| La historia del pueblo Saharaui |
-
Escuela de 27 de Febrero.
- La
mujer saharaui ha impulsado un sector que podían cubrir los hombres
combatientes. En los campamentos de refugiados en Tinduf no existe oficialmente
el dinero, todo lo que hay, en especial los alimentos, se distribuyen
equitativamente entre toda la población. Básicamente la economía es interna y
se limita a practicar una agricultura de subsistencia, imprescindible para poder
sobrevivir en unas condiciones tan duras. Para ellas era completamente nuevo el
dedicarse a las labores agrícolas, pues procedían de una sociedad totalmente nómada,
donde las únicas especies vegetales que empleaban crecían de manera silvestre
y las empleaban en exclusiva para alimentar al ganado o como plantas
medicinales. Antes podían aprovechar los arbustos y hierbas que crecían cerca
de los "uadis" o lechos secos de ríos que se daban en un suelo
distinto, más rico en minerales y no tan árido como el de la Hamada, que es
donde están ahora. Como se puede apreciar, han empezado de la nada y con las
condiciones más adversas que se les podía presentar. Un ejemplo de ello es que
la tierra apta para el cultivo la tienen que traer desde las zonas liberadas por
ellos en el Sahara Occidental, arrancan la capa superficial del terreno de la
Hamada y echan encima la nueva tierra, de la que podrán sacar provecho. En cada
campamento de los cuatro que hay se ha intentado levantar una explotación agrícola
de mediana importancia, de cuyo rendimiento se hacen cargo las mujeres y se
intenta que sus frutos aprovechen a los sectores más desfavorecidos que ellas
han constatado, como son los niños, los ancianos y las mujeres embarazadas. Lo
que se saca de las huertas se distribuye a centros de uso colectivo, no a cada
familia en particular, por lo cual los inmediatos favorecidos son los
hospitales, escuelas y centros de recuperación de salud y de rehabilitación.
Sin embargo, al ser una cantidad importante de población, cada vez más
numerosa, sobre todo de niños, han de ser abastecidos a gran escala por
organismos humanitarios como la Cruz Roja Internacional, el ACNUR, la ONU. y
por los departamentos de cooperación de gobiernos como el canadiense, el sueco,
el austriaco, etc. Todos éstos distribuyen alimentos básicos como
trigo, harina, arroz, legumbres, conservas, etc. Normalmente llegan en sacos de
50 a 100 kilos y se distribuyen en una proporción determinada por persona y mes
en cada campamento, en centros específicos para ello que son atendidos por
completo por mujeres. Estas se han organizado de tal manera que la
distribución sea lo más descentralizada posible, rápida, sin que existan
problemas como por ejemplo en el Cuerno de África, donde existe una población
famélica y los alimentos se quedan en manos de guerrilleros. Cuando los
saharauis salieron a toda prisa en los días de la ocupación marroquí, muchos
no llevaban apenas alimentos, sólo algo de agua con la que mitigar la terrible
sed que la huida precipitada y el calor les daban. Al llegar a territorio
argelino no tenían nada, ni víveres, ni semillas, ni aperos con los que lograr
algo de sustento del suelo. Además no estaban acostumbrados al uso de tales
herramientas ni a nutrirse de vegetales. En los primeros meses se consumía
sobre todo la poca carne que tenían, en especial la de camello. En 1976 la RASD. empezó a existir sin tener siquiera un solo especialista en
agricultura, pues el colonialismo español no había dejado ninguno preparado.
La labor del campo iba a ser asumida por las mujeres, que jamás habían tenido
contacto alguno con la agricultura, a excepción de ciertos
conocimientos sobre plantas medicinales de uso
ornamental como la henna, con la que se tiñen ellas las manos para adornarse y
para protegerlas del duro trabajo manual que hacen todo el día. Como el plan de
acción del F. Polisario estaba encaminado a asegurar la subsistencia de los
refugiados con el esfuerzo que fuese, la mujer saharaui asumió la
responsabilidad de alimentar a todo su pueblo. Con ayuda de fuera tras
cualificar a gente de su propio entorno en el exterior, desde hace varios años
disponen de una cierta tecnología, rudimentaria pero eficaz, que les ha
facilitado la consecución de sus primeras cosechas y la satisfacción de vencer
al desierto en su lugar más inhóspito, creando vida y dando un color verde a
donde antes nunca lo hubo. Las huertas levantadas son muy modestas pero de
un tamaño considerable para encontrarse en plena Hamada. Ahora se han
lanzado a experimentar e investigar con distintas especies que crezcan más
deprisa, en mayor cantidad y con más nutrientes para satisfacer la demanda que
precisan niños y mujeres. Otro gran problema que se han encontrado ha
sido el del agua. Nada más llegar a Tinduf apenas tenían algo que beber. No
contaban con sistemas de abastecimiento como en la actualidad, sin tener
asegurada la bebida diaria en un lugar tan necesario como el desierto. Su
tenacidad y voluntad fueron tan grandes como sus deseos de dar de beber a tantos
niños y mujeres que día tras día morían deshidratados por decenas. Las
mujeres saharauis pusieron manos a la obra y se empeñaron en encontrar agua, a
pesar de que los argelinos les advirtieron que por allí no había ni una gota.
Aprendieron a hacer una labor exclusivamente masculina como era la de construir
pozos, excavando poco a poco hasta que apareciese el líquido. El resultado
actual es que dos campamentos tienen bombas de agua con las que se autoabastecen
y con las que surten a los otros dos, que son servidos diariamente por camiones
cisterna que la almacenan en depósitos para el uso de toda la población.
Aunque se hallan sobre grandes bolsas de agua de las que se aprovechan, uno de
los principales problemas es que este agua es salobre y con exceso de tierra y
minerales, repercutiendo en la salud de los más delicados, como los críos y
los ancianos. Al contener algo de sal tampoco la pueden usar directamente para
la agricultura y por ello han construido canales de drenaje y desalinización en
las huertas. Otra dificultad añadida es que el agua enconada no está a la
misma altura, y mientras en el campamento de Dajla se halla a escasos metros del
suelo, en otros pozos está a más de 50 metros de profundidad y a veces ni les
es posible ni rentable hacerla aflorar a tierra.
Una de las ventajas de la
sabiduría popular de la mujer saharaui es el sabio empleo que ella ha
hecho de los excrementos de los animales, en concreto de los de camello.
Ella sabe desde hace mucho que son un excelente combustible para la cocina y
tras la sedentarización forzosa en los campamentos de refugiados ha sabido
sacar partida del otro importantísimo empleo que posee, que es el de
fertilizante. Precisamente, el abono natural de residuos animales, como el de
dromedario, es muy rico en nutrientes que absorbe rápidamente la tierra; luego
se complementan con otros, no tan ricos pero allí sí muy abundantes, como el
de cabra. En los campamentos es recogido el estiércol por las mujeres, ya que
ellas saben perfectamente como aprovecharlo mejor de modo inmediato. Ellas han
contribuido a crear involuntariamente una agricultura biológica y natural,
debido a que no usan fertilizantes artificiales o químicos, que cuestan más y
tendrían que transportarlos del exterior. Resulta paradójico que siendo los
saharauis los legítimos propietarios de una de las mayores minas de fosfatos
del mundo no puedan hacer uso de los mismos, con los cuales podrían convertir a
su país en un inmenso vergel. Cuentan con la desgracia de presentárseles
otros infortunios que parecen querer acabar con sus diminutas parcelas
cultivadas, como los terribles vientos que a veces se desatan (el siroco o el
"simún") o las tormentas de arena que lo cubren todo de polvo, pues
realmente la arena es escasa en un lugar como la Hamada, donde es todo rocas y
piedras. De nuevo han tenido que recurrir a la sabiduría popular, muchas veces
surgida de las mujeres, para levantar empalizadas, setos e invernaderos
que permitan desarrollar sin problemas las cosechas. Otra desgracia que les
acecha con periodicidad es la plaga de langosta que asola de vez en cuando la
región, como ocurrió en 1986 y finales de 1988, cuando tuvieron que contar con
la ayuda de su propio ejército, el E.L.P.S., para erradicarla. Por fortuna,
otras infecciones de bacterias y hongos son escasas, ya que la humedad relativa
del aire es baja, del 40% como máximo, lo que impide la rápida putrefacción
de los vegetales. Tienen más de 100 hectáreas de terreno de cultivo,
especializándose en las hortalizas. Se recogen tomates, zanahorias, cebollas,
nabos, remolachas y judías. Cada año varía la cantidad recogida y también la
calidad, que tiende a mejorar despacio según se adaptan los cultivos al
terreno. En 1988 se recolectaron 1.000 toneladas de productos; en 1989, llegó a
las 2.000 toneladas tras ampliar el espacio de las huertas y en 1990 se tendía
a las 2.300 toneladas. A veces obtienen resultados sorprendentes, como obtener
varias cosechas al año o recoger zanahorias de más de un kilogramo de peso,
por ejemplo. Las saharauis han sabido sacar provecho de las "graras" o
terrenos ligeramente hundidos donde se cultiva gracias al encharcamiento del
agua que se produce. Tras una serie de primeras
experiencias, las mujeres saharauis se dieron cuenta de que el mejor sistema que
podían aprovechar conforme a sus necesidades era el de una agricultura
intensiva con rotación de cultivos, pero a diferencia de otras sociedades
africanas, ellas supieron desde un principio que no había que quemar los
rastrojos ni agotar la tierra, con un claro respeto hacia lo que tan duramente
han conseguido levantar y que luego les ha sido muy útil a ellas y a su pueblo.
Ellas dejan descansar a la tierra pero no por intervalos tan largos como los del
barbecho en Europa. De manera certera han sabido canalizar el agua de riego en
tubos o con el moderno sistema de riego por goteo,
nunca por aspersión, pues ellas saben de sobra que se desperdicia un agua que
se puede aprovechar mejor para otras necesidades prioritarias. Los invernaderos
los usan tanto para producir más como para proteger a las cosechas. Como
desde un principio se viene señalando todo lo anterior ha sido
desarrollado por la mano de la mujer. Es comparable por tanto a la situación en
la que se encuentra la mujer africana en general. Si establecemos una similitud,
ambas saharaui y africana, despliegan una labor de obrera agrícola o campesina
y a la vez de preocupada madre que se encarga del sustento diario y del cuidado
de sus hijos, aunque la saharaui no vive con la angustia cotidiana que padecen
muchas africanas, a pesar de sus condiciones. Pero poco a poco la mano de obra
se ha ido desplazando al sector masculino, pues ya han venido formados de fuera
jóvenes que han hecho carrera en ingeniería agrícola. Ello ha favorecido que
la mujer se haya podido ocupar de otras tareas en campos como la educación, la
administración y la sanidad, pero sin discriminarla ni relegarla a papeles
inferiores. En las labores agrícolas colaboran también algunos ancianos que así
quieren ser útiles a su patria, sin que nadie les obligue a trabajar. Es cierto
que la gestión de un complejo se lleva en conjunto entre hombres y mujeres. En
un principio los aperos de labranza eran los más comunes, como azadas,
piquetas, rastrillos, etc. , muchas veces confeccionados por las mujeres con
materiales metálicos improvisados. La posterior ayuda exterior les ha dotado
con mejor y más moderno instrumental. La ganadería que se ha implantado
en el Sahara es la autóctona de allí y que muy bien se ha desarrollado, en
concreto camellos y cabras. Partiendo del principio tradicional de que el
camello era cuidado casi en exclusiva por el hombre y de que las cabras las
guardaban mujeres y niños, ahora no ha cambiado sustancialmente la situación.
Desde el éxodo saharaui se emplearon muchos camellos, primero para huir y luego
para alimentarse. Los saharauis comentan que este animal tiene decenas de
aplicaciones y de él se aprovecha todo, desde su piel para hacer cueros y su
pelo para hacer jaimas, hasta su sabrosa carne y la excelente leche de camella.
Se cuida en lugares apartados de los campamentos, agrupados colectivamente en
rebaños aunque sean de distintos propietarios. Las cabras, sin embargo, siempre
han sido tarea de las mujeres saharauis, que las han conocido desde que nacen
hasta que mueren. Ellas saben aprovechar su carne y su leche, con la que hacen
varios tipos de quesos. Las mujeres se encargan de alimentarlas y las tienen
recogidas a una distancia cercana a las tiendas de lona donde vive la gente, en
corrales paralelos e independientes, cada uno propiedad de una familia. La
proximidad se debe a que cada día las ordeñan pero tampoco las han querido
situar muy cerca al haberse dado cuenta las mujeres que si así lo hacían iban
a atraer a moscas y parásitos perjudiciales para la salud de los niños.
En 1988 se edificó una granja de gallinas con ayuda del ACNUR, en un lugar
apartado de los campamentos y en medio de todo un complejo agropecuario con
invernaderos, regadíos pequeños y depósitos de agua. Tiene unas 100.000 aves,
de las cuales tres cuartas partes se dedican a la puesta de huevos, que más
tarde se distribuyen en los centros de avituallamiento a la población y el
resto se destina a la producción de carne. Este complejo es administrado casi
todo por hombres, técnicos e ingenieros saharauis que han estudiado en el
extranjero. Como hemos visto, la lucha por la alimentación ha salido toda
del esfuerzo de la mujer, que desde un principio se ha comprometido a sacar
adelante a su pueblo a cualquier precio y donde más que nunca ha sabido actuar
como una madre que no ha escatimado esfuerzos ni recursos a la hora de trabajar,
aunque sea tan duro y pesado como el que ella ha llegado a desarrollar en la
agricultura.
|