Jarabo
Sus
crímenes conmocionaron a la sociedad española de
la época.
Los
sonados crímenes de Jarabo salieron a la luz pública
el 22 de julio de 1958. El día anterior habían sido
descubiertos los cuerpos sin vida de cuatro personas, dos hombres
y dos mujeres, muertos por obra de José María Manuel
Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, de 33 años.
Desde
su juventud, este protagonista de la crónica negra de nuestro
país era conocido por sus contínuas juergas y sus
numerosos vicios. Se trataba de un hombre que se codeaba con la
flor y nata de la sociedad española de la época.
Su buena presencia física, su simpatía y su facilidad
de palabra lo habían convertido en objeto de deseo para
muchas mujeres, con las que tenía gran facilidad para entablar
relaciones íntimas.
Muchas
de las personas que se codeaban con él por aquel entonces
desconocían su pasado como delincuente. En Estados Unidos,
José María fue condenado a permanecer tres años
en una prisiónsanatorio psiquiátrico de la
ciudad de Springfield, acusado de un delito de trata de blancas
. Su paso por esta prisión, en la que Jarabo aprendió
algunas nociones sobre las enfermedades mentales, le sirvió
para hacerse pasar en nuestro país por médico psiquiatra.
Una
vez instalado en la capital española y, a pesar de que
nunca se le conoció oficio alguno, Jarabo se dedicó
a salir por las noches de juerga en juerga, despilfarrando grandes
cantidades de dinero. Se comenta que llegó a dilapidar
una fortuna de unos quince millones de pesetas de la época.
El dinero le llegaba de su acaudalada familia desde Puerto Rico.
Sin embargo, llegó un momento en que los giros que recibía
de sus padres se recortaron, al conocer éstos el ritmo
de vida que su hijo llevaba.
En
el año en que tuvieron lugar los crímenes, José
María Jarabo mantenía una relación sentimental
más o menos estable con una mujer casada de nacionalidad
inglesa llamada Beryl Martin Jones. Al no disponer él de
dinero suficiente para costear sus andanzas nocturnas, su amante
le dio una sortija para que la empeñara. Así lo
hizo, aunque por una cantidad irrisoria, ya que el anillo valía
mucho más.
Cuando,
unos meses más tarde, Jarabo quiso recuperar la sortija,
a petición de Beryl, los dueños de la casa de empeño
Jusfer le pidieron a cambio el dinero recibido y una
carta de la propietaria de la joya, que estaba en Inglaterra,
autorizando su devolución. La carta la recibió rápidamente,
pero el problema estaba en cómo conseguir el dinero.
Jarabo
acudió al establecimiento con la carta en la mano para
intentar que le devolvieran el anillo. Los prestamistas, Emilio
Fernández Díez y Félix López Robledo,
se quedaron con la carta, pero acordaron no darle la joya hasta
que les llevara el dinero. Aunque el accedió, no sabía
de dónde iba a sacarlo.
Una
decisión repentina
El
sábado, 19 de julio, José María Jarabo, planeó
asesinar a los fiadores para recuperar el anillo y la carta sin
entregarles el dinero. También quería hacerse con
la carta, ya que en ella aparecían ciertos contenidos que
podían comprometerlo. Sin pensarlo demasiado se dirigió
al domicilio de Emilio Fernández con la intención
de matarlo.
Después
de llamar al timbre, una asistenta salió a recibirlo. Se
trataba de Paulina Ramos Serrano, de 26 años, e iba a convertirse
en la primera de sus víctimas. La chica acompañó
al desconocido, que se presentó como inspector de Hacienda,
hasta el salón. Allí debía esperar al dueño
de la casa, que estaría a punto de llegar.
La
criada regresó a la cocina y, mientras estaba preparando
la cena, Jarabo llegó por detrás y, con el fin de
eliminar testigos, le asestó un fuerte golpe en la cabeza
con una plancha. La mujer intentó defenderse, pero su agresor
se hizo con el cuchillo que ella misma estaba utilizando para
pelar judías y lo hundió en su pecho. De una sola
cuchillada le partió el corazón. Seguidamente, trasladó
el cadáver de la chica hasta su habitación y lo
tendió en la cama.
Después
de esto, Jarabo volvió al salón para esperar a su
siguiente víctima. Emilio Fernández, tras entrar
por la puerta de su domicilio, se dirigió inmediatamente
al cuarto de baño, sin saber que la asistenta estaba muerta
y que en el salón se hallaba su asesino. Éste lo
siguió silenciosamente y allí, junto al lavabo,
le disparó un tiro en la nuca con una pistola envuelta
en una toalla para evitar hacer ruido. La muerte de Emilio, de
45 años, fue instantánea.
José
María dejó en el cuarto de baño el cuerpo
de su segunda víctima y volvió al salón,
no sin antes registrar su chaqueta y conseguir así la llave
de la casa de empeño. Sentado en el salón decidió
servirse una copa para relajarse. Sin embargo, el ruido de unas
llaves en la cerradura de la puerta lo sobresaltó, aunque
no se movió. Era la esposa de Emilio, Amparo Alonso Bravo.
La
mujer entró en la casa sin sospechar nada de lo que allí
había ocurrido. Fue hacia el salón y se asustó
al encontrar allí sentado a un hombre que no conocía.
Jarabo se levantó educadamente y le explicó que
era inspector de Hacienda y que estaba esperando a su marido.
Aunque la versión resultaba bastante creíble, las
manchas de sangre en el traje del caballero la hicieron desconfíar
y trató de huir hacia su habitación.
Otro
disparo en la nuca acabó con la vida de Amparo, de 30 años,
y la del niño que se encontraba en su vientre. Su asesino
no sabía que estaba embarazada, pero probablemente poco
le habría importado.
Se
divirtió recomponiendo la escena del crimen
Con
toda esta actividad a José María le
dieron las doce de la noche en el interior de la casa. Como el
portal de la finca ya estaba cerrado, decidió quedarse
a dormir en la casa con la macabra compañía de los
tres muertos. Tuvo tiempo de sobra para recomponer la escena del
homicidio a su gusto, tratando de simular un crimen pasional y
borrando sus huellas. Colocó varias botellas y alguna copa
sobre la mesa del salón e incluso se divirtió manchando
el borde de las copas con carmín. Después rasgó
la bata que la criada llevaba puesta, dejándola semidesnuda.
Ya
por la mañana, después de cambiarse de ropa y llevarse
la suya en una bolsa, salió a la calle. Tenía la
llave del negocio Jusfer, pero aún no había
conseguido lo que buscaba: la carta y la sortija de Beryl. Pero
parecía no tener prisa, ya que el domingo lo aprovechó
para ir al cine.
El
lunes 21, muy temprano, se encaminó hacia la casa de empeño,
a la que accedió sin problema, ya que tenía en su
propiedad la llave del local. Antes de tocar nada, se escondió
en el almacén del negocio para esperar a su última
víctima, el otro propietario del establecimiento, Félix
López Robledo. A éste también lo mató
de un tiro en la nuca.
Después
de registrar todo el local buscando la carta y la joya, se dio
cuenta de que las cuatro muertes cometidas por él no habían
servido de nada. Ninguna de las dos cosas se encontraba en la
tienda. De todos modos, tratando de dar sentido a su obra,
aprovechó para robar diversos objetos de valor.
El
primer cadáver apareció ese mismo lunes, cuando
la novia de Félix acudió allí a buscarlo.
La Policía trató de localizar a su socio y, al comprobar
que nadie contestaba a sus llamadas, pensaron que él podía
ser el asesino. Los agentes se dirigieron personalmente al domicilio
de Emilio para proceder a su registro y buscar posibles pistas.
Pero no fueron pistas lo que encontraron. Por el contrario, su
primera hipótesis se vino abajo al comprobar que uno de
los tres cadáveres que encontraron era el del socio de
Félix.
Ese
mismo día, se recibió en una comisaría madrileña
la llamada del propietario de la tintorería Julcán.
Éste denunciaba que uno de sus clientes habituales, un
tal José María Jarabo, también conocido como
Morris, había acudido a su tienda para que
le limpiaran urgentemente un traje lleno de grandes manchas de
sangre. El cliente, haciendo uso de su facilidad de palabra, trató
de convencer al dueño de la tintorería de que las
manchas eran fruto de una pelea que había protagonizado
la noche anterior. Jarabo le dio todo lujo de detalles e incluso
alardeó de que había propinado una enorme paliza
a otro individuo tras una discusión sobre mujeres. Una
vez más, la versión no resultó suficientemente
creíble.
DETENIDO
Y EJECUTADO
El
propietario de la tintorería llamó a la Policía
porque según declaró, el señor Morris le
había llevado un traje tiesecito de sangre reseca.
Además le había extrañado la prisa con que
le había pedido que lo lavara, aunque para eso también
había inventado una excusa: era el traje que utilizaba
para ligar. Finalmente, había quedado con el cliente en
que iría a retirar la ropa a las once del día siguiente.
Allí mismo lo esperaron los agentes y, cuando llegó,
procedieron a su detención.
El
29 de enero de 1959 José María Manuel Pablo de la
Cruz Jarabo Pérez Morris, alias Jarabo, fue juzgado en
la Audiencia Provincial de Madrid, levantando el proceso una gran
espectación. Los familiares de cada víctima contrataron
un acusador privado y todos pidieron una indemnización
y pena de muerte para el detenido, que contó detalladamente
cómo había cometido los cuatro crímenes.
La
defensa solicitó el indulto, pero no sirvió de nada.
La fecha elegida para su ejecución fue el cuatro de junio
de 1959. El día anterior, Jarabo conservó la serenidad,
aunque fumó sin parar. A las seis de la mañana del
citado día, el garrote vil puso fin a la vida de uno de
los asesinos más fríos y crueles de la historia
de España. Además, se da la circunstancia de que
José María Jarabo fue el último hombre ejecutado
por la justicia ordinaria.
Fuente:
El Caso 06.06.01