CUADERNOS LIBERTARIOS
LA MATANZA DE CASAS VIEJAS
I.INTRODUCCIÓN.
Hablaremos en el presente número de la matanza de Casas
Viejas (Cádiz), un hecho que, a nuestro juicio, todos los
integrantes del movimiento deberían conocer, ya que como
lectura del mismo, podemos extraer la justificación de
nuestro rechazo a toda forma de poder, independientemente de la
orientación que tenga.
No hemos pretendido hacer un análisis profundo de lo sucedido
y de las repercusiones que tuvo la matanza de Casas Viejas. Nuestro
objetivo ha sido únicamente la exposición básica
de los hechos y un breve análisis simplista que quede al
alcance de todo el mundo. Hemos utilizado diversas fuentes, desde
diarios de la época, hasta manuales de la historia de España,
haciendo uso principalmente de obras relacionadas con la Segunda
República, y el movimiento obrero, así como de algún
manual de historia agraria. Algunas referencias bibliográficas
pueden encontrarse en las anotaciones a pie de página.
Hacer una referencia de todas nos hubiera ocupado demasiado espacio
y de ello andamos bastante necesitados.
La exposición de los hechos es del todo sincera, basada
en obras de notable importancia En algunos aspectos -número
de víctimas y pequeños detalles sobre el desarrollo
de los acontecimientos- existe notable confusión, y podéis
encontrar lecturas ligeramente diferentes en otros trabajos que
traten el tema aquí cuestionado. El análisis de
los hechos se fundamenta en nuestra visión particular de
los mismos. Cada uno puede hacer el juicio que crea conveniente.
No pretendemos defender la inocencia ni culpabilidad de nadie,
sólo dar constancia de los hechos y denunciar aquello que
en su día fue ocultado o utilizado en bien del Gobierno
o de la oposición gubernamental.
II.
EXPOSICIÓN DE LOS HECHOS
Estado en el que los guardias encontraron el Sindicato Único.
El día 10 de enero de 1933, numerosos vecinos de la localidad
de Casas Viejas se levantaron «en armas» proclamando
el comunismo libertario al grito de : «la tierra es de todos».
Algunos se dedicaron a cortar la línea telefónica
y otros cavaron una gran zanja en la carretera que dejó
el pueblo incomunicado. A las tres y media de la madrugada se
presentaron cinco personas en casa del alcalde, Juan Bascuñana
-en el pueblo no había ayuntamiento, ya que era agregado
de Medina Sidonia-. Lo cesaron del cargo en nombre del comunismo
libertario y le solicitaron la rendición de la Guardia
Civil de la localidad -un sargento y tres guardias-. Ante la negativa
inicial del alcalde, unas cincuenta personas cercaron su vivienda
. Accedió entonces a solicitar la rendición del
sargento, Manuel García Álvarez, y de los hombres
que éste tenía al mando. Fue llevado hasta el cuartel,
entró en el mismo, y los guardias lo cerraron a «cal
y canto». García Álvarez, no aceptó
rendirse. El alcalde salió del cuartel por una puerta trasera
y regresó a su casa. A fuera los campesinos, armados, esperaban
la respuesta de la Guardia Civil . Después de una larga
espera, sobre las cinco de la madrugada, los guardias descargaron
dos disparos por las ventanas. Los líderes de la revuelta
trataron en vano de contener al público, pero todos empuñaron
sus armas y comenzaron a disparar contra el cuartel. Al amanecer,
gracias a la mayor visibilidad, los insurrectos alcanzaron al
sargento y a uno de los guardias .
Durante la mañana se mantendría un intenso debate
en la sede del Sindicato. Los campesinos de Casas Viejas estudiaban
la forma de poder colectivizar los latifundios de la zona, que
eran propiedad del Duque de Medinaceli, así como de establecer
el nuevo orden económico que imperaría desde ese
momento en Casas Viejas. La bandera roja y negra fue enarbolada
en la Casa del Sindicato de Campesinos, afecto a la CNT.
Durante la noche se habían realizado llamadas telefónicas
desde Medina Sidonia -localidad a 19 kilómetros- a Casas
Viejas. Como la línea estaba cortada y las llamadas no
llegaban, un grupo de «técnicos» salieron a
primera hora de la mañana de Medina Sidonia para ver que
había ocurrido. Junto a los obreros iba una pareja de la
Guardia Civil. Al llegar a Casas Viejas, el tiroteo con los campesinos
que defendían la zanja que horas antes se había
hecho en la carretera fue inevitable. Dos de ellos fueron prendidos.
Otro logró escapar y alertar a los del Comité. Por
su parte los guardias regresaron a Medina Sidonia con los presos
para «dar parte» .
A media mañana el tiroteo había cesado -la gran
mayoría de los campesinos estaban en el Sindicato debatiendo
las cuestiones económicas del nuevo «comunismo libertario».
A esa hora entraron en el pueblo un total de ocho guardias civiles
y una compañía de guardias de asalto, procedentes
de Medina Sidonia, y al mando de ella el teniente Gregorio Fernández
Artal . Desconocedores de la situación, entraron en la
localidad empuñando los fusiles y disparando a todo lo
que se movía. Los campesinos, al escuchar los disparos,
huyeron del Sindicato y se refugiaron en sus respectivas casas.
[... ]Entraron por distintas calles. Toda la parte sur de la colina
se cubrió de uniformes [...].[...] Al volver la esquina,
advirtieron la presencia de un campesino de aspecto pacífico,
sin armas. [...] Un guardia preguntó, preparando el fusil
:
-¿Qué hace usted ahí ?
Y antes de que respondiera le ordenó :
-Entre usted en su casa y cierre la puerta.
Cuando el labriego volvía la espalda para obedecer, oyó
un tiro y cayó herido. [...] No le recogieron hasta dos
horas después .
Después acudieron al cuartel y se reunieron con los guardias
que permanecían allí atrincherados. Tras esto, se
dirigieron al Sindicato -cuartel general de los rebeldes-. No
hubo tiros, porque en el Sindicato no quedaba nadie. A esa hora
todos se ocultaban en sus viviendas -todas cerradas a cal y canto-,
o habían huido al monte. Dentro del Sindicato los guardias
encontraron un importante arsenal de armas -la mayoría
de los campesinos habían dejado allí sus escopetas
antes de huir-. La bandera roja y negra fue sustituida por la
republicana. Cerca del sindicato, un campesino cayó muerto.
No llevaba armas, y ni siquiera había participado en la
revuelta .
Los guardias llegaron hasta una choza, en las afueras del pueblo,
en la que encontraron resistencia. En ella vivía un viejo
anarquista llamado Francisco Cruz y apodado Seisdedos, dirigente
de la sublevación según los guardias de la localidad.
En realidad el viejo Cruz, de setenta y dos años, era miembro
del Comité del Sindicato de Campesinos, y uno de los pocos
habitantes del pueblo que sabía leer .
En casa de Seisdedos se habían refugiado un par de vecinos.
Además en la vivienda se encontraban los hijos y nietos
de Seisdedos. Un total de ocho personas, entre ellas dos mujeres
y un niño de trece años . No dudaron en disparar
a los guardias cuando éstos llegaron ante sus puertas,
abatiendo a uno de ellos. El guardia, abatido en la puerta de
la choza, fue introducido rápidamente en la misma aún
con vida -Seisdedos quería aprovechar los cartuchos que
pudiera llevar encima- . Inmediatamente los demás guardias
se replegaron y comenzó el cerco a la vivienda de Seisdedos.
Pocas horas después, otro de los guardias cayó herido
dentro del cercado de la casa. El guardia -que horas después
perdería la vida- pidió auxilio y medió para
que se estableciera un alto el fuego y los asaltantes pudiesen
establecer las condiciones de la rendición de todos los
que estaban en la casa.
Se envió a parlamentar a uno de los detenidos, un tal Manuel
Quijada, pero éste no consiguió convencer a Seisdedos
para que se rindiera. El viejo pidió que salieran de la
casa las mujeres y los niños. Los guardias dijeron que
salieran todos. Seisdedos se negó a abandonar su choza
y las negociaciones terminaron. Ni siquiera los guardias dejaron
que Quijada se pusiese a salvo, comenzaron de nueva a disparar
y lo abatieron en la puerta de la choza .
Tras un intento de asalto fallido, los guardias pidieron más
refuerzos. Mientras éstos llegaban, comenzaron la represión
en el pueblo, y algunos de los asesinatos indiscriminados. Uno
de los guardias había caído herido, y no sabían
de donde había venido el disparo. Los guardias pensaron
que tal vez alguien estaba disparando desde alguna de las chozas
cercanas, y comenzaron a desalojarlas una a una. Durante el desalojo
se detuvo a numerosas personas, y se mató a un viejo de
setenta años. Los guardias buscaban sobre todo armas de
fuego, pero no encontraron ninguna en las chozas cercanas a la
de Sesidedos. Fueron incluso incautadas numerosas herramientas
de trabajo. Algunos diarios de la época hablan de hoces
y corbellas «afiladísimas».
En la casa, uno de los hijos de Seisdedos había muerto
de un disparo en la cabeza, y la nuera del viejo estaba también
herida. Seisdedos pidió una tregua y solicitó a
los guardias que dejaran salir a al niño y a las mujeres.
Los guardias consintieron sólo en lo del niño, que
abandonó la casa. Aprovechando que los guardias estaban
pendientes de éste, su hermana -la otra nieta de Seisdedos-
consiguió escapar .
Poco después de media noche, llegó al pueblo otra
compañía de guardias de asalto (noventa guardias),
cargada de bombas de mano y una ametralladora. La compañía
estaba mandada por el capitán Rojas Feigenspan. El número
de parejas de la Guardia Civil que acudían al pueblo desde
la tarde no cesaba . Después de varias horas de tiroteo,
avanzada la madrugada, se comenzaron a lanzar las bombas de mano.
Ninguna explotó en el interior de la vivienda, ya que todas
rebotaron en la techumbre de paja. Algunas estallaron junto a
la choza, y una de ellas abrió una brecha en el muro de
la casa .
Con el amanecer, y después de un ataque baldío,
los guardias procedieron a incendiar lo que quedaba de la techumbre
de paja. Dentro de la casa todos debían estar ya heridos.
Los guardias colocaron la ametralladora enfrente del boquete que
había quedado abierto en la choza . La primera en salir
fue Manuela (o Paca) Lago -vecina de Seisdedos-, cuyo cuerpo estaba
cubierto de llamas. Los guardias la ametrallaron sin compasión.
Su pariente Francisco también fue abatido al tratar de
salir de la choza. Dentro de la choza quedaban cinco personas
-una de ellas muerta-, pero ninguna salió ya, todos fueron
encontrados calcinados en ella .
Los guardias llevaron hasta la «improvisada hoguera»
los cuerpos de otros tres campesinos que habían caído
durante los registros. Los otros dos muertos que ya se habían
producido acabarían en el cementerio. El número
de muertos en ese momento ascendía ya a doce.
Tras el traumático desenlace, comenzó un registro
casa por casa. Uno de los vecinos fue detenido y obligado a entrar
en la choza de Seisdedos que todavía estaba ardiendo. El
detenido se negó y fue fusilado allí mismo. Cuatro
personas fueron detenidas y maniatadas, acusadas de haber acaudillado
la revuelta. Según la declaración de las madres
de los cuatro, ninguno había participado en los hechos.
Los cuatro fueron ametrallados junto a la entrada de la choza
de Seisdedos. Pocos minutos después llegaron otros tres
detenidos y también fueron fusilados por la espalda sin
previo aviso, siendo testigo de la ejecución un delegado
del Gobierno, un tal Arrigunaga . Al menos fueron fusiladas otras
dos personas, aunque los muertos a las puertas de la choza de
Seisdedos podrían haber sido algunos más . Además
fueron detenidas entre cincuenta y cien personas más (las
fuentes no se ponen de acuerdo sobre el número de detenidos)
. La mayoría de ellos sufrieron maltratos y abusos de todo
tipo.
El espectáculo que Casas Viejas pudo presenciar en las
horas siguientes fue desolador. El testimonio del forense que
levantó los cadáveres es el siguiente :
Requerido por el juez, fui y levanté primero el cadáver
de un hombre como de unos cuarenta años, que estaba en
un cercado, con un balazo, al parecer, en la cabeza ; a su lado
no había armas ; estaba dentro y fuera del cercado. De
allí pasamos a la corraleta del "Seisdedos".
Había un gran montón de cadáveres, un verdadero
río de sangre. Separado de un grupo de otros nueve o diez
estaba el cadáver de Manuela Lago, que aún tenía
ardiendo las ropas por el vientre, y se ordenó que fueran
apagadas. Eran las tres y media o las cuatro de la tarde [del
día 12 de enro] como máximum. En el interior de
la choza de "Seisdedos", que aún ardía,
se veía un montón de escombros y un montón
de huesos humanos .
III.
ANÁLISIS DE LO OCURRIDO EN CASAS VIEJAS.
Podemos preguntarnos sin duda el porqué de la sublevación
en la localidad gaditana de Casas Viejas, al igual que podemos
cuestionarnos el porqué de la violenta represión
de las fuerzas de asalto en un régimen considerado «no
totalitario» como era la República española.
La respuesta la tienen obviamente todas aquellas personas que
participaron en los acontecimientos, tanto de un lado como del
otro.
Lo acontecido en Casas Viejas no fue ni por asomo un hecho aislado.
La sublevación popular, presumiblemente encabezada por
Seisdedos, había llegado en el momento preciso. No debemos
pensar que fue la acción de cuatro «locos descabezados».
Posiblemente Seisdedos y el resto de los insurrectos llegaron
a pensar que en el momento preciso en el que proclamaban el «comunismo
libertario», éste ya había sido declarado
en todo el país .
Una sublevación a mayor escala había estallado ya
el día 8 de enero, encabezada por los líderes de
la FAI (Federación Anarquista Ibérica), entre los
que se encontraba el emblemático Buenaventura Durruti .
La misma CNT (Confederación Nacional del Trabajo) estaba
desprevenida ante la misma, y varios de sus sindicatos fueron
forzados a la huelga a instancias de la influencia que García
Oliver -y el grupo «los Solidarios»- ejercía
sobre la central sindical. A pesar de la resistencia de los mismos
anarquistas a emprender la revolución libertaria en ese
preciso momento, en Barcelona se produjeron diversos atentados,
y en varias poblaciones de levante se proclamó el comunismo
libertario. La FAI había lanzado una consigna de levantamiento
nacional, y la respuesta se hizo notar en todo el país.
En Cádiz la sublevación tuvo notable trascendencia
en diversas poblaciones, especialmente en Casas Viejas como ya
hemos visto. El levantamiento en la población había
sido inspirado por la misma FAI, y lo más seguro es que
Seisdedos, al recibir las instrucciones de los faístas,
pensara que al levantarse en armas, todo Cádiz, y posiblemente
el resto del país, también lo estaba haciendo. Ramón
J. Sender asegura que mientras los insurrectos se reunían
en la choza de Seisdedos preparando el levantamiento, éste
les dijo a todos : Sabréis que ayer tuve carta como que
se va a implantá hoy el comunismo libertario en toda España.
Nosotros estamos hartos de pasá hambre y de resibí
la limosna y de no hasé na. Vamos a seguí el ejemplo
de los compañeros de otras partes, pero sin derramá
sangre .
En realidad todo fue un error, ya que el día 11 la iniciativa
revolucionaria había sido controlada en todo en país,
salvo en el mismo Casas Viejas. Analizar el fracaso de la revuelta
daría para un estudio diferente al que aquí presentamos,
pero sin duda que la precipitación de los faístas
fue en gran medida la responsable. Se acusó entonces a
algunos cenetistas de antirrevolucionarios, pero los cenetistas
reticentes a la revuelta demostraron tener una visión más
estratégica que la de los faístas. La FAI había
evidenciado tener una notable falta de previsión. La revuelta
que preparaban para enero era un secreto a voces. El Gobierno
mismo era consciente de que la revolución iba a estallar
en cualquier momento. En los días previos se habían
incautado varios arsenales de la FAI. Hubiera sido más
prudente aguardar algunos meses, pero los faístas proclamaron
la revolución en el momento en el que el Estado estaba
más preparado para asesinarla .
No sabemos cuántas personas integraban el movimiento libertario
en Casas Viejas, o cuántas personas se hallaban influenciadas
por el mismo. Sabemos que según testigos presenciales,
unas cincuenta personas tomaron parte en el asalto del cuartel
de la Guardia Civil. Además, sabemos que en torno a setenta
personas se habían agolpado junto a la choza de Seisdedos
mientras los del Comité planificaban la insurrección
; y que unas cuatrocientas -además de los detenidos y fallecidos-
huyeron de la localidad en dirección a las montañas.
Podemos suponer que muchas lo hicieran por terror a una represión
indiscriminada ; pero lo más probable es que la mayoría
lo hiciera por su vinculación de algún modo al movimiento
libertario. Un diputado, De la Villa, durante el debate sobre
Casas Viejas en el Parlamento, hablaría de 450 obreros
del Sindicato Único sublevados .
Lo cierto es que en 1932 se había acusado a los campesinos
de Casas Viejas de estar embriagados por el candor burgués
en el que habían caído los socialistas con la implantación
de la República. Dice Malefakis que un año antes,
un congreso anarquista había considerado Casas Viejas un
pueblo especialmente difícil de organizar, porque los campesinos
del lugar habían sido «anestesiados por la política
[burguesa]» . Parece ser que por aquel entonces muchos de
los campesinos de la localidad tenían una orientación
socialista, pero tras el incumplimiento de las promesas hechas
por el régimen sobre el asunto de la tierra, la mayoría
se habían pasado a la CNT, y seguramente habían
visto en la revuelta que preparaba la FAI la oportunidad de ocupar
la tierra de los patronos . De hecho, lo que la revuelta perseguía
de manera esencial, era el reparto de las trece mil hectáreas
de tierra que había sin cultivar en el pueblo . Como hemos
visto, algunos historiadores llegan a implicar a unos cuatrocientos
cincuenta vecinos en la sublevación -de los dos mil habitantes
que tenía la localidad antes de la revuelta-. Parece ser
que después de la misma, únicamente quedaron unos
cuatrocientos vecinos en Casas Viejas, de los cuales sólo
tenían trabajo unos treinta.
No debe sorprendernos en absoluto un índice tan alto de
anarquistas -o simpatizantes de «La Idea» o del modelo
de reparto de la tierra que propugnaba el anarquismo- en una población
tan pequeña como Casas Viejas. Tenemos que tener en cuenta
que la mayoría de los vecinos de la localidad eran jornaleros
en paro, y que los propietarios de la administraban sus tierras
de manera casi feudal . Las condiciones en las que vivían
eran del todo míseras. La mayoría de las viviendas
eran chozas construidas con barro y paja. No debemos pensar pues
que la mayoría de los vecinos hubiese aceptado la doctrina
anarquista en toda su extensión. Posiblemente el movimiento
libertario de Casas Viejas tenía su cabeza «consciente»
en el mismo Seisdedos, y en los restantes integrantes de la agrupación
local de la CNT. Podemos suponer que la verdadera aspiración
del resto de los vecinos de la localidad no era la misma Anarquía,
sino la resolución de los problemas agrícolas que
sufrían en sus propias carnes, y lógicamente esa
resolución estaba prometida con la llegada del comunismo
libertario.
Por otra parte, no sabemos hasta que punto ciertos sectores del
anarquismo ibérico podían tener una visión
«idealista» de la República . Sabemos que desde
el comienzo de la misma, las diferentes agrupaciones anarquistas
habían comenzado una auténtica campaña de
lucha contra el régimen, a través de movilizaciones
y huelgas -mayoritariamente impulsadas por la FAI-, que en un
primer momento pretendían a corto plazo la mejora de las
condiciones laborales y la solución definitiva a la cuestión
de la Reforma Agraria que tanto necesitaba el país, y que
tanto tardaba en llegar ; pero que posteriormente iban encaminadas
a la consecución de la llegada del comunismo libertario.
Sin embargo, también hay que tener en cuenta que tras una
largo período de dictadura -especialmente despótica
con el anarquismo-, la llegada de la República no era sino
una bocanada de aire fresco para el movimiento libertario. Tenemos
que tener en cuenta además, que algunos de los anarquistas
más emblemáticos de la década de los treinta
mantenían en un alto pedestal a algunos de los republicanos
más ilustres del siglo anterior como Pi y Margall ; sin
olvidar que la CNT había participado en la conspiración
republicana . No obstante, es necesario tener en cuenta que en
el congreso de la CNT celebrado el 10 de Junio de 1931 en el Teatro
del Conservatorio de Madrid -convocado para decidir la línea
a seguir con respecto al nuevo régimen-, se aprobó
una ponencia que decía : estamos frente a las Cortes Constituyentes,
como estamos frente a todo poder que nos oprima. Seguimos en guerra
abierta contra el Estado . Los extremistas de la CNT -mayoritariamente
faístas- consideraban que la República era un régimen
capitalista, e independientemente de si era más o menos
liberal, lo importante es que en él seguiría existiendo
la opresión al proletariado. En cualquier caso la mayoría
de los historiadores definen como ambigua la postura de los anarquistas
ante la República. Profundizar más sobre este asunto
nos llevaría a hablar de las tensas discrepancias entre
las dos corrientes idealistas de la CNT en ese momento, la «purista»
y la «posibilista» ; pero hacerlo nos sacaría
de la cuestión que aquí tratamos. Lo que está
claro en cualquier caso, es que si existía de alguna manera
una visión «idealista» de la República
por parte del anarquismo ibérico, ésta terminó
de truncarse con lo sucedido en Casas Viejas.
Digamos que tanto Casas Viejas, como los posteriores sucesos de
octubre de 1934, especialmente en Asturias, terminaron por destruir
el mito de la República para los trabajadores españoles.
Sin embargo existe una notable diferencia entre lo ocurrido en
Asturias y lo acaecido en Casas Viejas, ya que la represión
de octubre de 1934 fue ordenada por un Gobierno de derechas, presumiblemente
contrario a los intereses de los trabajadores y obviamente poco
paciente con sus reivindicaciones ; pero la matanza de Casas Viejas
fue perpetrada por un gobierno de coalición compuesta por
republicanos de izquierda y socialistas. Un gobierno integrado
presumiblemente por los mismos trabajadores y por lo tanto plenamente
consciente de sus intereses. Sin olvidar que el socialismo español
había dado sus primeros pasos de la mano del mismo anarquismo.
Pero ese gobierno -en el que estaban integrados los socialistas-,
presumiblemente consciente de la problemática laboral,
y de las deficiencias agrícolas que sufría el sur
del país, hizo uso del aparato represor de la misma dictadura
y contuvo la sublevación de Casas Viejas con una brutalidad
que conmocionó a los mismos medios de comunicación
de la época, y posiblemente a la misma derecha que posteriormente
ocuparía el poder, en gran medida catapultada por este
suceso. Como Sender diría sobre el terreno, la justicia
«socialista» y burguesa se ha encarado con los hechos
con el viejo criterio medieval de horca y cuchillo .
La crítica a la acción del Gobierno fue sin duda
justificada. Ninguno de los campesinos de Casas Viejas era terrorista
o maleante. De la familia de Seisdedos -los libertarios-, se decía
que era la más honrada del pueblo. Si el objetivo de los
insurrectos hubiera sido extender el terror de manera indiscriminada,
los hechos se habrían sucedido de manera muy diferente.
Pero no fue así. Ninguno de los terratenientes -verdaderos
causantes de la miseria a la que los jornaleros de Casas Viejas
se hallaban sometidos-, ni ninguna de las familias de clase alta,
recibió ataque alguno. Tampoco sufrieron ataques ni la
iglesia ni el cura. Y una vez tomado el pueblo, no hubo saqueo
alguno . La proclamación del comunismo libertario se hizo
de manera pacífica, y al alcalde se le llegó a pedir
que solicitara a los guardias la entrega de las armas. «No
les pasará nada, porque en el comunismo [libertario] todos
somos iguales» , llegaron a sugerir. Como dice Ramón
J. Sender : antes de atacar a la Guardia Civil, los campesinos
agotaron todos los medios de persuasión . Fue por tanto
la obcecación del sargento García Álvarez
la que hizo inevitable el enfrentamiento armado.
Con el suceso de Casas Viejas terminó de confirmarse pues
la creciente enemistad entre el anarquismo ibérico y el
socialismo español. Enemistad que ya había nacido
en el año 1872, cuando Pablo Iglesias -fundador del PSOE-,
había roto relaciones con el emblemático Bakunin,
que tanta influencia tuvo sobre el movimiento obrero español.
Esta enemistad se había vuelto creciente con la llegada
de la República, y la legislación laboral de Largo
Caballero perseguía en gran medida perjudicar a los cenetistas
en favor del crecimiento de la UGT (Unión General de Trabajadores)
. El anarquismo comprendió en Enero de 1933 que un gobierno
de «trabajadores» podía resultar tan despótico
como una dictadura, y tan enemigo del pueblo como la misma. Muchos
obreros adoptaron al anarquismo como forma de pensamiento después
de este suceso ; comprendiendo que el enemigo no era un gobierno
de derechas, o una dictadura, sino el mismo gobierno en sí
-independientemente de su tendencia política-, ya que las
personas que lo integran sólo se preocupan por mantener
el poder, y jamás abordan la problemática laboral.
La demostración de este hecho estuvo en la misma actitud
de Azaña, que no sólo incumplió las promesas
hechas a los agricultores, sino que además acató
la represión a los mismos cuando éstos reivindicaron
su cumplimiento.
No sabemos hasta que punto el Gobierno español fue responsable
de la brutal represión, pero si podemos decir que Manuel
Azaña justificó la matanza en un primer momento
(él mismo se había preocupado poco por solucionar
el problema agrario a pesar de las promesas del Gobierno en este
aspecto. La revuelta se había producido en gran medida
como consecuencia de esa despreocupación, pero el hecho
no parecía atormentar su conciencia). Las frases de Azaña
...ha ocurrido lo que tenía que ocurrir o ha sido una cosa
inevitable fueron duramente utilizadas en su contra y demuestran
la verdadera posición del Gobierno ante lo sucedido. De
hecho que el Gobierno de la República ya había amenazado
a los sindicalistas de su inflexibilidad en caso de desorden,
y como hemos podido comprobar en lo expuesto hasta este momento,
Casas Viejas fue el culmen de la impiedad. Para muchos historiadores
-incluso para algunos de los medios de comunicación de
la época-, la despreocupada manera de actuar de los guardias
revelaba que la orden había llegado desde el alto mando.
Existe la posibilidad de que el mismo Azaña hubiera dado
la orden de disparar a matar en un momento de exasperación,
superado por las circunstancias ; pero la lectura de su diario
nos puede llevar a pensar que nada tenía que ver con lo
sucedido, reconociendo en él que los guardias habían
llevado a cabo una carnicería. Sin embargo, también
reconoce que las órdenes dadas por el socialista Casares
Quiroga habían sido «muy severas». Otros reconocidos
líderes socialistas, como Largo Caballero, justificaron
de manera directa o indirecta lo sucedido.
En cuanto al capitán Rojas Feigenspan, reconoció
tener órdenes de arriba de disparar a matar. En un primer
momento admitió que el ametrallamiento comenzó por
la exasperación que les produjo ver a uno de los guardias
calcinado en el interior de la choza. En sus primeras declaraciones
también afirmó haber defendido con su actitud al
régimen republicano de la Anarquía. Sin embargo,
se sabe que antes del incendio de la choza, había llegado
una orden del ministro de Gobernación que pedía
que la casa de Seisdedos fuera arrasada (Dicha orden no decía
nada de fusilar a los insurrectos). En el debate parlamentario
del mes de febrero, el Gobierno se defendió llegando a
asegurar que se había tenido que usar la represión
para evitar males mayores. Cuando Rojas se vio cercado por su
actuación realizó declaraciones sorprendentes -declaraciones
respaldadas por el resto de los mandos de la Guardia de Asalto-.
Rojas afirmó entre otras cosas que el Director general
de Seguridad, Arturo Menéndez, había ordenado la
matanza de manera consciente : ...ni heridos ni prisioneros, pues
éstos podían declarar lo sucedido, que empleara
todo lo que fuese necesario [...]. Que a todos los que [...] estuvieren
complicados, les tirara a la cabeza, y por supuesto que su actuación
debía estar acompañada del más absoluto silencio
en cuanto al proceder de los fusilamientos. Lo cierto es que Rojas
no tuvo demasiado cuidado a la hora de ametrallar a los anarquistas,
y los testigos de la masacre abundaban por todos lados (incluido
un delegado del Gobierno y algunos altos mandos de la Guardia
Civil). Él mismo reconoció la crueldad de su actuación
: Al que [...] no alzaba los brazos [...] le hicimos fuego ; al
que se asomaba a una ventana le hacíamos fuego. Rojas fue
juzgado acusado de catorce delitos de asesinato, de los cuales
sólo resultó culpable de tres, siendo condenado
a veintiún años de cárcel. No cumplió
ni un solo día de condena . Por su parte, Ramón
J. Sender, al realizar la crónica de lo sucedido -apoyado
en los testimonios de quienes contemplaron la matanza-, aseguró
que uno de los «jefes», después de quemada
la choza de Seisdedos y antes de los fusilamientos, dijo : Tengo
órdenes rigurosas y concretas de hacer un escarmiento.
Doy media hora para hacer una razzia, sin contemplaciones .
Pero al margen de todo lo que hemos analizado en estas páginas,
no debemos dejarnos engañar. La repercusión real
del incidente de Casas Viejas no estuvo provocada realmente por
la muerte de una veintena de campesinos. Eso poco podía
importar a nadie, salvo a los mismos campesinos y anarquistas.
De hecho, a nadie le había importado hasta ese mismo momento
que los campesinos de Casas Viejas -y otros muchos pueblos del
sur- se murieran de hambre. La importancia real del suceso de
Casas Viejas estuvo en su utilización como arma política
y en la repercusión que tuvo en la prensa. De no haber
sido utilizado por la oposición en el debate parlamentario
para censurar al Gobierno, todo el mundo se hubiera olvidado rápidamente
de lo ocurrido. Pruebas tenemos de esto. El ejército ya
había actuado en varias ocasiones con notable brutalidad
contra el movimiento libertario en tiempos de la República.
Primeramente para contener una revuelta de campesinos andaluces
en julio de 1931, matando a treinta personas. Después la
represión fue aumentando en gran medida hasta contarse
los muertos anarcosindicalistas por docenas. Hay quien critica
los excesos violentos cometidos por los faístas y cenetistas
radicales en los años treinta, pero hasta lo de Casas Viejas
nadie critica la brutalidad con la que el Gobierno y las fuerzas
de orden público trataban a los sindicalistas. Uno de los
hechos más singulares había sido el ametrallamiento
en 1931 de un grupo de anarquistas -unas dieciséis personas-
que se había rendido al ejército después
de una huelga de obreros de la construcción en Barcelona.
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