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Se encontraba en el recodo más peligroso del río. Cuando los caballos apoyaban en ella sus cascos, resbalaban y se esnucaban contra la orilla. Al verlos arrastrados por la corriente, la roca lo celebraba haciendo más espesa la espuma que la rodeaba. Nunca pensó en el dolor que causaban las caídas.
Para ella no eran más que un juego que la arrancaba de la rutina de ser un peñasco. Se lo hizo ver el musgo que crecía en su parte más resbaladiza, diciendo:
-No está bien que te diviertas tanto con el sufrimiento de los demás. Aunque parezca lo contrario, la sangre jamás queda impune.
-¿Cómo puedes decir eso? -se defendió la roca-. ¿Acaso no es el rojo el color de la felicidad? Por eso, cuanto más alegres se sienten,más la vierten los animales.
Para demostrarle lo equivocada que estaba, el musgo le arrancó un granito de mica y lo envió corriente abajo montado en una de sus semillas. Al llegar al primer remanso, vieron los esqueletos de cien caballos y los despojos de otros tantos jinetes. Aterrado, el granito de mica se agarró al hilo de una araña viajera y regresó a toda prisa junto a la roca.
-Lo que ha dicho el musgo es verdad -informó la mica, temblando aún por el espanto-. Los caballos han perdido el pellejo y ahora parecen seres de aire. ¡Tiene que ser dolorosísimo convertirse en montones de huesos que han olvidado cómo moverse!
-¿A qué viene ese interés por los caballos? -exclamó la roca, soltando su carcajada de espuma-. A los que más protege el Cielo es a los hombres. Yo sé, además, que no les ocurre nada, porque van siempre embutidos en armaduras de metal.
El granito de mica trató de convencerla de que en el interior de las corazas no había más que huesos, pero resultó inútil. La roca siguió practicando su juego de resbalones y muerte.
Una tarde, sin embargo, acertó a pasar, camino del poniente, una doncella que acababa de ser escogida para concubina del Señor del Crepúsculo. Como el corcel que montaba era inexperto, resbaló en el peñasco y la tiró contra él. Aunque parecía dormida, de la frente de la muchacha manó un hilillo de sangre tan pura que penetró en la piedra y llegó hasta su corazón.
La roca experimentó por primera vez el dolor de las vidas truncada antes de tiempo y sintió unas ganas irresistibles de llorar. Pero sus lágrimas eran toscas como el agua embarrada de un lago y no podían fluir por el mismo camino que había seguido la sangre.
-¿Comprendes ahora la impotencia de los que mueren violentamente? -la recriminó el granito de mica-. Hasta que alguien no llora por ellos no pueden convertirse en parte de ese rojo tan intenso que precede a la noche.
-Ahora comprendo por qué los hombres identifican ese color con la felicidad -exclamó la roca, pugnando, sin conseguirlo, por verter una lágrima.
-Lo malo -repitió el granito de mica, apenado por la inutilidad de su esfuerzo- es que el rojo desaparecerá de la tierra si tú, que llevas su sangre dentro, no lloras por la nueva concubina del Señor del Crepúsculo, que la cree aún con vida.
La roca miró hacia el oeste y comprobó que, en efecto, el ocaso se había tornado un poco gris. Alarmada, convocó a los espíritus de la tormenta y les suplicó en el tono lastimero de quien se esfuerza por llevar algo a cabo y no lo consigue:
-Abrid vuestros silos de truenos para que caigan sobre mí y pueda, al partirme, echar fuera el torrente de lágrimas que llevo dentro.
-¿Se puede saber por qué habríamos de hacerlo? -preguntaron a coro los espíritus de la tormenta.
-Porque, si no -explicó la roca, sintiéndose como una parturienta a punto de dar a luz-, el crepúsculo perderá su color y la felicidad dejará de existir ¿Quién recordará entonces la sangre vertida con violencia?
Incrédulos, los espíritus de la tormenta giraron a la vez la cabeza hacia el poniente, y vieron que, efectivamente, las puestas de sol iban perdiendo poco a poco, su belleza. Espantados, soltaron a los rayos de sus jaulas y los arrojaron contra la roca. Pero era tan dura que las bolas de fuego rebotaron en su espinazo y fueron a caer sobre el bosque que jalonaba la corriente.
El incendio que produjeron sembró de muerte las dos orillas. Durante diez milenios nada volvió a crecer en ellas. Eso aumentó aún más la pena de la roca, que sintió cómo crecía el caudal de sus lágrimas sin poder verter ni una sola.
-Si no fuera por mi ceguera -se lamentó, desconsolada-, esos bosques seguirían siendo fuentes de vida. ¿A quién recurriré que sea más fuerte que el fuego? Es triste ver desaparecer, poco a poco, el color de la felicidad.
-Más lo es olvidar la fortaleza de quien nos dio la existencia -la reprendió el granito de mica-. ¿Acaso puedes pensar en alguien con más fuerza que un terremoto?
Avergonzada, la roca se dirigió a las regiones del subsuelo y pidió a los gigantes que portan a sus espaldas la superficie de la tierra:
-Provocad una sacudida, para que pueda abrirme en dos y dejar, así, libre la catarata de lágrimas que me inunda el corazón.
-¿Por qué nos pides algo tan triste, querida hija? -preguntaron a coro los gigantes-. Si te partes por la mitad, jamás llegarás a ser la cordillera que una vez decidimos que fueras.
-¿Qué importa esa desgracia comparada con la desaparición del rojo? -contestó la roca, gimiendo como una mujer en pleno parto-. Si no consigo llorar, la sangre que llevo dentro nunca alcanzará el mar del crepúsculo y ese olvido borrará para siempre su color.
Sin dar crédito a lo que oían, los gigantes que sustentan la tierra dirigieron la mirada hacia el este y comprobaron, alarmados, que el ocaso se había vuelto casi negro. A toda prisa se pusieron a bailar la danza de los terremotos, y la tierra sufrió tales sacudidas que muchas montañas se convirtieron en valles, y muchos valles, en montañas.
Pero la roca no se abrió. Se desprendió, simplemente, de su base y rodó corriente abajo hasta alcanzar las puertas del palacio del Río Amarillo. Enojado, el Señor de las Aguas Terrestres envió a un destacamento de guerreros a apresarla y le preguntó:
-¿Se puede saber por qué has ocasionado tantos destrozos? El mundo tendrá que esperar varios siglos para volver a ser como era.
La roca agachó, avergonzada, la cabeza y respondió en un hilo de voz:
-Estoy llena de lágrimas que no puedo verter, porque durante milenios permanecí sorda al dolor de la sangre. Por eso, deseaba dividirme en dos.
-Si hubieras acudido a mí, no habrías tenido que recurrir a esta orgía de destrucción -contestó el Río Amarillo, dominando, comprensivo, el volcán de su ira-. ¿Tan pronto has olvidado que no existe nada más fuerte que la constancia del agua?
-Por supuesto que no -reconoció la roca, sin atreverse a levantar la mirada del lecho de la corriente-. Lo que ocurre es que vuestras acciones resultan tan lentas que, antes de terminarlas, el crepúsculo podría muy bien, haberse oscurecido para siempre.
Sonriendo, el Río Amarillo entró en el palacio y sacó la llave de tiempo que poseen los dragones. Con asombrosa facilidad, la introdujo en el peñasco y se puso a girarla. A cada vuelta que daba, la roca hacía cada vez más pequeña, hasta que, finalmente, quedó reducida a un pequeño grano de soja. Se abrió entonces en dos mitades, y las lágrimas fluyeron con total libertad.
Pero el crepúsculo se había vuelto negro por completo y su señor se negó a aceptarlas.
-¿Para qué, si ya nadie se acuerda del ocaso?-exclamó, decepcionado-. Hasta los artistas se han acostumbrado a pasar directamente de la luz del día a la oscuridad de la noche.
-¿Estás seguro? -le preguntó el Río Amarillo, mostrándole las hileras de campesinos que se acercaban a diario a la línea del horizonte a pintar en el aire una franja de color rojo.
-¿Para qué hacen eso, si su pintura no brilla? -inquirió, a su vez, el Señor del Crepúsculo.
-Para que nunca se olvide el dolor de la sangre vertida -contestó el Río Amarillo.
Emocionado, el Ocaso se puso su vestido de luz, y al instante volvieron a verse sus espléndidas bandas rojas.
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