Odiseo: Rumbo al Pasado, 2,
Agosto 2001
Depósito Legal: MA-691-2002
ISSN: 1579-5705
LA DESTRUCCIÓN DEL RECUERDO
Mª Teresa Padilla Aguilar
(Lcda. Historia)
Resumen: Una damnatio memoriae es la condena judicial de la
memoria de alguien, lo cual conlleva la destrucción de cualquier vestigio
material de ese recuerdo. Es una práctica que se da en el mundo antiguo (Egipto
y Roma) y, con matices, también en nuestros días.
¿QUÉ ES UNA DAMNATIO
MEMORIAE?
Damnatio memoriae es una
expresión latina que, literalmente, significa “condena de la memoria”, más
específicamente, “condena judicial”. La utilizamos para referirnos a una
práctica frecuente en el mundo antiguo, y no sólo en la civilización romana de
la que tomamos el término acuñado. De hecho, la damnatio memoriae es una
práctica habitual incluso hoy día. ¿Por qué se hacía y se sigue haciendo?
Para empezar, vamos a
concretar qué entendemos por una damnatio memoriae típica. Consistía en que, a
la muerte de una persona, considerada enemiga del estado por la autoridad, se
decretaba la condena de su recuerdo, mediante una serie de medidas que podían
ser, por ejemplo, las siguientes: retirada o destrucción de sus imágenes;
borrado de su nombre de las inscripciones en que figurara; condena explícita de
su nombre familiar mediante la prohibición de usarlo a otros miembros de la
familia;...[1] También podía haber sanciones económicas.
Veamos cómo sería una
damnatio real. Imaginemos a un emperador romano. Durante su periodo de gobierno
los habitantes del imperio lo homenajearían con multitud de manifestaciones
artísticas: las estatuas son un ejemplo perfecto. Esas estatuas se erigían
sobre un pedestal en el que se esculpían textos, formando inscripciones
referentes al emperador, sus méritos políticos (se llama cursus honorum a la
sucesión de cargos públicos ocupados por una persona), a la admiración y “devoción”
que le profesan los dedicantes de la estatua (o de cualquier otra obra
artística). La estatua, con su pedestal, se colocaba en un lugar público: un
foro o plaza, un teatro, un templo, donde fuera visible para la mayoría de la
población de la ciudad, o para los visitantes, de forma que los méritos del
emperador quedaban bien patentes para todos: si se sabía leer, bien, y si no,
bastaba con el espectáculo de la estatua.
Supongamos ahora que este
emperador tuviera una muerte violenta (lo cual no fue raro) y una sucesión
discutida; y que sus sucesores no lo apreciaran, precisamente. De tal forma que
un buen modo de que el nuevo emperador consiguiera prestigio, apoyos,
consolidar su posición, en fin, podía ser eliminar cualquier vestigio de su
predecesor. O sea, que el nuevo poder (el emperador o el senado) ordenaría
destruir todas las estatuas de su antecesor, y
también todas las inscripciones que recordaran sus logros.
ALGUNAS DAMNATIONES MEMORIAE
Probablemente las primeras
damnationes memoriae tuvieron lugar en Egipto. Quede claro que cualquier
destrucción no es una damnatio memoriae: debe ser clara la condena por parte de
la autoridad, la intención de destruir todos los vestigios,...
Autores como Frankfort y
Wilson coinciden en señalar que la mentalidad del pueblo egipcio en época
faraónica estaba muy marcada por el respeto a los ancestros, y por ende también
los faraones mantenían esa actitud hacia sus antecesores en el poder. En esa
concepción encajaría mal realizar una damnatio Sin embargo tenemos el caso del
faraón Amenhotep IV, el iniciador de la “revolución amarniense”. Hacia el año
1360 a.C. el faraón rompe relaciones con el poderoso clero de Amón, el dios
principal de la capital egipcia del momento, Tebas. Se proclama profeta de
Atón, un nuevo dios universalista, único por tanto, al que se identifica con el
disco solar. A Atón se le adora a cielo abierto en la nueva capital, que toma
del dios su nombre (Aketatón, hoy Tell el-Amarna); también el faraón (y sus
familiares y funcionarios más cercanos) toma un nuevo nombre, inspirado en el
del dios: Akenatón.
La implantación de esta
nueva religión de tipo revelado supuso la postergación de la antigua. El culto
del dios Amón fue abolido oficialmente, sus imágenes destruidas y las
inscripciones que lo nombraban, borradas: vemos que se cumplen los requisitos
de una damnatio típica.
No obstante, la efectividad
de estas medidas no fue la esperada. El pueblo, incluso el que se trasladó a la
nueva capital al calor de la riqueza creada por la corte, siguió practicando
sus anteriores cultos, de los que se han hallado restos. A la muerte de
Akenatón el estado se sumió en una crisis, durante la cual se sucedieron otros
dos faraones. El segundo de ellos, Tutankhamón, a pesar de que mantuvo una
devoción personal a Atón hasta su temprana muerte, devolvió a Amón su posición
preeminente: el clero recobró sus bienes y prerrogativas, alcanzando de nuevo
esta oligarquía el poder. Sin embargo, el recuperado politeísmo no persiguió el
culto atoniano, que fue espontáneamente abandonado por sus devotos de nuevo
cuño: no hubo damnatio a la inversa, al menos de inmediato.
Otro caso: Domiciano fue
emperador de Roma entre el 81 y el 96 d.C. Al final de su gobierno ejerció el
poder de forma despótica, y menudearon las conspiraciones en su contra. A
resultas de una de ella fue asesinado, y el senado decretó la destrucción de
sus imágenes y la condena de su memoria.
Suetonio nos detalla las
medidas incluidas en esta damnatio memoriae:
“...los senadores se alegraron tanto, que llenaron atropelladamente
la curia y no se abstuvieron de lanzar contra el difunto las más ultrajantes y
crueles invectivas, ni de ordenar incluso traer escalas para arrancar a la
vista de todos sus clípeos y sus estatuas y estrellarlas allí mismo contra el
suelo, decretando, por último, que se borraran sus inscripciones en todos los
lugares del Imperio y se destruyera por completo su memoria”[2] .
También sabemos que se
eliminó su nombre de la legión I Flavia Minerva Pia Fidelis Domitiana, por él
fundada. Igualmente se destruyeron obras menores, como el retrato suyo en
sardónice hallado en una bañera del santuario acuático de Turiaso (Tarazona),
en la ribera del río Queiles, sobre el cual se esculpió un retrato de Augusto[3].
Una muestra gráfica de la
damnatio decretada contra Domiciano es la siguiente pieza[4],
un pedestal del surtidor de una fuente con la inscripción aqua
nova/domitiana/augusta que conmemora la realización de un segundo acueducto en
Córdoba: la segunda línea, con el nombre de Domiciano, fue borrada.

La decisión de destruir la
memoria del gobernante muerto se tomó en el furor que sigue a la desaparición
del mismo, y esa decisión la toman precisamente los que habían sido más
perjudicados por la acción del emperador: los senadores, sistemáticamente
depurados por su participación, real o imaginada, en las conjuras asesinas de
las que hemos hablado.
Las damnationes en Roma no
afectaban sólo a emperadores. Tácito nos cuenta[5]
cómo un magistrado, Cneo Calpurnio Pisón, hecho responsable de la muerte de
Germánico, sobrino del emperador Tiberio, se suicidó, tras lo cual fue
propuesto por un cónsul borrar su nombre de los documentos oficiales, confiscar
sus bienes y privar a sus hijos de su nombre. Finalmente esta damnatio resultó
más suave de lo previsto. Otros casos fueron más salvajes, y así por ejemplo el
cuerpo del emperador Heliogábalo (218-222 d.C.) fue arrojado al Tíber después
de que se condenara su memoria.
Si nos colocamos en la
actualidad podremos encontrar con facilidad ejemplos de destrucción del
recuerdo. Un caso común en España es el generalizado aunque no siempre
sistemático cambio de los nombres de calles vinculados a la dictadura
franquista, en distintas fechas tras la transición política.
Me limito a citar varios
ejemplos que me son cercanos: la actual plaza de la Constitución de Málaga se
llamó plaza de José Antonio (Primo de Rivera) hasta bien entrada la mencionada
transición. Por el contrario en el pueblo de Aledo (Murcia) la calle que
conduce al castillo y la iglesia mayor mantiene el nombre de Avenida de José
Antonio.
También en Málaga el hoy
Instituto de Enseñanza Secundaria La Rosaleda sigue siendo conocido por las
personas de más edad como “escuela de Franco”. De igual modo la barriada de
Girón sigue recordando en su nombre popular al ministro José Antonio Girón de
Velasco, falangista y bunqueriano, al que se debe su construcción.
En Jerez de la Frontera una
de las avenidas principales se llama aún de Miguel Primo de Rivera; en este
caso prevalece la conservación del nombre del paisano sobre la supuesta
corrección política que hubiera eliminado a este otro dictador del callejero.
A la localidad natal de
Franco ya no se le coloca la coletilla que recibió durante su dictadura: El
Ferrol del Caudillo ahora es sólo Ferrol. Sin embargo pueblos nacidos a partir
de colonizaciones de época franquista conservan los nombres entonces impuestos:
es el caso de Villafranco del Guadalhorce, en la vega de ese río. En las
cercanías de Jerez de la Frontera tenemos un Guadalcacín del Caudillo del que
puedo suponer un origen asimilable.
En resumen, en España no
encontramos una damnatio típica, ya que no ha habido una labor sistemática de
destrucción de las referencias al régimen anterior. De hecho la labor realizada
ha sido muy arbitraria, oscilando entre el cambio de lo que podía ser un nombre
de recuerdo infamante y la conservación de otros, arguyendo razones
sentimentales o incluso de continuidad histórica.
INTERPRETACIONES DE LAS
DAMNATIONES MEMORIAE
¿Por qué se hacían las
damnatio memoriae? Es terriblemente significativa, a mi entender, esa intención
de borrar el pasado, de renunciar a una parte de sí mismo. Recordemos que la
expresión quiere decir, literalmente, condena judicial, esto es, oficial. Es
decir, que un estado condenaba parte de su propio pasado, mediante la condena
al gobernante anterior.
Por un lado, observamos un
total desprecio por la conservación de los monumentos. Una hermosa obra se
destruía sin vacilación si exaltaba al gobernante condenado. David Lowenthal
trata ese tema del conservacionismo, y señala que antes del siglo XVIII no
había ningún escrúpulo en destruir obras antiguas porque no se tenía conciencia
de esa separación radical entre pasado y presente, entre lo antiguo y lo
actual. Lo que se conservaba del pasado se conservaba porque era bello,
simplemente.
Volviendo a las preguntas
iniciales, tenemos que ser escépticos ante la eficacia de las damnationes: de
haberlo sido, no tendríamos noticia de ellas. Paradójicamente, de una damnatio
eficaz no deberíamos saber nada, ya que al borrar el recuerdo del individuo
condenado se borra también el recuerdo de la condena en sí.
En general, pues, las
damnationes no cumplieron totalmente su objetivo, aunque hay que considerar que
no es lo mismo lo que nosotros, desde el siglo XXI, podemos saber del pasado
romano (un poner), que los romanos de un par de generaciones después de los
hechos.
Y sin embargo siguieron
produciéndose damnationes. Las causas de ello podrían reducirse a dos. Por un
lado, estaría la consideración de que de lo que no se habla no existe: esto
entroncaría con ciertos aspectos de la magia simpática[6], y
con la valoración que se da al hecho de nombrar las cosas por su nombre. Si yo
nombro algo, de alguna forma lo poseo y puedo operar sobre ello, y así
sacerdotes egipcios accedían a sus dioses conociendo su nombre secreto.
Nombrando al enemigo en los textos de defenestración los antiguos egipcios
intentaban librarse de cualquier mal que estos les pudieran traer. La acción de
borrar las inscripciones iría en este sentido.
Por otro lado, más evidente,
eliminar el nombre de un adversario (aunque este sea un hombre ya muerto,
aunque hay otras posibilidades) es una demostración de prepotencia del poder
establecido (que recordemos que es el que dictamina la damnatio): se trata
tanto de poder borrar del pasado hechos que resulten bochornosos o molestos al
poder, para evitar posibles reclamaciones por las actuaciones pasadas; como de
eliminar el recuerdo del adversario, quedando así el poder actual como único dueño
del pasado colectivo, como su único
protagonista. En este sentido, hemos visto que destruir las imágenes es un
medio de destruir el recuerdo.
BIBLIOGRAFÍA Y LECTURAS RECOMENDADAS
FRANKFORT,
HENRI: Reyes y dioses. Madrid, Alianza, 1981.
FRAZER, JAMES
GEORGE: La rama dorada. 2ª ed., 14ª reimpresión 1993.
LOWENTHAL, DAVID: El pasado
es un país extraño. Madrid, Akal, 1998.
PADRÓ, JOSEPH: Historia
del Egipto faraónico. Madrid, Alianza, 1996.
VV. AA.: Der neue
Pauly. Enzyklopädie der Antike. Vol 3. Stuttgart, J.B. Metzler,
1997.
VV.AA.: Historia de
Roma. El imperio romano. Madrid, Cátedra, 1989.
VV.AA.: The
Oxford classical dictionary. Nueva York, Oxford University Press, 1996.
WILSON, JOHN A.: La cultura
egipcia. Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1980.
Debo agradecer
la ayuda, orientación y los datos
concretos aportados por D. Fernando Wulff Alonso y Dª. Antonia Muñoz Espinosa.
[1] Esta definición y los ejemplos se han tomado de VV. AA.: The Oxford classical dictionary. P. 427 ss.
[2] SUETONIO: Vida de los doce Césares. Madrid, Gredos, 1992. VIII, 23.
[3] Ver www.mnat.es/mnat/exposic/zarag/esp/04.htm
[4] Ver www.documentarte.com/html/unaobra.phtml?codigo=81
[5] TACITO: Anales. Madrid, Gredos, 1979. III, 17, 8-18.
[6] Ver www.liceus.org/es/aco/ar/02/02115.htm