EDGAR ALLAN POE
CUENtOS:
El hombre de la multitud
Con razón se ha dicho de cierto libro alemán que es
"lásst sich nicht lessen" (que no se deja leer). De igual modo
existen algunos secretos que no se dejan descubrir. Hay hombres que mueren por
la noche en sus camas, estrechando las manos de sus espectrales confesores y
mirándoles con ojos lastimeros. Que mueren con la desesperación en el alma y
opresiones en la garganta que no permiten ser descritas. De vez en cuando, la
conciencia humana soporta cargas de un horror tan pesado que sólo pueden
arrojarse en la misma tumba. De este modo, la mayoría de las veces queda sin
descubrir el fondo de los crímenes.
No hace mucho tiempo, al declinar el día de una tarde
otoñal, me encontraba yo sentado junto a la gran cristalera en rotonda del café
D..., en Londres. Había pasado varios meses enfermo, pero ahora me hallaba
convaleciente y al recuperar las fuerzas me sentía en uno de esos felices
estados de ánimo que constituyen precisamente, el reverso del tedio; estados de
ánimo de una gran agudeza, cuando la película de la visión mental
desaparece y el intelecto electrificado sobrepasa con mucho su condición
normal, del mismo modo que la razón viva y la voz pura de Leibniz supera ]a
retórica débil y confusa de las Geórgicas. Simplemente respirar era una delicia
y obtenía un placer positivo incluso de las fuentes que originariamente lo son
de dolor. Me sentía tranquilo y con un profundo interés por todo. Con un
cigarro en la boca y un periódico sobre bis rodillas, había estado
distrayéndome gran parte de la tarde, ora recorriendo los anuncios, ora
observando la mezclada concurrencia del establecimiento, sin dejar, de vez en
cuando, de atisbar la calle a través de los ventanales empuñados por el humo.
Esta última era una de las vías principales de la ciudad y durante todo el día
rebosaba de animación.
Conforme iba haciéndose de noche, el gentío aumentaba.
Cuando se encendieron las luces, dos densas y continuas corrientes de
transeúntes comenzaron a entrar y salir del establecimiento. Nunca mg había
encontrado en una situación como aquélla y, por tanto, aquel mar tumultuoso de
cabezas humanas me llenaba de una emoción deliciosamente nueva. Dejé de prestar
atención a lo que sucedía en el interior del hotel para absorberme de lleno en
la contemplación del exterior. Al principio mis observaciones adoptaron un
cariz abstracto y general. Miraba a los transeúntes en masa y pensaba en ellos
como formando una unidad amalgamada por sus características comunes. Pronto,
sin embargo, descendí a los detalles y observé con minucioso interés las
innumerables variedades de tipos, vestidos, aires, portes, aspectos y
fisonomías.
La gran mayoría de los que pasaban tenían el aire
satisfecho de gente ocupada y su única preocupación parecía ser la de abrirse
paso entre la muchedumbre. Llevaban las cejas fruncidas y volvían sus ojos
rápidamente en todas direcciones. Cuando eran empujados por otros transeúntes
no daban el menor signo de impaciencia, sino que se componían un poco la ropa y
continuaban su camino. Otros, todavía una gran mayoría, se movían intranquilos,
mostraban el rostro enrojecido y hablaban gesticulando consigo mismo, como si
precisamente se encontraran aislados por la misma densidad de la concurrencia
que les rodeaba. Cuando se veían obstaculizados en su avance, esta gente dejaba
pronto de murmurar para sí, pero doblaban sus gestos y esperaban con una,
sonrisa ausente e inexpresiva en los labios el paso de las personas que
impedían el suyo. Si les empujaban, se disculpaban con una inclinación ante los
mismos que les habían empujado y parecían abrumados por la confusión. En estos
dos grupos que he señalado no había nada especialmente característico. Sus
prendas de vestir pertenecían a esa clase que se ha dado en llamar, decente.
Sin lugar a dudas, se trataba de familias distinguidas: comerciantes, abogados,
hombres de negocios, rentistas, los eupátridas y la clase media de la
población, gente empleada y gente ocupada en sus mismos negocios. Todos ellos
no llamaban demasiado la atención.
La tribu de los empleados era inconfundible, y yo en este
punto distinguía dos grupos muy marcados. Por un lado, los jóvenes empleados de
casas florecientes, jóvenes de chaquetas ajustadas, botines brillantes, cabello
engomado y labios desdeñosos. Dejando aparte un cierto empaque que yo me
atrevía a llamar de mesa de despacho, a falta de otra palabra, las maneras de
esta clase de personas me parecían un exacto facsímil de las que se habían
considerado como la perfección del buen tono cerca de doce o dieciocho meses
antes. Usaban la gracia de desecho de la aristocracia, y ésta, pienso, puede
ser la mejor definición de los mismos.
Los altos empleados de firmas sólidas resultaban
inconfundibles. Se les conocía por sus chaquetas y pantalones blancos o
marrones, diseñados para sentarse cómodamente, con corbatas negras y chalecos
del mismo color, zapatos anchos y de sólida apariencia. Todos eran algo calvos
y sus erguidas orejas, a causa de sostener los palilleros, habían adquirido el
hábito de separarse en sus extremidades superiores. Me di cuenta de que al
quitarse o ponerse el sombrero, siempre utilizaban las dos manos y que usaban
relojes de cortas cadenas de oro de un modelo sólido y anticuado. Tenían la
afectación de la respetabilidad, si es que realmente puede existir una
afectación tan honorable.
Había muchos individuos de aspecto osado a quienes pronto
reconocí como pertenecientes a la raza de los rateros elegantes que infestan
todas las grandes ciudades. Vigilé con atención a esta calaña y me resultó
difícil imaginar cómo podrían ser confundidos por caballeros por los mismos
caballeros. Los puños de sus camisas, demasiado salientes, y sus aires de
excesiva franqueza, habrían bastado para delatarlos.
Los tahúres, de los que identifiqué no pocos, eran todavía
más fáciles de reconocer. Usaban gran variedad de trajes, desde el tramposo
camorrista con chaleco de terciopelo, corbata de fantasía, cadena dorada y
botones de filigrana, hasta el clérigo expulsado, tan parcamente vestido que
nadie podía estar más alejado de sospechar de él. Todos, no obstante, se
distinguían por cierto color moreno de su curtido cutis, por un apagamiento de
los ojos y por la palidez de sus labios apretados. Además, había también otros
dos rasgos, por los cuales yo siempre los distinguía: una tonalidad baja y
cautelosa en la conversación y un pulgar excesivamente estirado, hasta formar
ángulo recto con los demás dedos.
Muy a menudo, en compañía de aquellos pícaros, he
observado otra clase de hombres algo diferentes en sus costumbres, pero, en
definitiva, pájaros del mismo plumaje. Se les podría definir como caballeros
que viven del cuerno. Parecen dividirse en dos batallones para devorar al
público: el de los dandys y el de los falsos militares. En el primer grupo los
rasgos característicos son: cabellos largos y sonrisas; en el segundo, levitas
y ceños fruncidos.
Descendiendo en la escala de lo que se llama nobleza,
encontré temas de meditación más oscuros y profundos. Vi traficantes judíos con
ojos de halcón que brillaban en unas caras cuya única expresión era de abyecta
humildad. Porfiados mendigos profesionales que apartaban a los pobres de mejor
aspecto y a quienes sólo la desesperación les había lanzado en medio de la
noche a implorar caridad. Inválidos débiles y depauperados a quienes la muerte
había señalado con su mano y que se retorcían y se tambaleaban entre la
muchedumbre, mirando suplicantes a todas partes como en busca de alguna
posibilidad de consuelo, de alguna esperanza perdida. Modestas jóvenes que
volvían de una larga y prolongada labor, hacia un hogar sin alegría y que
retrocedían, más temerosas que indignadas, ante las miradas de los rufianes,
cuyo contacto directo no podían evitar a pesar suyo. Prostitutas de todo género
y edad: inequívocas bellezas en toda la flor de su feminidad que hacían
recordar la estatua de Luciano, estatuas cuya superficie era como el mármol de
Paros y cuyo interior estaba lleno de inmundicias; la repulsiva, completamente
hundida en el fango; la arrugada y pintarrajeada bruja que intenta una última
apariencia de juventud; la que es todavía una niña de formas sin modelar, pero
que ya está entregada a las terribles coqueterías de su tráfico y ardiendo con
feroz ambición por verse colocada al nivel de las mayores en el vicio...
Borrachos innumerables e indescriptibles, unos harapientos y llenos de
remiendos, haciendo eses, desarticulados, con caras tumefactas y ojos
empañados; vestidos otros con trajes, aunque ya ajados y sucios, de aire fanfarrón
y caras rubicundas, llevando los que en su día debieron ser buenos y que
entonces estaban escrupulosamente bien cepillados; hombres que caminan con paso
que resulta de una firmeza y elasticidad fuera de lo común, pero cuyos rostros
están espantosamente pálidos y cuyos ojos brillan feroces y enrojecidos
mientras procuran asirse con manos temblorosas a cualquier objeto que
encuentren a su alcance... Junto a todos éstos, pasteleros, recaderos,
cargadores de carbón, barrenderos, organilleros, domadores de monos, vendedores
de canciones, artistas andrajosos y obreros cansados de todas clases; y todo
este turbión moviéndose en medio de un recinto ensordecedor y de una
desordenada vivacidad, que irritaba el oído con sus discordancias y producía
una sensación dolorosa en los ojos.
A medida que la noche se hacía más profunda, más profundo
se hacía en mí el interés por la escena, Rues cambiaba el carácter de la
multitud, desapareciendo los aspectos más nobles al retirarse gradualmente la
gente más ordenada, y se iban poniendo de relieve los aspectos más duros y
groseros a medida que la última hora sacaba de sus guaridas a toda clase de
seres abyectos y degradados. Pero la luz de los faroles de gas, débiles en un
principio por tener que luchar con la luz del día, cobraban finalmente mayor
vigor y arrojaba sobre todo una luz dominante. La oscuridad resultaba tan
espléndida como ese ébano comparable con el estilo de Tertuliano. Los raros
aspectos de la luz me encadenaban a examinar los rostros de los individuos, y
aunque la rapidez con que pasaban ante el ventanal me impidiera echar más de
una ojeada sobre cada rostro, me parecía que, dado mi peculiar estado mental,
podía leer con frecuencia, en el breve intervalo de una mirada, la historia de
largos años.
Estaba escudriñando a la multitud con la frente pegada al
cristal cuando de pronto apareció ante mi vista el rostro de un anciano de unos
sesenta y cinco o setenta años de edad, que inmediatamente atrajo y absorbió
toda mi atención a causa de la peculiar idiosincrasia de su expresión.
Jamás había visto otra que se pareciese ni remotamente a
ella. Recuerdo bien que mi primer pensamiento al verla fue que si Retsch la
hubiera visto, la habría tomado como modelo preferente para sus
interpretaciones pictóricas del demonio. Cuando intentaba, durante el - breve
minuto de mi primera ojeada, realizar un rápido análisis del significado de
aquella expresión, noté surgir, confusas y paradójicas en mi mente, ideas de un
vasto poder mental, de cautela, de rnezquindad, de avaricia, de instintos
sanguinarios, de maldad, de terror, de alegría y de desesperación intensa y
profunda. Me sentí singularmente sobrecogido, espantado y fascinado "¡ Qué
historia más extraña ! -me dije a mí mismo-. ¡ Debe estar escrita dentro de su
pecho!"
Entonces me acometió el fuerte deseo de mantener al viejo
aquel al alcance de mí vista para saber más cosas de él. Me puse el gabán
precipitadamente, cogí el sombrero y el bastón, salí a la calle, abriéndome
paso entre la multitud, en la dirección por donde le había visto desaparecer,
pues éste ya se había perdido de mi vista. No sin dificultad, al fin volví a
verle; me acerqué y le seguí de cerca, aunque con precauciones, para no atraer
su atención.
Tuve entonces una buena oportunidad para examinar su
persona. Era de baja estatura, muy delgado y de apariencia débil. En conjunto,
sus ropas estaban sucias y andrajosas, pero cuando algunas veces pasaba debajo
de la luz de algún farol, pude darme cuenta de que su ropa blanca, aunque
manchada, era de buen género, y si mi vista no me engañó, a través de un
desgarrón del capote que le envolvía entreví el refulgir de un brillante puñal.
Estas observaciones avivaron mi curiosidad y decidí seguir al desconocido donde
fuera.
Había cerrado ya la noche y sobre la ciudad caía una densa
niebla, que no tardó en convertirse en una lluvia constante y copiosa. Este
cambio de tiempo produjo un raro efecto sobre la multitud, que se agitó toda
ella inmediatamente con una nueva conmoción y quedó un poco oculta por una nube
de paraguas. La oleada, los empellones y el zumbido aumentaron diez veces más.
Por mi parte no me fijé mucho en la lluvia, ya que conservaba el ardor de una
fiebre que corría por mis venas y que hallaba alivio con la humedad, aun cuando
resultara un tanto peligroso. Me anudé un pañuelo alrededor del cuello y
continué la marcha. Durante media hora, el viejo continuó abriéndose camino con
dificultad por la gran calle, mientras yo le seguía pisándole materialmente los
talones por miedo a perderle de vista.
Ni una sola vez volvió la cabeza para mirar hacia atrás.
Luego se metió por una bocacalle, que aunque muy concurrida, no lo estaba tanto
como la principal que había abandonado. Entonces se produjo un cambio visible
en su proceder. Caminaba mucho más despacio y con menos decisión que antes;
vacilando continuamente, cruzó y volvió a cruzar la calle sin motivo aparente y
la multitud se hizo tan espesa que a cada uno de sus movimientos me veía
obligado a seguirle más de cerca. La calle era larga y estrecha y su andar se
prolongó casi una hora, durante la cual, los transeúntes habían disminuido
gradualmente hasta reducirse al número de los que circulan al mediodía en
Broadway cerca del parque, ya que tal es la diferencia existente entre la
población londinense y la de la ciudad americana más poblada.
Una segunda desviación nos llevó a una plaza
brillantemente iluminada y rebosante de vida. Allí el desconocido volvió a
adquirir su anterior actitud. Hundió el mentón sobre su pecho, mientras sus
ojos giraban con fiereza bajo sus cejas fruncidas, en todas direcciones,
atisbando a todos los que le rodeaban. Apresuró su paso con firmeza, pero me
sorprendió, sin embargo, que cuando hubo dado la vuelta a la plaza retrocediese
sobre sus pasos. Fue mayor mi asombro al ver que repetía el mismo paseo varias
veces, estando en uno de ellos a punto de descubrirme cuando se volvió con un
súbito movimiento.
En tal ejercicio invirtió otra hora, al final de la cual
nos encontramos menos obstaculizados por los transeúntes que al principio.
Llovía con intensidad, el aire se hacía más frío y la gente se retiraba a sus
casas. Con gesto de impaciencia, el vagabundo se metió por una calle
relativamente desértica. Bajó por esta que tenía casi media milla de larga,
andando con una energía que yo no podía ni siquiera imaginar en un hombre de.
tanta edad, y que incluso me puso en un aprieto para seguirle. Después de unos
cuantos minutos, nos encontramos en un mercado grande y concurrido que parecía
ser cosa conocida del viejo. Éste volvió a adoptar su aire primitivo mientras
andaba de arriba abajo, entre compradores y vendedores, sin objeto aparente.
Durante la hora y media, o cosa así, que pasamos en aquel lugar me fue precisa
mucha reserva para no perderle de vista sin atraer su atención.
Afortunadamente, llevaba yo chanclos de goma y podía andar sin producir el
menor ruido. Entraba en una tienda tras otra sin preguntar el precio y sin
decir una palabra, contemplando todos los objetos con una mirada extraña y
ausente. Estaba yo muy asombrado de su forma de proceder y tenía la firme
decisión de no separarme de él hasta haber satisfecho en alguna medida la
curiosidad que me inspiraba. Un reloj de sonoras campanadas dio las once y todo
el mundo abandonó el mercado. Al bajar el cierre, un tendero dio un codazo al
viejo y en el mismo momento vi que se estremecía. Se precipitó a la calle, miró
ansiosamente a su alrededor durante un instante y luego corrió con gran
velocidad por las numerosas y tortuosas callejuelas, hasta que llegamos una vez
más a la gran calle de donde habíamos partido, la del café .... Sin embargo, no
ofrecía el mismo aspecto de antes. Todavía estaba brillantemente iluminada con
gas, pero la lluvia caía pesadamente y se veían muy pocas personas. El
desconocido se puso pálido; dio pensativo unos pasos por la antes populosa
avenida, y luego, exhalando un fuerte suspiro, torció en dirección al río, para
ádentrarse en una serie de calles apartadas y salir al fin frente a uno de los
teatros principales. Estaban cerrando y el público salía apretadamente por las
puertas. Vi al viejo abrir la boca como para respirar mientras se precipitaba
entre el gentío; me parecía que la intensa angustia que se reflejaba en su cara
habíase calmado en cierto modo. Volvió a hundir la cabeza sobre su pecho y
apareció tal y como lo había visto la primera vez. Observé que entonces tomaba
la misma dirección seguida por el público... No podía comprender lo extraño de
sus actos.
A medida que avanzaba, la gente se iba esparciendo. Otra
vez hizo visible su malestar e indecisión. Por algún tiempo siguió muy de cerca
a un grupo de unos diez o doce alborotadores, pero éstos se fueron separando
uno a uno, hasta quedar reducidos a tres en una estrecha y oscura calleja muy
poco frecuentada. El extraño se detuvo y por un momento pareció quedar absorto
en sus pensamientos. Entonces, con una rapidez muy marcada, prosiguió
rápidamente un camino que nos condujo a las afueras de la ciudad, por lugares
muy distintos de los que habíamos atravesado hasta entonces. Era el barrio más
sucio de Londres, donde todo parece llevar la marca de la pobreza más
deplorable y del crimen más desesperado. A la luz mortecina de un farol veíanse
casas de madera, altas, viejas, carcomidas, como tambaleantes, que parecían
inclinarse para su inmediata caída, en direcciones tan diversas y caprichosas
que apenas se veían pasos entre ellas. Los adoquines estaban colocados al azar,
más bien desplazados de su lugar, mientras que en el suelo crecía una profusa
maleza. La porquería se acumulaba en las alcantarillas cegadas. Todo el ambiente
estaba lleno de desolación. Sin embargo, mientras avanzábamos se reavivaron los
ruidos de vida humana, creciendo gradualmente y, por último, nutridos grupos de
la especie más baja de la población londinense se movían de arriba, abajo. De
nuevo los ánimos del viejo comenzaron a encenderse como una lámpara que está
próxima a extinguirse. Una vez más se lanzó hacia delante con un paso elástico.
De pronto se volvió en una esquina, un ramalazo de luz cayó sobre nosotros y
nos encontramos ante uno de los enormes templos de la intemperancia, uno de los
palacios del demonio de la ginebra.
Era casi de día, pero aún se apretujaba un cierto número
de miserables beodos, que entraban y salían por la ostentosa puerta. El viejo
se adentró con un apagado grito de alegría, recobró su primitiva apariencia y
se puso a pasear de arriba abajo, sin objeto aparente. No hacía, sin embargo,
mucho tiempo que se dedicaba a ello, cuando un fuerte empujón hacia las puertas
reveló que el dueño iba a cerrarlas a causa de la hora. Lo que observé entonces
en el rostro del ser singular a quien yo había seguido tan pertinazmente fue
algo más intenso que la desesperación. Con todo, no vaciló en su carrera, pero
de pronto, con una energía loca, volvió sobre sus pasos al corazón del poderoso
Londres. Huyó durante largo rato y rápidamente, mientras yo le seguía cada vez
más asombrado, resuelto a no abandonar aquella pesquisa por la que sentía un
interés cada vez más absorbente. Salió el sol mientras íbamos andando, y cuando
hubimos llegado otra vez al más atestado centro comercial de la populosa
ciudad, la ca4le del café .... presentaba ya un aspecto de bullicio y actividad
semejante a lo que yo había visto la noche anterior. Y allí, en medio de la
confusión que aumentaba por momentos, persistí en mí propósito de perseguir al
extraño. Éste, como de costumbre, iba de una parte a otra y durante todo aquel
día no salió del torbellino de aquella calle.
Cuando las sombras de la segunda noche iban llegando, me
sentí mortalmente cansado, y parándome frente al vagabundo, le miré fijamente a
la cara. No pareció darse cuenta de mi presencia y reanudó su paseo, en tanto
que yo permanecí absorto en aquella contemplación. "Este viejo -pensé por
fin- es el tipo y el genio del crimen profundo. No quiere permanecer nunca
solo. Es el hombre entre la multitud. Sería inútil seguirle, pues no lograría
averiguar nada sobre él ni sobre sus hechos. El peor corazón del mundo es un
libro más repelente aún que el Hortulus Animae y tal vez una de las más grandes
mercedes de Dios sea que es lüsst sich nicht lessen, que no se deja leer."
La carta robada
(Versión de Jorge Luis Borges.)
Nil sapientiae
odiosius acumine nimio, SENECA.
En un desapacible anochecer del
otoño de 18... me hallaba en París, gozando de la doble fruición de la
meditación taciturna y del nebuloso tabaco, en compañía la de mi amigo C.
Auguste Dupin, en su biblioteca, au troisiéme, Nº 33 Rue Dunôt, Faubourg St.
Germain. Hacía lo menos una hora que no pronunciábamos una palabra:
parecíamos lánguidamente ocupados en los remolinos de humo que empañaban el
aire. Yo, sin embargo, estaba recordando ciertos problemas que habíamos
discutido esa tarde; hablo del doble asesinato de la Rue Morgue y de la desaparición
de Marie Rogêt. Por eso me pareció una coincidencia que apareciera, en la
puerta de la biblioteca, Monsieur G., Prefecto de la policía de París.
Le dimos una bienvenida
sincera, porque el hombre era casi tan divertido como despreciable, y hacía varios
años que no lo veíamos. Estábamos a oscuras cuando entró, y Dupin se levantó
con el propósito de encender una lámpara, pero volvió a sentarse sin haberlo
hecho, porque G. dijo que había venido a consultarnos, o más bien a consultar a
Dupin, sobre un asunto oficial que les daba mucho trabajo.
—Si se trata de algo que
requiere reflexión —observó Dupin, absteniéndose de dar fuego a la mecha lo
examinaremos mejor en la oscuridad.
Esa es otra de sus ideas raras
—dijo el prefecto, que llamaba raro a todo lo que no comprendía, y vivía, por
consiguiente, entre una legión de rarezas.
—Es la verdad —respondió Dupin,
ofreciéndole un sillón y una pipa.
—¿Cuál es el problema?
—interrogué—, ¿otro asesinato?
—No, nada de eso. El asunto es
muy simple y no dudo que lo resolverán mis agentes; pero he pensado que a Dupin
le gustaría oír los detalles. Son muy extraños.
—Extraños y simples —dijo
Dupin.
—Y bien, sí. El problema es
simple, y sin embargo nos desconcierta.
—Quizá es precisamente la
simplicidad lo que los desconcierta.
—¡Qué desatinos dice usted!
—exclamó el Prefecto, riendo efusivamente.
—Quizá el misterio es demasiado
simple —dijo Dupin.
—Y ¿Cuál es, por fin, el
misterio? —le pregunté.
—Se lo diré a ustedes —contestó
el Prefecto—. Se lo diré en muy pocas palabras; pero antes de empezar, les
advertiré que este asunto exige la mayor reserva y que perdería mi puesto si
llegara a saberse que lo he divulgado.
—prosiga —dije.
—O no prosiga —dijo Dupin.
—Un alto funcionario me ha
comunicado que un documento de la mayor importancia ha sido robado de las
habitaciones reales. El individuo que lo robó es conocido; lo vieron cometer el
hecho, El documento sigue en su poder.
—Cómo lo saben? —interrogó
Dupin.
Lo sabemos —contestó el
Prefecto— por el carácter del documento y por el hecho de no haberse ya
producido ciertos resultados que surgirían si el documento no estuviera en
poder del ladrón.
—Sea usted un poco más
explícito —dije.
—Bien, me atreveré a decir que ese documento otorga a su poseedor un
determinado poder en un determinado sector donde ese poder es incalculablemente
valioso. —El Prefecto era aficionado a la jerga de la diplomacia.
—No acabo de entender —dijo Dupin.
—¿No? Bueno. La exhibición del documento a una tercera persona, que me está
vedado nombrar, afectará el honor de una persona de la más encumbrada
categoría. El honor y la libertad de esta última quedan, pues, a merced del
ladrón.
—Para ese chantage
—observé— es imprescindible que el dueño conozca el nombre del ladrón. Quién se
atrevería...
—El ladrón —dijo el Prefecto—
es el ministro D., que se atreve a todo. El robo no fue menos ingenioso que
audaz. El documento —una carta, para ser franco— fue recibido por la víctima
del posible chantage, mientras estaba sola en la habitación real. Casi
inmediatamente después entra una segunda persona, de quien deseaba
especialmente ocultar la carta. Apenas tuvo tiempo para dejarla abierta como
estaba, sobre una mesa. La dirección quedaba a la vista. En este momento entra
el ministro D. Percibe inmediatamente el papel, reconoce la letra. observa la
confusión de la persona a quien ha sido dirigida y adivina el secreto. Después
de tratar algunas cuestiones, saca una carta algo parecida a la otra, la abre,
finge leerla y la coloca encima de la primera. Sigue conversando, casi durante
un cuarto de hora, sobre negocios públicos. Al marcharse, toma de la mesa la
carta que no le pertenecía. El dueño legítimo lo vio pero, como se comprende,
no se atrevió a decir nada en presencia del tercer personaje. El ministro se
fue, dejando la carta suya, que no era de importancia, sobre la mesa.
—He aquí —me dijo Dupin— lo que
usted requería: el ladrón sabe que el dueño sabe quién es el ladrón.
—Sí —replicó el Prefecto—, y el
ladrón ha abusado de ese poder, en los últimos meses. La persona robada se
convence cada día más de la necesidad de recuperar la carta. Pero esto, como
usted comprenderá, no puede hacerse abiertamente. Al fin, desesperada, me ha
encomendado el asunto.
—Y ¿quién puede desear —dijo
Dupin, arrojando una bocanada de humo—, o siquiera imaginar, un agente más
sagaz que usted?
—Usted me colma —respondió el
Prefecto—, pero entiendo que muchos opinan así.
—Es evidente —dije— que la
carta sigue en posesión del Ministro: en esa posesión está su poder. Vendida la
carta, el poder termina.
—Es verdad —dijo G.—. De
acuerdo a esa convicción he obrado. Lo primero que hice fue ordenar una busca
minuciosa en la casa del Ministro; la dificultad consistía en que él no se
enterara. Me han advertido que cualquier sospecha puede ser peligrosa.
—Pero —dije— usted es un
especialista en esas tareas. No es la primera vez que la policía de París
acomete empresas análogas.
—Ya lo creo, y por eso no he
desesperado. Además, las costumbres del Ministro facilitaron las cosas. Es muy
común que falte de su casa toda la noche. Tiene pocos sirvientes. Duermen lejos
de las piezas de su patrón y, como son napolitanos, es fácil embriagarlos. Como
usted sabe, tengo llaves que pueden abrir todos los gabinetes de París. Hace
tres meses que no he dejado pasar una noche sin dirigir personalmente el examen
de la casa de D. Mi honor está empeñado y, para revelar un gran secreto, la
recompensa es enorme. No abandonaré la partida hasta convencerme de que el
ladrón es todavía más astuto que yo. Creo haber examinado todos los rincones y
todos los escondrijos en los que puede estar oculto el papel.
—¿Pero es posible —exclamé— que
la carta siga en poder del Ministro, y que éste no la guarde en su propia casa?
—Es apenas posible —dijo
Dupin—. El estado actual de los asuntos de la corte, y especialmente de esas
intrigas en las que D. está envuelto, hacen que la inmediata accesibilidad del
documento sea no menos importante que su posesión.
—Cierto —observé—. El documento
no puede estar escondido muy lejos; sin embargo, excluyo la posibilidad de que
el Ministro lo lleve consigo.
—Desde luego —dijo el
Prefecto—. Ha sido atacado dos veces por salteadores falsos, y rigurosamente
registrado bajo mi vista.
—Usted podía haberse ahorrado
ese trabajo —dijo Dupin—. Presumo que D. no es un insensato. Tiene que haber
previsto esa táctica.
—No será un insensato —dijo el
Prefecto—. Pero es un poeta, lo que no es muy distinto.
—Cierto —dijo Dupin—, aunque yo
mismo haya cometido algunas rimas.
—Refiéranos los detalles de la
investigación —propuse yo.
—He aquí los hechos: tomábamos
nuestro tiempo y buscábamos por todas partes. Tengo mucha experiencia en estos
asuntos. Recorrimos el edificio, cuarto por cuarto, dedicando una noche entera
a cada uno. Examinamos primero los muebles. Abríamos todos los cajones. Supongo
que usted sabe que para nosotros no hay cajones secretos. Sólo un imbécil puede
no descubrir un cajón secreto.
El asunto es muy simple. Cada
escritorio tiene una capacidad determinada, fácil de calcular. Hay normas muy
precisas. No se nos escapa una línea. Después tomamos las sillas. Investigamos
los almohadones con esas largas agujas que ustedes me han visto emplear.
Desarmábamos las mesas.
—¿Por qué?.
—A veces la persona que desea
ocultar un objeto levanta una de las tablas de la mesa, hace una cavidad en lo
alto de la pata, deposita adentro el objeto y repone la tabla. Suele hacerse lo
mismo con las perillas de las camas.
—¿Pero no suenan a hueco esos
muebles? —pregunté.
—De ningún modo, si la cavidad
se rellena con algodón. Además, teníamos que bajar sin hacer ruido.
—Pero ustedes no pueden haber
desarmado todos los muebles. Con una carta puede hacerse un delgado cilindro en
espiral, una especie de aguja, que puede introducirse en el travesaño de una
silla. ¿Ustedes no desarmaron todas las sillas?
—Creo que no; pero hicimos algo
mejor: examinamos los travesaños de cada silla, y todas las junturas, con un
poderoso microscopio. Hubiéramos notado inmediatamente cualquier reajuste. Una
partícula de aserrín hubiera sido tan visible como una manzana.
—Supongo que ustedes
registraron cada espejo, entre el cristal y el marco, y las camas y la ropa de
cama, y, también las cortinas y las alfombras.
—Por supuesto; y cuando
acabamos con los muebles, registramos el edificio. Dividimos toda la superficie
en compartimentos, que numeramos, para evitar omisiones. Después registramos el
terreno y las dos casas contiguas, con el microscopio, como siempre.
—¡Las dos casas contiguas!
—exclamé—. Ustedes han trabajado muchísimo.
—Muchísimo; pero la recompensa
que ofrecen es prodigiosa.
—¿Examinaron también el terreno
de las casas?
—Todo el terreno está
enladrillado; nos dio poco trabajo. Examinamos las junturas de los ladrillos y
estaban intactas.
—¿Examinaron lo Papeles del
ministro y todos los volúmenes de la biblioteca?
—Por cierto; abrimos todos los
paquetes y legajos; no sólo abrimos todos los libros: los examinamos hoja por
hoja. Medimos también el espesor de cada encuadernación, con la más cuidadosa
exactitud, empleando siempre el microscopio. Si cualquiera de las
encuadernaciones hubiera sido tocada para ocultar la carta, lo habríamos notado
inmediatamente.
—¿Registraron el suelo, bajo
las alfombras?
—Removimos todas las alfombras
y revisamos los bordes con el microscopio.
—¿Y el empapelado?
—También.
—¿Registraron los sótanos?
—Sí.
—Entonces —dije— ustedes se han
equivocado, la carta no está en la casa del Ministro.
—Temo que tenga usted razón
—dijo el Prefecto—. Y ahora, Dupin, qué me aconseja?
—Volver a revisar la casa del
Ministro.
—Es absolutamente innecesario
—respondió G.—. Estoy seguro de que la carta no está en la casa.
—Pues no tengo mejor consejo
que darle —dijo Dupin—. Tendrá usted, como es natural, una precisa descripción
de la carta.
—Ya lo creo.
El Prefecto sacó la cartera y
nos leyó en voz alta una descripción de la carta robada. Poco después se fue,
abatidísimo.
Al mes siguiente volvió a
visitarnos, casi a la misma hora. Tomó una pipa, se dejó caer en un sillón y
cuidadosamente habló de cosas banales. Por último, le dije:
—Y bien, G., ¿qué hay de la
carta robada? —Se ha convencido usted de que es imposible sorprender al
Ministro?
—Que el diablo se lo lleve: así
es. Seguí el consejo de Dupin, revisé la casa, pero todo fue inútil.
—¿A cuánto asciende la
recompensa? —preguntó Dupin.
—A una gran cantidad. A una
suma muy importante. No quiero decir cuanto precisamente, pero diré una cosa:
estoy listo a firmar un cheque por cincuenta mil francos a quien me dé la
carta.
—En tal caso —dijo Dupin,
abriendo un cajón y —sacando un libro de cheques—, hágame un cheque por la
cantidad mencionada. Cuando lo haya firmado le entregaré la carta.
Quedé atónito. El Prefecto,
durante algunos minutos, permaneció en silencio e inmóvil, mirando fascinado a
Dupin. Después, como volviendo en sí, tomó temblorosamente una pluma, llenó el
cheque y lo entregó a Dupin. Este lo examinó sin apuro, y lo depositó en su
cartera; luego, abriendo un escritorio, sacó una carta y la puso en manos de G.
Este se abalanzó sobre ella con éxtasis, la abrió, la contempló largamente y, sin
una palabra, sin un saludo, salió del cuarto de la casa, transfigurado.
Cuando nos quedamos solos, mi
amigo entró en explicaciones. tareas exigen. Así, cuando G. nos detalló su modo
de registrar la casa del Ministro, no puse en duda la perfección de
—La policía de París —dijo— es
muy eficaz. Es perseverante, ingeniosa y muy versada en los conocimientos que
sus ese trabajo, dentro de sus limitaciones.
—¿Dentro de sus limitaciones?
—Sí —dijo Dupin—. Las
disposiciones adoptadas eran las mejores; su ejecución, perfecta. Si la carta
hubiera estado al alcance de la búsqueda, los agentes la habrían descubierto.
Me sonreí; pero mi amigo
prosiguió con evidente seriedad.
—Las disposiciones y la
ejecución eran perfectas; pero no eran aplicables ni al caso ni al hombre. Una
serie de recursos muy ingeniosos son para G. una especie de lecho de Procusto,
que deforma todos sus planes. Continuamente se equivoca por exceso de
profundidad o de superficialidad, y muchos escolares razonan mejor que él.
"Me acuerdo de una, de ocho o nueve años, cuyo éxito en el juego de pares
e impares provocaba unánime asombro. Este juego es muy simple; se juega con
bolitas. Un jugador tiene en la mano unas cuantas bolitas y pregunta a otro si
el número es par o impar. Si éste adivina, gana una bolita; si no, pierde una.
El niño de que hablo ganaba todas las bolitas de la escuela. Tenía, por
supuesto, un procedimiento: se fundaba en la observación de la mayor o menor
astucia de los contrarios. Por ejemplo, el contrario es un imbécil. Levanta la
mano y pregunta: ¿Son
pares o impares? El niño dice
impares y pierde, pero gana la segunda vez, porque reflexiona: en la primera
jugada el tonto puso un número par y, su pobre astucia apenas le alcanza para
poner impares en la segunda; apostaré a que son impares. Apuesta y gana. Con un
adversario algo menos tonto, hubiera razonado así: éste, para la segunda
jugada, se propondrá una mera variación de pares a impares, pero en seguida
pensará que esta variación es demasiado evidente y, finalmente, se resolverá a
repetir un número impar; apostaré a impar. Apuesta y gana. Ahora, ¿en qué
consistía el procedimiento de este niño a quien llamaban afortunado los
compañeros?
—Consistía —dije— en la
identificación de su inteligencia con la del contrario.
—Así es —dijo Dupin— y cuando
le pregunté cómo lograba esa identificación, me respondió: cuando quiero saber
lo inteligente, lo estúpido, lo bueno, lo malo que es alguien, o en qué está
pensando, trato de que la expresión de mi cara se parezca a la suya y luego
observo los pensamientos y sentimientos que surgen en mí. Esta; contestación
del niño contiene toda la sabiduría que se atribuyen La Rochefoucauld, La
Bruyére, Maquiavelo, Campanella.
—Y esa identificación —dije—
depende, si no me engaño, de la precisión con que se adivina la inteligencia de
otro.
—En efecto —dijo Dupin—, G. y
sus hombres fracasan porque nunca toman en cuenta el tipo de inteligencia del
adversario; se atienen a su propia inteligencia, a su propia astucia; cuando
buscan un objeto escondido, se guían fatalmente por los medios que ellos
habrían empleado para esconderlo, En general no se equivocan; su astucia es la
del vulgo. Pero cuando la astucia del delincuente difiere de la de ellos, éste,
por supuesto, los derroca. Así ocurre cuando esa astucia excede a la de ellos,
y, a veces, cuando es inferior. Sus principios de investigación no varían;
cuando es extraordinario el estímulo, cuando les ofrecen una gran recompensa,
exageran las prácticas habituales, sin modificar los principios. Por ejemplo,
en el caso del Ministro, ¿qué variación ensayaron? Ese escrutinio numerado,
clasificado y microscópico ¿qué es sino la exageración del principio, o serie
de principios de busca, que, siempre ha ejercido el Prefecto, en la larga
rutina de su deber? Ha postulado que, ante el problema de esconder una carta,
todos los hombres recurren, sino precisamente a una cavidad hecha por un
taladro, a un subterfugio análogo. Ahora bien, los escondrijos de ese tipo
corresponden a ocasiones comunes y a inteligencias comunes; pues, en todos los
casos de ocultación de un objeto, los pesquisantes presumen que ha sido
escondido de esta manera, y el descubrimiento depende, no de la perspicacia,
sino del mero cuidado, paciencia y perseverancia; y cuando el caso es importante
—o lo que significa lo mismo para la policía, cuando la recompensa es
considerable—, siempre se descubre el objeto. Por eso dije que si hubieran
escondido la carta en el sector previsto por la investigación del Prefecto
—vale decir, si el método seguido en la ocultación hubiera sido el método
seguido en la pesquisa—, el descubrimiento habría sido inevitable. El Prefecto,
sin embargo, ha sido burlado; y la causa remota de su fracaso es la suposición
de que el Ministro es un imbécil, porque ha logrado fama de poeta. Todos los
imbéciles son poetas; así lo siente el Prefecto e incurre en una non
distributio medii al inferir que todos los poetas son imbéciles.
—Pero ¿se trata del poeta?
—pregunté—. Son dos hermanos ambos de renombre en las letras. Entiendo que el
Ministro ha escrito sobre el cálculo diferencial. Es matemático, no poeta.
—Usted se equivoca. Lo conozco
bien: es ambas cosas. Como poeta y matemático habría razonado bien. Como simple
matemático, no habría razonado, y estaría a merced del prefecto.
—Esas opiniones —le dije—
contradicen la exposición del mundo. Siempre se ha pensado que la razón
matemática es la razón por excelencia.
—Il y a à Parier —dijo
Dupin, citando a Chamfort— que toute convention recue est une sottise, car
elle a convenu au plus grand nombre. Concedo que los matemáticos han hecho
todo lo posible para divulgar ese error. Con un arte digno de mejor causa, han
introducido el término análisis en el álgebra. En este caso particular, los
responsables somos los franceses; pero si las palabras tienen alguna
importancia, si el uso les da algún valor, análisis tiene tanto que ver con
álgebra como, en latín, ambitus con ambición, religio con
religión, homines honesti con un conjunto de hombres honestos.
—Usted va a tener una polémica
—dije— con todos los algebristas de París, pero continúe.
—Niego la validez y, por
consiguiente, el valor de una razón que se cultiva de una manera que no sea la
abstractamente lógica. Las matemáticas son la ciencia de la forma y de la
cantidad; el razonamiento matemático no es otra cosa que la lógica aplicada a
la observación de la forma y de la cantidad. El error consiste en suponer que
las verdades de lo que llamamos álgebra pura, son verdades abstractas o
generales. Y este error es tan evidente que me asombra la unanimidad con que ha
sido aceptado. Los axiomas matemáticos no son axiomas de verdad general. Lo que
es verdad respecto a las relaciones de forma y cantidad suele ser falso
respecto a la ética, por ejemplo. En esta última ciencia es generalmente incierto
que la suma de las partes sea igual al todo. En química el axioma falla
también. Falla en la consideración de motivos; pues dos motivos, cada uno de un
valor dado, no tienen necesariamente, cuando se los une, un valor igual a la
suma de sus valores individuales. Hay muchas otras verdades matemáticas que
sólo son verdades dentro de los limites de la relación. Pero el matemático
infiere, de sus verdades finitas, todo un sistema de razonamientos, como si
esas verdades fueran de aplicabilidad general, según la opinión de la gente.
Bryant, en su muy erudita Mitología, menciona una equivocación análoga cuando
dice que "aunque las fábulas paganas no son creídas, lo olvidamos
continuamente y sacamos conclusiones de ellas". Los algebristas, todavía
más equivocados, creen en sus fábulas paganas y sacan conclusiones, no tanto
por un defecto de su memoria, como por inexplicable confusión mental. En una
palabra, no he conocido un algebrista que pudiera alejarse sin riesgo del mundo
de las ecuaciones o que no profesara el clandestino artículo de fe de que (a +
b)² es incondicionalmente igual a a² + 2 a b + b² . Diga usted a uno de esos
caballeros que, en ciertas ocasiones, (a + b)² puede no equivaler estrictamente
a a² + 2 a b + b², y antes de acabar su explicación eche a correr para que no
lo destroce.
—Quiero decir —prosiguió Dupin—
que si el Ministro hubiera sido un simple matemático, el Prefecto no me habría
entregado este cheque. Yo sabía, sin embargo, que era matemático y poeta, y me
atuve a esa doble capacidad. Lo conocía como cortesano, también, y como un
audaz intrigant. Un hombre así, pensé, no podía ignorar los modos
habituales de la policía. No podía no prever los atracos a que sería sometido.
Tiene que haber previsto, reflexioné, los secretos exámenes de su casa.
Comprendí que sus frecuentes ausencias eran deliberadas: el propósito era
facilitar los registros, convencer a la policía de que la carta no se hallaba
en su casa. Comprendí que D. había seguido un razonamiento análogo al mío sobre
los invariabIes principios de la policía para buscar objetos ocultos.
Ese razonamiento le haría
desdeñar todos los escondrijos posibles. No podía ignorar que los rincones más
intrincados y remotos serían evidentes a los ojos, a las sondas, a los barrenos
y a los microscopios del Prefecto. Vi que la necesidad y la reflexión le
aconsejarían el empleo de un recurso muy simple.
—Hay un juego de niños
—continuó Dupin— que se juega con un mapa. Un jugador pide a otro que encuentre
una palabra determinada —el nombre de una ciudad, de un río, de un estado o
imperio—, una de las palabras, en fin, que registra la abigarrada y confusa
superficie del mapa. El novicio trata de confundir a su adversario eligiendo
nombres impresos en letra diminuta. Pero los expertos eligen palabras impresas en
enormes letras. Estas, de tan evidentes que son, resultan imperceptibles. Tal
vez, ante el problema de la ocultación de la carta, el Ministro había seguido
un criterio análogo.
Una mañana me puse unos
anteojos ahumados y me presente en casa del Ministro. Lo encontré bostezando,
haraganeando y fingiendo tedio. Es, quizá, el hombre más enérgico de París,
pero sólo cuando nadie lo ve.
Para no ser menos, me quejé de
la debilidad de mi vista y deploré la necesidad de usar anteojos. Mientras
tanto, examiné cautelosamente la pieza.
Examiné con atención especial
una gran mesa de trabajo en la que había unas cartas, unos papeles, uno o dos
instrumentos musicales y algunos libros. Ahí sin embargo nada suscitó mis
sospechas.
Mis ojos, ya recorrido todo el
cuarto, dieron con una miserable tarjetera de cartón, que pendía de una cinta
azul, sobre la chimenea. En esa tarjetera, que tenía tres o cuatro
compartimentos, había unas cuantas tarjetas de visita y una sola carta. Esta
última estaba arrugada y manchada. Estaba casi partida en dos, por la mitad;
como si alguien hubiera querido romperla y luego hubiera cambiado de propósito.
Tenía un gran sello negro, con el membrete de D. muy visible, y estaba
dirigida, con diminuta letra de mujer, al mismo D. Estaba metida de un modo
negligente, casi desdeñoso, en uno de los compartimentos superiores. Apenas
miré esta carta comprendí que era la que buscábamos. Es verdad que difería
totalmente de la que había descripto el Prefecto. El sello no era ni pequeño ni
rojo ni ostentaba las armas de la familia de S.: era grande y negro, con el
membrete de los D. El sobre estaba dirigido al Ministro, con diminuta letra de
mujer; el de la carta original estaba dirigido a una persona de la casa
reinante, con ostentosa letra de hombre; sólo coincidía el tamaño del sobre.
Pero lo simétrico de esas diferencias, que era excesivo; las manchas, lo roto y
sucio del papel, tan incompatibles con las costumbres metódicas del Ministro y
tan sugestivas de un propósito de insinuar al observador la total insignificancia
del documento; estas cosas, digo, y su deliberada exhibición a la vista de
todos, corroboraron mis sospechas. Prolongué mi visita y, mientras discutía con
D. un tema que invariablemente le interesaba, no dejé de observar la carta.
Aprendí, de memoria su apariencia y su disposición en el tarjetero; ese examen
intermitente me permitió descubrir un detalle que eliminó mis últimas dudas. Vi
que los filos del papel parecían muy chafados. Tenían la apariencia de un papel
rígido cuyos dobleces han sido invertidos. Este descubrimiento me bastó. La
carta había sido dada vuelta como un guante, de adentro para afuera.
Le hablan puesto una nueva
dirección y un nuevo sello.
Saludé al Ministro y me fui,
olvidando sobre la mesa una caja de oro, para rapé. Al día siguiente fui a
buscarla y renovamos la conversación de la víspera. Bajo la ventana, en la
calle, sonó un disparo, seguido por gritos de terror. D. se precipitó a la
ventana, la abrió y miró hacia la calle; aproveché ese instante para cambiar la
carta del tarjetero por un facsímil que había preparado en casa.
El tumulto había sido
ocasionado por un hombre con un fusil; había hecho fuego en medio de la calle.
Probó, sin embargo, que el arma estaba descargada y le permitieron que siguiera
su camino como a un lunático o a un ebrio. Al poco rato me despedí. El supuesto
lunático era, naturalmente, un empleado mío.
—Pero ¿qué propósito tenía
usted —pregunté— para reemplazar la carta por un facsímil? ¿No hubiera sido
mucho mis simple apoderarse de ella en la primera visita?
—El Ministro —replicó Dupin— es
inescrupuloso y valiente. Además, no carece de seguidores fieles. El acto que
usted me sugiere podía haberme costado la vida. Otros fines me obligaban a ser
prudente. Usted conoce mi tendencia política: en este asunto he obrado como
partidario de la dama comprometida. Durante dieciocho meses el Ministro la ha
tenido en su poder; ahora, ella lo tiene en su poder. D. ignora que le han
sacado la carta y continuará con sus exigencias. El mismo será, de este modo, el
artífice de su ruina política. Su caída, además, no será más abrupta que torpe.
Es muy común hablar del facilis descensus Averni; pero en todas las
cuestas, como la Catalani dijo del canto, es más arduo bajar que subir. En este
caso, no tengo simpatía ni piedad por el que desciende. Es el monstrum
horrendum, es el hombre genial, inescrupuloso. Confieso, sin embargo, que
me gustaría ver su reacción cuando, desafiado por la persona a quien el
Prefecto llama "de la más encumbrada categoría se vea obligado a abrir la
carta que he dejado en el tarjetero.
—¿Cómo? ¿Usted no dejó sobre
vacío?
—No, eso hubiera sido
injurioso. D., en Viena, me Jugó una mala jugada y yo le dije, con todo buen
humor, que no la olvidaría. Pensé que le interesaría conocer la identidad de la
persona que lo había derrotado; le dejé un indicio. D. conoce mi letra; me
limité a escribir, en medio de la página, estas palabras:
—Un deisein si funeste,
S'il n'est digne d'Atrée, est digne de Thyeste.
Pertenecen a la Atrea, de
Crébillon.
(Collected Works, 1850)
EDGAR ALLAN POE (Boston, EE.UU., 1809-Baltimore,
id., 1849). Trabajó en el periódico Southern Baltimore Messenger y en
varias revistas en Filadelfia y Nueva York. Tamerlán y otros poemas
(Tamerlane and Other Poems, 1827) fue su primer libro. Poe debe su fama fundamentalmente a las
Narraciones Extraordinarias, un
conjunto de cuentos fantásticos y de horror que aparecieron en dos entregas
(1840 y 1845). A este conjunto pertenecen Los crímenes de la calle Morgue,
El escarabajo de oro, La caída de la casa Usher y El gato
negro. Los crímenes de la calle Morgue (The
Murders in the Rue Morgue) es considerado el texto fundador del género de la
novela de misterio y detectivesca. El escritor murió de una intoxicación alcohólica aguda.
Su obra literaria es fundamentalmente poética y narrativa. El cuervo
(1845) es su obra en verso más famosa, recrea en el extenso poema un universo
fantástico y opresivo, lleno de visiones alucinadas de gran belleza y expresividad.
Sobre Poe escribió
Jorge Luis Borges:
Poe se creía poeta, sólo
poeta, pero las circunstancias lo llevaron a escribir cuentos, y esos cuentos a
cuya escritura se resignó y que debió encarar como tareas ocasionales, son su
inmortalidad. En algunos (La verdad sobre el caso del señor Valdemar, Un descenso al
Maelström) brilla
la invención circunstancial; otros (Ligeia, La máscara de la Muerte Roja, Eleonora)
prescinden de ella con soberbia y con inexplicable eficacia. De otros (Los crímenes de la
Rue Morgue, La carta robada) procede el caudaloso género
policial que hoy fatiga las prensas y que no morirá del todo, porque también lo
ilustran Wilkie Collins y Stevenson y Chesterton. Detrás de todos, animándolos,
dándoles fantástica vida, están la angustia y el terror de Edgar Allan Poe.
Espejo de las arduas escuelas
que ejercen el arte solitario y que no quieren ser voz de los muchos, padre de
Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valery, Poe
indisolublemente pertenece a la historia de las letras occidentales, que no se
comprende sin él. También, y esto es más importante y más íntimo, pertenece a
lo intemporal y a lo eterno, por algún verso y por muchas páginas
incomparables. De éstas yo destacaría las últimas del Relato de Arthur
Gordon Pym de Nantucket, que es una sistemática pesadilla cuyo tema secreto es el color
blanco.
Shakespeare ha escrito que
son dulces los empleos de la adversidad; sin la neurosis, el alcohol, la
pobreza, la soledad irreparable, no existiría la obra de Poe. Esto creó un
mundo imaginario para eludir un mundo real; el mundo que soñó perdurará, el
otro es casi un sueño.
regresar al índice de wemilere