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Susan George (1935) |
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Susan George (1935) nació en los Estados Unidos, y adquirió la
ciudadanía francesa en 1994. Es presidenta del Observatorio de la
Mundialización, filósofa y analista política. También vice
presidente de ATTAC
Francia.
Entre sus títulos académicos se encuentran
los de doctor en Ciencias Políticas (Ecole des Hautes Etudes en
Sciences Sociales, University of Paris), licenciada en Francés (B.A.Smith
College, EE.UU.) y Filosofía (Sorbonne, París), etc. Su trabajo actual
va encaminado hacia la lucha contra el modelo actual de la
globalización, organización del comercio mundial, las instituciones
financieras internacionales y las relaciones norte-sur.
A partir de 1990-95 desempeñó servicios en
el comité de Greenpeace Internacional así como la de Greenpeace
Francia. Es un miembro del grupo de Lisboa, patrón del jubileo 2000 y
ha actuado como consultor de varias agencias especializadas de Naciones
Unidas (FAO, UNESCO, Unicef etc.). Susan George es un altavoz público
frecuente, determinante para los sindicatos y las organizaciones no
gubernamentales en muchos países y se entrevista a menudo con la
prensa, la radio y la televisión.
Entre sus los libros están
El informe de
Lugano (Icaria, 2001); Fe y crédito: el imperio secular del
banco mundial (con Fabrizio Sabelli, Penguin, 1994); El Bumerang
De la Deuda (Prensa, 1992 De Pluto); La enfermedad se va la pista (Penguin, 1990); etc. Susan George también es autora de docenas de
prefacios, de artículos de diario, de contribuciones a conferencias y
seminarios, de capítulos en volúmenes corregidos, etc. Su obra se ha
traducido extensamente; parte o toda existe en francés, alemán, español,
italiano, portugués, estonio, japonés, coreano, bengalí, etc.

Se gesta
una lucha de todos contra todos
Por
Margarita Riviere
La filósofa
y analista política Susan George presenta esta semana en España
su nuevo libro, 'El Informe Lugano. Sobre la conservación del
capitalismo en el siglo XXI', publicado por Intermon, en el
que novela sus teorías sobre la globalización y el poder de
los mercados y critica la crueldad de la derecha y los dogmas
de la izquierda.
Las catástrofes
cotidianas no son nada en comparación con lo que puede venir,
según Susan George, filósofa, analista política y experta
en globalización, presidenta del Observatorio de la
Mundialización, de París, y directora asociada del Instituto
Transnacional, de Ámsterdam. Un accidente global, por
ejemplo, que empezara con un crack financiero tendría
consecuencias inimaginables. Pero eso no es lo peor.
Según esta mujer, de 66 años, con tres hijos y cuatro
nietos, una verdadera observadora del contraste entre poder y
miseria, 'se está gestando una lucha de todos contra todos.
Nuestro sistema económico actual es una máquina universal
para arrasar el medio ambiente y para producir millones de
perdedores con los que nadie tiene la más mínima idea de qué
hacer. El crecimiento económico tiene límites y el
neoliberalismo no puede acoger a los 7.000 millones de
personas que se esperan en el año 2020'.
Su diagnóstico es brutal y su esperanza limitada. En esta
entrevista habla por primera vez en España de su último
libro, El informe Lugano. Sobre la conservación del
capitalismo en el siglo XXI, editado por la ONG Intermon,
ya traducido, como sus otras obras, a diez idiomas, que se
presenta esta semana en Madrid y Barcelona.
'He escrito para afligir a los que se sienten confortados y no
puedo, claro, confortar a los afligidos. Pero no vivimos
tiempos agradables y es mucho lo que está en juego', explica
en el epílogo de esa novela que parece ciencia ficción
aunque que es un ensayo con datos reales espeluznantes,
sacados de una investigación que ha durado más de cinco años
y que la ha llevado a concluir que 'necesariamente han de
producirse más crisis y sufrimientos en todo el mundo'. Por
eso, esta mujer, doctorada en literatura, en ciencias políticas
y en filosofía, autora de nueve libros, entre ellos El
boomerang de la deuda o La religión del crédito,
ha utilizado una trama de novela. Para que muchos más
comprendan 'qué nos está pasando'.
Éste es el desarrollo del libro, del cual Noam Chomsky ha
dicho que 'debería estar en la mesilla de noche de los políticos
de Occidente': reunidos en la ciudad suiza de Lugano, un
selecto grupo de superexpertos redacta un informe confidencial
sobre cómo debe sobrevivir un capitalismo global que se
siente en peligro. El encargo, secreto, permite una total
claridad y los expertos no se muerden la lengua: la mala gestión
de la economía globalizada, sus propios excesos y descontrol
llevan a la quiebra del sistema ya que éste 'no puede
asegurar la felicidad para todos', que hasta ahora había
constituido su gran éxito. Los expertos, desde luego,
trabajan con datos reales actualizados; su análisis es
riguroso.
La guerra contra el medio natural, dicen, 'se plantea en términos
de vida o muerte y nadie quiere vivir en un planeta muerto'.
La criminalidad económica, la ineficiencia de las
instituciones financieras y políticas, la 'ira de los
pobres', el paro, les lleva al diagnóstico de 'la desconexión
del sistema con la realidad'. Así escriben: 'Hay demasiadas fábricas
notablemente eficientes que producen demasiados bienes para
muy pocos compradores solventes'. Se propone, pues, un 'plan
de salvación' escalofriante que es el único que garantiza la
supervivencia de los amos del mundo, y unas estrategias -entre
las que está la 'intoxicación alimentaria'- encaminadas a
'seleccionar a las víctimas' que lograrán, por ejemplo, que
esas víctimas, gracias a 'la política de identidad' que
exacerba los fanatismos, se exterminen entre ellas. Lo
contrario, asegura el informe, 'es el caos'.
Pregunta. Su diagnóstico es tremendo.
Respuesta. Lo que he hecho es estudiar, observar cómo actúa
el poder, la gente que manda en el mundo y sus servidores,
como las organizaciones internacionales, es que ayudan a su
política, desde hace más de 25 años.
P. ¿Su interés por el poder es consecuencia de una
rebeldía generacional?
R. Nací en los años treinta, y mi generación, en los
Estados Unidos, era conformista, todo les gustaba. Nací entre
dos generaciones de rebeldes. Hoy los jóvenes tampoco son
rebeldes, pero sí son mucho más realistas que otras
generaciones anteriores. Esto es lo que yo veo.
P. ¿Por qué una escritora de ensayo hace una novela?
R. No he hecho una novela en el sentido convencional de la
palabra. Hay, sí, un guión de base, pero no hay personajes,
y el informe que elaboran es totalmente real, describe hechos
no inventados. Y precisamente reivindico el no haber hecho
ciencia-ficción, pero quería encontrar un método nuevo para
exponer la realidad, una nueva pedagogía. Esto ya lo hago
habitualmente cuando doy conferencias y pensé que era lógico
llevar esa idea hasta el final, ya que el tema de este libro
es que ese poder económico trata de librarse de todos
aquellos que no contribuyen a consolidar la economía,
eliminando a los que sobran. Desde la epidemia del sida, a la
gente le resulta bastante evidente que no importa demasiado cuántos
mueren o quedan excluidos.
P. ¿Usted cree?
R. Sería bastante fácil, ya que el mundo hoy es más
rico que nunca, redistribuir mejor esa riqueza y organizarse
de otra manera. Pero la realidad se aproxima cada vez más a
la ficción, ya que yo empecé a escribir en 1997.
P. ¿Ha escrito para los políticos, los empresarios o la
gente normal?
R. Para todo el mundo. Tengo un público limitado y no sé
hablar a los empresarios; aunque he procurado no ser agresiva,
siempre han recibido mal mis palabras. Seguramente es culpa mía
porque el mensaje no es agradable y ellos no son personas
libres, son gente que si no aseguran una rentabilidad del 15%,
si no despiden, si no hacen todo eso, dejan de ser
empresarios. En el libro explico esta paradoja: quienes están
más y más implicados en el sistema resultan incapaces de
modificarlo, por lo cual tampoco pueden protegerlo del
desastre. Ésta es la lógica de Lugano: si se deja que este
sistema se embale, cada vez excluirá más, destruirá más y
creará más desequilibrios económicos, sociales, ecológicos
y de todo tipo.
P. Ofrece una visión apocalíptica...
R. He tenido un montón de críticas, pero nadie me ha
dicho que las premisas fueran falsas o que pudiera existir
otra lógica. Me han dicho que causa pavor lo que explico;
seguramente es un texto molesto, pero es lo que quería,
desestabilizar tantas conciencias dormidas.
P. Se puede decir que expone una gran conspiración
planetaria.
R. No. No creo en las conspiraciones, sino en los
intereses. He descrito que los amos del universo hacen lo que
deben hacer dado quiénes son, lo cual no es una conspiración.
El informe de los expertos toma sus distancias sobre cualquier
sistema conspirativo o burocrático.
P. Esos expertos son unos cínicos.
R. Son gentes muy bien pagadas para decir la verdad. Son
fríos y dicen lo que piensan. Tienen la ventaja de que cuanto
menor es la audiencia de un documento, más fiel puede ser a
la realidad y a la verdad. Los informes destinados al gran público
van llenos de retórica. En cambio, ellos reciben el encargo
de decir la verdad sobre lo que hay que hacer para proteger y
extender el sistema en el siglo XXI.
EL PODER DE LOS MERCADOS
P. Su libro describe un tremendo poder, pero no da ni un
nombre. ¿Quién tiene el poder?
R. ¿No ha estado en Davos? Todos están ahí. El poder
hoy está en los mercados financieros, en los que sólo
cuentan 150 personas, y está en los dirigentes de las
transnacionales y sus servidores, que se ocupan de la
Organización Mundial del Comercio, de la OCDE, de la banca o
de la Comisión Europea. Se encuentran entre ellos en
instancias como la Mesa de la Industria Europea o el
Transatlantic Bussines Dialogue, en comités permanentes de
presidentes y directores generales que cada año presentan,
por ejemplo, a la Comisión Europea o al Gobierno
norteamericano, la lista de lo que se llama deliverable,
que viene a ser la lista de lo que les interesa que los
Gobiernos les faciliten.
P. ¿Qué hay en esa lista?
R. Objetivos políticos, muchas veces muy bien descritos y
precisos sobre las reglas del juego económico en cada terreno
económico y a cada nivel de las diversas administraciones.
Piden generalmente normas técnicas para problemas concretos.
El Gobierno norteamericano trabaja regularmente con las
federaciones de la industria que hacen peticiones ante la OMC
para evitar obstáculos al comercio, cosas de este tipo.
Ahora, por ejemplo, se pide que se privaticen los servicios de
correos. En su conjunto se trata de elaborar una 'constitución
comercial' para el mundo hecha a su medida. Esto es la
globalización tal como esta gente la define: libertad total
para los movimientos de capitales en todos los sentidos,
comprando, vendiendo... Y pretendiendo que ésta es la manera
de crear riqueza para todos. Y, así, resulta que si se está
contra la libertad de comercio, se está en contra de los
pobres. Envié un mensaje sobre esto a Porto Alegre, sobre qué
hay que hacer ahora.
P. ¿Qué cree que hay que hacer?
R. Es una ideología que hay que combatir. No es cierto
que si unos se enriquecen, los demás se enriquecerán también...
Todo esto es falso y responde a un aparato de propaganda muy
eficaz.
P. ¿El Estado es la solución?
R. Los Estados tienen más poder del que utilizan. Es
paradójico que sean los Gobiernos socialdemócratas los que
hayan catapultado en buena medida este programa neoliberal.
Estos Gobiernos socialdemócratas escuchan, sobre todo, a las
transnacionales. Lo mismo sucede con la Comisión Europea. Yo
critico la crueldad de la derecha, pero también lo que
considero ceguera o dogmas de la izquierda.
LA POLÍTICA DE IDENTIDAD
P. Su libro describe sin piedad lo que llama la política
de identidad.
R. La política de identidad es una gran ventaja para los
que gobiernan; por eso, los expertos del grupo de trabajo la
recomiendan calurosamente. Ayudando a la gente a preocuparse
por quiénes son desde el punto de vista histórico, o político,
o religioso, o racial, o de sexo, se evita que se ocupen de lo
que pueden hacer juntos. Se bloquea la solidaridad. Se trata
de evitar que la gente comprenda que tienen los mismos
intereses y que se unan, ya que si la gente se une y deja el
individualismo, el sistema difícilmente funcionaría. Por
esto se procura que se mire hacia otros objetivos y que, por
ejemplo, el cristiano vaya contra el judío o el musulmán y
viceversa, o que la mujer vaya contra el hombre, o el negro
contra el blanco. Si todo esto se exacerba, nos olvidamos de
las transnacionales. Parece clarísimo que las políticas de
identidad son sumamente útiles para entretenernos.
P. Y también para exterminarnos, según su libro.
R. En la solución Lugano, los expertos llegan la
conclusión de que como no se puede consumir tanto y que la
tecnología no va suficientemente rápida, hay que reducir
esta masa de gente que no sólo no contribuye al sistema, sino
que es un obstáculo a su desarrollo y una fuente de
desequilibrios. Se dan cuenta de que con 8.000 millones de
personas en el planeta, en 2020 el sistema no puede funcionar.
Con tanta gente no se puede gestionar el medio ambiente, ni la
sociedad, ni la política. Por esto promueven la vuelta a un
planeta con 4.000 millones de personas que puedan integrarse,
tener trabajo o comida, porque la gente tampoco pide mucho más.
Observan que lo que no se puede sostener es un sistema en el
cual haya más o menos mil millones de personas que tienen un
nivel correcto y 7.000 millones de excluidos.
P. Es paradójico que un sistema pueda morir de éxito,
por su propia desmesura.
R. Sí. Pero resulta que vamos en un avión sin piloto.
Todos pedaleamos en una bicicleta que va muy deprisa, que
necesita ir cada vez más rápido y que no podemos parar
aunque veamos que sería lo mejor para nuestros hijos. Éste
es el drama: vamos muy deprisa a estrellarnos contra un muro.
P. Es decir, ha escrito un libro para salvar el
capitalismo.
R. En todo caso, sólo digo que el mercado tiene su lugar
y que cuando el mercado lo ocupa todo es un desastre. Beber
dos vasos de vino es estupendo, pero tomarse varias botellas
es otra cosa. Imagine lo que puede pasar con una economía
integrada mundialmente... Yo no deseo que un accidente
global cause enormes sufrimientos y lleve a la guerra de
todos contra todos. No lo deseo porque soy una reformista. Lo
que verdaderamente importa es controlar esta máquina de
destrucción de la cual todos dependemos, pero lo más grave
es que quienes se benefician más de ella son incapaces de
controlarla.
P. Cuando habla de accidente global, ¿en qué
piensa?
R. Ésta es una expresión de Paul Virilio, pero que
describe muy bien algunas cosas que pueden pasar. Pongamos por
caso que Estados Unidos tuviera una crisis bursátil o que, mañana,
todo perdiera el 75% de su valor en la Bolsa y las empresas no
pudieran pagar a los bancos: todo el mundo sería despedido,
los bancos y las empresas cerrarían, el paro se generalizaría,
los Gobiernos se verían impotentes, los precios aumentarían,
la gente no tendría dinero y el crimen y la inseguridad
crecerían... Con lo cual, nos encontraríamos en el infierno
de Hobbes de la guerra de todos contra todos. Para mí, éste
es el escenario del accidente global. No quiero un
porvenir así.
P. ¿Es usted optimista o pesimista?
R. Nunca respondo a esa pregunta. Estas palabras no tienen
mucho sentido. Se puede contestar fácilmente con la famosa
cita de Gramsci que dijo que vivía en el optimismo de la
voluntad y en el pesimismo de la razón. Pero tengo esperanza
y creo que hay que actuar porque, aunque no haya ninguna
posibilidad de salirse de todo esto, al menos se habrá
intentado. Sólo ahora se empieza a ver que la globalización
puede ser otra cosa si se apuesta por la solidaridad o la
amistad. Hay que actuar para vivir con dignidad y ética. Pero
el hecho de actuar tampoco es ninguna garantía.
P. Está describiendo una catástrofe.
R. Todo esto se juega, como dicen en Francia, en un pañuelo.
Si se cree en la teoría del caos, según la cual una gota de
agua puede cambiar infinidad de cosas, no existe ninguna
garantía. Pero lo que sí sabemos es que si no se hace nada,
será peor.
P. La realidad es, pues, como una novela de suspense.
R. ¿Se quería el horror? Pues aquí está. Pero a mucha
gente no le gusta. Los que me han criticado no han cuestionado
ni mis datos ni mis premisas; me encantaría que alguien me
llevara la contraria, que me dijeran que me equivoco en mis
datos o en mis premisas.
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