LA FILOSOFÍA
DE LA ILUSTRACIÓN
1. HISTORIA Y PROGRESO EN EL PENSAMIENTO ILUSTRADO
2. RAZÓN Y LIBERTAD
1. HISTORIA Y PROGRESO EN EL PENSAMIENTO ILUSTRADO
El Siglo XVIII es el siglo de las Revoluciones burguesas. La Revolución Francesa permitió a la burguesía tomar el poder político en Francia. Si la burguesía ayudó a la monarquía a consolidar su poder frente a la fragmentación, tanto en lo político como fundamentalmente en lo económico, que suponía el feudalismo, ahora esta misma burguesía considerará que la monarquía absolutista impide el desarrollo de las fuerzas productivas, y que en consecuencia ha llegado el momento de dar una nueva vuelta de tuerca y cambiar el modelo político. A partir de entonces, la burguesía se presentará a sí misma como la representante de la racionalidad y del progreso frente a la monarquía y a la iglesia consideradas como instituciones que representan la irracionalidad, el oscurantismo, y en general, todo aquello contrario a los ideales ilustrados.
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El ascenso de la burguesía hacía necesaria una nueva explicación de la Historia en la que la fortuna, el azar o la Providencia Divina no interviniesen como causa explicativa del devenir histórico. Por lo tanto se hace necesario establecer un nuevo concepto de historia que permita una explicación causal, tratando de buscar las razones que determinan y permiten comprender los hechos históricos. En este sentido, la imagen que proporciona la ciencia, y en concreto el modelo científico newtoniano, ofrecerán una imagen adecuada de cómo debe ser la explicación y la comprensión de los hechos históricos.
Esta asimilación del modelo científico va a posibilitar que se equiparen el progreso científico con el progreso histórico. Si el progreso en la ciencia implica una mejor comprensión de la naturaleza, y por lo tanto, un mejor dominio de la misma, también el progreso histórico consistirá en una comprensión más optimista de la historia, y sobre todo, en entender que el ser humano es el único dueño de su destino, y en sus manos estará la posibilidad de plasmar en hechos los ideales ilustrados. De esta manera la Razón entra en la historia, comprendiendo sus leyes y dominándola. Este progreso histórico, al igual que el científico se concibe como inevitable, de ahí la idea de que los cambios sociales que se estaban viviendo eran fruto de una necesidad histórica y además, imparables. Era algo necesario, inscrito en la historia, que las estructuras sociales de la monarquía absoluta desaparecieran para dar lugar a un orden social mejor, donde se hicieran realidad los principios de libertad, igualdad y fraternidad que creían representar la burguesía y los intelectuales ilustrados de la época y que se reflejaba sobre todo en los Enciclopedistas.
La historia de la humanidad nos llevaría, por lo tanto, hacia una sociedad cada vez más racional, y más justa, en definitiva, donde los hombres serian más libres. En autores como Kant y Condorcet, esta igualdad llegaría a plasmarse en la idea de una comunidad internacional de personas libres, cuyo comportamiento estaría regido más que por una ciega obediencia a las leyes y a las constituciones, por el acatamiento de unos principios morales autónomos y fruto de la Razón. Por fin los hombres serían ciudadanos, no de un país, sino del mundo y se habrían alcanzado los ideales utópicos y cosmopolitas de la Ilustración. Este pensamiento utópico no lleva a olvidarse de los condicionamientos materiales necesarios para alcanzar ese grado de igualdad. Así en numerosos pensadores ilustrados como Rousseau, aparece la necesidad de un reparto equitativo de la riqueza para alcanzar la deseada igualdad. Es este un primer intento de vincular la igualdad formal, ante la ley, con la igualdad material de los ciudadanos.
Uno de los primeros proyectos para comprender la naturaleza de las leyes históricas lo encontramos en la obra de Charles de Secondant, barón de Montesquieu. Montesquieu se preocupó de estudiar el proceso histórico, en concreto el de la Roma clásica, y llegó a la conclusión de que: "No es la fortuna la que gobierna el mundo, tal y como demuestra la historia de los romanos. Son causas generales, morales o físicas las que operan sobre cada Estado, lo elevan, lo mantienen o lo destruyen; todo cuanto sucede se haya sujeto a esas causas; y si una causa particular, como el resultado accidental de una batalla, arruina un Estado, no hay duda de que por debajo de ésta había una causa general que acarreó la decadencia de ese Estado a partir de esa batalla individualmente considerada". Montesquieu entiende por causas físicas, sobre todo los determinantes geográficos y por causas morales las que hoy llamaríamos socio políticas. En Montesquieu, aún no aparece claramente definida la idea de progreso, pero sí intenta dejar claro que la historia tiene unas causas que es necesario explicar para poder entenderla.
Será en la obra de Voltaire donde encontraremos perfilado más claramente la idea del progreso histórico. Si bien coincide con Montesquieu en buscar las causas del proceso histórico, acepta que es posible que se de un cierto grado de azar en la historia, aunque afirma que la Razón y la 'civilización' terminarán finalmente por imponerse.
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En Turgot y Condorcet, la idea de progreso histórico aparece con mucha más claridad. Para Turgot la historia universal es un proceso de progreso constante aunque hay periodos alternativos de calma y crisis, pero siempre hacia una mayor perfección. En este continuo proceso de avances sociales, políticos, científicos, económicos y morales, la razón no será la única guía, las pasiones también han dirigido el mundo en un sentido deseable hasta que la razón se impuso. Es en Condorcet donde aparecen con más claridad las ideas de la Ilustración. En el progreso del saber científico es donde hay que buscar la clave para la marcha de la humanidad. El progreso intelectual, social, de la libertad, la virtud y el respeto por los derechos naturales van unidos y son inevitables. El estudio de la historia es útil y necesario, ya que permite establecer el hecho del progreso y debería hacer posible determinar su dirección futura y acelerar su ritmo para alcanzar lo antes posible una sociedad, mas racional y por lo tanto más justa, donde los hombres sean auténticamente libres. En esta idea de intervenir en la historia para adelantar los acontecimientos que se perciben como inevitables, Condorcet acepta la violencia como arma revolucionaria y progresista. La meta del progreso político es la igualdad, y por lo tanto, el contenido último de la actividad política es básicamente moral.
Es, quizás, en Kant donde mejor se reflejan los ideales de la Ilustración. Para Kant, es únicamente a través de la sociedad y, por lo tanto, de la historia, donde el hombre puede desarrollar algunas disposiciones de su naturaleza, y por lo tanto, alcanzar su libertad. La Filosofía de la Historia tiene para Kant un contenido claro: demostrar que la moralización del hombre es posible y que el progreso ético no es sólo una idea, sino un objetivo a cumplir en la historia.
Kant va a distinguir dos tipos de progreso. Por un lado, el progreso natural, esto es fundamentalmente el avance científico-tecnológico y como consecuencia la escisión entre el hombre y la naturaleza. Por otro, el progreso moral cuyos resultados deben de estar subordinados a las dimensiones de igualdad y autonomía del sujeto. El problema reside en caracterizar ambos y determinar si existe algún tipo de relación entre ellos. Con respecto al primero, la caracterización del progreso, es innegable que se hubiese producido, especialmente en la primera de sus vertientes, pero Kant deja claro que este progreso es el resultado natural del despliegue de la naturaleza humana, de los instintos de supervivencia y disfrute. Y en este sentido, aunque se ha pasado de una conducta individual a una conducta colectiva, no se ha superado el estado de naturaleza inicial; se han transformado los medios y se ha aumentado la producción de bienes, pero no han existido cambios cualitativos. Tan sólo puede hablarse de que este progreso ha traído una universalización de la conducta humana.
A diferencia del progreso natural, el progreso moral aún no ha llegado. El ser humano aún no ha superado su minoría de edad moral. El desarrollo de la naturaleza humana, si bien garantizaba el progreso natural, no garantiza el progreso moral, porque éste, a diferencia del anterior, debe ser querido en un acto de libertad del sujeto. La libertad es una condición necesaria para la moralidad, por lo tanto, el progreso moral no puede venir determinado por una ley necesaria de la naturaleza, sino como un acto libre del sujeto, algo a lo que se aspira conscientemente.
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El segundo problema que se planteaba, la relación entre estos dos tipos de progreso, Kant lo trata en su obra la Paz perpetua. Ambos tipos de progreso pueden estar vinculados si se usa al primero con el fin de dotar a la humanidad de una constitución civil que moralice la vida política de los ciudadanos. Mediante el progreso natural el ser humano universaliza su conducta en una extensión del conocimiento y del desarrollo económico y tecnológico, en definitiva, perfecciona sus instrumentos de poder. En este desarrollo de las fuerza de producción, la guerra entre grandes unidades estatales jugará un papel importante. mediante la guerra se acabará imponiendo una globalización de la conducta y de la dimensión social de la naturaleza humana. Sin embargo esta dimensión social es moralmente imperfecta, pues requiere de un fin con un contenido moral. Ese fin último será la creación de una constitución perfecta, una constitución civil en la que el contenido del derecho positivo coincida plenamente con el contenido de la moralidad. De esta manera, el progreso natural y el progreso moral quedan vinculados si entendemos que se puede usar el desarrollo de la naturaleza humana para alcanzar un bien moral de carácter universal. Se entiende así la unión de naturaleza y libertad, permitiendo que el desarrollo de las disposiciones humanas desemboque en una acción plenamente moral. Ese progreso se alcanzará cuando se la constitución sea republicana, esto es, cuando, nos dice Kant, el pueblo tenga la facultad de decidir sobre la guerra. A juicio de Kant, un estado es injusto cuando toma decisiones sobre asuntos de guerra sin consultar al pueblo, ya que la preparación de un acto de guerra implica un alto grado de sacrificio y costes para el pueblo. De ahí, concluye Kant, que podremos hablar de avance moral cuando los individuos sean realmente autónomos, y eso les lleve a desarrollar una política cuya meta final sea la paz perpetua.
¿Cuál es la señal que nos permitirá
reconocer que estamos ante un verdadero progreso moral?. Cuando nuestra acción
política y nuestra voluntad moral esté determinada, no por las consecuencias
pragmáticas que se deriven de nuestra conducta, sino por la moralidad
intrínseca, o por la bondad misma de nuestras acciones. De esta manera, habría
que concluir, por ejemplo, que no debemos aceptar la Declaración Universal de
los Derechos Humanos porque esta declaración nos proporcione una vida mejor o
más segura, sino porque una seguridad y una vida mejor que no esté basada en
esta declaración de derechos no sería digna del ser humano.
2. RAZÓN Y LIBERTAD
El análisis de la subjetividad trascendental realizado en la Crítica de la Razón Pura puso de manifiesto lo poco que la Razón en su uso teórico puede decir sobre la existencia de las Ideas Trascendentales que la acosan-Dios, Alma y Mundo-. Pero también dejó claro que había una línea de análisis al margen de la Razón pura teórica. El estudio de estos temas desde el uso práctico de la Razón podría permitir una caracterización y una comprensión del funcionamiento de las Ideas Trascendentales. Desde esta dimensión práctica de la Razón, será la moral y no la ciencia la que tendrá que enfrentarse a los interrogantes de la Razón.
Para establecer la posibilidad de un uso práctico de la razón dedica Kant la «Dialéctica Trascendental del Método» de la Crítica de la Razón Pura, en su sección "el canon de la razón pura". Kant entiende por canon un conjunto de principios a priori que hacen posible el uso legítimo de una facultad de conocer, o lo que es lo mismo, una facultad posee un canon cuando es legisladora para un determinado ámbito de objetos. La Razón sólo tiene dos dominios: el de los conceptos de la naturaleza y el de la libertad, pues bien, sólo en su uso práctico la razón tendrá un canon, pues sólo allí puede prescribir leyes a la voluntad. Mediante estas leyes el Yo trascendental representa el deber ser como algo opuesto a las leyes objetivas de la naturaleza que representan lo que es; de esta forma, la Razón muestra su dimensión práctica. Sin el uso práctico el sistema de la Razón quedaría incompleto, quedarían sin respuesta las cuestiones fundamentales del hombre.
Kant se ocupará del uso práctico de la Razón en dos obras: Fundamentación de la metafísica de las costumbres y en la Crítica de la Razón Práctica. Kant va a establecer una distinción entre Éticas materiales y Éticas formales. Las éticas materiales, anteriores a la suya, tenían como tarea fundamental señalar contenidos (bienes, fines, valores) y mostrar lo que debíamos hacer. Lo importante era definir y determinar los valores, bienes o fines supremos, para después extraer un criterio de moralidad. El problema en este tipo de éticas es que resulta imposible alcanzar un acuerdo universal sobre el contenido de la moral, de ahí la dificultad de estipular principios morales que sean universalmente válidos. Frente a las éticas materiales, la ética formal no vincula el bien moral a ningún contenido concreto. Lo único que prescribe la ética formal es la necesidad de que la voluntad actúe por respeto a la ley moral. La acción será moralmente buena cuando la intención del sujeto lo sea, es decir, cuando este obre con buena voluntad, al margen de sus inclinaciones y deseos e independientemente de los resultados que espera obtener.
La fundamentación del uso práctico de la razón la realiza Kant en la
Fundamentación de la metafísica de las Costumbres, mientras que la tarea
propiamente crítica empezará después, cuando se intente demostrar que ese
imperativo es posible, y esto requiere una Crítica de la Razón Práctica.
2.1.
FUNDAMENTACIÓN DEL USO PRÁCTICO DE LA RAZÓN
Junto a la distinción entre Éticas materiales y Éticas formales, Kant va a distinguir también entre éticas autónomas y éticas heterónomas. En las éticas heterónomas la obligación moral es algo impuesto al hombre por algo externo a su voluntad -el medio en el que se desenvuelve el individuo, su propia naturaleza interna o Dios-En las éticas hererónomas una acción es buena cuando se adecua a los contenidos o a los fines prefijados de antemano y sobre los que no tenemos responsabilidad alguna.
Por el contrario, en las éticas autónomas, la obligación (ley) moral no es algo externo al sujeto. Es el propio sujeto (mediante su razón) quien se determina a sí mismo para obrar moralmente. La ética Kantiana, como veremos, será autónoma, no fundada en los sentimientos, gustos o inclinaciones, sino en la propia razón.
La ética kantiana parte de lo que él cree un axioma fundamental: la única cosa buena en sí es la buena voluntad. La buena voluntad se define por la sola bondad de nuestra disposición interna, lo que implica que el valor de una acción reside únicamente en la intención del sujeto. Lo propio de la acción moral es actuar tan sólo por el cumplimiento del propio deber, nunca buscando nuestra propia satisfacción.
En el proceso de la fundamentación de la
moral,
Kant desviará el análisis de la buena voluntad hacia la noción de deber. La
voluntad mantiene una lucha constante contra las inclinaciones de la naturaleza.
La idea del deber expresa precisamente la resistencia que la naturaleza de la
persona opone al cumplimiento del deber. La buena voluntad será, por lo
tanto, aquella que obra por deber. Se obtiene así la siguiente fórmula moral: «
Haz el bien no por inclinación sino por deber » Para explicar como la voluntad está determinada por el deber, Kant acudirá
a dos conceptos: la ley y el respeto.
La ley. El deber se concibe como la imposición de obediencia a una ley. Así pues, el
principio determinante de nuestra acción será la representación de la ley por sí
misma y no por el efecto que de ella se espere. Esta ley expresa el carácter
universal que deben tomar nuestras acciones, y tendrá la siguiente forma:
« Yo no debo obrar nunca más que de modo que pueda querer que mi máxima deba convertirse en ley universal »
El respeto.
La conciencia que toda persona tiene del cumplimiento del deber va siempre acompañada de un
sentimiento de agrado hacia lo bueno, o de repulsión hacia lo malo. Por lo
tanto, la obediencia al deber por el deber mismo estará basada en un sentimiento
engendrado en el respeto a la ley, de tal manera que la buena voluntad será
aquella que obre por respeto hacia la ley.
El cumplimiento de la ley moral se le presenta al sujeto como una obligación, un imperativo. Kant distingue dos tipos de imperativos:
Imperativos categóricos
Imperativos hipotéticos
La diferencia entre los imperativos
categóricos y los hipotéticos es que en estos últimos, la voluntad es movida por
principios dependientes de la naturaleza del objeto que se trate de alcanzar (si
quieres Y, entonces debes hacer X). Tales imperativos son empíricos, no son
necesarios ni universales. Empíricamente sólo pueden determinarse cuáles son los
medios para alcanzar la felicidad (o el placer, etc.). No contienen leyes,
sino máximas, esto es, principios que sólo son válidos para una voluntad, para
un sujeto particular. Por el contrario, en los imperativos categóricos,
la voluntad se rige por la libertad. Por lo que sus principios serán puramente
morales, estarán del lado del deber ser, y constituirán la Filosofía Práctica.
Los imperativos hipotéticos se dividen a su vez en problemáticos y asertóricos.
Los primeros expresan la necesidad de una acción como medio para un propósito
posible. Se tratarían de reglas de habilidad. Los segundos indican lo que debe hacerse para obtener un fin presuntamente supuesto en todo
ser humano: la felicidad, de ahí que también se les conozca como consejos de
prudencia. Frente a estos, los imperativos categóricos son proposiciones a priori y sintéticas.
A priori
porque no se derivan de ninguna experiencia, sino que son lógicamente anteriores
a ella; y sintéticas porque están ligadas a una ley de la Razón. Así pues, el concepto del imperativo categórico no tiene más
que una ley y la necesidad de conformarse a dicha ley. El imperativo categórico
debe entenderse entonces como la expresión de una ley con independencia de todo
contenido, y esto lo convierte simplemente en una fórmula.
«obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal»
De esta fórmula general, Kant distinguirá tres fórmulas derivadas:
«Obra como si la máxima de tu acción debiera tornarse, por tu voluntad, ley universal de la naturaleza».
«Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo, y nunca solamente como un medio»
«Obra según una máxima que pueda hacerse a sí misma al propio tiempo ley universal»
Podría presentarse en la ética kantiana una primera
dificultad, pues si la ley es, sinónimo de determinismo, y, si como hemos
visto, la voluntad está determinada por leyes, ¿cómo se puede sostener entonces
que la voluntad es libre? Será el concepto de autonomía el que permita solucionar esta
dificultad. Se entiende por autonomía la capacidad que tiene la voluntad de
obrar al margen de los estímulos de la sensibilidad y de producir objetos sin
que exista una causa que le obligue a ello. En consecuencia, la libertad de la voluntad no
significará ausencia de ley, sino la sujeción de la voluntad a su propia ley. La
autonomía obliga de esta manera a la voluntad mediante el imperativo categórico.
Surge entonces una nueva cuestión: ¿ Cómo la autolegislación individual puede
desembocar en una ley universal?. Para responder a esta cuestión hay que tener
en cuenta que en la tradición ética en la que se enmarca la filosofía kantiana,
la validez práctica de una norma ha exigido siempre contar con un momento de
idealidad. Es esta la razón por la que Rawls, basándose en la autonomía como
fundamento de las sociedades democráticas, no extrae los principios de justicia
a partir del consenso entre individuos fácticos, entre individuos reales, sino a
partir de un contexto ideal entre individuos revestidos con los caracteres
ideales con los que delineamos nuestro concepto de persona moral.
Se trata de partir de una posición original, una situación de juego, meramente
formal en la que se asegure la objetividad de los resultados. Para ello se parte
de una situación ideal en la que los sujetos que van a formular las normas que
rijan la sociedad, en condiciones de libertad e igualdad, ignoran el papel que
jugarán en la sociedad resultante - el individuo es súbdito y legislador de su propia
ley- y también ignoran sus posiciones físicas y psíquicas - Velo de la
ignorancia-. De esta forma se garantiza que los individuos no puedan introducir
en sus deliberaciones sus intereses concretos o preferencias individuales. En términos kantianos estaríamos
ante sujetos libres de las inclinaciones de la naturaleza y de la sensibilidad,
sujetos realmente libres, sujetos nouménicos.
Dado que nuestra Razón es finita y limitada, se hace necesario postular
algunas condiciones que nos permitan lograr la consecución del supremo bien.
Estas condiciones serán: la inmortalidad del alma, la libertad y la existencia
de Dios.
La inmortalidad del alma.
La adecuación completa de la voluntad con la ley es la santidad, y esta no puede
ser lograda por ningún ser racional durante su existencia en el mundo. Ahora
bien, en un progreso hacia el infinito en el que se vayan reduciendo cada vez más los
obstáculos que impiden el acuerdo perfecto de nuestra voluntad con la ley moral,
la santidad podría postularse como un ideal. La inmortalidad del alma viene de
este modo a asegurar tal progreso práctico infinito
que permitirá al hombre acercarse a la santidad.
La existencia de Dios.
Dios aparece de nuevo como el garante de ese acuerdo entre
felicidad y moralidad.
Dios aparece por tanto como el supremo bien originario, o causa del mejor bien
que es posible en el mundo. La existencia de Dios es la condición indispensable
del supremo bien. De esta forma Kant defiende la autonomía de la moral frente a
la religión, pues no justifica el deber en la existencia de un ser superior que
nos ordena su realización, sino que la religión será una consecuencia de la
moral. Es la moral la que postula la exigencia de Dios como garantía del acuerdo
entre moralidad y felicidad.
La libertad como postulado.
No debe confundirse la libertad como autonomía con la libertad como postulado.
La libertad como postulado debe entenderse como la confianza que el hombre tiene en poder llegar a vencer los
obstáculos de la sensibilidad que se oponen al cumplimiento de la ley moral.
Pero como nada nos asegura que podamos alcanzar en este mundo tal grado de virtud, tendremos que considerar dicha libertad como un
postulado.
Como vimos en el apartado anterior (Historia y progreso en el pensamiento
ilustrado), la historia de la humanidad da muestras de que la moralización del
hombre es posible.
Esto es lo que Kant pretende dilucidar en su Filosofía de la historia. Los
estudios más importantes que realiza en este terreno son: Que es la Ilustración,
Si el progreso humano se haya en progreso hacia lo mejor.
La hipótesis kantiana es que la historia se despliega según un plan de la
naturaleza que favorece el desarrollo pleno de las disposiciones naturales del
hombre con vistas al establecimiento de una sociedad civil perfecta en la que no
habrá ya lugar para el caos y la injusticia, en la que las leyes de la libertad
gobernarán el mundo sin obstáculo porque todos los hombres actuarán según los
dictados de la ley moral. Para Kant el ser humano es un producto de la
naturaleza pero que ha progresado hasta independizarse del mecanicismo natural.
Se ve así mismo no como algo que es, sino como algo que debe ser. En esta
disyuntiva se encuentra la posibilidad de la vida moral.
En este contexto aparece la Ilustración como preparación para la moralización
del hombre y de la sociedad con vistas a la implantación de una constitución
perfecta. La Ilustración no significa pues otra cosa que la vocación del hombre
de liberarse de toda tutela y del deseo de someterse exclusivamente a la ley
moral.
La filosofía política de Kant permite una traducción inmediata del imperativo
categórico como una exigencia política que conserve todas las características
formales del imperativo. El imperativo categórico supone una exigencia
inmediata: la de ser una asociación de voluntades coincidentes en un objeto (ser
todos los hombres fines en sí) y esto implica una asociación que respete la
libertad de todas las voluntades y que esté constituida desde ella. Kant
establece así la idea del derecho público:
«El Derecho público se entiende como la limitación de la libertad de cada uno basada en la condición de que ésta concuerde con la libertad de todos los hombres según una ley universal»
Es necesario destacar que Kant opera con un concepto meramente formal de igualdad. Un concepto de igualdad típico de todo el liberalismo posterior, que concibe la igualdad simplemente como igualdad ante la ley, y esta es concebida a su vez como la coacción que el derecho ejerce sobre todos los individuos por igual con el fin de respetar su libertad. Gracias al formalismo la igualdad así concebida es perfectamente compatible con la desigualdad material. De esta concepción de la igualdad se derivan una serie de consecuencias filosófico-políticas que Kant extrae y que se consideran tópicos de la filosofía político liberal:
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Ascensión en la escala social gracias al talento, la aplicación o la suerte. Se
trata de una concepción de la movilidad social que se basa en una profunda
confianza en el individuo y en la competencia como "inocente" factor de
selección de individuos.
Kant se mostraría también contrario al carácter hereditario de la posición
social.
Esta concepción del Estado y de la sociedad civil permite distinguir entre
ciudadanos y no ciudadanos y esto nos posibilitará marcar los límites del
proyecto político kantiano.
Kant distingue en la Metafísica de las costumbres, dentro del cuerpo social,
entre verdaderos ciudadanos o ciudadanos activos, esto es, individuos
aptos para dictar leyes, y no ciudadanos o individuos que se someten a esas
leyes dictadas como ciudadanos pasivos. En este último grupo están, en primer lugar todos
aquellos que son excluidos por su naturaleza. Y en segundo lugar, todos los que
no son propietarios. El primer criterio - el naturalista- excluye a los niños y
a las mujeres, con la ventaja de que los niños varones sólo son temporalmente no
ciudadanos, mientras que la mujer no es ni siquiera virtualmente ciudadana.
Al grupo de no ciudadanos pertenecen también aquellos individuos que no son
autónomos, esto es, aquellos que no son sus propios señores pues carecen de
alguna propiedad que los mantenga.
Esta concepción del Estado basada en la interpretación restrictiva de la
autonomía hace patente la contradicción e incoherencia teórica kantiana, al
mantener una ética universalista y abandonar este universalismo en su filosofía
política. Nos encontramos así ante lo que algunos autores llaman incoherencia
liberal entre el universalismo con el que se pretende caracterizar el modelo
ético y su quiebra evidente en el modelo político.