|
EL CORAJE MORAL DE RLS.
Fernando Savater
Frecuentemente, cuando comparto una mesa redonda o intervengo en un seminario con colegas de mi gremio –es decir, estudiosos profesionales de ética y moral--, doy un respingo al oír tal o cual dictamen apoyado en las doctrinas de Stevenson. ¿Será posible que el autor de La flecha negra y La isla del tesoro haya expresado una opinión tan abstrusa o filistea? Por supuesto, enseguida caigo en la cuenta de que se refieren al profesor Charles Stevenson, padre académico de la doctrina emotivista que cubrió en su día el flanco ético de la escuela del positivismo lógico, y no a Robert Louis, el narrador impecable de corajes y angustias. Sin embargo, tampoco al Stevenson propiamente dicho (el profesor se llamó Stevenson, pero R.L. es Stevenson) le fueron ni mucho menos ajenas las reflexiones éticas. Casi todos sus relatos giran en torno a problemas morales, estricta y enérgicamente morales. Se me observará que es imposible contar nada referido a seres humanos que no presente de modo más o menos explícito alguna perplejidad ética. Pero en muchos casos lo que aparecen son conflictos psicológicos con repercusiones morales, costumbres socialmente recomendadas o prohibidas frente a las que se debaten los protagonistas, incluso ideas contrapuestas sobre la interpretación de los diversos valores. Los personajes de esos relatos le dan vueltas al asunto moral, lo discuten, lo convierten en tema de acatamiento, imposición, rebeldía o burla. De tal modo que la ética es un ingrediente más, aunque sin duda destacado, del perfil social o mental en el que se inscriben las piezas dispuestas por el novelista: y, por tanto, tiene mucho que ver con “órdenes, deseos y emociones”, tal como supuso el positivista profesor Stevenson. Por el contrario, en las narraciones de Stevenson la ética no es primordialmente un tema de discusión, sino una cualidad inseparable de la acción. Según otros novelistas, los seres humanos quieren respetar o vulnerar la moral, y de acuerdo con ello actúan; pero los personajes de Stevenson quieren actuar, y por eso se encuentran, lo deseen o no, sabiéndolo o sin saberlo, en pleno conflicto moral. Tal como los protagonistas de muchos dramas shakespearianos, los de Stevenson suelen estar al final de su adolescencia o en su primera juventud, porque tal es la estación más propicia al ímpetu de la actividad y, por tanto, a los dilemas axiológicos. De modo que la preocupación que vincula a RLS con la ética no es accidental y cosmética, sino intrínseca y esencial. Por todo ello y por una buscada heterodoxia que a estas alturas de mi diccionario filosófico resultará ya familiar, espero no ver asombrado a ningún lector al comprobar que el Stevenson aquí considerado resulta ser el maestro de narradores y no el profesor positivista...
Hay una especie de ingenuo objetivismo moral en Stevenson: el mal y el bien son rasgos definitorios y eternos del mundo que la acción descubre, lo mismo que el viajero encuentra paisajes espléndidos o peligrosos que siempre estuvieron ahí, pero que él ignoraba antes de ponerse en marcha. La realidad enérgica de estas entidades axiomáticas se percibe mejor al desvincularla de habituales relativizaciones, a escala subjetiva. Ni la convención social ni el escrúpulo psicológico constituyen la ultima ratio de los valores éticos: más bien se diría que los enmascaran o alteran, obstaculizando que se los considere con radical franqueza. Desde luego, sería injusto decir que esta vigorosa ingenuidad básica de la narrativa de Stevenson supone una concepción moral simplista o fácil. Por el contrario, sus personajes padecen a fondo las ambigüedades de la opción ética y en muchas ocasiones las lecciones que pueden sacarse de sus peripecias desafían abiertamente el grosero y somnífero buen sentido de lo socialmente edificante: véase al respecto Master of Ballantrae, Catriona, la propia Isla del tesoro y, como es obvio, Jekyll y Hyde. De modo que Stevenson resulta ser un moralista sin moralejas... demasiado problemático para que sus fábulas puedan ilustrar sermones complacientes. Cierto, opina que el bien y el mal son categorías potentes del universo que despiertan al oír los pasos, aun los más furtivos, de la acción humana. Pero ello no equivale a decir que en las sombras veloces de la práctica sea fácil distinguirlas en todas sus implicaciones inmediatas, ni tampoco prevenir sus paradójicas connivencias. En Master of Ballantrae, por ejemplo, efectúa una atrevida variación sobre el más viejo de los enfrentamientos morales: el de Caín y Abel. Y nos acerca a la conclusión de que el verdadero mal no es la petulante y aventurera bribonería de Caín, sino la hostigada humillación resentida de Abel. O, dicho de otro modo: que el verdadero peligro ético no es la envidia de Caín por Abel, sino la que Abel (que tiene de su parte la moral establecida, pero nada más) llega a sentir por Caín. También en Jekyll y Hyde el tema de fondo es la fascinación envidiosa que la persona convencionalmente buena siente por sus posibilidades de maldad desaprovechadas. El hipócrita es quien siente las normas morales como meras coacciones, como limitaciones socialmente tópicas de su deseo: es, en gran medida aunque no por completo, el caso del doctor Jekyll. Por tanto, envidia la ligereza, la disponibilidad, incluso la energía juvenil de Hyde, que él ha sacrificado para hacerse respetable. En una ocasión, Jekyll dice explícitamente que lo que le atrae turbadoramente de su mitad oscura, Hyde, es su repelente “amor a la vida”. Si Jekyll fuera un hombre auténticamente virtuoso y no un mojigato con ambiciones prometeicas, sabría que el verdadero amor a la vida es el fundamento de la moral y no del crimen. Sea como fuere, con todas sus componendas y contricciones, aún tiene Jekyll una indudable superioridad sobre Hyde: lo ve como un problema, como una tentación dañina, como un abismo. Jekyll es humano porque siente la llamada culpable de Hyde, pero éste ya no lo es porque carece de nostalgia y de un mínimo de aprobación por Jekyll. Somos mejores no en la medida en que evitamos totalmente lo peor, sino en cuanto aún sabemos que es peor. Cuando Jekyll tiene que decidir con cuál de sus personalidades quedarse para siempre, comprende que la aparente ventaja de Hyde es que nunca sentirá remordimientos por haber perdido su mitad más positiva, mientras que Jekyll jamás olvidará del todo la tentación que Hyde representa. Pero precisamente es este desasosiego, al que podemos llamar si se quiere conciencia, lo que le hace preferible a su obsceno rival.
Si algún prejuicio puede serle reprochado a Stevenson es uno de carácter negativo: su animosidad contra el pesimismo, en la advocación de enervante y cursi parálisis que era habitual en su época por reacción al musculoso entusiasmo imperial y al filisteísmo cientifista. Como era un poeta de la acción, a Stevenson le repelía el fatalismo exquisito; pero como poseía una mente sutil y nada obvia, tampoco estaba dispuesto a caer en el fácil tónico de la ilusión. Le hubiese gustado mostrar que se pude ser desengañado en el optimismo, aún mejor que en la complacencia pesimista que imperaba en la literatura seria de su tiempo. Y ello le llevó en ocasiones a coquetear con una cierta y ominosa fatalidad de lo óptimo, tan peligrosa a fin de cuentas como el culto a lo peor. Probablemente ha sido otro gran optimista paradójico, Gilbert K. Chesterton, en su estudio sobre RLS, quien mejor ha planteado la cuestión: “Lo opuesto a la herejía del pesimismo es la gemela herejía del optimismo. Stevenson no estaba atraído por un plácido y pacífico optimismo. Pero comenzó a verse atraído demasiado por una especie de insolente y opresivo optimismo. La reacción contra la idea de que lo bueno siempre fracasa es la idea de que lo bueno siempre sale victorioso. Y desde ahí es fácil resbalar hasta el peor espejismo: la de que lo victorioso es siempre bueno”.
Pero el interés de RLS por la ética, señalado como rasgo característico del escritor por lectores tan distinguidos como Jorge Luis Borges, no se percibe solamente a través de la trama de sus narraciones. De hecho, comenzó a escribir un tratado de ética en toda regla, del que se conserva un extenso fragmento, incluido en sus obras completas y que –si no me equivoco—nunca ha sido editado separadamente. El libro debía titularse Lay morals, y lo que conocemos de él son los cuatro primeros capítulos, 57 páginas del volumen 22 de las obras completas en la edición de 1898 (Charles Scribner’s Sons, Nueva York). Al parecer, fueron redactados en Edimburgo, durante la primavera de 1879, y RLS no los corrigió posteriormente, por lo que sería abusivo considerarlos como la opinión definitiva del autor sobre estas cuestiones. Sin embargo, tanto por su rareza bibliográfica como por lo significativo de las reflexiones expuestas (en la característica manera ensayística de RLS, a la par transparente y sofisticada), ese fragmento teórico merece cierto examen.
El propio título indica que se trata del proyecto de una moral laica o de lego, lo cual no obsta para que se encuentre asentada en enseñanzas religiosas que RLS, piadoso sin beatería (recordemos sus hermosas Oraciones de Vailima), da por supuestas y aceptadas. En este sentido, la obra emana de una típica actitud protestante y subraya el primado de la conciencia individual por encima de cualquier sumisión acrítica a ningún magisterio eclesial. Pero dentro de ese marco general se dan una serie de rasgos que subrayan el laicismo original de la concepción planteada. Para empezar, afirma que entiende la educación moral no como la enumeración de un código formado por reglas, sino más bien como la propuesta de un espíritu regulador: “Lo que debe enseñarse es una actitud mental”. Nada tiene que ver la moralidad con el respeto a leyes socialmente vigentes, contra las cuales bien pudiera irse en ocasiones por razones superiores: “Hay mucho de incómodo, pero nada de vergonzoso, en ser condenado por la ley”. Los mismísimos diez mandamientos tienen que ser constantemente redefinidos por cada cual si no se los quiere acatar de forma superficial y traicionera: “¿No matarás? La verdadera intención y propósito de esta prohibición a veces sólo puede cumplirse matando”.
Y es que los asuntos morales no pueden sacarse de la esfera personal sin desvirtuarse ni soportan la codificación en secos lemas que anulen toda perplejidad con sus tajantes preceptos.
“Porque la moral es un asunto personal; en la guerra de lo correcto [righteousness], cada hombre lucha con su propia mano; los 600 preceptos de la Mishna no pueden sacudir mi juicio privado; mi magistratura de mí mismo es una carga indeclinable, y mis decisiones resultan absolutas para cada momento y situación. El moralista no es un juez de apelación sino un abogado que argumenta ante mi tribunal”. El motivo es precisamente lo cambiante de las situaciones ajustadas al cuerpo de cada cual, pero que rebasan por todas las costuras la generalidad de la máxima: “Ningún precepto definido puede ser más que una ilustración, aunque su verdad sea tan resplandeciente como el sol y aunque lo anuncie desde el cielo la mismísima voz de Dios. Y la vida es tan intrincada y cambiante que quizá ni siquiera veinte veces, ni tan sólo dos en todos los tiempos, encuentra el dócil concurso de circunstancias en el que pueda aplicarse”. ¿Se comprende ahora por qué la objetividad de la cualidad moral del universo activo no disminuye en los relatos de Stevenson la complejidad de las opciones y la ambigüedad de la lección que de ellos se desprende?.
La actitud moral, dice Stevenson, consiste en estar listos (readiness): una disposición amplia y sin ulteriores cualificaciones limitativas. “¿Listos para qué? Para pasar sobre y mirar más allá de los objetos de deseo y de miedo, en busca de algo más”. Listos y despiertos, vivos en la propia conciencia: así nos quiere la verdadera moral, y tal es el estimulante propósito de toda educación ética digna de ese nombre. La cual, por cierto, no nos viene primordialmente de los doctores y sus palabras, “sino de la afilada férula de la calamidad, bajo la cual somos todos alumnos de Dios hasta que morimos”. Así coinciden finalmente el narrador y el moralista, en la maravillosa intrincación de cada caso humano y en el vertiginoso y sugestivo caracolear de la acción en la que debe definirse: “La práctica de un asunto más intrincado y desesperado que la más sólida de las teorizaciones; la vida es una asunto de caballería andante, en la que sólo el rápido juicio y la pronta acción son posibles y debidas”.
Aún podríamos señalar otros aspectos tratados más o menos al desgaire en el fragmento moral de RLS: su proclama de que todo trabajo mal hecho es un robo a la humanidad, su defensa del ser frente al tener o una curiosamente actual crítica del consumismo, que, al dar placeres y lujos a quien de veras no los quiere, estropea la posibilidad de que se produzcan y repartan convenientemente los en realidad deseados (“Quien objeta contra los lujos es un estúpido; pero también es un estúpido el que no protesta contra el desperdicio de lujos en quien no los desea ni puede disfrutarlos”). Sin embargo, no trato de convertir al Stevenson narrador en un imposible Stevenson profesor. El tono neutral y distanciado del tratadista con pretensiones científicas no puede ser nunca el de alguien que eleva esta protesta en Virginibus puerisque: “La ciencia escribe acerca del mundo como si lo hiciera con los fríos dedos de una estrella de mar. Todo es verdad; pero ¿qué es esa fría verdad comparada con la palpitante realidad del mundo, en el que los corazones laten más fuerte en abril, y la muerte nos hiere, y los montes se bambolean con el terremoto, y hay un hechizo en todas las cosas que vemos, y un temblor para el oído en los ruidos todos, y la misma leyenda ha hecho su habitación entre los hombres?”. No, mejor será no pedirle a Stevenson sutilezas escolásticas ni un suplemento a la Crítica de la razón práctica. Hay en él demasiado romanticismo y sobrada vocación estética como para satisfacer tan importuna demanda. Por muy sugestivo que sea el esbozo inacabado de teoría moral que hemos comentado, el verdadero debate ético de RLS hay que buscarlo en sus relatos. Quizá ése sea el modo más adecuado de reflexionar sobre cuestiones morales o, yendo más lejos, el verdadero modo humano de reflexionar. Gregory Bateson cuenta la anécdota en su libro póstumo: cierto día, un tipo pregunta a su aterradoramente eficiente computadora: “¿Serás alguna vez capaz de pensar como un verdadero ser humano?”; después de oírse muchos crujidos y rechinamientos, salió de la computadora una tira de papel que decía: “Esto me recuerda una historia...”.
|
|