El
botellón
El
Gobierno considera que el botellón se ha convertido
en un problema de Estado. Se anuncian leyes coercitivas, se envían
policías a las plazas pero nadie sabe por qué los
chavales buscan la diversión en la calle y con el alcohol
como principal desinhibidor. Identidad grupal, autonomía,
terapia antiestrés...motivos, muchos; soluciones, pocas
Minutos
y minutos de informativos televisivos y radiofónicos, tertulianos
exaltados hablando de lo que no conocen, políticos esgrimiendo
las mismas estadísticas una y otra vez... ¿dónde
están los protagonistas de esta historia? La joven antropóloga
María Jesús Sánchez ha recorrido más
de sesenta botellones en Cáceres, Salamanca y Madrid durante
seis meses para investigar qué es lo que se esconde detrás
de tanto alcohol y buen rollo. Forma parte de su tesis de fin
de carrera y por ahora es la única testigo directa cualificada
de un fenómeno que tiene alarmada a la sociedad española.
Además
de recordar que el botellón no es de ahora y que habría
que remontarse a finales de los 80 para encontrar en la moda de
la litrona el primer antecedente, esta antropóloga asegura
que en muchas ocasiones la reunión en torno al botellón
es un remedio polivalente, una borrachera liberadora
para cohesionar al grupo, que aportando al individuo un
sentido de pertenencia, le involucra en el colectivo lejos de
adultos, profesores, padres, madres, jefes y demás sectores
de la población al que están sometidos en términos
de jerarquía los días de diario. Obtienen
autonomía en un ámbito de celebración (cumpleaños,
final de los exámenes) en el que muchos dejan suspendida
su pertenencia a otros grupos para integrarse en ése; ayuda
a superar situaciones de alto estrés como los fracasos
sentimentales o decepciones personales, es un momento en
el que priman los comentarios livianos, las risas, los chistes,
donde se permite al sujeto quejarse, lamentarse o hablar de lo
que le preocupa sin que por ello decaiga su prestigio social;
dan prioridad a la simpatía y se fuerzan las relaciones
sociales...
En
el botellón no hay casi nada que no se pueda hacer, las
normas las dictan ellos, explica. En general, la gente
que encontramos haciendo botellón se siente
muy libre de haber escogido esta actividad, lo reconocen como
una conducta plena de autonomía, dominan sus actos y son
ellos los que ponen sus normas, los que sancionan comportamientos
(...) Para ser uno mismo necesitan desinhibirse bajo los efectos
del alcohol, comenta la antropóloga, para preguntarse
a continuación: ¿Hemos de pensar entonces
que a lo largo de los días entre semana se les imponen
posturas tan rígidas y efectivas que acotan la libertad
y las posibilidades de expresión de esta población
que, para cuando llega el fin de semana, sólo a través
del alcohol logra dejar atrás estos planteamientos?.
La tesis profundiza también sobre la existencia de territorios
(los grupos eligen su plaza y no se mezclan) y de exclusión
respecto a los que optan por no beber.
De
las pocas ocasiones en que había alguien que no estuviera
bebiendo o compartiendo algunas de las cosas que se llevan a los
botellones (como hachís o marihuana) éste
no ha permanecido hasta el final, y en muchos casos ha abandonado
en poco tiempo al grupo, aclara la antropóloga. El
clima es importante pero no un aspecto definitivo, ya que en otros
países mediterráneos como Italia y Portugal (con
clima y precios del alcohol similares a los de España)
no se produce esta práctica. La autora reconoce que ha
sido difícil seguir los pasos a un grupo que haga botellón
todos los fines de semana pero reconoce que hay tantas formas
de hacer botellón como grupos. Entre
los motivos esgrimidos por los chicos y chicas congregados en
plazas de Madrid y Cáceres destacan los económicos:
No solamente es que resulte más barato en proporción
(a menudo se reúnen para comprar las botellas, poniendo
cada uno 500 pesetas, a veces incluso menos, cuando la copa en
los locales de la zona centro de Madrid estaría entre las
800 y las 1.200 pesetas), además hay que tener presente
que es mayor la cantidad por ese precio (pueden beber hasta tres
copas en esa noche por esas 500 pesetas).
Otros
motivos
El
segundo motivo señalado siempre es el deseo de emborracharse,
de coger el puntillo antes de irse a los locales de ocio o de
regresar a casa. Además, añaden el ruido que hay
en los locales de copas y la aglomeración que se produce
en ellos durante los fines de semana. En su discurso está
el intento por racionalizar su conducta frente a los que argumentan
que los del botellón son las nuevas generaciones
de alcohólicos y una panda de colocados.
También
afirma la antropóloga que los que practican el botellón
no beben más cada vez que lo hacen ni suben de graduación
alcohólica: Influyen más los gustos personales
o las ofertas de los establecimientos. Y ha comprobado que
en los grupos más mayores (de más de 20 años)
se habla de los grados de éste o áquel licor con
todo detalle, mientras que en el grupo de 16 años
parecía no existir grandes diferencias entre una botella
de Martini (21 grados) y una de whisky (40). Frente a los
que piensan que los que montan botellones son incapaces de hacer
otra cosa, esta antropóloga asegura que la mayoría
tiene una vida normalizada, hacen deporte, estudian, trabajan.
El
botellón es una práctica en la mayoría
de los casos puntual, que se multiplica en los meses de verano
y primavera, o bien se abandona al llegar a determinadas edades,
que remite a condiciones muy concretas de los sujetos y no tanto
a una práctica que otorga una identidad colectiva a los
grupos que la realizan (no creo que exista tal grupo que se le
pueda decir los del botellón). María
Jesús Sánchez echa de menos comunicación
entre los afectados (jóvenes y vecinos). Las alternativas
que se proponen se deciden y se crean desde sectores que no hacen
botellón. No se piensa en negociar los cambios,
y se está dispuesto a hacer desaparecer esta práctica
sin contestar a las preguntas más evidentes, ¿a
qué responde el botellón?. Entre las características
comunes a todos los botellones, la investigadora resalta el hecho
de compartir la bebida (se bebe del mismo vaso y eso supone
que aquel con quien lo comparte sea de su confianza), la
libertad de movimientos y la efervescencia colectiva, que
hace que la noche sea recordada como un momento importante.
La ingesta abusiva de alcohol, la suciedad y los ruidos son la
cruz de la fiesta.
Alberto
Gayo - Interviu - Julio del 2002