© LAURO ZAVALA
Universidad Autónoma Metropolitana
Xochimilco, México, D.F.
El cuento ultracorto:
hacia un nuevo canon literario
La brevedad en la escritura siempre ha ejercido un gran poder de seducción.
Entre las formas de escritura radicalmente breve con valor literario podrían
mencionarse el haiku, el epigrama y la poesía fractal. En lo que sigue
propongo un modelo para el estudio de los cuentos cuya extensión es menor a la
convencional, así como algunos ejemplos de su presencia en la literatura
mexicana contemporánea. Aquí llamaré, en general, cuento breve a esta clase de
narrativa literaria.
En la segunda parte de estas notas dirijo mi atención a la
existencia de una gran diversidad de formas de hibridación genérica, gracias a
la cual el cuento brevísimo se entremezcla, y en ocasiones se confunde, con
formas de la escritura como la crónica, el ensayo, el poema en prosa y la
viñeta, y con varios otros géneros extraliterarios, como la entrevista, la
adivinanza, la autobiografía, las cartas al lector y la confesión.
Del cuento convencional al ultracorto: algo más que la escala
El interés que ha resurgido en los últimos años por el cuento en
general, y por el cuento breve en particular, se observa en la reciente
publicación de numerosas antologías, en diversas lenguas y tradiciones
literarias.
También es posible reconocer la vitalidad que tiene el cuento en
México al observar la historia editorial de algunos libros que contienen
cuentos de extensión convencional y cuentos breves. Tan sólo en la ciudad de
México, El llano en llamas, de Juan Rulfo, originalmente publicado en
1953, llegó en 1994 a las 34 reimpresiones, la última de las cuales tuvo un
tiraje de 40,000 ejemplares.
Para estudiar el cuento breve podemos partir del acuerdo que
existe entre escritores y críticos al señalar que la extensión de un cuento
convencional oscila entre las dos mil y las treinta mil palabras. A partir del
estudio de las antologías y las investigaciones que se han realizado
hasta ahora sobre cuentos cuya extensión es menor a las dos mil palabras,
propongo en lo que sigue reconocer la existencia de tres tipos de cuentos
breves. Las diferencias genéricas que existen entre cada uno de estos tipos de
cuentos dependen de la extensión respectiva. Aquí propongo llamar a cada uno de
estos tipos de relatos, respectivamente, cuento corto, muy corto y ultracorto.
Debido a su proximidad genérica con otras formas de la escritura,
al tratar de ofrecer una definición del cuento breve nos enfrentamos a varios
problemas simultáneos: un problema genérico (¿son cuentos?), un problema
estético (¿son literatura?), un problema de extensión (¿qué tan breve puede ser
un cuento muy breve?), un problema nominal (¿cómo los llamamos?), un problema
tipológico (¿cuántos tipos de cuentos muy breves existen?) y un problema de
naturaleza textual (¿por qué son tan breves?).
Empezaré por responder a la pregunta: ¿cuántos tipos de cuentos
breves existen? Por debajo del límite de las 2000 palabras parece haber tres
tipos de cuento distintos entre sí.
Cuentos cortos: De 1000 a 2000 palabras
Estos cuentos han sido reunidos en diversas antologías de carácter
internacional bajo el nombre de sudden fiction o ficción súbita, y también
han sido llamados cuentos microcósmicos (en el caso de la ciencia ficción) o
simplemente short-shorts (cuentos cortos) como los denomina Irving Howe,
que destaca: “En estas obras maestras de la miniatura, la circunstancia eclipsa
al personaje, el destino se impone sobre la individualidad, y una situación
extrema sirve como emblema de lo universal (...) produciendo una fuerte
impresión de estar fuera del tiempo” (I. Howe, x).
A partir de estas observaciones, el mismo investigador propone una
tipología de los cuentos cortos. Un cuento corto puede narrar un incidente o
condensar una vida, o bien puede adoptar un tono lírico o alegórico. Estas son
las posibilidades:
i) Un incidente repentino, lo cual produce epifanías surgidas en
un período extremadamente corto en la vida de un personaje. Estas epifanías
suelen estar despojadas de sus respectivos contextos, condición que obliga al
lector a proyectar sobre la situación un contexto imaginado por él mismo.
Ejemplos: “El ramo azul” de Octavio Paz; “El eclipse” de Augusto Monterroso.
ii) Condensación de toda una vida, lograda gracias a la capacidad
de comprimirla en una imagen paradigmática. Ejemplos: “Paper Pills” y “The
Untold Lie”, que están precisamente entre los cuentos más breves de la serie
escrita por Sherwood Anderson.
iii) Imagen instantánea en la que no hay epifanía, tan sólo un
monólogo interior o un flujo de memoria. Ejemplo: “Amargura para tres
sonámbulos” de Gabriel García Márquez.
iv) Estructura alegórica, cuya belleza superficial nos puede llevar
a resistirnos al placer de su interpretación. Ejemplos: “Un lugar limpio y bien
iluminado” de Ernest Hemingway o “Chacales y árabes” de Franz Kafka.
Al reflexionar sobre esta clase de cuentos, Charles Baxter observa
que mientras en las novelas encontramos individuos en el largo y complejo
proceso de madurar importantes decisiones morales, en los cuentos de extensión
convencional asistimos al momento de la decisión (o a la ilusión de poder tomar
una decisión). En ambos casos participamos en algún tipo de acción moral. En
cambio en el cuento corto, dice Baxter, lo que observamos es la reacción de un
personaje o de una comunidad ante un momento de tensión súbita. En este caso,
concluye, no hay (o no parece haber) posibilidad de tomar ninguna decisión. De
hecho, esta posibilidad es sustituida por algún tipo de ritual, que se ubica a
medio camino entre lo personal y lo colectivo (C. Baxter, 21).
Estas observaciones pueden ser comprobadas al aproximarnos a los Pequeños
cuentos misóginos (1975) de Patricia Highsmith, toda la Obra cuentística de
Mario Benedetti o las Narraciones breves de Felisberto Hernández y de Oliverio
Girondo.
En México podríamos pensar en cuentos cortos como los de La
lenta furia (1989) de Fabio Morábito, Tiempo transcurrido (1986) de Juan
Villoro o Lugares en el abismo (1993) de Agustín Monsreal.
Cuentos muy cortos: De 200 a 1000 palabras
Esta categoría está constituida por los textos reunidos bajo el
título de flash fiction, las compilaciones de microhistorias y las narraciones
instantáneas y urgentes escritas por mujeres.
Irene Zahava dice sobre los cuentos muy cortos: “son las historias
que alguien puede relatar en lo que sorbe apresuradamente una taza de café, en
lo que dura una moneda en una caseta telefónica, o en el espacio que alguien
tiene al escribir una tarjeta postal desde un lugar remoto y con muchas cosas
por contar” (I. Zahava, vii).
En su teoría sobre el impresionismo y la forma en el cuento,
Suzanne C. Ferguson señala que en la estructura clásica decimonónica se puede
romper la linealidad de la secuencia narrativa, utilizando estrategias que
generan, respectivamente, dos clases de cuentos: elípticos (cuando se omiten
fragmentos del relato) o metafóricos (cuando algunos fragmentos del relato no
son omitidos, sino sustituidos por elementos disonantes e inesperados) (S. C.
Ferguson, 221).
El primer tipo (historias elípticas) corresponde a las primeras
dos categorías señaladas anteriormente para el cuento corto (incidente
repentino o condensación de una vida, es decir, en ambos casos, intensificación
del tiempo). El segundo caso (historias metafóricas) corresponde al monólogo
interior o a la estructura alegórica. En todas las formas del cuento muy corto
se condensan las estrategias que hemos visto utilizadas en el cuento corto.
Los títulos de los cuentos muy cortos suelen ser enigmáticos, y
puede haber ambigüedad temática y formal, hasta el grado de alterar las marcas
de puntuación. Los finales suelen ser también enigmáticos o abruptos (A. Bell,
30). Pero siempre se requiere que el lector participe activamente para
completar la historia.
En este grupo de cuentos se encuentra “El silencio de las sirenas”
incluido en el Bestiario (c. 1924) de Franz Kafka, y libros como la Centuria
(Cien breves novelas-río) (1979) de Giorgio Manganelli, el Manual de
zoología fantástica (1957) de Jorge Luis Borges, las Historias de
cronopios y de famas (1962) de Julio Cortázar y Rajapalabra (1993)
de Luis Britto García.
En México encontramos esta clase de narraciones en la sección
“Arenas Movedizas” del libro ¿Águila o sol? (1949) de Octavio Paz, la Enciclopedia
de latinoamericana omnisciencia (1977) de Federico Arana, Gente de la
ciudad (1986) de Guillermo Samperio, Castillos en la letra (1986) de
Lazlo Moussong (1986), Las vocales malditas (1988) de Oscar de la
Borbolla, Amores enormes (1991) de Pedro Ángel Palou, La musa y el
garabato (1992) de Felipe Garrido, Léérere (1992) de Dante Medina,
los Cuadernos patafísicos (1992) de Hugo Enrique Sáenz y La casa en
Mango Street (1994) de Sandra Cisneros.
Cuentos ultracortos: De 1 a 200 palabras
Estos textos constituyen el conjunto más complejo de materiales de
la narrativa literaria. Está formado por los fragmentos narrativos seleccionados
por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares en su libro Cuentos breves y
extraordinarios (1953), y por Edmundo Valadés en El libro de la
imaginación (1976). También a esta categoría pertenecen los minicuentos del
concurso creado por la revista El Cuento, los microcuentos de la
compilación hecha por Juan Armando Epple en América Latina, los casos de
Enrique Anderson Imbert y los textículos de Julio Cortázar (especialmente los
incluidos en su Ultimo Round y en La vuelta al día en ochenta mundos).
Esta clase de microficciones tienden a estar más próximas al
epigrama que a la narración genuina. El crítico alemán Rüdiger Imhoff señala en
su estudio sobre las metaficciones mínimas que para su comprensión cabal es
necesario desviar la atención de las consideraciones genéricas acerca de lo que
es un cuento, y dirigirla hacia el asunto más fundamental, que es la escala, es
decir, la extensión de estos textos.
La fuerza de evocación que tienen los minitextos está ligada a su
naturaleza propiamente artística, apoyada a su vez en dos elementos esenciales:
la ambigüedad semántica y la intertextualidad literaria o extraliteraria.
La naturaleza del hipotexto, es decir, del material que está
siendo aludido, parodiado o citado, determina a su vez la naturaleza moderna o
posmoderna del cuento:
Cuando el hipotexto
es una regla genérica (por ejemplo, si se parodia el estilo de un instructivo
cualquiera, en general) nos encontramos ante un caso de intertextualidad
posmoderna. Por otra parte, cuando lo que se recicla es un texto particular
(por ejemplo, el mito de las sirenas o un refrán popular) nos encontramos ante
un caso de intertextualidad moderna. Esta diferencia implica relaciones
distintas con la tradición literaria (P. Pavlicic, 174).
La consecuencia de todo lo anterior es que en los microcuentos la
presencia de la epifanía es casi exclusivamente textual (o intertextual), es
decir, de naturaleza estructural, pues esta epifanía ya no puede recaer en
algún personaje y su respectiva situación específica. Esto es así debido a que
en estos textos el concepto mismo de personaje ha desaparecido bajo el peso de
la ambigüedad semántica o de la intertextualidad, es decir, en este último
caso, bajo el peso de las relaciones entre el texto y su intertexto, entendiendo
por intertexto el resto de los materiales con los que el cuento está
virtualmente ligado, a partir de las asociaciones generadas por la
interpretación del lector. Como ocurre también en la escritura hipertextual (en
ciertos programas de computadora), es el lector quien tiene la opción de
construir un sentido que luego es conferido al texto, gracias a la
superposición de contextos.
También en estos microtextos la ironía está presente, pero suele
ser inestable, es decir, no puede ser determinada por la intención de la voz
narrativa. Esto se debe a que la intención narrativa en general (y la intención
irónica en particular) es indecidible, a falta del suficiente contexto para ser
interpretada de manera estable (W. Booth).
Afirma Juan Armando Epple, en la introducción a su antología de
microcuentos hispanoamericanos, que este género híbrido y proteico es una
“metáfora expresiva de los dilemas que viven las sociedades latinoamericanas en
sus niveles sociales, ideológicos y de reformulación estética de sentidos” (J.
A. Epple, 18).
Son cuentos ultracortos cada uno de los Ejercicios de estilo
(1947) de Raymond Queneau; los cuentos incluidos en la compilación de José
Vicente Anaya, Largueza del cuento corto chino (1981) —en los que se
puede estudiar la tradición más antigua de cuentos ultracortos—; los textos de
la sección Museo en El Hacedor (1960) de Jorge Luis Borges, y las
recreaciones narrativas que constituyen la multitudinaria Memoria del fuego
(1982-1986) de Eduardo Galeano.
En alguna ocasión señaló Edmundo Valadés que fue en 1917 cuando se
publicó por primera vez un cuento ultracorto en Latinoamérica (E. Valadés,
195). Se trata de A Circe de Julio Torri, uno de los más importantes
cuentos ultracortos de la tradición literaria mexicana. A partir de ese texto seminal
se han producido otros como una respuesta intertextual a aquél: Circe de
Agustí Bartra, Aviso de Salvador Elizondo y algunos más en el resto del
continente.
En México se pueden encontrar al menos una docena de libros en los
que algún autor ha reunido sus cuentos ultracortos: La feria (1962) de
Juan José Arreola; De fusilamientos y otras narraciones (1964) de Julio
Torri; Infundios ejemplares (1969) de Sergio Golwarz; Fantasías en
carrusel (1978) y Los oficios perdidos (1983) de René Avilés Fabila;
Sólo los sueños y los deseos son inmortales, Palomita (1986) de
Edmundo Valadés; La oveja negra y demás fábulas (1969) de Augusto
Monterroso; El grafógrafo (1972) de Salvador Elizondo; Cuaderno
imaginario (1990) de Guillermo Samperio; las secciones “Mínima Expresión” y
“Casos de la Vida Real” en La sangre de Medusa y otros cuentos marginales
(1990) de José Emilio Pacheco; La señora Rodríguez y otros mundos (1990)
de Martha Cerda, y Relámpagos (1995) de Ethel Krauze.
Los únicos de estos libros que están constituidos casi
exclusivamente por ultracortos son los de Samperio y Krauze; algunos otros son
considerados tradicionalmente como novela (La feria) o como una novela
con una serie de cuentos breves intercalados (La señora Rodríguez...).
Por su parte, el libro de Sergio Golwarz tiene estructura
infundibuliforme, es decir, en forma de embudo. Empieza con un cuento muy corto
(500 palabras), y cada uno de los 42 cuentos sucesivos es más corto que el
anterior, hasta cerrar el libro con el cuento más breve del mundo, que tiene el
título de “Dios”. El texto de este cuento ultracorto dice, simplemente: “Dios”.
Este cuento merece ser leído cuidadosamente, en particular en un país
mayoritariamente católico como México.
Una lectura literal de este cuento, paradójicamente, puede llevar
a reconocer lo que podría ser la narración más extensa del mundo. De hecho, su
interpretación está en función directa del capital cultural y de la
enciclopedia intertextual que posea cada lector, a la vez que permite efectuar
simultáneamente lo que, siguiendo a Andrea Bell, podríamos llamar una lectura
elíptica (resaltando sólo algunos episodios) o una lectura parabólica (de
carácter metafórico y con final sorpresivo, necesariamente epifánico).
Sin duda, éste es uno de los cuentos ultracortos con mayor
densidad genérica y con mayor gradiente de polisemia en la narrativa
contemporánea.
El cuento ultracorto: una mirada bajo el microscopio
Lo que aquí llamo cuento ultracorto tiene una extensión que no
rebasa las doscientas palabras. Esta escritura ha recibido diversos nombres,
entre ellos, microcuento o minicuento, cuento brevísimo y, más recientemente,
ficción urgente o de tarjeta postal (I. Zahava, 3 vols.).
La investigadora venezolana Violeta Rojo propone llamar minicuento
a la narrativa que tiene las siguientes características:
a) brevedad extrema (menos de 200 palabras);
b) economía de lenguaje y juegos de palabras;
c) representación de situaciones estereotipadas que exigen la participación
del lector, y
d) carácter proteico, es decir, hibridación con otros géneros
literarios o extraliterarios, en cuyo caso la dimensión narrativa es la
dominante; o bien hibridación con géneros arcaicos o desaparecidos (fábula,
aforismo, alegoría, parábola y proverbios, y habría que añadir mitos), con los
cuales se establece una relación paródica (V. Rojo, 566-7).
El ejemplo paradigmático de minicuento es “El dinosaurio” (1959)
de Augusto Monterroso.
Por su parte, Andrea Bell, en su investigación sobre lo que ella
llama cuento breve incluye el muy corto y el ultracorto, es decir, hasta un
límite de 1000 palabras.
Retomando lo señalado en el apartado anterior, en el estudio de
estos minicuentos es necesario considerar, además de la brevedad extrema, los
siguientes elementos característicos:
a) Diversas estrategias de intertextualidad (hibridación genérica,
silepsis, alusión, citación y parodia);
b) Diversas clases de metaficción (en el plano narrativo:
construcción en abismo, metalepsis, diálogo con el lector; (en el plano
lingüístico: juegos de lenguaje como lipogramas, tautogramas o repeticiones
lúdicas);
c) Diversas clases de ambigüedad semántica (final sorpresivo o
enigmático);
d) Diversas formas de humor (intertextual) y de ironía (necesariamente
inestable).
Todos los estudiosos del cuento ultracorto señalan que el elemento
básico y dominante debe ser la naturaleza narrativa del relato. De otra manera,
nos encontramos ante lo que algunos autores han llamado un minitexto, pero no
ante un minicuento; es decir un texto ultracorto, pero no un cuento ultracorto.
Sin embargo, el elemento propiamente literario —tanto en los
minitextos como en los minicuentos— es la ambigüedad semántica, producida,
fundamentalmente, por la presencia de un final sorpresivo o enigmático, pues
ello exige la participación activa del lector para completar el sentido del
texto desde su propio contexto de lectura.
La intensidad de la presencia de los elementos estructurales
indicados hacen del cuento ultracorto una forma de narrativa mucho más exigente
para su lectura que la novela realista o el cuento de extensión convencional.
Antes de 1956, fecha de publicación de la Breve historia del
cuento mexicano de Luis Leal, entre los principales cultivadores del cuento
muy breve en México se encontraban Carlos Díaz Dufoo II, Julio Torri, Alfonso
Reyes, Octavio Paz, Mariano Silva y Aceves, Genaro Estrada, Juan José Arreola,
Juan Rulfo y algunos otros, cuya tradición continúa hasta hoy. Habría que
añadir que de todos estos escritores sólo Paz y Reyes llegaron a conocer
directamente la tradición del haiku en México (T. Hadman, 7, 20-21).
La actual popularidad del género se puede deber, tal vez, al
crecimiento editorial y al incremento de estudios y talleres dedicados al
cuento, a la crisis de la sociedad civil (con la consiguiente multiplicación de
voces públicas) y sin duda a la creación del Concurso de “Cuento Breve” de la
revista El Cuento.
Cuento y poema en prosa: instrucciones para cruzar la frontera
Como he señalado anteriormente, la consideración fundamental en el
estudio de todas las formas de textos breves es el problema de la escala. Sin
embargo, un rasgo común a todos estos tipos de textos es su tendencia lúdica a
la hibridación genérica, especialmente en relación con el poema en prosa, el
ensayo, la crónica y otros géneros de naturaleza no narrativa.
Este fenómeno, el de la hibridación genérica, ha sido señalado por
Linda Egan, en el contexto de la distinción entre crónica y cuento en la
escritura de algunos narradores mexicanos contemporáneos. Señala Linda Egan con
agudeza que: “Del llamado artículo de costumbres, inventado en México por
Guillermo Prieto, se distinguían (al menos) cuatro géneros: el cuento, la
crónica, el ensayo y la nota periodística. Nunca ha sido fácil distinguir entre
ellos en México” (157).
Si esto ocurre en el cuento de extensión convencional, en el caso
del cuento muy breve encontramos, además, una gran proximidad con el poema en
prosa y, en algunos casos, una apropiación paródica de las reglas genéricas de
la parábola o la fábula, o incluso del aforismo, la definición, el instructivo,
la viñeta y otros géneros extraliterarios.
Para algunos autores (Bell, Imhoff, Baxter), la diferencia entre
el cuento ultracorto y el poema en prosa es sólo una cuestión de grado. Tal vez
por esta razón algunos textos de Julio Torri (“De fusilamientos”, “La humildad
premiada” y “Mujeres”), que en base a todo lo visto hasta aquí pueden ser
considerados legítimamente como cuentos ultracortos, han sido incluidos en sendas
antologías del ensayo y del poema en prosa.
En la misma antología del poema en prosa en México preparada por
Luis Ignacio Helguera se incluyen varios de los más breves textos de La
oveja negra de Augusto Monterroso, del Bestiario de Juan José Arreola,
y de Gente de la ciudad de Guillermo Samperio, es decir, textos que
pueden ser considerados como cuentos muy cortos o ultracortos. A su vez, todos
estos escritores son conocidos principalmente por su trabajo como cuentistas.
En el cuento breve mexicano hay numerosos casos de textos de
naturaleza lírica, es decir (en la definición de Ángeles Ezama), construidos a
partir de un “yo” narrativo que contempla el mundo de un modo particular, con
orientación pictórica o musical, fragmentación temporal y mayor atención al
espacio (A. Ezama Gil, 62). Esta escritura es muy evidente, por ejemplo, en una
tradición que va de los Cuentos poéticos de Carlos Díaz Dufoo II hasta
la Caja de herramientas de Fabio Morábito. El libro paradigmático es,
sin duda, ¿Águila o sol? de Octavio Paz.
Tal vez es necesario reconocer, como lo hace Irving Howe, que el
cuento es a otras formas de la ficción lo que la lírica es a otras formas de la
poesía, o, en palabras de Azorín: “El cuento es a la prosa lo que el soneto al verso”
(Azorín, 62).
Cuento o viñeta: distinción precisa pero irrelevante
En varios libros de cuentos escritos en un tono lírico se han
incluido brevísimas viñetas, es decir, textos en los que hay la descripción de
una situación sin ofrecer el contexto al que pertenece, como es el caso de
algunos cuentos ultracortos de Elena Poniatowska en De noche vienes y de
Edmundo Valadés en Sólo los sueños....
A su vez, en algunos libros de ficción novelesca se han
incorporado textos muy breves, como en el caso de La señora Rodríguez...
de Martha Cerda y de Terra Nostra de Carlos Fuentes, dos autores
marcadamente metaficcionales.
En algunos otros libros no se establece ninguna distinción
tipográfica o estructural entre textos narrativos y meras viñetas. Estos son libros
propiamente híbridos, como es el caso de Gente de la ciudad, La rebelión de
los enanos calvos, Castillos en la letra y La musa y el garabato.
Por último, algunos libros contienen viñetas con una narrativa condensada
y elíptica, como es el caso paradigmático de los relámpagos de Ethel Krauze.
Ensayo narrativo y otras formas fronterizas
El paradigma del desplazamiento genérico entre cuento breve y
ensayo en México es el Manual del distraído (1978) de Alejandro Rossi. A
partir de ahí tal vez podría hablarse de al menos cuatro estrategias de
hibridación en el cuento breve contemporáneo en México: en primer lugar hay
distintas formas de ensayos narrativos, los de carácter patafísico (Hugo Sáenz
en Cuadernos...) y los de carácter parabólico (Hugo Hiriart en Disertación
sobre las telarañas).
Otro grupo de autores escribe libros de crónicas-ensayos-cuentos:
Carlos Monsiváis, Armando Ramírez, Ignacio Trejo, Emiliano Pérez Cruz, Hermann
Bellinghausen, Guillermo Sheridan, José Joaquín Blanco y muchos otros más.
También hay un nutrido grupo que propone otras formas híbridas y
paródicas: Moreno-Morábito-Castañón (banquete platónico); Bárbara Jacobs
(relato-ensayo epistolar); Augusto Monterroso (parábolas paródicas); Juan
Villoro (crónicas imaginarias); Fabio Morábito (metaforización narrativa);
Oscar de la Borbolla (ucronías oulipianas); Cristina Pacheco (crónicas
ficcionalizadas), y René Avilés Fabila (parodias parabólicas).
Por último, algunos otros practican una escritura fronteriza de
carácter dialógico, es decir, una narrativa breve escrita desde fuera de la
literatura, como es el caso de los cuentos cortos y muy cortos del
Subcomandante Marcos (autor de parábolas civiles con una amplia difusión
nacional, escritas en la selva lacandona sobre una computadora portátil) y de
los textos antropológicos de Roger Bartra (parodias parabólicas de la identidad
mitológica postnacional en México).
Conclusión
Tal vez el auge reciente de las formas de escritura itinerante
propias del cuento brevísimo, y en particular las del cuento ultracorto, son
una consecuencia de nuestra falta de espacio y de tiempo en la vida cotidiana
contemporánea, en comparación con otros períodos históricos, y seguramente
también este auge tiene alguna relación con la paulatina difusión de las nuevas
formas de la escritura, propiciadas por el empleo de las computadoras. La
última palabra, necesariamente breve, la tiene otro escritor, Irving Howe: “Los
escritores que hacen cuentos breves tienen que ser especialmente audaces. Lo
apuestan todo a un golpe de inventiva” (I. Howe, xiii).
Pero lo que se apuesta, a fin de cuentas, es el placer cómplice de
cada lector, que es exclusivo de cada lectura, y que tal vez se prolongue más
allá de las fronteras de ese momento, más allá de las fronteras de la
escritura, y tal vez afecte la identidad misma del lector. Esa posibilidad es
algo, sin duda, por lo que autor y lector piensan que vale la pena seguir
apostando todo “a un golpe de inventiva” en cada lectura.
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