificaban la insurrección ; y que unas cuatrocientas -además de los detenidos y fallecidos- huyeron de la localidad en dirección a las montañas. Podemos suponer que muchas lo hicieran por terror a una represión indiscriminada ; pero lo más probable es que la mayoría lo hiciera por su vinculación de algún modo al movimiento libertario. Un diputado, De la Villa, durante el debate sobre Casas Viejas en el Parlamento, hablaría de 450 obreros del Sindicato Único sublevados .
Lo cierto es que en 1932 se había acusado a los campesinos de Casas Viejas de estar embriagados por el candor burgués en el que habían caído los socialistas con la implantación de la República. Dice Malefakis que un año antes, un congreso anarquista había considerado Casas Viejas un pueblo especialmente difícil de organizar, porque los campesinos del lugar habían sido «anestesiados por la política [burguesa]» . Parece ser que por aquel entonces muchos de los campesinos de la localidad tenían una orientación socialista, pero tras el incumplimiento de las promesas hechas por el régimen sobre el asunto de la tierra, la mayoría se habían pasado a la CNT, y seguramente habían visto en la revuelta que preparaba la FAI la oportunidad de ocupar la tierra de los patronos . De hecho, lo que la revuelta perseguía de manera esencial, era el reparto de las trece mil hectáreas de tierra que había sin cultivar en el pueblo . Como hemos visto, algunos historiadores llegan a implicar a unos cuatrocientos cincuenta vecinos en la sublevación -de los dos mil habitantes que tenía la localidad antes de la revuelta-. Parece ser que después de la misma, únicamente quedaron unos cuatrocientos vecinos en Casas Viejas, de los cuales sólo tenían trabajo unos treinta.
No debe sorprendernos en absoluto un índice tan alto de anarquistas -o simpatizantes de «La Idea» o del modelo de reparto de la tierra que propugnaba el anarquismo- en una población tan pequeña como Casas Viejas. Tenemos que tener en cuenta que la mayoría de los vecinos de la localidad eran jornaleros en paro, y que los propietarios de la administraban sus tierras de manera casi feudal . Las condiciones en las que vivían eran del todo míseras. La mayoría de las viviendas eran chozas construidas con barro y paja. No debemos pensar pues que la mayoría de los vecinos hubiese aceptado la doctrina anarquista en toda su extensión. Posiblemente el movimiento libertario de Casas Viejas tenía su cabeza «consciente» en el mismo Seisdedos, y en los restantes integrantes de la agrupación local de la CNT. Podemos suponer que la verdadera aspiración del resto de los vecinos de la localidad no era la misma Anarquía, sino la resolución de los problemas agrícolas que sufrían en sus propias carnes, y lógicamente esa resolución estaba prometida con la llegada del comunismo libertario.
Por otra parte, no sabemos hasta que punto ciertos sectores del anarquismo ibérico podían tener una visión «idealista» de la República . Sabemos que desde el comienzo de la misma, las diferentes agrupaciones anarquistas habían comenzado una auténtica campaña de lucha contra el régimen, a través de movilizaciones y huelgas -mayoritariamente impulsadas por la FAI-, que en un primer momento pretendían a corto plazo la mejora de las condiciones laborales y la solución definitiva a la cuestión de la Reforma Agraria que tanto necesitaba el país, y que tanto tardaba en llegar ; pero que posteriormente iban encaminadas a la consecución de la llegada del comunismo libertario. Sin embargo, también hay que tener en cuenta que tras una largo período de dictadura -especialmente despótica con el anarquismo-, la llegada de la República no era sino una bocanada de aire fresco para el movimiento libertario. Tenemos que tener en cuenta además, que algunos de los anarquistas más emblemáticos de la década de los treinta mantenían en un alto pedestal a algunos de los republicanos más ilustres del siglo anterior como Pi y Margall ; sin olvidar que la CNT había participado en la conspiración republicana . No obstante, es necesario tener en cuenta que en el congreso de la CNT celebrado el 10 de Junio de 1931 en el Teatro del Conservatorio de Madrid -convocado para decidir la línea a seguir con respecto al nuevo régimen-, se aprobó una ponencia que decía : estamos frente a las Cortes Constituyentes, como estamos frente a todo poder que nos oprima. Seguimos en guerra abierta contra el Estado . Los extremistas de la CNT -mayoritariamente faístas- consideraban que la República era un régimen capitalista, e independientemente de si era más o menos liberal, lo importante es que en él seguiría existiendo la opresión al proletariado. En cualquier caso la mayoría de los historiadores definen como ambigua la postura de los anarquistas ante la República. Profundizar más sobre este asunto nos llevaría a hablar de las tensas discrepancias entre las dos corrientes idealistas de la CNT en ese momento, la «purista» y la «posibilista» ; pero hacerlo nos sacaría de la cuestión que aquí tratamos. Lo que está claro en cualquier caso, es que si existía de alguna manera una visión «idealista» de la República por parte del anarquismo ibérico, ésta terminó de truncarse con lo sucedido en Casas Viejas.
Digamos que tanto Casas Viejas, como los posteriores sucesos de octubre de 1934, especialmente en Asturias, terminaron por destruir el mito de la República para los trabajadores españoles. Sin embargo existe una notable diferencia entre lo ocurrido en Asturias y lo acaecido en Casas Viejas, ya que la represión de octubre de 1934 fue ordenada por un Gobierno de derechas, presumiblemente contrario a los intereses de los trabajadores y obviamente poco paciente con sus reivindicaciones ; pero la matanza de Casas Viejas fue perpetrada por un gobierno de coalición compuesta por republicanos de izquierda y socialistas. Un gobierno integrado presumiblemente por los mismos trabajadores y por lo tanto plenamente consciente de sus intereses. Sin olvidar que el socialismo español había dado sus primeros pasos de la mano del mismo anarquismo. Pero ese gobierno -en el que estaban integrados los socialistas-, presumiblemente consciente de la problemática laboral, y de las deficiencias agrícolas que sufría el sur del país, hizo uso del aparato represor de la misma dictadura y contuvo la sublevación de Casas Viejas con una brutalidad que conmocionó a los mismos medios de comunicación de la época, y posiblemente a la misma derecha que posteriormente ocuparía el poder, en gran medida catapultada por este suceso. Como Sender diría sobre el terreno, la justicia «socialista» y burguesa se ha encarado con los hechos con el viejo criterio medieval de horca y cuchillo .
La crítica a la acción del Gobierno fue sin duda justificada. Ninguno de los campesinos de Casas Viejas era terrorista o maleante. De la familia de Seisdedos -los libertarios-, se decía que era la más honrada del pueblo. Si el objetivo de los insurrectos hubiera sido extender el terror de manera indiscriminada, los hechos se habrían sucedido de manera muy diferente. Pero no fue así. Ninguno de los terratenientes -verdaderos causantes de la miseria a la que los jornaleros de Casas Viejas se hallaban sometidos-, ni ninguna de las familias de clase alta, recibió ataque alguno. Tampoco sufrieron ataques ni la iglesia ni el cura. Y una vez tomado el pueblo, no hubo saqueo alguno . La proclamación del comunismo libertario se hizo de manera pacífica, y al alcalde se le llegó a pedir que solicitara a los guardias la entrega de las armas. «No les pasará nada, porque en el comunismo [libertario] todos somos iguales» , llegaron a sugerir. Como dice Ramón J. Sender : antes de atacar a la Guardia Civil, los campesinos agotaron todos los medios de persuasión . Fue por tanto la obcecación del sargento García Álvarez la que hizo inevitable el enfrentamiento armado.
Con el suceso de Casas Viejas terminó de confirmarse pues la creciente enemistad entre el anarquismo ibérico y el socialismo español. Enemistad que ya había nacido en el año 1872, cuando Pablo Iglesias -fundador del PSOE-, había roto relaciones con el emblemático Bakunin, que tanta influencia tuvo sobre el movimiento obrero español. Esta enemistad se había vuelto creciente con la llegada de la República, y la legislación laboral de Largo Caballero perseguía en gran medida perjudicar a los cenetistas en favor del crecimiento de la UGT (Unión General de Trabajadores) . El anarquismo comprendió en Enero de 1933 que un gobierno de «trabajadores» podía resultar tan despótico como una dictadura, y tan enemigo del pueblo como la misma. Muchos obreros adoptaron al anarquismo como forma de pensamiento después de este suceso ; comprendiendo que el enemigo no era un gobierno de derechas, o una dictadura, sino el mismo gobierno en sí -independientemente de su tendencia política-, ya que las personas que lo integran sólo se preocupan por mantener el poder, y jamás abordan la problemática laboral. La demostración de este hecho estuvo en la misma actitud de Azaña, que no sólo incumplió las promesas hechas a los agricultores, sino que además acató la represión a los mismos cuando éstos reivindicaron su cumplimiento.
No sabemos hasta que punto el Gobierno español fue responsable de la brutal represión, pero si podemos decir que Manuel Azaña justificó la matanza en un primer momento (él mismo se había preocupado poco por solucionar el problema agrario a pesar de las promesas del Gobierno en este aspecto. La revuelta se había producido en gran medida como consecuencia de esa despreocupación, pero el hecho no parecía atormentar su conciencia). Las frases de Azaña ...ha ocurrido lo que tenía que ocurrir o ha sido una cosa inevitable fueron duramente utilizadas en su contra y demuestran la verdadera posición del Gobierno ante lo sucedido. De hecho que el Gobierno de la República ya había amenazado a los sindicalistas de su inflexibilidad en caso de desorden, y como hemos podido comprobar en lo expuesto hasta este momento, Casas Viejas fue el culmen de la impiedad. Para muchos historiadores -incluso para algunos de los medios de comunicación de la época-, la despreocupada manera de actuar de los guardias revelaba que la orden había llegado desde el alto mando. Existe la posibilidad de que el mismo Azaña hubiera dado la orden de disparar a matar en un momento de exasperación, superado por las circunstancias ; pero la lectura de su diario nos puede llevar a pensar que nada tenía que ver con lo sucedido, reconociendo en él que los guardias habían llevado a cabo una carnicería. Sin embargo, también reconoce que las órdenes dadas por el socialista Casares Quiroga habían sido «muy severas». Otros reconocidos líderes socialistas, como Largo Caballero, justificaron de manera directa o indirecta lo sucedido.
En cuanto al capitán Rojas Feigenspan, reconoció tener órdenes de arriba de disparar a matar. En un primer momento admitió que el ametrallamiento comenzó por la exasperación que les produjo ver a uno de los guardias calcinado en el interior de la choza. En sus primeras declaraciones también afirmó haber defendido con su actitud al régimen republicano de la Anarquía. Sin embargo, se sabe que antes del incendio de la choza, había llegado una orden del ministro de Gobernación que pedía que la casa de Seisdedos fuera arrasada (Dicha orden no decía nada de fusilar a los insurrectos). En el debate parlamentario del mes de febrero, el Gobierno se defendió llegando a asegurar que se había tenido que usar la represión para evitar males mayores. Cuando Rojas se vio cercado por su actuación realizó declaraciones sorprendentes -declaraciones respaldadas por el resto de los mandos de la Guardia de Asalto-. Rojas afirmó entre otras cosas que el Director general de Seguridad, Arturo Menéndez, había ordenado la matanza de manera consciente : ...ni heridos ni prisioneros, pues éstos podían declarar lo sucedido, que empleara todo lo que fuese necesario [...]. Que a todos los que [...] estuvieren complicados, les tirara a la cabeza, y por supuesto que su actuación debía estar acompañada del más absoluto silencio en cuanto al proceder de los fusilamientos. Lo cierto es que Rojas no tuvo demasiado cuidado a la hora de ametrallar a los anarquistas, y los testigos de la masacre abundaban por todos lados (incluido un delegado del Gobierno y algunos altos mandos de la Guardia Civil). Él mismo reconoció la crueldad de su actuación : Al que [...] no alzaba los brazos [...] le hicimos fuego ; al que se asomaba a una ventana le hacíamos fuego. Rojas fue juzgado acusado de catorce delitos de asesinato, de los cuales sólo resultó culpable de tres, siendo condenado a veintiún años de cárcel. No cumplió ni un solo día de condena . Por su parte, Ramón J. Sender, al realizar la crónica de lo sucedido -apoyado en los testimonios de quienes contemplaron la matanza-, aseguró que uno de los «jefes», después de quemada la choza de Seisdedos y antes de los fusilamientos, dijo : Tengo órdenes rigurosas y concretas de hacer un escarmiento. Doy media hora para hacer una razzia, sin contemplaciones .
Pero al margen de todo lo que hemos analizado en estas páginas, no debemos dejarnos engañar. La repercusión real del incidente de Casas Viejas no estuvo provocada realmente por la muerte de una veintena de campesinos. Eso poco podía importar a nadie, salvo a los mismos campesinos y anarquistas. De hecho, a nadie le había importado hasta ese mismo momento que los campesinos de Casas Viejas -y otros muchos pueblos del sur- se murieran de hambre. La importancia real del suceso de Casas Viejas estuvo en su utilización como arma política y en la repercusión que tuvo en la prensa. De no haber sido utilizado por la oposición en el debate parlamentario para censurar al Gobierno, todo el mundo se hubiera olvidado rápidamente de lo ocurrido. Pruebas tenemos de esto. El ejército ya había actuado en varias ocasiones con notable brutalidad contra el movimiento libertario en tiempos de la República. Primeramente para contener una revuelta de campesinos andaluces en julio de 1931, matando a treinta personas. Después la represión fue aumentando en gran medida hasta contarse los muertos anarcosindicalistas por docenas. Hay quien critica los excesos violentos cometidos por los faístas y cenetistas radicales en los años treinta, pero hasta lo de Casas Viejas nadie critica la brutalidad con la que el Gobierno y las fuerzas de orden público trataban a los sindicalistas. Uno de los hechos más singulares había sido el ametrallamiento en 1931 de un grupo de anarquistas -unas dieciséis personas- que se había rendido al ejército después de una huelga de obreros de la construcción en Barcelona.

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