De yo para ti
Amanecer
Lentamente abrió los ojos intentando acostumbrarse a la leve claridad que se vislumbraba a través de la ventana. Se levantó silenciosamente arrastrando a su espalda la manta para cubrirse. El sol aún no había teñido de naranja las nubes madrugadoras, pero cerca de aquella ventana cantaba despreocupadamente el mismo pajarillo de siempre. La luz apenas había empezado a desteñir el azul profundo del cielo nocturno. Se acercó a la ventana. Había podido contemplar multitud de amaneceres en su corta existencia, pero sin saber por qué consideró que aquel era distinto. "¿Por qué?", se preguntó a si misma. La verdad es que siempre le habían gustado más los anocheceres, pero aquel día decidió que de alguna manera aquello era un comienzo. Permaneció inmóvil frente a la ventana, observando como las sombras nocturnas comenzaban a desvanecerse, y preguntándose por aquel sutil cambio de mentalidad.¿Era una simple cuestión estética o encerraba un giro de los acontecimientos? ¿Que era lo que había cambiado? Su mente alcanzó un vacío en aquella línea de pensamiento. Sólo una leve respiración en su hombro y una caricia en la cintura la devolvieron a la habitación. El mundo exterior permaneció inmutable, ajeno a aquel diálogo etéreo. Sin embargo, todas las preguntas , todas las dudas, formuladas o no, hallaron su respuesta en aquel preciso instante.
Dime, Luna
Resplandecía a través de los cristales cuando se acostó. Se ladeó en la cama para poder observarla y apoyó su cabeza en la almohada mientras suspiraba. Los últimos días habían sido un caos de preocupaciones banales y sinsentidos organizados. El cansancio acumulado no era suficiente para cerrar sus párpados y evitar que su mirada se volviera melancólica hacia aquella que consideraba su mejor amiga. La misma Luna, en su fría monotonía nocturna, sentía como aquellos ojos verdes la observaban mientras le confesaban sus secretos mejor guardados. A veces incluso la interrogaban en la vana esperanza de que desde su posición en el firmamento tuviese acceso a las respuestas esenciales y se las brindase amablemente. Pero ella parecía estar muda, o al menos no quería contestarle en ningún idioma hablado. Sólo rasgaba con su tenue luz las escarpadas nubes que se atrevían a eclipsarla y continuaba su camino elíptico hasta su ocaso particular.
A mucha distancia de allí alguien más observaba la misma Luna:
- Dime, Luna, ¿qué te ha contado?
Hay veces que mi alma
Baila tangos con la soledad.
Y necesito de tabla tu amor
Para asirme a ella en mi tempestad
Pensando en ti
Paso el día pensando en ti
Enséñame a escuchar tus labios
A leer el sol. Llévame
Adonde los sueños fabrican tu voz.
Pensando en ti.
Duermo el odio pensando en ti.
¿Dónde estas? Tengo miedo ayúdame a caminar
Pues sólo nunca yo podré encontrar
La forma de ser libre...quiero despertar.
Pensando en ti. Acuno mi alma pensando en ti.
Paso el día pensando en ti.
Letra de Mägo de Oz (versión de "Dust in the wind" de Kansas)
Pide un deseo. . .
Sólo dos personas en una apartada cala en una fresca noche de verano. Tumbados en la arena ambos dirigen sus miradas hacia el cielo esperando la inminente lluvia de estrellas. Totalmente despejado y estrellado como pocas noches. Como compañía el arrullo de las olas y el rumor del viento entre las hojas de los árboles del bosque próximo. Si en algún lugar del mundo es posible comprender la esencia del universo es en este lugar y en este preciso instante. De repente, una estrella de vida efímera pero mucho más brillante que sus compañeras más longevas cruza en un instante la oscuridad dejando tras de sí una estela plateada que desaparece en décimas de segundo. El tiempo se detiene a observar este acontecimiento. Pero no mira hacia el firmamento, sino hacia la playa. Allí los amantes se miran a los ojos pronunciando mentalmente un secreto deseo cada uno, un pensamiento que por alguna razón es exactamente el mismo en esas dos mentes. Y también en sus corazones. Se comprenden mutuamente y se funden en un cálido beso. El tiempo conoce la envidia en ese momento y prosigue con su andar apresurado que mueve el mundo. Se suceden otras estrellas fugaces, y muchas personas piden sus deseos con ellas. Pero sólo uno se cumplirá. . .
Las gotas se dejaban caer lentamente cubriendo el cristal de pequeñas perlas transparentes. Deformaban el verde paisaje de aquella tierra hasta convertirlo en un crisol de manchas oscuras dificilmente reconocible. Desde el coche apenas se podía ver la carretera y la tenue luz del atardecer tras las nubes iluminaba apenas el resto del entorno. No iban a demasiada velocidad. No había prisa. Sin embargo los dos ansiaban llegar. Él conducía atento tratando de disimular su entusiasmo. Ella ausente, mirando por la ventanilla la lluvia cayendo. Pensando en aquello que dejaba atrás y lo que la esperaba en adelante. Con cierta sensación de incertidumbre ambos, pero ilusionados. Ya faltaba poco para llegar. Cruzaron una mirada y se sonrieron levemente al tiempo que mostraban el brillo de sus ojos. Entrelazaron sus manos con fuerza. Unos kilómetros más y al fin llegaron. LLovía con más fuerza ahora, y empezaban a escucharse algunos truenos a lo lejos. Y sin embargo el silencio parecía envolver aquel momento. Corrieron hasta la puerta y entraron. Una vez dentro, miraron alrededor como si aquello fuera nuevo para los dos, y después se miraron el uno al otro. La lluvia seguía regando la tierra y ella no pudo evitar asomarse a la puerta de cristal del salón para verla. Él se le acercó y la abrazó por detrás. Ella a su vez busco sus manos.
- A la gente le parece que la lluvia es triste -dijo ella-.
- ¿Te parece que este es un momento triste?
Sólo obtuvo por respuesta una mirada y una tímida sonrisa. Así que se decidió a cambiar esa absurda idea. Deslizó la puerta a un lado y, tomándola de las manos, la llevó al patio, bajo la lluvia. Sonreían mientras se miraban a los ojos. Se abrazaron y se besaron mientras la lluvia mientras mojaban sus caras. ¿Quién dijo que la lluvia era triste?

