TEORIA Y TECNICA TEATRAL
Fragmento tomado del libro de Fernando Wagner
CAPITULO
1
El
triángulo de fuerzas
Tres
factores integran el teatro: el público, el actor y el autor teatral.
Si
uno de estos tres factores es más débil que los demás, se produce un
desequilibrio que amenaza seriamente la labor artística del teatro. De ahí
proviene, en realidad, toda crisis teatral: de la deficiencia o ausencia de
uno de esos tres factores.
Del
público nació el teatro. Del pueblo, reunido para celebrar sus ritos
religiosos, salvaje y lleno de un estático arrebato, se destacó uno, el que
bailaba en honor del dios o —como en el caso del teatro griego— el que
cantaba algún himno en honor de Dioniso.
El
público, tanto en aquellos remotos tiempos como en la actualidad, sigue
siendo una multitud que se reúne para determinado fin, para un propósito común:
antes, para adorar a su dios, festejarlo, alabarlo, implorar su benevolencia;
hoy, para gozar de un espectáculo artístico determinado. En ambos casos, la
multitud deja de ser simplemente un grupo de gente para fundirse en un alma
colectiva con todas sus inherentes características: desaparición del
individuo como tal, notable aumento de las emociones y sensible disminución
de la inteligencia individual, o —como ha dicho Somerset Maugham— el público
se encuentra a un nivel de civilización más bajo que los individuos que lo
constituyen. Este mismo fenómeno observamos todos los días en los mítines o
en las asambleas de carácter político, en donde tanto las personas cultas
como las incultas pierden igualmente su capacidad crítica, siempre que el
orador sepa cautivar a su auditorio o —en
el caso del teatro— que la representación logre ilusionar al público. La
misma circunstancia se produce en las representaciones de farsas y zarzuelas,
donde el público se ríe de buena gana de malos y gastados chistes, así como
tampoco nota las equivocaciones en que incurren los actores mientras éstos no
se corrigen.
Cuando
a una representación asiste poco público o un público difícil y frío,
como ocurre en los estrenos, y no se logra formar un alma colectiva, el actor
lo experimenta en seguida, y no es capaz de desarrollar el mismo trabajo artístico
que cuando se enfrenta con un público que «responde». Diderot incurre, por
lo tanto, en un error al exigir que en la fantasía del actor debe existir
siempre la «cuarta pared», es decir, que debe ignorar la presencia del público.
Para comprobar lo dicho basta comparar la reacción del público que asiste a una
premiere cinematográfica
con la del que presencia un estreno teatral.
¿En
qué consiste el goce estético del público? ¿Podemos experimentarlo si
sabemos que lo que se desarrolla delante de nuestros ojos es la realidad?
Captamos emocionalmente un mundo de ficción, estéticamente válido. Vemos en
las tablas una imagen de la vida, pero no la vida misma. De otra
suerte, el teatro no tendría ninguna importancia estética, no sería arte.
De ahí que escenas de cruel realismo, como las de los horrores de la guerra,
por ejemplo —que nos muestran los noticiarios cinematográficos—, no
pueden causar al espectador más impresión que la de horror y hasta un
malestar psíquico y físico. Sin la intervención del arte son escenas
demasiado brutales, terribles, donde la lente de la cámara sustituye la
conciencia del artista, única que puede dar la necesaria interpretación al
horror.
Según
la Teoría de la ilusión, de Konrad von Lange, el goce estético que
experimenta el espectador consiste en una continua curva: ilusión-desilusión-engaño-desengaño.
Hay elementos propicios a la ilusión (reales), y elementos no propicios
(artificiales). Desde luego, en un espectador dominarán, de acuerdo con su
temperamento, los elementos de ilusión; en otro, los de desilusión; pero de
ninguna manera puede ser finalidad estética del teatro una proyección
sentimental total. Porque «el mundo ficticio tiene solamente la importancia
de provocar el funcionamiento del alma», y «por mucho que un suceso escénico
nos impresione como real, jamás perderemos la conciencia de la ilusión». O
como lo formuló san Agustín en sólo dos palabras: el espectador «goza
llorando».
Estas
ideas 'fueron ya' objeto de preocupación de los autores contemporáneos del
teatro clásico griego. Así, Gorgias decía de la tragedia: «Es un engaño,
en donde el que engaña parece más justo que el que no engaña, y el engañado,
más sabio que el no engañado».
Sin
embargo, podemos observar una franca disminución en la capacidad de ilusión
del público. En el ‘siglo de oro bastaban ocho versos de Lope para crear en
el espectador de La discreta enamorada toda la sensación del prado de
San Jerónimo, de noche, con toda su fragancia, su frescura, sus encantos; y
con la misma facilidad logra Shakespeare en El sueño de una
noche de verano el ambiente
misterioso del ‘bosque de Atenas poblado por Oberón y su reino mágico. Hoy
necesitamos de todos los recursos técnicos:
La
participación activa del público en el espectáculo ha declinado
lamentablemente; la imaginación se ha vuelto forzosamente más débil, más
pobre. El teatro realista había ya contribuido grandemente a esa evolución
inevitable, aunque en mucho menor proporción que el cine o la televisión qué
libera al público de todo esfuerzo mental. La cámara guía la atención del
espectador, mostrándole sólo aquello en que debe fijarse. La participación
del público es completamente pasiva. En consecuencia, un público así
viciado encuentra forzosamente fatigosa una representación teatral, por buena
que sea, porque no está, ya capacitado para tomar parte activa en ella. Ya
vemos aquí en qué consiste el desequilibrio teatral: ante todo, en la falta
de un público capaz de gozar de una representación escénica. Tanto el
teatro épico como el de la crueldad y del absurdo han tratado de sacar al público
de su letargo al envolverlo en la acción misma, al hacerlo participar en
forma activa del espectáculo. Aquí es donde el teatro rompe definitivamente
los moldes convencionales como veremos más adelante.
Según
hemos visto, del público primitivo salió el primer actor, que improvisó,
ante su auditorio, lo que se proponía decir. Aunque el teatro improvisado ha
seguido subsistiendo en múltiples formas
Se
trata, pues, de dos fases de producción o creación: 1) La obra creada por el
dramaturgo. 2) La interpretación escénica creada (no reproducida) por el
conjunto de actores.
Eso
exige una subordinación del teatro al drama. Si existe perfección y armonía,
tanto en la pieza como en su escenificación, se ha logrado una obra de arte.
Tanto el drama como su interpretación dependen uno del otro y tienen valor
por sí solos. Por eso, tampoco puede existir ninguna reproducción fiel,
objetiva, de una obra teatral; ni tendría interés, ni siquiera como ideal.