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La raza negra en Chile

Supuestamente, en la conformación étnica de nuestro país no existe el factor africano. A lo largo de su historia, Chile nunca ha tenido una población importante de individuos de raza negra y, por lo tanto, su influencia en nuestra herencia genética es prácticamente nula. Tampoco encontramos rasgos negroides en nuestro folklore ni en otra expresión cultural que determine nuestra identidad como chilenos. El rumor dice que esta nación fue forjada gracias a elementos europeos e indígenas. De los negros: mejor ni hablar.

Sin embargo, todas estas aseveraciones no pueden estar más alejadas de la realidad. Aunque en Chile lo africano no está presente en el grado de otros países latinoamericanos -como Cuba o Brasil-, negar su influencia es un lamentable desacato para nuestra historia e identidad como pueblo. Está documentado, por ejemplo, que nuestra música y baile nacional, la cueca, tiene indudables rasgos negroides en su conformación. Y éste no es un acontecimiento aislado ni mucho menos fortuito. Como todos los países de este continente, el nuestro es una nación forjada por innumerables cruces raciales y culturales, una simbiosis social que no puede negarse. Chile es un país mestizo y dentro de su mestizaje encontramos al africano presente.

Ya en las primeras avanzadas europeas sobre este territorio, la gente del color del ébano pisó estas latitudes. Según el historiador Francisco Antonio Encina, el trece por ciento de los "exploradores" con que Diego de Almagro "descubrió" Chile eran de raza negra. El también historiador chileno Gonzalo Vial Correa afirma: "Hacia el año 1558, el número de negros, mulatos y zambos bordeaba en Chile los 5.000, contra 2.400 españoles, 17.000 mestizos y 48.000 indígenas, o sea, la población chilena no puramente india, al terminar el s. XVI, casi un 20% llevaba en la sangre estigma africano".

Durante la época colonial, nuestro país participó, lamentablemente, de una de las barbaridades más grandes cometidas en la historia de la humanidad: la esclavitud. En Chile existieron negros esclavos, tanto bozales como ladinos.

Dos eran las principales rutas por donde los esclavos llegaban a nuestro país. La primera partía en la península ibérica, haciendo escala en las islas Canarias, para recalar en Porto Bello, Panamá o Cartagena de Indias. Los traficantes vendían y adquirían grandes cantidades de "mercancía" negra, de las cuales un tercio debían ser hembras según los dictámenes de la legislación española. Las "piezas" eran derivadas a los mercados de Nueva España, Centroamérica y Perú. Los esclavos rematados en estos puertos aumentaban considerablemente su valor cuando llegaban al Callao. Aquellos que lograban llegar hasta el puerto de Coquimbo o Valparaíso, últimos bastiones del trayecto, costaban el doble y hasta el triple de su valor original.



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