Fragmentos de libros

La casa en la que vivíamos en el pequeño puerto de Yoroido era una "casita piripi", como la llamaba yo entonces. Estaba junto a un acantilado donde soplaba constantemente el viento del océano. De niña, pensaba que el mar estaba siempre acatarrado, porque jadeaba constantemente, salvo cuando se quedaba como sin respiración, antes de soltar uno de sus grandes estornudos - lo que equivale a decir que de pronto soplaban ráfagas tremendas acompañadas de agua de mar pulverizada -. Decidí que nuestra casita se habría ofendido de que el océano le estornudara en la cara cada dos por tres y empezó a torcerse para quitarse de en medio. Probablemente hubiera terminado derrumbándose de no ser porque mi padre la apuntaló con un madero que rescató de un barco de pesca naufragado. De este modo, la casa parecía un viejo borracho apoyado en una muleta.

Memorias de una Geisha

Arthur Golden

Fragmentos de libros

Durante su reinado la Ciudad llegó a ser más bella que nunca, más aún que en los días de su primitiva gloria; y hubo árboles y fuentes por doquier, y las puertas fueron de acero y de mithril, y las calles pavimentadas con mármol blanco; allí iba a trabajar la Gente de la Montaña, y para los Habitantes de los Bosques visitarla era una alegría; y todo fue saneado y mejorado, y las casas se llenaron de hombres y de mujeres y de risas de niños, y no hubo más ventanas ciegas ni patios vacíos; y luego del fin de la Tercera Edad del Mundo, el esplendor y los recuerdos de los años idos perduraron en la memoria de la nueva edad.

El Señor de los Anillos III: El Retorno del Rey

J. R. R. Tolkien

La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de basura, aquellas sobras de todo, se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegados a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.

La Regenta

Leopoldo Alas "Clarín"

Durante gran parte de ese tiempo continué deambulando, surcando la noche en mi moto Harley-Davidson con las "Variaciones Goldberg", de Bach, sonando a todo volumen. Y continué preguntándome: "¿Qué quieres hacer ahora, Lestat?".

El resto del tiempo lo dediqué a estudiar con renovado interés. Leía los gruesos volúmenes de historias y enciclopedias de la música rock, las crónicas de sus principales artistas. Escuchaba discos y estudiaba en silencio cintas de video de conciertos. Y, cuando la noche quedaba vacía y en calma, oía las voces de "Confesiones de un vampiro" cantándome como si lo hiciera desde la tumba. Leí el libro una y otra vez; y por fin, en un momento de furia y desdén, lo rompí en pedazos.

Lestat el Vampiro

Anne Rice

Tenía que empezar por algún lado. Dejó la lámpara con cuidado en el suelo y miró en una estantería buscando un libro de aspecto interesante. Le llamó la atención un volumen grande, negro y plateado. Lo sacó con dificultad, porque era muy pesado y, balanceándolo sobre sus rodillas, lo abrió.

Un grito desgarrador, espantoso, cortó el silencio. ¡El libro gritaba! Harry lo cerró de golpe, pero el aullido continuaba, en una nota aguda, ininterrumpida. Retrocedió y chocó con la lámpara, que se apagó de inmediato.

Harry Potter y la Piedra Filosofal

J. K. Rowling

Hasta entonces había creído que todo libro hablaba de las cosas, humanas o divinas, que están fuera de los libros. De pronto comprendí que a menudo los libros hablan de libros, o sea que es casi como si hablasen entre sí. A la luz de esa reflexión, la biblioteca me pareció aún más inquietante. Así que era el ámbito de un largo y secular murmullo, de un diálogo imperceptible entre pergaminos, una cosa viva, un receptáculo de poderes que una mente humana era incapaz de dominar, un tesoro de secretos emanados de innumerables mentes, que habían sobrevivido a la muerte de quienes los habían producido, o de quienes los habían ido transmitiendo.

-Pero entonces --dije-, ¿de qué sirve esconder los libros, si de los libros visibles podemos remontamos a los ocultos?

-Si se piensa en los siglos, no sirve de nada. Si se piensa en años y días, puede servir de algo. De hecho, ya ves que estamos desorientados.

-¿De modo que una biblioteca no es un instrumento para difundir la verdad, sino para retrasar su aparición? -pregunté estupefacto.

-No siempre, ni necesariamente. En este caso, sí.

El Nombre de la Rosa

Umberto Eco

Allí el suelo estaba limpio de agujas de pino. En un círculo de unos quince metros de diámetro, casi perfecto, la hierba había sido segada a ras de tierra. Rodeaba el círculo una maraña de densos matorrales, interrumpida por unos árboles derribados que formaban un montón de aspecto a la vez siniestro y amenazador. «El que tratara de pasar por ahí o de escalar ese montón de leños debería tomar la precaución de ponerse un buen blindaje», pensó Louis. El claro estaba sembrado de una especie de lápidas, fabricadas evidentemente por artesanos infantiles con los materiales más diversos que habían podido conseguir: cajas de madera, tablas y planchas metálicas. No obstante, en medio de aquel cerco de arbustos bajos y árboles desmedrados que luchaban por espacio vital y buscaban la luz del sol, el mero hecho de su tosca factura y la circunstancia de que fueran obra de manos humanas, parecían darles una cierta homogeneidad. Con el bosque como telón de fondo, el lugar tenía un aire fantasmagórico, un ambiente más pagano que cristiano.

Cementerio de animales

Stephen King

-La carta -dijo Sancho- no la leyó, porque dijo que no sabía leer ni escribir; antes la rasgó y la hizo menudas piezas, diciendo que no la quería dar a leer a nadie, porque no se supiesen en el lugar sus secretos, y que bastaba lo que yo le había dicho de palabra acerca del amor que vuestra merced le tenía y de la penitencia extraordinaria que por su causa quedaba haciendo. Y, finalmente, me dijo que dijese a vuestra merced que le besaba las manos, y que allí quedaba con más deseo de verle que de escribirle; y que, así, le suplicaba y mandaba, que, vista la presente, saliese de aquellos matorrales y se dejase de hacer disparates, y se pusiese luego en camino del Toboso, si otra cosa de más importancia no le sucediese, porque tenía gran deseo de ver a vuestra merced. Rióse mucho cuando le dije cómo se llamaba vuestra merced el Caballero de la Triste Figura. Preguntéle si había ido allá el vizcaíno de marras; díjome que sí, y que era un hombre muy de bien. También le pregunté por los galeotes, mas díjome que no había visto hasta entonces alguno.

Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes

Una bandada de monjas cruzó la carretera y sus almidonados griñones revolotearon sobre sus cabezas como las alas de las grandes aves marinas. Cuando atravesaron las grandes puertas de piedra de la ciudad, gallinas y gansos abandonaron prestamente el sendero, aleteando y chapoteando en los charcos de barro. Todas las mañanas las monjas se desplazaban por la niebla oscura que rodeaba el valle y, en mudas parejas, se dirigían hacia el sonido de la grave campana que llamaba desde las colinas.

El Ocho

Katherine Neville

ROMEO [a Julieta, tomándola de la mano]. Si profano con mi indigna mano este sagrado santuario - pecado de amor es éste -, mis labios, peregrinos ruborizados, están dispuestos a hacer penitencia por este áspero toque con un tierno beso.

JULIETA. Buen peregrino, haces mucho agravio a tu mano, que muestra en esto una apropiada devoción; pues hasta los santos tienen manos que tocan las manos de los peregrinos, y el tocar palma con palma es el santo beso de los palmeros.

ROMEO. ¿No tienen labios los santos, y también los piadosos palmeros?

JULIETA. Sí, peregrino; labios que deben usar en la oración.

ROMEO. Ah, entonces, amada santa, que hagan los labios igual que las manos; te ruegan que lo concedas, para que la fe no se vuelva desesperación.

JULIETA. Los santos no se mueven, aunque concedan lo que se ruega.

ROMEO. Entonces no te muevas, mientras yo recibo el efecto de mi plegaria. Así quedan limpios de pecado mis labios, por los tuyos [la besa]

JULIETA. Entonces mis labios tienen el pecado que han tomado.

ROMEO. ¿Pecado de mis labios? ¡Oh invasión dulcemente reprochada! Devuélveme mi pecado. [La vuelve a besar]

Romeo y Julieta

William Shakespeare

Quien no haya pasado tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado...
Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito...
Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acaba y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba,`por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido...

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La Emperatriz Infantil leyó lo que ponía y era exactamente lo que en aquel momento estaba ocurriendo, es decir: "La Emperatriz Infantil leyó lo q ponía...".
- Escribes todo lo que ocurre - dijo ella.
- Todo lo que escribo ocurre - fue la respuesta. Y otra vez era aquella voz profunda y oscura, que ella había escuchado como un eco de sus propias palabras.
Lo curioso es que el Viejo de la Montaña Errante no había abierto la boca. Había anotado sus palabras y las de ella, y ella las había oído como si sólo recordase que él acababa de hablar. - Tú y yo - preguntó - y toda Fantasía... ¿todo está anotado en ese libro?
Él siguió escribiendo y, al mismo tiempo, ella escuchó su respuesta.
- No. Ese libro es toda Fantasía y tú y yo.
- ¿Y dónde está el libro?
- En el libro - fue la respuesta que él escribió.

La Historia Interminable

Michael Ende

(por cortesía de "lasobrina")

Encuadernados la mayoría en piel y severamente dispuestos en las estanterías, los libros de Esteban Werfell llenaban casi por entero las cuatro paredes de la sala; eran diez o doce mil volúmenes que resumían dos vidas, la suya y la de su padre, y que formaban, además, un recinto cálido, una muralla que lo separaba del mundo y que lo protegía siempre que, como aquel día de febrero, se sentaba a escribir. La mesa en que escribía - un viejo mueble de roble - era también, al igual que muchos de los libros, un recuerdo paterno; la había hecho trasladar, siendo aún muy joven, desde el domicilio familiar de Obaba.

Aquella muralla de papel, de páginas, de palabras, tenía sin embargo un resquicio; una ventana desde la que, mientras escribía, Esteban Werfell podía ver el cielo, y los sauces, y el estanque, y la caseta para los cisnes del parque principal de la ciudad. Sin romper su aislamiento aquella ventana se abría paso entre la oscuridad de los libros, y mitigaba esa otra oscuridad que, muchas veces, crea fantasmas en el corazón de los hombres que no han aprendido a vivir solos.

Obabakoak

Bernardo Atxaga

Cuando levantó la mirada Nikon se había ido. Otra chica estaba junto a él. Alta, de piel atezada, el pelo de muchacho y unos ojos de color uva recién lavada, casi transparentes. Durante un segundo parpadeó, confuso, dejando que todo recobrase sus límites. El presente trazó una línea neta como un corte de bisturí, y Corso, de perfil, en blanco y negro -Nikon siempre trabajaba en blanco y negro-, cayó ondulando al río y se fue corriente abajo, entre las hojas de los árboles y la mierda que soltaban las gabarras y los desagües. Ahora, la chica que ya no era Nikon tenía en las manos un librito encuadernado en piel. Y se lo ofrecía.

- Espero que te guste.

El diablo enamorado, de Jacques Cazotte, impresión de 1878. Al abrirlo, Corso reconoció los grabados de la primera edición en apéndice facsimilar: Álvaro en el círculo mágico ante el diablo que pregunta Che vuoi?, Biondetta que desenreda su cabellera con los dedos, el hermoso paje al teclado del clavecín... Se detuvo al azar en una página:

... El hombre salió de un puñado de barro y agua. ¿Por qué una mujer no habría de estar hecha de rocío, vapores terrestres y rayos de luz, de los condensados residuos de un arco iris? ¿Dónde reside lo posible...? ¿Dónde lo imposible?

Cerró el libro y alzó los ojos, encontrando los de la joven, que sonreían. Abajo, en el agua, la luz reverberaba en la estela de una embarcación, y trazos luminosos se movían por su piel como el reflejo de las facetas de un diamante.

El Club Dumas

Arturo Pérez-Reverte