NOTA INTRODUCTORIA
Lafargue, en Inglaterra, se cartea regularmente con los socialistas franceses y escribe en diversas publicaciones. No se sabe exactamente cuándo emprende un primer estudio importante, que titula El derecho a la pereza. El periódico de Guesde, L’Egalité, del 16 de junio de 1880, lo presenta en primera página:
«En nuestro próximo número comenzaremos la publicación de una Variedad que está llamada a desencadenar todas las cóleras de la clase que ama el trabajo ( ... ) para los otros, y que nunca recomendaríamos bastante a la atención de nuestros lectores obreros. Título. El derecho a la pereza. Refutación del derecho al trabajo de 1948, por Pablo Lafargue.» Hasta el 4 de agosto de 1880 L’Egalité publica ea folletín esta obra.
Vuelto a Francia, Lafargue es condenado en marzo de 1883 por la Audiencia de Moulins. Durante su encarcelamiento en Sainte-Pélagie escribe, según la policía, «artículos para L’Egalité y folletos de propaganda, entre ellos El derecho a la pareza.» (Archivos de la prefectura de policía, Ba/11 35.) La Federación del Centro paga los gastos de impresión.
Mientras la primera publicación había pasado inadvertida, el folleto editado es difundido intensamente. Provoca las burlas de sus enemigos y estos reproducen citas destinadas a mostrar que Lafargue es el apologista de la holgazanería. Durante la campaña electoral en el norte, en 1892, un cartel de sus adversarios intenta probar que Lafargue es, de hecho, enemigo de los trabajadores. Esta obra se reeditó muchas veces en vida de Lafargue, en 1891, en 1906 y en 1910. Después ha sido reimpresa regularmente en 1921, 1929, 1935, 1937, 1946 y 1965. (Una edición con una presentación nueva de Maurice Dommanget ha sido publicada en el último trimestre de 1969.)
Las versiones de 1880 y 1883 son diferentes. Aparecen modificaciones formales. El estudio sistemático de las mismas no se ha hecho aún. Lafargue indica en su prefacio que la nueva versión contiene «algunas notas adicionales». De hecho mucho más que notas, que a veces aclaran ciertos pasajes, en general son observaciones a la luz de lecturas recientes; se amputan o añaden pasajes enteros. ¿Cuáles son los fines?
En primer lugar, la composición es más clara por la introducción de capítulos y títulos. Las imágenes se precisan, atenúan o refuerzan. La «especie humana» se torna la «triste humanidad», la «fábrica», etc. Y sobre todo, Lafargue está en contacto con la realidad militante en Francia. Debe adaptar sus demostraciones a sus lectores. Hay, pues, un desencaje, una desviación entre las afirmaciones del exiliado y el oportunismo de la expresión nacido del contacto con Francia. Aparecen las alusiones a la política colonial. Las «promesas electorales de los diputados republicanos» desaparecen en 1883 para no dejar sino la primera parte de la expresión, mientras los «candidatos republicanos» se vuelven «candidatos burgueses».
No hay que concluir, al parecer, que se trata de una evolución del pensamiento de Lafargue. Esas modificaciones son el fruto de discusiones con sus amigos socialistas en Francia. Permiten comprender ciertos aspectos del pensamiento de Lafargue que le reprochan Marx, Engels y ciertamente Laura.
El derecho a la pereza es un panfleto que denuncia violentamente a la sociedad capitalista. Es un ensayo de difusión del marxismo en las tradiciones de la expresión socialista francesa que habían ilustrado Saint-Simon, Proudhon, Blanqui, etc. Esta denuncia de la opresión desemboca en un Estado donde «la pereza» regenera. Hay en ella aspectos esenciales del pensamiento de Lafargue, su anticlericalismo, su odio casi anarquizante a lo que es feo, conformista, burgués en una palabra.
No es la mejor obra de Lafargue. Es representativa de un estilo que puede llegar hasta la grosería chocante de Pío IX en el Paraíso. Los aspectos esenciales del Lafargue panfletista coexisten: las frases sorprendentes, cáusticas, los ímpetus generosos en un puro estilo utópico, la erudición arrogante. Algunos han desfigurado el alcance de esta obra y han tratado de amañarla y hacer de Lafargue un ser pintoresco más próximo a los cancioneros que a los socialistas. De hecho la burguesía se impresionó con esos ataques y no hizo falta recordar que Lafargue era su autor
.Nota introductoria de AutSoc
EL DERECHO A LA PEREZA
REFUTACIÓN DEL DERECHO AL TRABAJO DE 1848*
*Título completo del folleto aparecido en 1883
(Extractos)
Paul Lafargue
Prefacio
El señor Thiers, en el seno de la Comisión de Instrucción Primaria de 1849, decía: «Yo quiero hacer todopoderosa la influencia del clero porque cuento con él para propagar esa buena. filosofía que enseña al hombre que está aquí abajo para sufrir y no esa otra filosofía que por el contrarío dice al hombre: «Goza.» El señor Thiers formulaba la moral de la clase burguesa, de la cual encarna el egoísmo feroz y la inteligencia estrecha
La burguesía, mientras luchaba contra la nobleza sostenida por el clero, enarboló el libre examen y el ateísmo; pero triunfante, cambió de tono y de marcha y hoy piensa apuntalar con la religión su supremacía económica y política. En los siglos XV y XVI había reanudado alegremente la tradición pagana y glorificaba la carne y sus pasiones, reprochadas por el cristianismo; en nuestros días, harta de bienes y de goces, reniega de las enseñanzas de sus pensadores, los Rabelais, los Diderot, y predica la abstinencia a los asalariados. La moral capita. lista, lastimosa parodia de la moral cristiana, anatemiza la carne del trabajador; toma por ideal reducir al productor al más pequeño mínimo de necesidades, suprime sus alegrías y sus pasiones y condenarle el papel de máquina de trabajo sin tregua ni merced.
Los socialistas revolucionarios tienen que recomenzar el combate que han librado los filósofos y los panfletarios de la burguesía; tienen que ir al asalto de la moral y las teorías sociales del capitaliLos socialistas revolucionarios tienen que recomenzar el combate que han librado los filósofos y los panfletarios de la burguesía; tienen que ir al asalto de la moral y las teorías sociales del capitalismo tienen que demoler, en las cabezas de la clase llamada a la acción, los prejuicios sembrados por la clase reinante; tienen que proclamar a la faz de los hipócritas de todas las morales, que la tierra dejará de ser el valle de lágrimas del trabajador; que, en la sociedad comunista del futuro que nosotros fundaremos, «pacíficamente si es posible, y si no violentamente», las pasiones de los hombres tendrán suelta la brida pues «todas son buenas por naturaleza y no tenemos que evitar sino su mal uso y sus excesos», y estos no serán evitados sino por su mutua compensación, y por el desarrollo armónico del organismo humano, pues como dice el doctor Beddoe, «sólo cuando una raza alcanza su máximo desarrollo físico alcanza también su más alto punto de energía y vigor moral». Tal era también la opinión del aran naturalista Charles Darwin.
Prisión de Sancte-Pélagie, 1883
Capítulo 1: Un dogma desastroso
"Seamos perezosos en todo, excepto en amar
y en beber, excepto en ser perezosos"
Lessing
Una extraña pasión invade a las clases obreras de los países en que reina la civilización capitalista; una pasión que en la sociedad moderna tiene por consecuencia las miserias individuales y sociales que desde hace dos siglos torturan a la triste Humanidad. Esa pasión es el amor al trabajo, el furibundo frenesí del trabajo, llevado hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y su progenitura. En vez de reaccionar contra esta aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas han sacrosantificado el trabajo.
(...) En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica.
(...) Los griegos de la gran época no tenían más que desprecio por el trabajo: solamente a los esclavos les era permitido trabajar: el hombre libre no conocía más que los ejercicios corporales y los juegos de la inteligencia. Fue aquel el tiempo de un Aristóteles, de un Fidias, de un Aristófanes; el tiempo en que un puñado de bravos destruía en Maratón las hordas del Asia, que Alejandro conquistó enseguida.
Los filósofos de la antigüedad enseñaban el desprecio al trabajo, esta degradación del hombre libre; los poetas entonaban himnos a la pereza, este don de los dioses (...).
Cristo, en su sermón de la montaña, predicó la pereza:
"Contemplad cómo crecen los lirios de los campos; ellos no trabajan, ni hilan, y sin embargo, yo os digo, Salomón, en toda su gloria, no estuvo mejor vestido".
Jehová, el dios barbudo y áspero, dio a sus adoradores supremo ejemplo de la pereza ideal: después de seis días de trabajo se entregó al reposo por toda la eternidad.
¿Cuáles son, en cambio, las razas para quienes el trabajo es una necesidad orgánica? (...) ¿Cuáles son la clases que aman el trabajo por el trabajo? Los campesinos propietarios, los pequeños burgueses (...).
Y también el proletariado, la gran clase de los productores de todos los países, la clase que, emancipándose, emancipará a la Humanidad del trabajo servil y hará del animal humano un ser libre, también el proletariado, traicionando sus instintos e ignorando su misión histórica, se ha dejado pervertir por el dogma del trabajo.
Capítulo 2: Bendiciones del trabajo
(...) ¡Y decir que los hijos de los héroes de la Revolución de han dejado degradar por la religión del trabajo hasta el punto de aceptar, en 1848, como un a conquista revolucionaria, la ley que limitaba el trabajo en las fábricas a doce horas por día! Proclamaban como un principio revolucionario el derecho al trabajo. ¡Vergüenza para el proletariado francés! Solamente esclavos podían ser capaces de semejante bajeza.
El mismo trabajo que en junio de 1848 reclamaron los obreros con las armas en la mano, lo han impuesto ellos a sus familias; ellos han entregado a los señores feudales de la industria sus mujeres y sus hijos. Con sus propias manos han demolido su hogar doméstico, con sus propias manos han secado el pecho de sus mujeres. Las desgraciadas encinta o amamantando a sus pequeñuelos han tenido que ir a las minas y a las manufacturas a doblar la espalda y a atrofiar sus nervios. Ellos, con sus propias manos, han destrozado la vida y el vigor de sus hijos. ¡Vergüenza para los proletarios!
(...) Los filántropos llaman bienhechores de la Humanidad a los que, para enriquecerse sin trabajar, dan trabajo a los pobres. Más valdría sembrar la peste o envenenar las aguas que erigir una fábrica en medio de una población rural. Introducid el trabajo fabril, y adiós alegrías, salud, libertad; adiós todo lo que hace bella la vida y digna de ser vivida.
Y los economistas no se cansan de repetir a los obreros: "¡Trabajad, trabajad para aumentar la fortuna social!" Es, sin embargo, un economista, Destut de Tracy, quien les contesta:
"Las naciones pobres son aquellas en que el pueblo vive con comodidad; las naciones ricas son aquellas en que, por lo regular, vive en la estrechez."
(...) Pero los economistas, aturdidos e idiotizados por sus mismos aullidos, responden: "Trabajad, trabajad sin descanso para crear vuestro propio bienestar".
(...) Trabajad, trabajad, proletarios, para aumentar la fortuna social y vuestras miserias individuales; trabajad, trabajad para que, haciéndoos cada vez más pobres, tengáis más razón de trabajar y de ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción capitalista.
Los proletarios, prestando oídos a las falaces palabras de los economistas, se han entregado en cuerpo y alma al vicio del trabajo, contribuyendo con esto a precipitar la sociedad entera en esas crisis industriales de sobreproducción que trastornan el organismo social. Entonces, a causa de la plétora de mercancías y de la escasez de compradores, se cierran las fábricas, y el hambre azota las poblaciones obreras con su látigo de mil correas. Los proletarios, embrutecidos por el dogma del trabajo, sin comprender que la causa de su miseria presente es el sobretrabajo que se impusieron en los tiempos de pretendida prosperidad, (...) en vez de aprovecharse de los momentos de crisis para una distribución general de los productos y para un goce universal, los obreros, muriéndose de hambre, van a golpear con sus cabezas las puertas de las fábricas. (...) Y esos infelices, que apenas tienen fuerzas para sostenerse en pie, venden doce o catorce horas de trabajo por la tercera parte del precio que exigían cuando tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria se aprovechan de estas crisis para fabricar más barato.
Si la crisis industriales suceden a los períodos de sobretrabajo tan fatalmente como la noche al día, arrastrando consigo la huelga forzada y la miseria sin salida, producen también la bancarrota inexorable. (...) Llega, finalmente, la quiebra, y los depósitos desbordan; se arrojan entonces tantas mercancías por la ventana, que no se comprende cómo hayan podido entrar por la puerta. Se calcula en centenares de millones el valor de las mercancía destruidas; en el siglo XVIII se quemaban o echaban al mar.
Pero antes de tomar esta decisión, recorren los comerciantes el mundo entero en busca de salida para las mercancías que se amontonan; chillan y gritan por la anexión del Congo, la conquista de Tonkin, de la Eritrea, del Dahomey, obligando a los Gobiernos a demoler a tiros de cañón las murallas de la China, con el único fin de poder despachar sus géneros de algodón. En el siglo XVIII tuvo lugar un duelo a muerte entre Francia e Inglaterra para decidir quién gozaría el privilegio exclusivo de vender en América y en las Indias. Millares de hombres jóvenes y vigorosos han tenido que enrojecer el mar con su sangre en las guerras coloniales de los siglos XVI, XVII y XVIII.
Los capitales abundan como las mercancías. Los financieros no saben ya dónde colocarlos, y van, por eso, a las naciones felices que están al sol fumando tranquilamente, a construir ferrocarriles, a erigir fábricas, a implantar la maldición del trabajo.
(...) Estas miserias individuales y sociales, por grandes e innumerables que sean y por eternas que parezcan, desaparecerán, como las hienas y los chacales al acercarse el león, cuando el proletariado diga: yo lo quiero. Pero para que llegue a la conciencia de su fuerza, es necesario que el proletariado pisotee los prejuicios de la moral cristiana, económica y librepensadora; es necesario que vuelva a sus instintos naturales, que proclame los derechos a la pereza, mil y mil veces más nobles y más sagrados que los tísicos derechos del hombre, concebidos por los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que se empeñe en no trabajar más de tres horas diarias, holgando y gozando el resto del día y de la noche.
(...) El trabajo se convertirá en un condimento de los placeres de la pereza, en un ejercicio benéfico al organismo humano y en una pasión útil al organismo social cuando sea sabiamente regularizado y limitado a un máximum de tres horas (...).
Capítulo 3: Efectos del exceso de producción
(...) Una buena obrera no hace con su huso más de cinco mallas por minuto: ciertas máquinas hacen treinta mil en el mismo tiempo. Cada minuto de la máquina equivale, por consiguiente, a cien horas de trabajo de la obrera, o, lo que es igual: cada minuto de trabajo de la máquina hace posible a la obrera diez días de reposo. Lo que es cierto para la industria de los tejidos lo es, poco más o menos, para todas las industrias renovadas por la máquina moderna. Pero, ¿qué vemos nosotros? A medida que la máquina se perfecciona y sustituye con rapidez y precisión cada vez mayor al trabajo humano, el obrero, en vez de aumentar en razón directa su reposo, redobla aún más su esfuerzo, como si quisiera rivalizar con la máquina.
(...) Desde que la clase trabajadora, en su ingenuidad y buena fe, se ha dejado trastornar la cabeza, arrojándose ciegamente, con su impetuosidad natural, al trabajo y a la abstinencia, la clase capitalista se ve obligada a la pereza y al goce forzados, a la improductividad y el sobreconsumo.
(...) Para cumplir con su doble misión social de improductora y de sobreconsumidora, la burguesía no sólo tiene que violentar sus gustos modestos, perder sus costumbres laboriosas de hace dos siglos, y darse al lujo desenfrenado, a las indigestiones trufadas y a las disoluciones sifilíticas, sino que tiene que sustraer al trabajo productivo una masa enorme de hombres, para procurarse ayuda.
(...) Y precisamente entonces, sin tener en cuenta la desmoralización que, como un deber social, habíase impuesto la burguesía, los proletarios se pusieron en la cabeza la idea de imponer el trabajo a los capitalistas. ¡Ingenuos! Tomaron en serio la teoría de los economistas y los moralistas sobre el trabajo, y se obstinaron en llevarla a la práctica, imponiéndola a los capitalistas. El proletariado enarboló la divisa: El que no trabaje, que no coma; Lyon, en 1831, se rebeló al grito de Trabajo, o plomo; los sublevados de junio de 1848 reclamaron el Derecho al trabajo; los federados de marzo de 1871 declararon que su rebelión era la Revolución del trabajo.
A estos desencadenamientos de bárbaro furor, destructores de todo goce y toda pereza burguesa, los capitalistas no podían contestar más que con la represión feroz; pero ellos saben que si han podido sofocar estas explosiones revolucionarias, no han ahogado por eso, en la sangre de sus matanzas gigantescas, la absurda idea del proletariado de querer imponer el trabajo a las clases ociosas y panzudas; y sólo con el fin de alejar este peligro, la burguesía se rodea de pretorianos, polizontes, magistrados y carceleros entretenidos en una improductividad laboriosa. Ya no se pueden tener ilusiones sobre el carácter de los ejércitos modernos; no son mantenidos permanentemente más que para reprimir al enemigo interno. (...) Las naciones europeas no tienen ejércitos nacionales, sino ejércitos mercenarios: ellos protegen a los capitalistas contra el furor popular que quisiera condenarlos a diez horas de mina o de hiladora.
(...) El gran problema de la producción capitalista no es ya el de encontrar productores y de duplicar sus fuerzas, sino de descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades ficticias. Desde que los obreros europeos, temblando de frío y hambre, se niegan a usar los géneros tejidos por ellos, a consumir el trigo y beber el vino que ellos cosechan, los pobres fabricantes se ven obligados a correr a las antípodas en busca de quienes quieran encargarse de consumir esos productos. (...) Pero los continentes explorados no son lo suficientemente vastos; se necesitan, por consiguiente, países vírgenes. Los fabricantes de Europa sueñan noche y día con el África, con el lago de Sahara, con el ferrocarril del Sudán (...).
Mas todo es inútil: ni los derroches de la burguesía, ni el enorme consumo de una clase doméstica más numerosa que la clase productora, ni las poblaciones salvajes a las que se inunda de mercancías europeas; nada, nada alcanza a agotar las montañas de producción que se acumulan a mayor altura que las Pirámides de Egipto. La productividad de los obreros desafía todo consumo, todo derroche. (...) Ciertos industriales compran jirones de lana sucia, a medio pudrir, y fabrican con ella un paño llamado renaissance, que dura tanto como las promesas electorales. (...) Todos nuestros productos son adulterados, a fin de facilitar su salida y abreviar su duración. (...) Algunos ignorantes acusan de fraude a nuestros caritativos industriales, cuando lo que en realidad los mueve es la idea de dar trabajo a los obreros, que no pueden resignarse a vivir con los brazos cruzados.
(...) Y, sin embargo, a pesar de la sobreproducción de mercancías, no obstante las falsificaciones industriales, los obreros llenan el mercado en cantidades sin número, implorando ¡trabajo!, ¡trabajo!
(...) Embrutecidos por su vicio, los obreros no han podido llegar a comprender que para que haya trabajo para todos es preciso dividirlo como el agua en un navío en peligro.
(...) ¡Oh idiotas! Precisamente porque trabajáis demasiado se desarrolla con lentitud el maquinismo industrial.
(...) Para forzar a los capitalistas a perfeccionar sus máquinas de madera y de hierro, es preciso elevar los salarios y disminuir las horas de trabajo de las máquinas de carne y hueso.
Capítulo 4: A nuevo aire, canción nueva
Si disminuyendo las horas de trabajo se adquieren nuevas fuerzas mecánicas para la producción social, obligando a los obreros a consumir sus productos se conquistará un inmenso ejército de fuerzas de trabajo. La burguesía, aliviada así de su tarea de sobreconsumidora universal, se apresurará a licenciar esa turba de soldados, magistrados, rufianes, etc., que ha sacado del trabajo útil para que la ayuden a consumir y derrochar. El mercado del trabajo estará entonces desbordante, y habrá necesidad de imponer una ley de hierro para prohibirlo, hasta que será imposible encontrar ocupación para estas multitudes humanas, más numerosas que las langostas y hasta ahora improductivas. (...) Desde el momento en que los productos europeos se consuman donde se fabriquen, ya no habrá necesidad de transportarlos a todas las partes del mundo (...). Los felices habitantes de la Polinesia podrán entregarse entonces al amor libre, sin temer las iras de la Venus civilizada y los sermones de la moral europea.
Aún más: para encontrar trabajo suficiente a todas las fuerzas improductivas de la sociedad moderna e inclinarse a una mayor perfección constante de los medios de trabajo, la clase obrera deberá, como la burguesía, violentar sus inclinaciones a la abstinencia y desarrollar indefinidamente sus capacidades consumidoras.
(...) Si desarraigando de su corazón el vicio que la domina y envilece su naturaleza, la clase obrera se alzara en su fuerza terrible para reclamar, no ya los derechos del hombre, que son simplemente los derechos de la explotación capitalista, ni para reclamar el derecho al trabajo, que no es más que el derecho a la miseria; sino para forjar una ley de hierro que prohibiera a todo hombre trabajar más de tres horas diarias, la tierra, la vieja tierra, estremeciéndose de alegría, sentiría agitarse en su seno un nuevo mundo... Pero ¿cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista una resolución viril?
Como Cristo, la doliente personificación de la esclavitud antigua, el proletariado sube arrastrándose desde hace un siglo por el duro Calvario del dolor. Desde hace un siglo, el trabajo forzoso rompe sus huesos, atormenta su carne y atenaza sus nervios; desde hace un siglo, el hambre desgarra sus vísceras y alucina su cerebro... ¡Oh Pereza, ten tú compasión de nuestra miseria! ¡Oh Pereza, madre de las artes y de las nobles virtudes, sé tú el bálsamo de las angustias humanas!
Apéndice: una explicación con los moralistas
(...) "El prejuicio de la esclavitud dominaba el espíritu de Aristóteles y de Pitágoras", se ha escrito desdeñosamente, y sin embargo, Aristóteles pensaba que "si todo instrumento pudiera ejecutar por sí solo su propia función, moviéndose por sí mismo, como las cabezas de Dédalo o los trípodes de Vulcano, que se dedicaban espontáneamente a su trabajo sagrado; si, por ejemplo, los husos de los tejedores tejieran por sí solos, ni el maestro tendría necesidad de ayudantes, ni el patrono de esclavos".
El sueño de Aristóteles es nuestra realidad. Nuestras máquinas de hálito de fuego, de infatigables miembros de acero y de fecundidad maravillosa e inextinguible, cumplen dócilmente y por sí mismas su trabajo sagrado, y a pesar de esto, el espíritu de los grandes filósofos del capitalismo permanece dominado por el prejuicio del sistema salarial, la peor de las esclavitudes. Aún no han alcanzado a comprender que la máquina es la redentora de la Humanidad, la diosa que rescatará al hombre de las sordidae artes y del trabajo asalariado, la diosa que le dará comodidades y libertad.
El texto aquí transcrito está en
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