De las fuentes históricas escritas y desde la
arqueología, parece deducirse, para un momento anterior al siglo VI
a.n.e. la existencia de un marco espacial de relaciones culturales
durante el Bronce Final, que incluye puntos tan distantes como
Huelva, es decir la zona nuclear tartéssica, y el levante
peninsular. Las referencias a Mastia de Tarsis y la paridad de la
cultura material documentada en el Valle del Guadalquivir, pero
también en asentamientos como Penya Negra de Crevillente o Los
Saladares de Orihuela, así podrían indicarlo.
Parece difícil definir la existencia de un proyecto
político tartéssico vinculado a una región tan extensa: los valles
del Guadalquivir y Segura, tal y como podría interpretarse a partir
de la lectura del periplo masaliota de Rufo Festo Avieno, pero si
hubiera sido así se habría expresado culturalmente en la
construcción de una etnia, aspecto este que avalaría la arqueología
del bronce final para toda el área. También las mismas fuentes
dibujan un panorama donde se perfilan diferentes entidades étnicas,
unas aparentemente de mayor entidad territorial, como los propios
tartessios o los mastienos, y otras que parecian tener un ámbito
espacial mucho más limitado como, de Oeste a Este, cinetes,
elbisinos, elbestios, etmaneos o ileates, entre otros.
La interpretación de las fuentes es compleja pero
no es una cuestión baladí porque de su lectura podría realizarse una
doble interpretación en base a la aparente contradicción del
problema étnico planteado por los autores antiguos. Podría
considerarse la existencia de una fragmentación étnica primaria y un
intento de creación de nuevas unidades étnicas de orden superior
territorialmente hablando, entre las que podríamos situar a
tartessios y mastienos o incluso en un plano superior a la propia
homogeneización de toda el área como tartéssica. Pero también cabría
la posibilidad de que lo que Avieno recoge como ámbito tartéssico
fuera en realidad la expresión de una etnia de antiguos orígenes, la
tartéssica, que precisamente a partir del siglo VII a.n.e. o
incluso algo antes, comenzara a fraccionarse dando lugar a otros
grupos.
La arqueología ha constatado para el siglo VIII y
fundamentalmente para el VII a.n.e. cambios en los sistemas de
hábitat y de ocupación del territorio que evidencian una
transformación en las estructuras del sistema social del final de la
Edad del Bronce. De todos los cambios, el fenómeno de la nuclearización como consecuencia de un proceso múltiple de
aglomeración aldeana es posiblemente el más importante y el que
mejor puede leerse desde la arqueología. Efectivamente, durante esos
siglos, con algunos antecedentes en las fases previas, comienza a
producirse un fenómeno de aglomeración de la población aldeana en
sitios, diversos en su tipología pero que en todos los casos se
plantea con un denominador común: concentración en sitios dotados de
buenas posibilidades estratégicas y económicas y donde o no había
ocupación anterior o si la había, salvo algunas excepciones, era muy
limitada respecto a la nueva situación.
Pero si la concentración aldeana era ya un factor
de transformación del paisaje de primer orden, el siguiente paso, la
construcción de grandes fortificaciones y el diseño en su interior
de un auténtico plan de urbanización, fue aun más sintomático de los
cambios que se estaban produciendo. El espacio fortificado se
convirtió en el límite que a la postre acabaría definiendo las
primeras ciudades de la antigua área tartéssica (?), creando también
un nuevo modelo de asentamiento: el oppidum. Este, en sí
mismo, en su estructura espacial y simbólica es el nuevo marco de
las relaciones que desde el siglo VI a.n.e. definen a la sociedad
aristocrática ibérica. Al convertirse en la única unidad de
residencia y de control del territorio, en un proceso que comenzado
en la fechas indicadas no culmina hasta inicios del siglo V a.n.e.
es el ámbito espacial donde se dirimieron los conflictos que
aristócratas y los clientes de estos sin duda plantearon en una
sociedad de marcada desigualdad con la mayoría de la población
sometida al régimen de la servidumbre clientelar.
Sin embargo el proceso no fue ni simultáneo en el
tiempo ni con los mismos desarrollos: los diferentes planteamientos
territoriales que se observan en la Alta Andalucía pueden vincularse
con las diferencias en cuanto a la organización social y desarrollo
socioeconómico que se presentaban entre las antiguas étnias
preibéricas. Estas pudieron haber reaccionado de manera distinta al
inicio del nuevo orden que se estaba configurando. Y así, aunque no
estamos en condiciones de fijar nítidamente los límites entre las
distintas unidades, la arqueología nos permite una aproximación al
problema a partir de la lectura de los sistemas de ocupación del
territorio en el área. De hecho, en la actual Provincia de Jaén se
han documentado claramente dos modelos que comenzaron a configurarse
en los momentos finales del s. VII a.n.e. y que se expresaron en
todo su desarrollo a lo largo del s. VI a.n.e. Las claras
diferencias entre uno y otro incluso han permitido establecer la
hipótesis de la existencia de una frontera que pudo ser política
pero más convincentemente étnica.
El estudio de la tipología del hábitat en la actual
provincia de Jaén y en la vecina de Córdoba presenta, para los
momentos finales del siglo VII e inicios del VI a.n.e. cuatro
formas diferentes de asentamiento:
-
Oppida: poblados dotados de potentes y
complejas fortificaciones y desarrollados sistemas de urbanización,
con diferente tipología y tamaño como Torrejón (en torno a 2 has),
Plaza de Armas de Puente Tablas (6 has) o Cerro Villargordo (16 has)
o Torreparedones (10 has), corresponderían a esta categoría.
-
Torres: asentamientos de claro carácter
estratégico, fortificados y con amplia visibilidad, pensados para
controlar el territorio de forma articulada con los oppida,
lo que conlleva su definición como torres. Entre estas pueden
citarse el Cerro de la Coronilla de Cazalilla (Ruiz et alii 1983) o
la Atalaya de La Higuera.
-
Asentamientos en llano: de reducidas dimensiones,
apenas 1000 metros cuadrados en algunos casos, La excavación de uno
de estos sitios, las Calañas de Marmolejo (Molinos et alii 1994), ha
permitido fijar la tipología de los mismos: en llano, vinculados a
las mejores tierras de la Campiña y Vega del Guadalquivir y sus
afluentes desde el Sur, no presentan fortificación alguna y tienen
una clara vinculación al sector agrícola que se deduce de su propia
ubicación y de la tecnología asociada a su cultura material, lo que
impide su especialización en otras actividades productivas, como en
el caso de las Calañas en la fabricación de vajillas de cerámica
gris a torno.
-
Aldeas: se documentan algunos asentamientos, de
pequeño tamaño pero superiores a los asentamientos en llano, en
torno a 0.5 has. En general no tienen un importante control
territorial aunque en algunos casos pudieron haber estado dotadas de
algún sistema de defensas o incluso de fortificación.
Esta tipología se modifica sustancialmente si en el
análisis introducimos factores cronológicos y espaciales más
precisos que los indicados:
-
En la mitad del siglo VII a.n.e. tanto en la Campiña de Jaén,
como en la de Córdoba y en el área de la Vega del Guadalquivir el
poblamiento fijó un único tipo de asentamiento que puede ya
definirse como oppidum en algunos casos aunque en otros,
como en Torreparedones, aun no había comenzado la construcción de
la fortificación: fue el momento final de la aglomeración aldeana
iniciada en fases anteriores.
-
A finales del siglo VII a.n.e., coincidiendo con la formación
de los oppida, se produjo en torno a este asentamiento
(Murillo 1994; Molinos et alii 1994) y a otros del área
occidental, la aparición de un importante número de asentamientos
en llano. Este tipo de hábitat se convierte en el elemento, junto
con los oppida, que más claramente caracteriza la ocupación
del territorio. En la zona oriental el único tipo de asentamiento
siguió siendo en exclusiva de tipo oppidum.
-
En los momentos iniciales del siglo VI o quizás en los años
finales del VII a.n.e. en la zona oriental, se documenta un tipo
de asentamiento que hasta este momento no había hecho su aparición
en toda el área: las torres. Estas, junto con los oppida y
las aldeas se distribuyeron desde el Salado de Porcuna en
dirección a la Campiña jiennense, dibujando una red de relaciones
visuales que permiten asegurar el carácter articulado de su
distribución. En toda el área no se ha documentado ningún tipo de
asentamiento agrario en llano de pequeñas dimensiones.
-
A mitad del siglo VI a.n.e. o incluso algo antes, en la zona
occidental desaparecieron por completo los asentamientos en llano
y se produjo una reestructuración de algunos de los grandes
oppida, mientras que otros, de pequeño tamaño durante la
fase anterior, lo aumentaron. No se advierten cambios en la
Campiña de Jaén.
-
Durante la primera mitad del s. V a.n.e. las torres fueron
abandonadas y con ellas el sistema articulado de control del
territorio. El único tipo de asentamiento que pervivió fue el
oppidum. Incluso algunas de las pequeñas aldeas que podrían
identificarse para los momentos finales del s. VI a.C.
desaparecieron.
Esta tan diferenciada definición del poblamiento a
ambos lados del Arroyo Salado de Porcuna plantea varias
posibilidades de interpretación. En lo que se refiere a los
asentamientos en llano cabrían varias alternativas entre estas que
se hubiera tratado de una colonización planteada desde oppida
como Torreparedones o Montoro o incluso desde instancias políticas
de orden superior, pero también cabe la posibilidad de que fuese una
reacción de la familia celular ante los nuevos planteamientos de
corte estamental que en la dirección de construcción del poder
aristocrático se estaban produciendo en torno a las aglomeraciones
aldeanas que comenzaban a perfilarse como oppida. Que el
fenómeno no se produjera en la zona oriental podría relacionarse con
la situación inmediatamente anterior a la construcción de los nuevos
centros que sucedieron a la aglomeración aldeana y se vincularía en
consecuencia una diferenciación étnica. Esta podría explicar la
reacción de los oppida de la zona oriental, reacción que no
tuvo que ser necesariamente consecuencia de un proyecto político
sino más posiblemente una cuestión de solidaridad étnica ante el
avance de los pequeños asentamientos hacia su territorio. Ello
explicaría que pasado el aparente peligro y transcurridos ya algunos
años, las torres fueran desmanteladas.
El paso del siglo VI al V a.n.e. supuso que, del
mismo modo que en el tratamiento de la imagen había cambiado la
estética de los reyes - dioses por la de los héroes, tal y como se
advierte en el conjunto escultórico de Porcuna (Negueruela 1991;
Ruiz 1998), en el espacio de los asentamientos, al integrar los
restos de hábitat disperso -los hábitat agrarios de tipo aldeas que
todavía quedaban en el territorio- en el interior de las
fortificaciones, se configuró una forma de ocupación del territorio
en el que la unidad de hábitat fue el oppidum. Este hecho fue
indicador de una política por la que los aristócratas mostraban su
poder por el numero de clientes que les rodeaban y le reconocían
como reyes. Este proceso llevó a la ampliación del espacio
urbanizado de los oppida, de hecho antiguas áreas abiertas
del oppidum de Puente Tablas en el siglo VI a.n.e. pasaron a
ser ocupadas con casas.
El urbanismo del "oppidum" de Puente Tablas
deja ver tres zonas distintas en el espacio interior del sitio. En
el centro de la meseta existió una trama urbana con las casas
dispuestas en manzanas a lo largo de calles paralelas que corrían en
dirección a la parte mas larga de la meseta, es decir de este a
oeste; al este, entre la trama urbana y la muralla, se definió un
espacio de carácter comunal, donde se rompía la dirección del
conjunto de calles paralelas y pudieron existir estructuras como
aljibes; por último al oeste, también entre el caserío y la zona que
caía en pendiente sobre el río hubo una zona de carácter singular,
que atribuimos al espacio de residencia aristocrático. La zona se
separó además del resto de las residencias del poblado por una calle
transversal a las que discurrían en dirección este - oeste, que en
su proyección se dirigía a la puerta del poblado (Ruiz 1995; Ruiz y
Molinos 1992).
No sabemos si el modelo que deja entrever el
oppidum de Puente Tablas es generalizable a todo el
territorio que hoy ocupa el Alto Guadalquivir o por el contrario
este fue una excepción. Con todo, la forma amesetada del sitio
giennense fue la más común en la Campiña Occidental desde el río
Guadalbullón hasta el río Salado de Porcuna aunque los tamaños
fueron muy distintos como demuestra la gran diferencia existente
entre las dieciocho has. del cerro de Villargordo o la Ha. del
Torrejón.
A diferencia del modelo de la Campiña de Jaén, al
este del río Guadalbullón el patrón de asentamiento siguió un modelo
de distribución longitudinal, marcado por el deambular del río
Guadalquivir: Iliturgi o Cerro Maquiz en el encuentro de los ríos
Guadalimar, Guadalbullón y Mengibar, Gil de Olid en Puente del
Obispo, Úbeda la Vieja que se sitúa frente a la desembocadura del
río Jandulilla en el Guadalquivir, Toya localizada en un punto rico
en aguas entre el río Toya y el Guadiana Menor inmediatamente antes
de desembocar en el Guadalquivir y Los Castellones de Mogón. En el
río Guadalimar, cerca de Linares se localiza también Cástulo. A este
grupo de oppida hay que sumar Cerro Alcalá en la Cabecera del
río Torres.
Con la integración del hábitat disperso en los
oppida durante el siglo V a.n.e. la zona oriental de Jaén
tendió a un nuevo modelo de ocupación del territorio en el que lo
característico fue reproducir con nuevas fundaciones de
oppida el modelo del río Torres en el que existía un
oppidum en la desembocadura sobre el Guadalquivir y otro en
el tramo interior del río, cuanto mas próximo a la cabecera mejor,
siempre que existieran condiciones aceptables para el desarrollo de
la agricultura. De este modo en el río Jandulilla se fundó el
oppidum" de la Loma del Perro, en el Guadiana Menor
Castellones de Ceal y en el Guadalimar Giribaile.
Este proceso no fue tan simple tal y como lo
muestra la fundación del santuario del cerro del Pajarillo (Molinos
et alii 1998), que se situó en la cabecera misma del río Jandulilla,
es decir en el lugar en el que varios subafluentes daban lugar al
río. El sitio debió ser en épocas antiguas una zona lacustre y de
hecho en el siglo IV a.n.e.. se documentan restos evidentes de aguas
estancadas que alcanzaban hasta la misma base del cerro.
Precisamente desde este punto y por la ladera de una pequeña colina
se levantaba lo que hoy sin duda podemos catalogar como un espacio
de culto. El área de culto se había separado del resto del espacio
abierto con la construcción de un monumento, un falso frente
fortificado, visualmente presidido por una torre a la que coronaba
un conjunto escultórico en cuya escena principal un héroe luchaba
contra un lobo ante grifos y leones que le protegían.
El monumento de El Pajarillo respondía a una
cuestión política, ya que su clara definición de puerta, de control
económico de una ruta que movía productos indicadores de poder y de
coincidencia con un momento en que se transformó el poblamiento del
valle, no son sino la suma de circunstancias que definieron el
camino que las aristocracias de la zona oriental de Jaén
emprendieron. De hecho a diferencia de los atomizados modelos de la
Campiña en esta segunda área los programas de expansión política en
el territorio fueron evidentes aun a pesar del escaso tiempo de
funcionamiento del monumento de El Pajarillo.
Otros ejemplos nos lo confirman con mas detalle.
Seguramente a fines del siglo V a.n.e. ya se habría iniciado un
culto religioso en Despeñaperros (Prados 1994). El Collado de los
Jardines que así es conocido en la actualidad es un abrigo que
culmina la ladera de un cerro que se levanta sobre el mismo paso de
Despeñaperros. El lugar debió de estar asociado a una fuente de agua
natural. Las mismas características se repiten también, aunque
parece que con una cronología algo mas tardía, mediados del siglo IV
a.n.e. en el santuario de Castellar, también en el norte de la
provincia de Jaén, en el Condado cerca del río Guadalimar. Los Altos
del Sotillo es también un abrigo asociado a una fuente de agua
natural y un punto de control de un puerto que abriría el Guadalimar
hacia las vías agropecuarias que se dirigen al norte. Este papel de
apertura de vías de paso entre el Valle del Guadalquivir y la
Mancha, justificaría la definición romana de "Saltus Castulonense" y
no de "Silva" que se dio a Sierra Morena, destacando su imagen de
espacio salvaje controlable que fue aspiración desde Cicerón a
Carlos III.
La cueva de la Lobera del Santuario de Castellar o
de los Altos el Sotillo (Nicolini et alii 1987), al menos en el
siglo III a.n.e. fue el núcleo del centro de culto y en su interior
debieron depositarse o echarse los cientos de exvotos de bronce
recogidos desde inicios de siglo. A la cueva se accedía por una
rampa construida por grandes piedras. Se formaba así una terraza
inmediatamente delante del abrigo que era la primera de otras tres
que desde ella descendían hasta el llano. El urbanismo del santuario
en la tercera de las terrazas no seguía un esquema de casas adosadas
en manzanas o articuladas en calles, al modo que lo hemos valorado
en los oppida; en realidad cada casa estaba aislada y
separada de la casa dispuesta a su izquierda o a su derecha por un
paso que ascendía seguramente con escalones hacia la rampa de la
ultima terraza y se separaba de la casa que se situaba por encima o
por debajo por su disposición en la terraza que le correspondía.
Desde el siglo III a.n.e. (Ruiz 1998) se vuelve a
tener noticias de los nombres con que lo romanos conocieron a los
iberos de la zona. Gracias a ello sabemos que los oretanos cubrieron
el área norte de la provincia de Jaén, e incluso que, según Strabon
(IV, 3, 2), Cástulo era un centro esencial. También Ptolomeo habla
de los oretanos y en su lista de ciudades cita con localización
segura en la provincia de Jaén los casos de Salaria en Ubeda la
Vieja y Tugia en Toya, cerca de Peal de Becerro, los dos centros al
sur del Valle del Guadalquivir y al este de la actual provincia. Si
llegó a existir un territorio oretano parece evidente que este se
dispuso al sur y al norte de Sierra Morena y por lo tanto que los
santuarios se configuraron en el centro del territorio de esta
etnia, posiblemente como centros de culto étnicos.
Una segunda opción se perfila si se vincula la
existencia de estos centros de culto a la capacidad política del
oppidum de Cástulo y no necesariamente a la existencia de un
poder político territorial oretano. La etnia es una construcción
histórica, por ello los oretanos pudieron haber existido con
posterioridad al siglo III a.n.e.. o ser ya en ese siglo solo un
residuo cultural de la etapa anterior. Este ultimo caso parece
difícil de justificar por cuanto hubiera quedado reflejado el nombre
en algunas de las fuentes históricas que informan sobre la
configuración del panorama de los pueblos de la Península Ibérica
entre los siglos VI-V a.n.e. En cambio la existencia de los oretanos
o de Cástulo con anterioridad al siglo III a.n.e. no deja lugar a
dudas. Los oretanos son citados en los primeros enfrentamientos
entre los cartagineses y los indígenas porque un rey oretano,
Orisson, fue el que programó la celada que llevó a la muerte al
general cartaginés, Amilcar Barca, padre de Aníbal.
Coincide la puesta en marcha de los santuarios de
Sierra Morena con un proceso que recuerda bastante la situación
creada en el valle del río Jandulilla, porque precisamente en esos
momentos se fundó un nuevo oppidum al noreste de Cástulo. Se
trata de Giribaile un asentamiento situado en la confluencia de los
ríos Guadalimar y Guadalen, en el término de Vilches (Gutiérrez
1996). La fundación del sitio coincidió con el momento en que se
definió el territorio de Cástulo del mismo modo que al sur lo hizo
Úbeda la Vieja con la fundación del oppidum de la Loma del
Perro en el río Jandulilla o Tugia en el Guadiana Menor con la
fundación de Castellones de Ceal (Chapa et alii, 1993). Es posible
que estos primeros momentos partieron de un modelo territorial en
cuyo límite se situaron centros de culto a héroes locales. Sin
embargo mientras el modelo territorial entró en crisis en el valle
del río Jandulilla, el valle del río Guadalimar, es decir el
territorio de Cástulo, continuó su caracterización en el siglo III
a.n.e. tal y como lo confirma el éxito de los santuarios que en ese
momento alcanzaban su fase de mayor desarrollo. Es posible que el
modelo fuera proyectado en su origen desde Cástulo para afirmar el
control sobre su territorio, pero si paralelamente las relaciones
políticas con los oretanos del norte de Sierra Morena se
estrecharon, el hecho pudo llegar a reconvertir aquellos centros del
gran oppidum en referente cultural de toda una etnia.
En consecuencia lo que comenzó en la parte oriental
de la provincia de Jaén, por ser la proyección del modelo
aristocrático sobre territorios superiores a los de los
oppida, terminó en el caso al menos de Cástulo con la
apertura de un proceso que pudo haber llegado a configurar
territorios políticos muy amplios, identificables a nuevas etnias.
La red política debió tener su base en causas religiosas,
matrimoniales, militares o políticas que ampliaron la clientela, es
decir la pirámide de dependencias e hicieron que los aristócratas de
algunos oppida pasaran a ser clientes del aristócrata del
oppidum dominante.
El resto de la zona no ha sido pródiga en
información para el siglo III a.n.e. a pesar de ser escenario de
la Segunda Guerra Púnica. En la Campiña de Jaén, entre el Salado de
Porcuna y el río Guadalbullón, debió de continuar existiendo la
amplia trama de oppida del siglo IV a.n.e. De hecho no se
constatan experiencias de creación de territorios políticos
superiores al oppidum y ello se deja notar porque en la zona
se habla de bastetanos, que fueron los herederos directos de los
mastienos que existieron en la época tartéssica y que hoy no parece
posible identificarlos como un grupo con el mismo carácter
étnico-político que tenían los oretanos, en suma si existieron unos
bastetanos con capitalidad en Basti (Baza, Granada), como en muchas
ocasiones se ha escrito, estos fueron una sección étnica.
Un grupo diferente de oppida conformado por
Iliturgi, Córdoba o Ipolca y con ciertas dudas Tucci (Martos), que
como Urgao (Arjona) pudo ser bastetano, formarían parte de los
túrdulos. Se trataba de la zona que a fines del siglo VII a.n.e.
constituyó un lado de la frontera, aquel que se situaba en parte de
la provincia de Córdoba y en la Vega de río Guadalquivir y que pudo
haber sobrevivido culturalmente, mientras los oppida
continuaron con el sistema nuclear.
Un caso tambien complejo lo ofrece el Sur del río
Guadalquivir entre las desembocaduras de los afluentes Guadiana
Menor y Guadalbullón, es decir el cuadrante Suroriental de la actual
provincia de Jaén. Tradicionalmente se ha indicado que centros como
Tugia o Salaria eran oretanos y casos como Auringis (Puente Tablas?)
Ossigi (Cerro Alcalá? entre Jimena y Mancha Real) o Mentesa Bastia
(La Guardia) eran en cambio bastetanos. Sin embargo existe una
referencia de Plinio sobre unos mentesanos (Plinio, III, 19) entre
los oretanos y los bastetanos que no conviene olvidar. En primer
lugar porque existen dos oppida llamados Mentesa Bastia, ya
citado en la Guardia de Jaén y Mentesa Oretana en Villanueva de la
Fuente en Ciudad Real, que si bien podían indicar por el segundo
nombre su pertenencia a estos grupos étnicos sin embargo también
podrían interpretarse como los centros que se nominaban por las dos
etnias que les rodeaban. De hecho las tradiciones funerarias eran
muy diferentes entre Cástulo y Tugia o Mentesa (Ruiz et 1992) pues
el primero en el siglo IV a.n.e. contaba con monumentos sobre
empedrados tumulares como en Estacar de Robarinas y el segundo grupo
se caracterizaba por las tumbas de cámara o pozo como las de Toya o
Castellones de Ceal. Por último hay referencias en la fuentes a un
régulo ibérico, un príncipe aristócrata llamado Culchas (Livio, 28,
13; Polibio 11, 20), que gobernaba durante la segunda Guerra Púnica
sobre veintiocho oppida y que participó en la guerra del lado
romano sumándose con su ejercito de clientes en un punto no muy
lejano a Cástulo (Ruiz 1998). La realidad es que con el desarrollo
del sistema nuclear entre los siglos IV y II a. n. e. pudieron
existir distintas experiencias en la gestación de las etnias, en
unos casos con éxito y en otros sin desarrollo posterior.