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Luego tomó la bolsa en la mano, y pidió a las monjas que la acompañasen hasta la estancia de la que las había hablado. Cuando abrió la puerta, la estancia apareció en penumbra, porque los cuarterones de las ventanas estaban entornados, dejó la bolsa sobre la mesa grande, y fue a abrir a aquéllos; y, cuando los abrió, toda la estancia se iluminó de un claror rojizo como el del alba, porque la ventana daba a un huertecillo descuidado donde había ya algunas rosas, pero sobre todo estaba cuajado de amapolas, y el verdor de los árboles y de las altas hierbas no podía alzarse sobre tanto color sangre o color púrpura. Y la bolsa misma que era como de tela de muaré, también roja, con adornos de metal, enrojeció un poco más intensamente la luz, y los adornos plateados brillaban igualmente con un brillo rojizo, aunque ya como de ascua que tiene una camisa blanca. [...] La estancia tenía un locero grande frente a la ventana de ella, y unas mesas en torno de aquél, sobre las que reposaban vajillas, cubiertos y cristales, que se pusieron a relucir cuando el Licenciado Palacios ordenó que abriesen bien del todo los cuarterones de la ventana, y entró el ya poderoso sol de primavera. Brillaban asimismo las copas de agua y vino, y el amarillo de las yemas y el rubio de los torreznos parecía que se asentaban sobre blondas o puntillas un poco tostadas en los bordes. La habitación entera se había perfumado con el olorcillo del pan recién cocido y el aroma del tocino frito. José Jiménez Lozano, Las gallinas del Licenciado, Barcelona, Seix-Barral, 2005, pp.42 y 112.
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